Lunes 20 de septiembre de 2021

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Homilía de monseñor Marcelo Daniel Colombo, arzobispo de Mendoza, en el Domingo XIII durante el año (Parroquia Virgen niña y Señor del Milagro, Mendoza, 27 de junio de 2021)

Queridos hermanos:

En la primera lectura escuchábamos al Señor decirnos que hemos sido creados para la vida, para la eternidad; siempre Dios quiere nuestro bien. Un hombre, una mujer, no es “una pasión inútil”, ni un “ser para la muerte” como alguna vez se dijo. Hemos sido creados por amor y estamos llamados al encuentro permanente con ese Amor, que es Dios mismo.

En la Carta a los Corintios, Pablo destaca los grandes valores que animan a esta comunidad, pero les insiste en que no se queden tranquilos si otros pasan necesidad, que sean generosos. En estos días se criticaba al Papa que nos recordaba un criterio de la Doctrina Social de la Iglesia, que enseña que el derecho de propiedad está subordinado al destino universal de los bienes. No es un invento de Francisco, ni una invitación al despojo de nadie. Dios quiere que todos los hombres tengan cuanto necesitan para vivir y ser felices. Mientras haya hermanos que nos necesitan y a los cuales podemos ayudar en su dificultad, el hombre siempre estará llamado a compartir antes que acumular.

El Evangelio nos presenta a Jesús comprometido decididamente con nuestra vida. Mientras regresa del episodio que el domingo pasado nos conmovía, el de la Tempestad calmada, un papá afligido por la inminencia de la muerte de su hija, acude a Él para implorarle su curación. Cree que Jesús tiene ese poder y así le pide que intervenga.

Si el dolor de todo papá o mamá ante una situación así se revela con la urgencia de la necesidad que apremia, en este caso sorprende que vaya de Jesús, alguien vinculado al poder religioso que tanto atacaba y desconfiaba de Jesús. Jairo, el papá de la niña que agoniza, es jefe de la sinagoga del lugar.

Mientras Jesús se acerca con respeto y discreción, junto a un puñado de discípulos, ello contrasta con quienes lo reciben. Se perciben señales incontrastables del dolor: llantos de los allí presentes, gritos, alboroto…. La pena incomparable de un niño muerto y la tragedia de una familia, quedan expresadas en esos signos exteriores. Cuando Jesús se acerca con su paz, lleva en su corazón la certeza honda de revivir a esa niña, de expresar que no está muerta. La escena se completa con el grotesco escenario de la burla de quienes escuchan de Jesús que “la niña duerme”. Jesús ha reconocido la fe del papá y le pide que persevere en ella: “No temas, basta que creas.”

Junto al padre y a la madre de la niña, Jesús se acerca para tomarle de la mano y llamarla a la vida. Ese gesto de autoridad de Jesús, en la intimidad del encuentro de este grupo familiar, culmina con la niña revivida que comienza a caminar. Me parece una escena que además de conmovernos, nos llama a la reflexión sobre la fuerza de la presencia y la oración familiar junto a los hijos.

¡Cuántas situaciones difíciles viven hoy tantos jóvenes, adormecidos por opciones o situaciones de muerte! ¡Cuánta necesidad de la presencia de los padres en ese mundo doloroso y destructivo! Aunque ellos ya no estén juntos, estos hijos necesitan su presencia, la seguridad de su fe, la firmeza de su amor, que pasen por arriba de los que gritan o se burlan, de los que están como espectadores sin compromiso alguno con esa vida frágil que se les escurre entre las manos. Frente a las necesidades de un hijo o una hija, los padres estarán siempre llamados a dejar de lado posiciones y prejuicios, también las diferencias entre ellos, para ponerse en las manos de Dios y cercanos a la vida que ellos mismos llamaron a la existencia… Porque el Señor, como nos dice la primera lectura, nos ha creado para la vida.

Pidamos a Dios por nuestros niños y jóvenes. Los datos de pobreza en la niñez que se han conocido en este último tiempo son alarmantes. Muchísimos niños y niñas argentinas están bajo la línea de pobreza, con innumerables consecuencias para ellos, en enfermedades y falta de posibilidades de incorporarse normalmente a la vida social. ¡Cuántas veces hemos escuchado las enseñanzas de médicos y especialistas sobre la incidencia de la desnutrición en la vida joven y adulta de las personas…!

Pero, además, en la escena evangélica, la niña revivida comienza a caminar y se integra a los presentes. Cuando hablamos de tantos jóvenes de algún modo “moribundos”, en razón de cosas que les afectan y alienan, no dejamos de aspirar a que también ellos se integren viva y realmente a la sociedad. Los planes y las ayudas económicas que puedan ofrecérseles, serán incentivos propios de la emergencia; pero todos sabemos cuánto necesitamos de jóvenes que sean auténticamente protagonistas de la vida social.

Con Jesús es posible la vida nueva. Él quiere nuestro bien y así lo manifiesta en esta conmovedora escena evangélica. Como Iglesia siempre estaremos llamados a multiplicar estos signos del amor y compromiso divinos.

Mons. Marcelo Daniel Colombo, arzobispo de Mendoza