Sábado 24 de julio de 2021

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Misa Crismal

Homilía de monseñor Mons. Luis A. Fernández, obispo de Rafaela, durante la Misa Crismal (Iglesia catedral, 24 de marzo de 2021)

Queridas hermanas y hermanos:

Ante el pasado y doloroso año vivido por la Pandemia del 2020, donde creo que por primera vez, la diócesis no pudo Celebrar la Misa Crismal, agradecemos a Dios, que la Vida de la Gracia, nunca se detuvo y en medio de incertidumbres angustiosas y tristes dificultades, el Pueblo de Dios, no dejó de recibir aquello que más lo nutre y lo hace crecer como es la vida Sacramental, que sabemos, nace cada año, al Bendecir los Oleos, consagrar el Crisma, la renovación de las Promesas sacerdotales, y la manifestación Celebrativa de la Vida de Dios ante la experiencia más Significativa del Pueblo Dios en su Diocesaneidad en la Misa Crismal, acercándonos la proximidad de las Fiestas Pascuales.

Estamos transitando profundamente este Tiempo de Cuaresma, cargando sobre los hombros tantos días difíciles de Dolor, Pasión y Calvario, que nos unen más íntimamente al Señor Jesús, que camina decididamente a Jerusalén para morir en la Cruz, lo que no entendían los apóstoles y nos cuesta también hoy a nosotros caminar.

Bien podemos afirmar los sacerdotes con la renovación de las promesas, desde nuestra identidad de “ofrenda”, que hoy se une de una manera especial a la entrega del sacerdocio del Señor, que nos sentimos muy unidos a toda la humanidad. Como explica un sacerdote de nuestra diócesis, “en estos tiempos difíciles hemos palpado y vivido, las mismas situaciones de vida de grandes personajes bíblicos: como Abrahan, con el “Covid 19”, tuvimos que sacrificar muchos encuentros pastorales y nuestros afectos, semejantes al despojo de nuestro padre en la Fe, cuando Dios le pidió “dejar su tierra y sus costumbres”; nos hemos encontrado también, como Moisés, tan amigo de Dios, pero que experimentó de cerca el “sabor amargo de la tristeza” en su vida tan probada por tener que ser “puente” entre Dios y su Pueblo, y sin llegar a ver, salvo de lejos, menos aún ni pisar la tierra prometida, como nosotros hoy, a veces hasta sintiéndonos “inadecuados” para la misión evangelizadora. Y quien?, hermanos sacerdotes, en el año transcurrido, como el Profeta Elías no se sintió “desanimado” hasta el extremo, y tal vez hasta “llorando y gritando” en su interior como Jesús en Getsemaní: “Dios mío, Dios mío porque me has abandonado”, cuando la humanidad viralizo participando con el mismo Papa Francisco, sintiendo la soledad y el abandono en aquella Plaza de San Pedro, vacía y en total soledad, acompañado solo por aquellas dos Imágenes: “la Cruz y la Virgen dolorosa”, dice este sacerdote, refiriéndose a sí mismo: “Me sentí y me siento muchas veces, caminando con la mano en el arado mirando hacia atrás, o hacia adelante para decir, ya falta menos…”.

 Hermanas y hermanos, nosotros también hoy podemos decir que nuestra “fe ha sido probada”, como fue la de Abrahán y los Patriarcas, la de Moisés y la del Pueblo cuando fueron esclavos en Egipto, la de los profetas, apóstoles y todos los santos de Dios, confiados solo en Dios, porque es capaz de hacer de nosotros, nuevas creaturas, por eso nos invitó desde el inició de la Cuaresma a ponernos en camino junto con El, aceptando “llevar la Cruz”, asumiendo las pruebas, convirtiendo el corazón, porque desde ahí surge la posibilidad, de una nueva Vida, con la fuerza de “despertar y hacer crecer lo mejor” que hay en nuestros corazones, transformando la realidad que nos toca vivir, porque las pruebas, desde la mirada del amor de Dios, se transforman en oportunidades que transparentan la novedad de la Pascua, capaces de lo “nuevo”, triunfando la vida sobre la muerte, experimentando, creyendo y aceptando que “si el grano de trigo no cae en tierra y muere no puede producir fruto”.

 Las Promesas sacerdotales se abren a un futuro siempre nuevo y desafiante, donde cada uno de nosotros, desde la memoria siempre actual nacida en las raíces de un llamado que transformó nuestras vidas, porque nació en la mirada tierna, mansa y exigente de Jesús, quien nos pidió “todo”, porque palpamos un llamado Libre, que nos enamoró para siempre, porque es capaz de nutrirse cada año con la alegría del Resucitado.

 Hermanas y hermanos, la Vida de la Iglesia Diocesana, que hoy se renueva en esta Misa Crismal, nos ayude a todos a retomar con esta fuerza Celebrativa, la confianza, serenidad y paz, de tantos hombres y mujeres, conscientes este año de Celebrar los 60 años de la Diócesis, anunciar con la frescura del evangelio, siempre nuevo, el amor profundo y sencillo a la Iglesia que amamos y con el Siervo de Dios, Cardenal Pironio, seguimos trabajando unidos como meditaba en sus escritos: “Por una Iglesia, pobre, misionera y Pascual, desligada de todo poder temporal, al servicio de los más pobres y necesitados”.

 Con ganas de seguir evangelizando como una “Iglesia en salida no autorreferencial”, encerrada en sus problemas, en medio de un mundo, tan cambiante y desafiante, aportando todos desde nuestras fragilidades y vulnerabilidades, con el alma puesta en Aquél que nos llamó, y nos mostró que es desde la pequeñez y el desprendimiento, el sabernos escuchar y perdonar, con corazón de hermanos hacia todos, haciendo con paciencia la cultura del encuentro y como nos decía el querido San Juan Pablo II, con paciencia hacer una Iglesia en comunión, dando gracias a Dios, por la diversidad y pluralidad de las personas, a quienes queremos llamar hermanos, porque la única forma de dejar atrás y para siempre el individualismo es confiar en los hermanos.

 En este Año de San José, le pedimos la valentía de ser creativos y padres de verdad, ayudando y acompañando está nueva época de la historia de la humanidad, que nos ayude porque a veces como él, “no comprendemos ni entendemos muchas cosas que nos pasan en la vida”, pero San Jose no se desilusionó ni se borró, nos enseñó a no desesperar y a ser capaces porque confió en Dios, de hacer que aún las cosas difíciles, pueden transformarse en verdadera Pascua de Dios para este mundo, todos los días.

Y no nos olvidemos nunca de la Guadalupana, también Patrona y Madre de nuestra querida Diócesis.

Mons. Luis A. Fernández, obispo de Rafaela