Lunes 20 de septiembre de 2021

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Misión en camino

Homilía de monseñor Marcelo Daniel Colombo, arzobispo de Mendoza, para el Domingo XV durante el año (Parroquia Nuestra Señora de Urkupiña, Guaymallén, 11 de julio de 2021)

Queridos hermanos,

En la primera lectura, Amós es presentado en su vocación y misión. Podemos percibir el vigor de su respuesta personal al llamado divino. La misión a la que Dios lo convoca, merece ser asumida con toda responsabilidad. No se trata de actuar para cumplir con los hombres cuando es el Señor el que nos urge.

El profeta Amós tiene en su corazón y en sus labios palabras y verdades que no puede silenciar ya que es un enviado de Dios a los hombres para proclamarlas. Puede molestar y provocar el enojo de aquellos que son señalados en sus errores, pero lejos de esconder las exigencias de Dios, el profeta las pone de manifiesto y no le interesan en absoluto las apelaciones a rangos y a lugares de importancia. Donde sea que Dios lo mande, él irá y hablará en su nombre. Se le reprocha que venga a “mover el avispero”, a alborotar un ambiente que para el sacerdote Amacías debe caracterizarse por la tranquilidad. Sin embargo, Amós no quiere acomodarse con el poder. Si tiene que hablar, lo va a hacer. Siempre será en el nombre del Señor que lo envía.

En la segunda lectura, asistimos a la proclamación de un himno de alabanza a Dios. Tomado seguramente de las liturgias bautismales de las primeras comunidades, la Carta a los Efesios presenta este hermoso himno que canta la obra de Dios y proclama la importancia de su gracia. Es Dios que nos ha elegido y redimido en Cristo. Llamados a ser hijos en el Hijo, damos gracias y alabamos por ello a Dios.

En el Evangelio, así como el Padre envió a los Profetas, Jesús envía a sus discípulos, aquéllos a los que Él había escogido. Anticipa de esta manera cuanto acontecerá en el envío final, cuando los mande a enseñar a todos los pueblos y bautizarlos en su nombre.

La comunidad apostólica de los Doce tiene en este primer envío el prototipo de la misión. Ésta tiene que ver con el camino, con los pueblos que encuentren a su paso, con las familias que salgan a recibirlos, con los hombres que esperan, aún sin saberlo, la Buena Nueva del Reino. Jesús los envía en peregrinación. El bastón y las sandalias hacen referencia, precisamente, al camino que emprenden, donde la intemperie y el cansancio serán moneda corriente y donde no faltará la incomprensión de los destinatarios.

Lo austero del equipaje, sólo bastón y sandalias, y apenas una túnica, despeja cualquier expectativa de bienes y comodidades; les exige que lleven sólo lo necesario para la misión. En este texto, puede verse en un segundo plano, una invitación al desapego y a la radicalidad de la misión. El Reino de Dios no se caracterizará nunca por la acumulación y ostentación de bienes, sino por la respuesta de hijos amados del Padre llamados a compartir desde su libertad y sin ataduras, la vida nueva de Dios.

Para una Iglesia en salida, el camino es el espacio en que se despliega la misión; allí nos esperan muchos hermanos que están necesitando recibir el Evangelio de Jesús, sin cortapisas, ni rebusques, ni arreglos que lo desfiguren. Allí están los nuevos ámbitos que esperan el anuncio del Señor, tantas periferias existenciales que necesitan ser vivificadas con la Palabra de Dios. Por eso el Señor nos pedirá a sus discípulos ser siempre libres y disponibles ante su envío, priorizando el camino antes que cualquier forma de arraigo que nos quite libertad y disponibilidad para la misión, tan rica como desafiante.

Este evangelio siempre nos interpelará y a la vez nos propondrá una y otra vez, nuestra vocación de peregrinos al Padre mientras construimos con amor esta realidad que habitamos. No es una libertad para andar porque sí, ni un caminar hacia la nada y el vacío; es ir al encuentro de los hermanos para predicarles con amor el Evangelio de Jesucristo.

Mons. Marcelo Daniel Colombo, arzobispo de Mendoza