Viernes 19 de julio de 2024

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Fiesta de Nuestro Señor de los Milagros de Mailín

Homilia de monseñor Vicente Bokalic CM, obispo de Santiago del Estero, en la Fiesta de Nuestro Señor de los Milagro de Mailín (16 de mayo de 2021)

SEÑOR DE MAILIN: COMO SAN JOSÉ QUEREMOS CUSTODIAR EL PEREGRINAR DE NUESTROS HERMANOS.

DIOS ES MI AUXILIO, EL SEÑOR SOSTIENE MI VIDA. Sal. 53,8

¡Que Mailin, tan distinto! Acostumbrados a la multitud de peregrinos que visitan nuestra villa en la fiesta grande del Señor de los Milagros, tan esperados por los pobladores de nuestro pueblo, nos encuentra ya el segundo año de esta Pandemia más silenciosos y recogidos en nuestros lugares y ambientes. Sin embargo, esta realidad favorece a la oración, al encuentro más personal y sereno con el Señor que nos atrae desde su Sagrada Imagen. Inmersos en esta prueba, nos sentimos más frágiles y pobres, tocados por infinidad de sufrimientos, hermanados por la pobreza, por la incertidumbre ante el futuro, por la tristeza que nos deja la enfermedad y la muerte, por la ausencia de seres queridos que ya no están con nosotros. Son muchos los nubarrones que oscurecen el sol de la esperanza y de una vida digna.

Atravesados por estas circunstancias, en medio de todo esto, el Señor en su infinito amor ha peregrinado a nuestros hogares para derramar su gracia, su paz y bendición. Si bien sentimos la ausencia de miles de peregrinos: podemos decirles que todos están con nosotros. Durante la novena nos han llegado miles de mensajes: testimonios, experiencias, acciones de gracias y peticiones. Hoy, en nuestra Fiesta Grande, unidos en la oración, ponemos todo lo recibido a los pies del Señor Forastero. Porque nuestra fe al Señor es la misma, nuestro amor es el mismo. Desde lo más profundo del corazón decimos: es el Señor quien sostiene nuestras vidas, Él es nuestro Señor. Lo decimos y rezamos porque sabemos en quien hemos puesto nuestra confianza: en un Dios que se abajó, se hizo cercano, asumió todo lo nuestro, sabe de pobrezas, experimentó la debilidad, la impotencia, la soledad. Confiamos y creemos en El, porque desde la Cruz -aparente fracaso de su misión- nos sigue atrayendo con su Amor. Este Cristo Crucificado ha resucitado y vive para siempre entre nosotros.

El Evangelio de Marcos, que hemos leído nos acerca muy brevemente la escena de la Ascensión del Señor. Antes de “desaparecer de la vista de los Apóstoles” les había dejado una misión: “vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará” Mc 16,15-16.

Vayan por todo el mundo: así como Jesús fue enviado por su Padre a anunciar la Buena Noticia del Reino, del mismo modo envía a los Apóstoles. Vayan, vayan a los caminos, salgan al encuentro de hombres y mujeres, de pueblos y culturas, de distintas lenguas y naciones, y proclamen el amor de Dios. El “Vayan” es mandato y exhortación a ponernos en movimiento. Salir de nuestros refugios, de los lugares seguros, de nuestras comodidades, de ciertos estilos de Iglesia inmovilizadores, muy acomodados, a veces muy espirituales, pero lejos de los demás…Vayan a las periferias: donde hay todo tipo de pobrezas, ignorancia, donde falta el pan de la verdad y la justicia, donde los ídolos de siempre -el poder, las riquezas, los honores, los prestigios -siguen esclavizando mentes y el corazón de los hombres.

Vayan, y anuncien que Cristo, es la Verdad y la Vida, nos liberó con su Sangre derramada en la Cruz, para hacernos hijos y hermanos en este camino, en la gran familia que es su Iglesia. Este mandato de salir va unido al Anuncio. Es que la proclamación de la Buena Noticia es fundamental para suscitar la fe y la adhesión a Cristo Jesús. San Pablo en su carta a los cristianos de Roma decía que la “la fe nace de la predicación de la Palabra”. Por ello el mandato misionero acentúa esta actividad. Es una actividad permanente de la comunidad de los discípulos. En esta hora de tantas pruebas, de dudas y angustias, cuando hay tantos hermanos que necesitan el pan en sus mesas, no debemos olvidar aquello “no solo de pan vive el hombre, sino de toda Palabra que viene de la boca del Señor”. Este anuncio de la Palabra de Vida es la razón de ser de la Iglesia en todos los tiempos. Como discípulos misioneros de Jesús no nos cansamos de predicar el amor de Dios manifestado en la entrega del Señor en la Cruz.

Aún, en este tiempo de pandemia, donde nos sentimos aislados y encerrados resuena este mandado y envió de Jesús. No es sólo para los apóstoles, sus cercanos colaboradores, sino para todo bautizado, pues por ser bautizados somos discípulos misioneros del Señor. Hemos recibido una hermosa herencia, no para gozarla aisladamente con los que consideramos nuestros, sino para ir al encuentro.

A este “vayan a todos” hoy puede agregarse el “cuiden de todos”. Como San José, -esposo de María, padre adoptivo de Jesús- quien recibió una misión impensada que aceptó acogió: amó al Niño y a su Madre y cuido siempre de ellos con todo su ser. También nosotros en este tiempo de fragilidades de todo tipo recibimos una misión: cuidar la vida, la fe, las familias y a las personas más débiles y vulnerables. Nos enfrentamos con problemas inmensos, muchos vienen desde antes -de hecho, escuchamos varias veces que la pandemia ha desenmascarado desigualdades sociales muy profundas- un sinnúmero de personas perdieron la esperanza de una vida digna: por la pobreza creciente, la falta de trabajo honesto, muchos jóvenes sin escuela, sin familia, sin horizontes, nuevas formas de violencia, en la que sufren de modo especial las mujeres, un inmenso universo de niños pobres e indigentes. ¿Pero cómo enfrentar esto si somos tan pequeños y con tan pocos recursos?

El Papa Francisco nos propone que, en este año de San José, consideremos la figura del carpintero de Nazaret como modelo de Fe y colaborador en la obra de redención.

Miremos a José: fue creativo y valiente… “Si la primera etapa de toda verdadera curación interior es acoger la propia historia, es decir, hacer espacio dentro de nosotros mismos incluso para lo que no hemos elegido en nuestra vida, necesitamos añadir otra característica importante: la valentía creativa. Esta surge especialmente cuando encontramos dificultades. De hecho, cuando nos enfrentamos a un problema podemos detenernos y bajar los brazos, o podemos ingeniárnoslas de alguna manera. A veces las dificultades son precisamente las que sacan a relucir recursos en cada uno de nosotros que ni siquiera pensábamos tener.

Muchas veces, leyendo los “Evangelios de la infancia”, nos preguntamos por qué Dios no intervino directa y claramente. Pero Dios actúa a través de eventos y personas. José era el hombre por medio del cual Dios se ocupó de los comienzos de la historia de la redención. Él era el verdadero “milagro” con el que Dios salvó al Niño y a su madre. El cielo intervino confiando en la valentía creadora de este hombre, que cuando llegó a Belén y no encontró un lugar donde María pudiera dar a luz, se instaló en un establo y lo arregló hasta convertirlo en un lugar lo más acogedor posible para el Hijo de Dios que venía al mundo (cf. Lc 2,6-7). Ante el peligro inminente de Herodes, que quería matar al Niño, José fue alertado una vez más en un sueño para protegerlo, y en medio de la noche organizó la huida a Egipto (cf. Mt 2,13-14)… Dios siempre encuentra un camino para cumplir su plan de salvación…

Si a veces pareciera que Dios no nos ayuda, no significa que nos haya abandonado, sino que confía en nosotros, en lo que podemos planear, inventar, encontrar…Debemos preguntarnos siempre si estamos protegiendo con todas nuestras fuerzas a Jesús y María, que están misteriosamente confiados a nuestra responsabilidad, a nuestro cuidado, a nuestra custodia. El Hijo del Todopoderoso viene al mundo asumiendo una condición de gran debilidad. Necesita de José para ser defendido, protegido, cuidado, criado... Este Niño es el que dirá: «Les aseguro que siempre que ustedes lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron» (Mt.25,40). Así, cada persona necesitada, cada pobre, cada persona que sufre, cada moribundo, cada extranjero, cada prisionero, cada enfermo son “el Niño” que José sigue custodiando. Por eso se invoca a san José como protector de los indigentes, los necesitados, los exiliados, los afligidos, los pobres, los moribundos. Y es por lo mismo que la Iglesia no puede dejar de amar a los más pequeños, porque Jesús ha puesto en ellos su preferencia, se identifica personalmente con ellos. De José debemos aprender el mismo cuidado y responsabilidad: amar al Niño y a su madre; amar los sacramentos y la caridad; amar a la Iglesia y a los pobres. En cada una de estas realidades está siempre el Niño y su madre.

“Levántate, toma contigo al niño y a su madre” (Mt. 2,13), dijo Dios a San José. Señor Forastero, enséñanos a amar y a cuidar al Niño y a su Madre -como lo hizo San José- en cada hermano que encontramos en nuestro camino. Danos su valentía creativa.

Señor de los Milagros de Mailin atráenos con tu amor, recrea nuestra esperanza y transforma nuestro corazón para ser fervorosos servidores de tu Reino de justicia, reconciliación, verdad y amor.

Mons.Vicente Bokalic CM, obispo de Santiago del Estero