Jueves 21 de octubre de 2021

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Tedeum del 25 de Mayo

Homilía del cardenal Mario Aurelio Poli, arzobispo de Buenos Aires, en el tedeum del 25 de Mayo (Catedral metropolitana, 25 de mayo de 2021)

Marcos 9, 30-37

El Evangelio de San Marcos nos presenta a Jesús por el camino que lo lleva de Galilea a Jerusalén para cumplir su destino: lo hace con una libertad soberana, con voluntad firme y decidida, obediente a lo que le pide su Padre Dios. En ese contexto, abre su corazón y anuncia su ya próxima pasión a los discípulos: Él será entregado en manos de los hombres, lo matarán y al tercer día resucitará. La falta de preguntas sugiere que después de haber oído estas enseñanzas, no han comprendido una palabra de la misma. Discuten entre sí quién es el más grande o el más importante, con categorías ajenas a la lógica del Reino que anunciaba Jesús en sus parábolas.

Por otro lado, les repugnaba la idea de que el Maestro tuviese que padecer la muerte para luego resucitar: lo consideraban un sueño; así se desvanecía la esperanza de un triunfo político de su líder sobre la dominación romana. Resulta paradójico que mientras Jesús va camino a su pasión, para perderlo todo por amor a ellos, sus elegidos discuten cómo escalar posiciones en una imaginaria jerarquía de poder.

No nos debe escandalizar la ambición de quienes habían seguido al Señor para anunciar un Reino que comienza aquí, pero que no es de este mundo. Es bien sabido que siempre han existido los embriagados por el ansia de poder, ese ejercicio de escalar para ver «cuál es el mayor», «el más grande»: es una constante en la historia de la humanidad. Ambicionar los primeros puestos en la escala social es habitual y no siempre con espíritu de servicio; no hay oficio o profesión, ni aun la más elevada vocación de servicio, que no esté expuesta a esta seducción. El mismo Evangelio recuerda un poco más adelante la ingenua petición de los apóstoles Santiago y Juan: «Ellos le dijeron: “Concédenos sentarnos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria”». (Mc 10, 37). A lo que Jesús les respondió: «… no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes han sido destinados» (Mc 10, 40).

Cuántas veces les enseñó Jesús quién es el verdadero discípulo y cómo debían obrar conforme a su mismo ejemplo: «Jesús los llamó y les dijo: “Ustedes saben que aquellos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud”» (Mc 10,42-45). Y además: «Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros» (Jn 13,14).

Entonces Jesús, cuya predicción no encuentra ningún eco, reúne en torno a sí a sus discípulos y comienza una lección conmovedora, con una palabra al estilo de los profetas y con un gesto simbólico. Las palabras son lapidarias: el verdadero primero en el Reino de Dios es el último en el reino de los hombres, es el siervo, el que es despreciado. La ambición de grandeza contrasta con los valores del Reino y la lógica del Evangelio, donde «los últimos serán los primeros» (Mt 19,30).

Para que sus oyentes entiendan que Dios, el más grande, manifiesta su grandeza humillándose y poniéndose en el último lugar, Jesús, toma a un niño

–el más frágil de los seres humanos–, lo abraza con ternura y lo pone en medio de la escena. No repara tanto en su inocencia y candidez, cuanto que exalta su pequeñez, la simplicidad y disponibilidad confiada, el abandono sin cálculos ni doble interés. La pequeñez que enseña Jesús la hizo oración cuando exclamó: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños» (Mt 11, 25).

Pero las palabras de Jesús van más allá: el que recibe a uno de estos pequeños, en realidad lo recibe a Él y al mismo Dios en su casa. Su enseñanza nos hace imaginar el día en que una nueva escala de los verdaderos valores nos hará reconocer la presencia de lo sagrado en los hermanos más vulnerables, porque en cada uno de ellos hay una oculta y divina presencia: «Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo» (Mt 25,40).

Iluminados con la Palabra que inspiró virtudes y gestos de grandeza en los protagonistas de la Revolución de Mayo, en un nuevo aniversario, hoy elevamos una oración de acción de gracias por la Patria que nos entregaron con enorme sacrificio, lo que para muchos significó la ofrenda de sus vidas. Ellos pensaron en nosotros y volver sobre sus ideales nos puede devolver el espíritu y el sentimiento solidario que nos permita vivir bien las pruebas y desafíos de nuestro tiempo. No nos cansaremos de evocar con memoria agradecida a las personas que se comprometieron en la gesta de Mayo.

En el 2020 recordamos a Manuel Belgrano en el Bicentenario de su muerte, cuando entró en la historia grande de la Nación. Su apasionada participación en los días más decisivos de la Revolución y la Independencia, significó para él una confirmación de su sueño largamente amasado en su mente y en su corazón desde su juventud, de una Patria Americana. En estos días de sentida evocación, su voz, hoy más que nunca, nos sigue interpelando: «Me hierve la sangre al observar tanto obstáculo, tantas dificultades que se resolverían rápidamente si hubiese un poco de interés por la patria»[1]. Lo dice quien por ella asumió servicios de grandes exigencias, pero coherente con su idea de servirla y de no anteponer ninguna mezquina ambición personal, los asumió virtuosamente. Hay algo tan inspirado y noble en este «hijo de la patria» –como le gustaba definirse–, que nos puede devolver el devaluado sentimiento fraterno y retomar su idea: la patria es un don gratuito a la que hay que amarla con sus luces y sus sombras, para convivir en amistad social con la generación que nos ha tocado en suerte. Su mirada amplia e inclusiva le hacía reconocer a los pueblos originarios e inmigrantes sin discriminarlos; concibió la idea de una patria plural y diversa en la forma de pensar, pero unida a la hora de decidir su rumbo que compromete a todos, con la contundente voluntad de acor dar en lo esencial para el bien común.

El sueño de Belgrano, de un pueblo organizado a la luz de la Carta Magna –aspiración común de los Padres de la Independencia–, y que respondiese al ideal revolucionario, después de su muerte, se desvaneció por décadas a causa de los desencuentros y enfrentamientos fratricidas, que cobró mucha sangre de argentinos entre los dos bandos irreconciliables. Se debió esperar hasta que alumbrase la Constitución de 1853, aunque mucho se temía de no ser acatada por gran parte de los integrantes de la Confederación. Es cuando surge la voz de un hijo de la tierra catamarqueña, el joven franciscano Fray Mamerto Esquiú –pronto a ser beatificado–, superando él mismo las diferen cias con el código fundamental propuesto, por no ver reflejados los intereses federales; no obstante, confiaba en el principio ordenador de una ley suprema que iluminase la vida y convivencia de todos los argentinos y la paz tan deseada. Fue entonces que desde la iglesia matriz de la ciudad de Catamarca, en una célebre oración de acción de gracias, con motivo del 9 de Julio, exhortó a sus comprovincianos sobre la conveniencia de obedecer la Constitución con las palabras bíblicas: «Nos alegramos de la gloria de ustedes» (2 Mac 12,12) y: «Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios» (Mc 12,17). Comúnmente se admite que la oración patriótica de aquel fraile criollo fue decisiva a la hora de juramentarla en las provincias[2]. El servicio que hizo con sus palabras, todavía esperan su alumbramiento definitivo.

Por momentos se instala la idea de un doble destino para los argentinos: fracasado o exitoso; con educación para todos o sumergidos en la ignorancia, abundancia para pocos o pobreza para muchos, exclusivo o inclusivo, cerrados al mundo o globalizado, con oportunidad para todos o solo los privilegiados. Pero escuchando el grito de libertad e independencia que recorre nuestra historia y llega hasta nosotros cada vez que la celebramos, decimos que hay un solo destino colectivo para nuestro pueblo: fraterno, solidario, con educación, salud y justicia, con igualdad de posibilidades para el acceso a la tierra, al techo y al trabajo, valorando y respetando la vida de todos. Si hay voluntad de acordar dialogando, podremos achicar las diferencias y estaremos más cerca de lograr ese destino común. No faltarán los valores culturales y la fe de la mayoría de las familias que apuestan al futuro con esperanza, aun en medio de privaciones y sacrificios extremos: esta es la inestimable riqueza que poseemos.

En medio de esta segunda réplica del COVID que nos golpea a todos, los obispos expresamos nuestro deseo de salir juntos y mejores, y decimos: «En la dura realidad de estos días, en la dramática extensión de la pandemia con su secuela de enfermedad y muerte, se han acentuado la pobreza, la exclusión, la falta de trabajo, así como las expresiones de un creciente enfrentamiento político… Renovamos nuestra convicción de que el diálogo es el camino para afrontar juntos, como comunidad nacional, esta etapa difícil y exigente». Ante esta situación y por el bien de la República: «Queremos pedirles a los dirigentes de todos los sectores, auténtica capacidad de liderazgo para ejercer con nobleza la vocación política, comunicando claramente la situación en cada momento, suscitando y alentando el compromiso y el empeño de todos, dejando de lado descalificaciones y posturas que promuevan el resentimiento y la división»[3]. El Papa Francisco, en su última encíclica, nos dice: «Ante tantas formas mezquinas e inmediatistas de política, recuerdo que la grandeza política se muestra cuando, en momentos difíciles, se obra por grandes principios y pensando en el bien común a largo plazo»[4].

A todas las familias que celebran con nosotros el Te Deum por la Patria que heredamos, con el Papa Francisco los invito a la esperanza, que «… nos habla de una realidad que está enraizada en lo profundo del ser humano, independientemente de las circunstancias concretas y los condicionamientos históricos en que vive. Nos habla de una sed, de una aspiración, de un anhelo de plenitud, de vida lograda, de un querer tocar lo grande, lo que llena el corazón y eleva el espíritu hacia cosas grandes, como la verdad, la bondad y la belleza, la justicia y el amor. […] La esperanza es audaz, sabe mirar más allá de la comodidad personal, de las pequeñas seguridades y compensaciones que estrechan el horizonte, para abrirse a grandes ideales que hacen la vida más bella y digna. Caminemos en esperanza»[5], ¡y que viva la Patria!

Card. Mario Aurelio Cardenal Poli, arzobispo de Buenos Aires


Notas:
[1] Carta a Bernardino Rivadavia.
[2] Cayetano Bruno SDB, Historia de la Iglesia en la Argentina, Buenos Aires, Ed. Don Bosco, Tomo X, 344- 345.
[3] Los Obispos de Argentina. Asamblea Plenaria Extraordinaria Virtual. Buenos Aires, 21 de abril de 2021.
[4]Fratelli Tutti, 178.
[5]Idem, 55.