Viernes 24 de septiembre de 2021

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Vigilia Pascual

Homilía de monseñor Luis Urbanc, obispo de Catamarca, durante la Vigilia Pascual (Catedral Basílica, 3 de abril de 2021)

Queridos hermanos:

¡Cristo, nuestra esperanza, ha resucitado! ¡Aleluya!

Hemos revivido en estos días las horas más amargas de la vida de Jesús, Nuestro Salvador, pero las más trascendentales para la historia de la humanidad y el sentido de toda vida humana… Y, ahora, en esta celebración de Vigilia Pascual, con la abundancia de ritos que contiene, proclamamos gozosos el triunfo de la Vida sobre la muerte, con la Resurrección de Jesucristo, el único ser que con su propio podersalió victorioso de la muerte y del fatídico dominio del pecado sobre toda la creación; a la vez, damos gracias a Dios Padre que jamás abandonó a la criatura humana, sino que la redimió por medio de la Encarnación y la Pascua de su amado Hijo, y le pedimos fuerza para ser testigos de tamaña Buena Noticia para toda la gente que aún vendrá a la existencia conforme al amoroso plan de Dios.

La abundancia de textos bíblicos proclamados, nos han remitido a la Persona de Jesucristo, único Mediador y Redentor de los hombres.

La palabra «muerte» se pronuncia con un nudo en la garganta. Aunque la humanidad, a lo largo de los siglos, se haya acostumbrado a la realidad inevitable de la muerte; sin embargo, siempre es desconcertante. La muerte de Cristo había penetrado profundamente en los corazones de sus más allegados, en la conciencia de toda Jerusalén. El silencio que surgió después de ella llenó la tarde del viernes y todo el día siguiente del sábado. En este día, según las prescripciones de los judíos, nadie se había trasladado al lugar de la sepultura. Las tres mujeres, de las que habla el Evangelio de hoy, recuerdan muy bien la pesada piedra con que habían cerrado la entrada del sepulcro. Esta piedra, en la que pensaban y de la que hablarían al día siguiente yendo al sepulcro, simboliza también el peso que había aplastado sus corazones. La piedra que había separado al Muerto de los vivos, la piedra límite de la vida, el peso de la muerte. Las mujeres, que al amanecer del día después del sábado van al sepulcro, no hablarán de la muerte, sino de la piedra. Al llegar al sitio, comprobarán que la piedra no cierra ya la entrada del sepulcro. Ha sido corrida. No encontrarán a Jesús en el sepulcro. ¡Lo han buscado en vano! «No está aquí; ha resucitado, según lo había dicho» (Mt 28,6). Deben volver a la ciudad y anunciar a los discípulos que Él ha resucitado y que lo verán en Galilea. Las mujeres no son capaces de pronunciar una palabra. La noticia de la muerte se pronuncia en voz baja. Las palabras de la resurrección eran para ellas, desde luego, difíciles de comprender. Difíciles de repetir, tanto ha influido la realidad de la muerte en el pensamiento y en el corazón del hombre.

Desde aquella noche y más aún desde la mañana siguiente, los discípulos de Cristo han aprendido a pronunciar la palabra «resurrección». Y ha venido a ser la palabra más importante en su lenguaje, la palabra central, la palabra fundamental. Todo toma nuevamente origen de ella. Todo se confirma y se construye de nuevo: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente. Este es el día en que actuó el Señor. ¡Sea nuestra alegría y nuestro gozo!» (Sal 117/118,22-24). Esto celebramos enestaVigilia Pascual. Es el Gran Día anunciado en el Génesis, por eso es el Gran Día esperado, que se expresa con el alegre grito del «¡¡¡Alleluia!!!»… La valentía que no han tenido de pronunciar ante el sepulcro los labios de las mujeres, o la boca de los Apóstoles, ahora la Iglesia, gracias a su testimonio, lo expresa con su «¡¡¡Alleluia!!!».

He aquí, la razón por la que hemos encendido el fuego nuevo y este Cirio,y hemos cantado el Pregón Pascual. Y, con la proclamación de una serie de lecturas, pudimos contemplar la victoria del Bien sobre el mal, de la Vida sobre la muerte. En efecto, hermanos, no se puede captar el misterio de la resurrección, sino es volviendo a los orígenes y siguiendotodo el desarrollo de la historia de la salvación hasta ese momento en el que las tres mujeresque llegaron hasta el sepulcro vacío, oyeron el mensaje de un joven vestido de blanco: «No tengan miedo. Buscan a Jesús Nazareno, el crucificado; ha resucitado, no está aquí» (Mc 16,5-6).

Ese gran momento no nos consiente permanecer fuera de nosotros mismos; nos obliga a entrar en nuestra propia humanidad. Cristo no sólo nos ha revelado la victoria de la vida sobre la muerte, sino que nos ha traído con su resurrección la nueva vida. Nos ha dado esta nueva vida. «¿O ignoran que cuantos hemos sido bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados para participar en su muerte? Con Él hemos sido sepultados por el bautismo para participar en su muerte, para que como Él resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una nueva vida» (Rom 6,3-4).Este es el misterio del agua que esta noche he bendecido, en la que penetró la «luz de Cristo»: ¡es el símbolo de la potencia de la resurrección! Esta agua, en el sacramento del bautismo, se convierte en el signo de la victoria sobre Satanás, sobre el pecado; el signo de la victoria que Cristo ha traído mediante la cruz, mediante la muerte y que nos trae después a cada uno: «Nuestro hombre viejo ha sido crucificado para que fuera destruido el cuerpo del pecado y ya no sirvamos al pecado» (Rom 6,6).

Digamos con María Magdalena: Jesucristo, mi Esperanza, ha resucitado.

Que nuestra Madre del Valle y San José, nos ayuden a internalizar el Misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, a fin de que seamos testigos valientes de los valores del Reino que deben guiar a la humanidad.

Mons. Luis Urbanc, obispo de Catamaca