Lunes 18 de octubre de 2021

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Fiesta de la Divina Misericordia

Transcripción textual de la homilía de monseñor Jorge Eduardo Scheinig, arzobispo de Mercedes-Luján, durante la celebración de la Eucaristía en el Segundo Domingo de Pascua (Santuario basílica de Nuestra Señora de Luján, 11 de abril de 2021)

Comenzamos el año con una carga grande que nos cansa, que nos fatiga y los desafíos que tenemos son muchísimos.

Tenemos el desafío de que todo el pueblo se vacune y no parece un desafío fácil.

Tenemos el desafío de ganarle a esta enfermedad.

Pero también tenemos el desafío de que haya trabajo para todos, que la economía genere bienes para todos.

Tenemos el desafío de recuperar lo ético, lo moral, que podamos ser un pueblo con una conducta, con una moral. No todo da lo mismo.

Tenemos el desafío de una dignidad que se pueda vivir, que toda persona alcance su dignidad.

Entonces por un lado cansados, fatigados, ya a esta altura del año y con muchos desafíos, es como subir una montaña. Estamos con el desafío de subir una montaña y para nosotros, los creyentes es muy importante haber celebrado la Pascua.

En la Pascua celebramos que Jesús murió, murió verdaderamente en la cruz después de mucho dolor, lo sepultaron, pero resucitó.

En la Pascua hemos celebrado que Jesús está vivo, que no lo venció la muerte.

¡Jesús no está muerto. Jesús está vivo! Esa es nuestra fe.

Nosotros creemos que Jesús está acá, está vivo y está en la calle, en la vida, está en la historia. Nosotros no creemos que Jesús quedó sepultado, sino que resucitó. ¡Vive!

¡Jesucristo está vivo! Ese es el grito pascual, Cristo está vivo.

A los primeros cristianos, las primeras comunidades, esto les significaba un cambio de vida, una transformación. No es lo mismo creer que Jesús murió y quedó muerto, a creer que venció la muerte, está vivo, está resucitado.

Esto a las primeras comunidades les generaba un cambio de vida, y a los que creemos que Cristo está vivo, también. Algo cambia en nosotros, la vida cambia en nosotros.

El evangelio que leímos nos dice que el primer cambio que experimentaron los cristianos y que experimentamos los que creemos que Cristo está vivo, es que uno se siente lleno, pleno, se siente en paz.

Lo primero que uno experimenta cuando siente que Dios está con uno, es que estamos llenos de Dios y eso nos da una paz, una serenidad, una alegría vital, inexplicable, y uno lo siente.

Y ustedes podrán decir: “Padre a mí me faltan muchas cosas; y es cierto”. La vida cada vez se hace más compleja, más difícil y sin embargo la presencia de Dios llena la vida, y uno lleno de Dios, siente algo distinto.

Como sacerdote -tengo casi 38 años de vida sacerdotal-, he acompañado a muchas personas en situaciones muy difíciles, de todo tipo, pero muy llenas de Dios. Y haber recibido ese testimonio de una persona con dificultades, pero con una paz que le transforma la vida, que le da serenidad, que le da alegría, me lleva a recordar lo primero que dice Jesús a la comunidad: “Tengan paz, estén llenos de Dios”. Cristo resucitó, está vivo, nos llena de Dios.

Lo segundo que nos trae Jesús Vivo Resucitado, es la posibilidad de dar vuelta la hoja, de cambiar la página, punto y aparte en la vida.

Nos da la posibilidad del perdón. El Espíritu Santo que Jesús vivo nos regala, es un recomenzar siempre. Lo que más nos mata es el Mal, es el pecado. Y el Espíritu nos perdona, nos hace nuevas personas, puedo volver a empezar.

Nada me detiene, puedo renacer a la vida, gracias a la misericordia de Dios. Y podemos perdonarnos unos a otros, podemos recomenzar juntos, hacer una fraternidad distinta, porque Cristo está vivo. Me cambia el corazón. No me quedo atada, atado, al pasado, sino que me lanzo al futuro.

Y porque Cristo está vivo podemos tener una fe viva.

El evangelio nos contaba lo de Tomás. Uno de los doce, un amigo de Jesús, que cuando llega a la comunidad, la comunidad le dice, “lo vimos a Jesús, está vivo”.

Y Tomas dice “yo quiero ver, quiero tocar, necesito tocar, ver sus llagas”. No le cree a la comunidad.

Cualquiera de nosotros puede ser Tomás, cualquiera puede dudar, faltarnos la fe. Cualquiera de nosotros, en este tiempo del mundo y de la Argentina en particular, muchas veces somos tomados por un escepticismo que nos pone todo en duda.

Somos hipercríticos de todo, pero paradójicamente podemos ser escépticos, aparentemente muy realistas, muy críticos y al mismo tiempo muy frágiles y muy inseguros. No somos tan fuertes como creemos ser, aún levantando la voz, y el dedo acusador, escépticos, dudando de todo y criticando todo de tal manera que no queda nada en pie.

Parecemos muy seguros pero en el fondo lo que se está poniendo de manifiesto es nuestra máxima fragilidad y nuestra máxima inseguridad, como la de Tomás. Escéptico pero muy inseguro.

Cuando el siguiente domingo a la Pascua, Jesús se le presenta a Tomás y le dice: “vení, tocá”, Tomás ni se acerca a tocar ya, sino que la presencia del Señor lo lleva a un acto de fe: “Señor mío, Dios mío”.

Jesús es como si le dijera: “Tomás, vos superaste tu incredulidad, tu escepticismo, tu crítica. La superaste viéndome, pero “Felices lo que crean sin ver, nosotros, que no vimos a Jesús, pero creemos en Él, y creemos que está vivo”.

Esto nos cambia la manera de pararnos frente a la realidad, nos cambia la manera de estar en el mundo, de interpretar las cosas. El Señor nos renueva la fe.

Estamos cansados subiendo una montaña, pero creyentes en que no estamos solos, en que estamos con él, en que caminamos con Dios. Por eso podemos enfrentar la vida con paz, no sin conflictos, sino con una seguridad interior distinta.

La fe nos regala algo que nos hace bien para la vida, para el cansancio, para subir la montaña, para enfrentar las cosas.

Estos son tiempos de agarrarse al Cristo Vivo, de agarrarse al Cristo Resucitado. Hay una canción muy linda “Pon tu mano en la mano del Señor”.

Estamos invitados, a agarrarnos de la mano del que está Vivo, y nos da vida para enfrentar la vida cotidiana.

Queridas hermanas, queridos hermanos.

También debemos hacer un poco de autocritica los creyentes. Porque Tomás es escéptico, no le cree a la comunidad. Tal vez la comunidad no fue suficientemente convincente en la transmisión de la fe. Los creyentes, tenemos que revisar nuestra manera de creer y de transmitir la fe.

Tal vez también nosotros, nos dejamos tomar por esta forma incrédula que tanto daño nos hace, tanta vida nos saca. También en la Iglesia hay incredulidad. No creemos a nada, a nadie, a veces, y vivimos de rito en rito, pero no de fe en fe.

Los invito entonces a pedirle al Señor en este domingo en que celebramos al Señor Resucitado, lleno de misericordia, que nos regale su vida, nos contagie con su vida, para enfrentar la vida de todos los días.

Que ese es el desafío que tenemos, y por supuesto le pedimos a nuestra Madre de Luján que nos regale la salud, salud para el pueblo argentino.

Mons. Jorge Eduardo Scheinig, arzobispo de Mercedes-Luján