Martes 28 de septiembre de 2021

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Domingo de Pascua

Homilía de monseñor Jorge Eduardo Scheinig, arzobispo de Mercedes-Luján, durante la misa del Domngo de Pascua (Catedral basílica Nuestra Señora de las Mercedes, 4 de abril de 2021)

“El evangelista Juan nos acaba de dar un detalle que me gustaría resaltar. El primer día de la semana, como nosotros estamos hoy aquí el domingo, María Magdalena, muy de madrugada, estando oscuro todavía, fue al sepulcro donde estaba su amigo Jesús.

El detalle de ir al cementerio al encuentro con la muerte en la oscuridad, pinta bien un estado de ánimo de la humanidad de este tiempo, y tal vez de muchos de nosotros.

Un tiempo difícil para la humanidad, para los argentinos, un tiempo oscuro, de perplejidad, de angustia, de miedo, en donde uno no tiene una mirada larga, sino de corto plazo. No sabemos qué va a pasar de aquí a poco tiempo.

Es un estado de ánimo el que lleva María Magdalena y el que llevamos nosotros.

Cuando la oscuridad toma el corazón, cuando esa tristeza, esa angustia, va tomando nuestro interior, va creciendo la desesperanza. Entonces tal vez más que vivir, nos dedicamos a sobrevivir. Llevamos el día, la vida. Y uno sabe que eso no es vida. Que un mundo de personas sobrevivientes es un mundo de corto plazo, que un pueblo desesperanzado, sin sueños, lleno de tristeza, puede ser un pueblo a merced de poderosos inescrupulosos.

Pero el Evangelio nos dice que cuando llega María Magdalena al sepulcro, comienza una nueva historia, algo distinto.

La piedra está corrida, ella no se anima a entrar y va en búsqueda de los discípulos. Y ellos vienen corriendo, el discípulo amado y Pedro, al sepulcro. Y entran, y ven la tumba vacía. No hay un cuerpo, sino que observan que las sábanas mortuorias estaban en el piso y un detalle: el Sudario que envolvía la cabeza, está enrollado en un lugar aparte. Alguien se tomó el trabajo de enrollarlo. No fue el robo de un cádaver. Nadie de esa manera, se hubiera tomado el trabajo de enrollar el sudario.

La tumba está vacía. No está Jesús. Para estos discípulos, que como está Pedro, está la Iglesia, en el primer día de la semana, la historia empieza a cambiar. Cambia.

Ese estado de ánimo que tienen, se transforma. Ya no va a ser sólo un sentimiento, les va a cambiar la manera de ver, la manera de entender las cosas, de posicionarse frente a la vida.

Si Jesús no está muerto, si Jesús resucitó, todo cambia. La muerte no tiene la última palabra. La vida es más que la muerte. Y el que tiene la última palabra es Dios. Dios es el que tiene la Palabra de la Vida. La muerte no es el triunfo.

Queridas hermanas, queridos hermanos. Si Jesús Resucitó, todo cambia. No sólo nuestros estados de ánimo, cambia la manera de estar en la vida. Y esto es lo que estamos celebrando hoy.

Si Jesús resucitó, su mensaje es cierto, es verdadero.

Si Jesús Resucitó, el “Abba” Padre, su Padre y nuestro Padre, es el Dios del Amor, de la Misericordia, en quien se puede confiar.

Si Jesús Resucitó, Dios no nos castiga. Dios es Amor, es Vida, es Misericordia, podemos entregarnos a Él.

Cuando rezamos el Padrenuestro y le decimos “Hágase tu voluntad”, no le tenemos miedo a su voluntad. Dios es Vida.

Si Jesús Resucitó, los crucificados de la vida, no son abandonados. Los que están cargando cruces pesadas que terminan matándolos, no son abandonados por Dios.

Si Jesús estuviera en la tumba, yo no podría decir esto. Pero la tumba está vacía.

No hay ser humano crucificado que sea abandonado por Dios.

Si Jesús resucitó, es verdad que los ciegos ven, los sordos escuchan, los mudos hablan, los paralíticos caminan. Nosotros podemos dejar de ser ciegos, sordos, mudos, no tener miedo a las parálisis.

Si Jesús resucitó, toda persona puede ponerse de pie, porque Jesús levanta a toda persona.

Si Jesús resucitó, no hay leprosos, no hay personas afuera de la comunidad. Si el Señor está vivo, toda persona es digna, es valiosa, no se puede excluir a nadie.

Si Jesús resucitó, podemos perdonar setenta veces siete, podemos tener otra actitud frente a la vida, podemos apostar por la solidaridad, por la fraternidad.

Hoy es domingo, como el día en que María Magdalena fue a la tumba. Y los cristianos solemos encontrarnos los domingos para celebrar la Eucaristía.

Porque los domingos podemos venir como María Magdalena, porque la semana se nos hizo pesada y nos tomó la tristeza, el miedo, la angustia.

Pero nos encontramos con la comunidad, con la Iglesia, con Pedro, con el discípulo amado y proclamamos la fe, escuchamos la Palabra, compartimos el pan y el vino. Venimos de una manera, pero nos vamos de otra. Sí, es verdad. Dios está. Está Vivo. Y su vida, me anima, nos anima, nos reanima. Nos resucita.

La Resurrección del Señor nos da fuerza para la vida cotidiana. Porque nosotros venimos aquí y vamos a nuestras cosas y tenemos que volver a la pelea de todos los días, de la familia, del trabajo, de los afectos. Tenemos que vencer los desencuentros y apostar por el encuentro, por la fraternidad. Pero volvemos distintos, como los primeros discípulos.

El mundo está viviendo un momento muy particular. A lo largo de la historia siempre hubo momentos difíciles para humanidad, pero ahora todo es demasiado rápido. Es la primera vez en la historia que se vive una conmoción tan fuerte a tanta velocidad. La historia tuvo momentos difíciles, guerras, pestes. Pero había otro tiempo para vivir. Hoy estamos urgidos, todo nos apura y todo nos va quitando vida.

Es urgente que nuestra fe, sea robusta.

Tener la experiencia creyente de la Vida, es un anticuerpo para la Muerte. Y eso es lo que nosotros venimos predicando hace 2000 años. La fe es lo que nos posiciona distinto frente a la muerte y a todo lo que nos mata.

En este Domingo de la Resurrección, si alguna o alguno de ustedes, tiene la carga que tenía María Magdalena, que carga con la pesadumbre del amigo muerto y por lo tanto de la desesperanza, haber creído en el Señor y su Palabra e ir a verlo muerto, los invito a hacer lo que ella también hizo. Descubrió que Jesús está vivo, le volvió el alma al cuerpo, se reanimó y volvió a comenzar.

Ayer, en la Vigilia Pascual, el Papa Francisco invitaba a recomenzar, las veces que sea necesario. Que en esta Pascua recomencemos la vida de la fe, apostemos por el Señor y que el Señor nos ayude en la vida cotidiana.

Estoy convencido que los cristianos de este tiempo tendríamos que hacer como los cristianos de los primeros tiempos. Se pusieron en movimiento, y generaron el movimiento de Jesús. Pusieron a Jesús en la vida y ese es el desafío que tenemos en este tiempo en lo político, social, económico, cultural. Poner a Jesús en la historia otra vez.

Que el Señor nos regale el don de la fe

Mons. Jorge Eduardo Scheinig, arzobispo de Mercedes-Luján