Sábado 24 de julio de 2021

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San José. Padre adoptivo de Jesús y Esposo de María Virgen

Reflexión de monseñor Domingo Salvador Castagna, arzobispo emérito de Corrientes, sobre San José (Corrientes, 19 de marzo de 2021)

1. ¿Quién es San José? ¡Qué difícil es trabajar un tema tan importante sobre el que tan poco se ha dicho! Partiremos de lo que ven nuestros ojos para internarnos en el misterio personal de un hombre pobre, de excepcional humildad. Rasgos que lo predisponen a la fidelidad al Dios de sus padres, revelado en los acontecimientos de un pueblo, conducido por grandes Patriarcas y Profetas. El sedimento acumulado en su vida oculta y silenciosa es sólido y firme. Su familia, el entorno religioso que lo enmarca culturalmente, la misteriosa acción de Dios que lo predestina a una insólita misión y su sorpresa ante los movimientos invisibles de la gracia divina, definen su temple. La secreta maleabilidad de su espíritu, supone que no pretende saber lo que pasa. Lo que ciertamente le importa es respetar la libertad creativa de Dios, que se propone hacer de él una original obra de gracia y santidad.

2. Familia singular. Ahora sabemos, acontecido el Misterio de la salvación, qué se propuso Dios con José. Pero él no lo supo hasta el momento en el que Dios decidió revelárselo. Fue cuando el dedo del Padre lo señaló para ser esposo y custodio castísimo de María, la virginal Madre del Dios encarnado. Son datos aportados por los Evangelios -escuetos y expresivos- sobre quien es tan grande por ser tan pequeño. Junto a María conforma el marco ideal para que el Misterio de Dios encuentre su adecuado clima en el mundo. La Familia de Nazaret es idea y realización exclusivas del Divino Artesano de la Trinidad: el Espíritu Santo. Es una familia que no exhibe rasgos -imaginados por los apócrifos- que la distingan de sus vecinos de Nazaret. Aparece como una familia más, piadosa y respetuosa de sus ancestrales tradiciones. Excede toda imaginación la realización de esa singular institución natural, creada por Dios. La fe nos predispone a detenernos en cada uno de los miembros de esta Sagrada Familia. El menos importante de los tres es el jefe. De él nos ocupamos ya.

3. Es un hombre justo. José escoge un oficio que lo pondrá en contacto con la madera inanimada y sin forma, para extraer formas nuevas, no preexistentes, de su creativa inspiración. No ambiciona lucrar sino servir a sus clientes. Por causa de su temple de hombre bueno y servicial, deducimos que sus relaciones sociales producirían una empatía inmediata. Es un hombre justo: buen hijo, buen hermano, buen enamorado de María, buen esposo, buen padre adoptivo de Jesús y buen vecino. La bondad de José supone un ejercicio virtuoso que lo empeña por completo. Es elegido y responde fielmente a la misteriosa elección. Es hijo de su tiempo y de la cultura hebrea. Cree, con su pueblo, en la omnipotencia y misericordia de Jehová. La armonía de la virtud lo convierte en un ser coherente: vive lo que cree. La imagen evangélica de José -profetizada por otro José, el hijo de Jacob- es la de la fidelidad inquebrantable.

4. José humilde y fiel. La predisposición para la fidelidad es la humildad. José es humilde. No elabora un bajo concepto de sí. Simplemente no se ocupa de él, sino de lo que debe hacer para expresar su amor a Quien sabe que lo ama. No se lo entiende sin contemplar sus relaciones con Dios (Jehová), que expresan un grado excepcional de amor confiado y silencioso. Para llegar a ese nivel de desasimiento se requiere una práctica heroica de las virtudes. Podemos deducir que San José las practicó todas, sintetizadas en el amor desinteresado a Jehová, en el amor castísimo a María y en el amor protector a Jesús. Es imposible imaginarlas -o imaginar lo inimaginable-, pero se las puede someter a un simple proceso deductivo, en base a las pocas y sobrias expresiones de la Escritura. Para ello, será oportuno extraerlas, una tras otra, destacando la íntima coherencia que las relaciona con su fisonomía de “hombre justo”, mencionada por el evangelista San Mateo (1, 19). A partir de entonces el Santo se concentra en un servicio silencioso y abnegado en el humilde hogar de Nazaret. Un verdadero Ángel que custodia la virginidad y la maternidad virginal de María, su esposa, y el crecimiento asombroso de Jesús.

5. ¿A Quien y a quienes es fiel José? En su semblanza, sin destacado relieve social, sobresale la fidelidad: a Dios y a las personas de su entorno. Dios lo pone al cuidado de sus grandes tesoros: Jesús y María. José se hace cargo de inmediato. Para su cumplimiento decide mantener un perfil bajo, incluso en las ocasiones de tomar decisiones que afectan a las preciosas vidas, confiadas a él: la aceptación de su esposa embarazada, el empadronamiento en Belén y la huida a Egipto. José no titubea, aunque deba padecer el escozor de la duda. La causa de su impresionante fortaleza es la confianza absoluta en la palabra de Dios, transmitida por el Ángel. En la humildad, cuna necesaria de la fidelidad y de la confianza, diluye su protagonismo institucional -cabeza del hogar- para rendirse a los pies del pequeño Dios y de su Madre, en quienes halla la certeza de su identidad de esposo y de padre adoptivo. José es como es, gracias a sus singulares relaciones con Jesús y con María.

6. El misterio de su elección. José es, al mismo tiempo que elegido por Dios como esposo de María, el padre nutritivo de Jesús. Exhibe el rasgo de la imagen que Dios quiere reproducir en el varón junto a su esposa: “Y Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer”. (Génesis 1, 27) Ya, en San José, aparece revelada la novedad que Cristo -su Hijo adoptivo- realiza e inaugura. La humildad, que lo constituye en el “pobre” de las bienaventuranzas, le oculta lo que Dios hizo -y está haciendo- en él. El salmo 130 expresa sus sentimientos, que por ser humildes atraen la predilección de Dios: “Mi corazón no se ha ensoberbecido, Señor, ni mis ojos se han vuelto altaneros. No he pretendido grandes cosas ni he tenido aspiraciones desmedidas”. (Sal. 130, 1) No pretende ser importante, ni atraer la admiración de nadie. Le importa amar a Dios, y obedecerle sin dilaciones ni vacilaciones.

7. La calidad de sus relaciones con Jesús y María. Dios lo elige para padre adoptivo de Jesús y esposo de María. Es progresivo el descubrimiento de su peculiar misión; la disponibilidad, para hacerse cargo de su cumplimiento, se manifiesta en la celeridad de sus respuestas a las diversas instrucciones llegadas de lo Alto. Se necesita un mayor acercamiento a su pobreza y pureza de corazón para comprender la naturaleza y el nivel de sus relaciones con Jesús y María. Las distancias son enormes, producen vértigo, hasta identificarlo como el “varón justo”. No pretender más que amar y obedecer a Dios causa un misterioso silencio interior que, sin perder la clara visión de lo que se debe hacer, logra un estado de saludable vigilia espiritual. Jesús lo recomienda a sus Apóstoles en la hora angustiosa de Getsemaní: “Jesús dijo a Pedro: “¿Es posible que no hayan podido quedarse despiertos conmigo, ni siquiera una hora? Estén prevenidos y oren para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil”. (Mateo 26, 40-41) El perfil singular de José supone, como en ningún otro, ese estado de vigilia, desde la que el espíritu bien dispuesto transmite su fortaleza a la carne frágil.

8. La justicia de José. La Escritura lo identifica como “hombre justo”. Su obediencia a la voluntad de Dios lo provee espiritualmente para una respuesta generosa e inmediata. No opone, a la voluntad de Dios, el filtro de su propia y frágil voluntad. Cuando sabe que María está embarazada, sin su concurso conyugal, decide alejarse y no denunciarla. Su amor a la joven prometida en matrimonio y su enorme rectitud, no le permiten aplicar una ley inmisericorde, que lo obliga a denunciarla. Dios, como ocurrió con el Patriarca Abraham -al detener su mano que debía inmolar a Isaac- reconoce su admirable docilidad y le revela el misterio de la Encarnación y, en consecuencia, el de la Maternidad virginal de su desposada. A partir de entonces Dios no deja de revelarle su voluntad. La pureza de su corazón le permite discernir la voluntad divina, sin confusión alguna. En José comprobamos que la humildad es la pureza del corazón. Se cumple así la Bienaventuranza: “Felices los que tienen un corazón puro, porque verán a Dios”. (Mateo 5, 8)

9. La humildad es la pureza del corazón. San José revela que la pureza del corazón, tan manifiesta en él, es la humildad. Dios aprecia más la humildad de un pecador arrepentido que la candidez y natural ingenuidad de un niño. De allí que celebra la conversión del pecador: “Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”. (Lucas 15, 7) La extraordinaria madurez de José cobra nuevo impulso al ritmo de su heroica humildad. En el movimiento escondido de su vida personal y familiar, descubre la presencia de Dios y se encamina hacia su pleno conocimiento. Capta lo que Dios quiere, y lo ejecuta con ejemplar exactitud. ¿Cuál es la fuente nutritiva de esa inédita espiritualidad?: la gracia de su Hijo adoptivo, su Dios y Señor. Como María, y el mismo Jesús, no es eximido de las penalidades de la vida corriente. Las enfrenta todas y se desplaza con serena seguridad, sobre un sendero que Dios traza para él y su Familia, hasta que le sobreviene el fin.

10. José practica heroicamente la fe. Las circunstancias extraordinarias mantienen una apariencia común, a veces irrelevante. José no tiene la menor idea de la trascendencia de sus gestos y se mueve con sencillez, sin pretender atraer la atención de quienes lo observan. Existe un trasfondo misterioso en sus gestos y pocas palabras, desapercibido para quienes no saben leer en los signos la verdad de lo significado. Dispone del don sobrenatural de la fe y, en virtud del mismo, comprende lo que pasó en María, por obra del Espíritu Santo. Sabe que ese Ser, en biológica gestación, es Dios: “José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo”. (Mateo 1, 26) Como a Dios lo adora junto con su santa esposa. Lo ve emerger de aquel ser virginal, como recién nacido, y observa, conmovido, su natural desarrollo humano. Dios, Omnipotente y Eterno, llega a ese grado de anonadamiento por amor al mundo. José trasciende, como María, el velo de aquella carne sagrada, que oculta la santidad de Dios.

11. La convivencia familiar con el Emanuel. A partir de su convivencia con Jesús -el Emanuel- crecerá su amor y conocimiento. Es imposible imaginar su grado de acercamiento al Verbo hecho hombre. Es llamado “padre” por Jesús que, a su vez, contempla, en sus rasgos de carpintero laborioso y honrado, el rostro invisible de su Padre Eterno. De José aprendemos a intimar con Dios, abajado a nivel de una convivencia familiar ordinaria, en la que el mismo Hijo de Dios encarnado, se somete dócilmente a la autoridad de María y de José: “Él regresó con sus padres a Nazaret y vivía sujeto a ellos”. (Lucas 2, 51) José conoce su responsabilidad de “capus familiae” y la desempeña con naturalidad, comprendiendo su exacta y personal ubicación de autoridad familiar y, al mismo tiempo, su condición de criatura, que lo subordina a su Dios y Creador, en la Persona divina de su niño. José descubre el misterioso designio, que le exige despojarse de todo lo propio, para hacerse cargo de lo que le es encomendado. Cumple puntualmente las órdenes recibidas de Dios, y no se le ocurre alternativa alguna a lo que el mensajero angélico le comunica como de Dios.

12. No cesa de recibir órdenes y obedecerlas. Las órdenes son precisas e inconfundibles: “Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y permanece allí hasta que yo te avise…” (Mateo 2, 13) Transcurrido el tiempo José recibe otra directiva: “Cuando murió Herodes, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José, que estaba en Egipto, y le dijo: “Levántate, toma al niño y a su madre, y regresa a la tierra de Israel…”. (Ibídem 2, 19-20) Así, sucesivamente, José no cesa de recibir órdenes y obedecerlas. Toda su vida gira alrededor de misteriosas disposiciones divinas, hasta que él mismo es reclamado por su divino Mandante -mediante su santa muerte- asistido por Jesús y por María. La disponibilidad manifestada por José supone una virtud acrisolada en el silencio y en la contemplación. Virtudes imprescindibles en la vivencia de la fe. Comunes en los santos, y opuestas a toda mediocridad, son las virtudes inspiradas e impulsadas por la humildad. Existe una oportuna oración que podemos recitar: “Enséñanos José: Cómo se es “no protagonista”. Cómo se avanza sin pisotear. Cómo se colabora sin imponerse. Cómo se ama sin reclamar”. “Dinos José: Cómo se vive siendo “número dos”. Cómo se hacen cosas fenomenales desde un segundo puesto”.Explícanos José: Cómo se es grande sin exhibirse. Cómo se lucha sin aplauso. Cómo se persevera y se muere uno, sin esperanza de que le hagan un homenaje”.

13. Una intimidad inefable. Para llegar a ese secreto nivel de presencia y desaparición se necesita un estímulo fuerte, de imposible procedencia mundana. Está allí, en el hogar de Nazaret, donde José debe asumir su rol de padre y esposo. Es Jesús, su Hijo adoptivo, identificado por la fe como el Hijo de Dios encarnado. Nos preguntamos cómo sería su relación con Él en familia. María aporta un clima de excepcional afecto y recogimiento entre aquellos seres tan amados. Santos, como el Beato Carlos de Foucauld, se introducen en ese ámbito familiar, para aprender, de María y José, el amor a Cristo. Es allí donde José intima con Jesús, como nadie, aventajado únicamente por María. Se acostumbra a trascender aquel cuerpecito, que se desarrolla saludablemente ante su mirada complacida y su solicitud paterna. No pretende eludir la natural opacidad de lo que sus ojos ven y sus manos acarician.

14. Jesús es Dios, y lo trata como a tal. Por la fe sabe que su Niño es Dios, y le tributa el culto que merece Dios. Logra compatibilizar ambas e innegables realidades: la divinidad y la humanidad. Gracias a la segunda llega al conocimiento de la primera, mediante el don de la fe, que le otorga la capacidad de adorar a Dios en la carne tierna que él cuida y alimenta con delicado esmero. Así, día tras día, compartiéndolo todo: su artesanía, su pan, su techo y el amor de María, que es su esposa. Se enternece ante los mínimos gestos de aquel jovencito, que vino a salvar al mundo y a cambiar su historia. Suyo y de Dios… suyo y de María, suyo y de la humanidad. Su amor a Dios calca los rasgos de aquel joven, cuyo Padre verdadero es Jehová y su Madre María Virgen; que está al alcance de sus manos fuertes y de su abrazo protector; al que debe enseñar a ser un hombre bueno y justo, como él, y de Quien aprende a ser santo. Su amor llega a la adoración y al conocimiento del extremo amor enternecedor de Dios por el mundo: “Si, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera sino que tenga Vida eterna”. (Juan 3, 16)

15. El espejo nítido de sus virtudes. La Iglesia lo ha declarado su modelo y Patrono, más allá de una devoción, madurada en las austeras aulas del tiempo. La singularidad de su capacidad contemplativa -y de su santidad- atrae la atención de grandes místicos, como Santa Teresa de Jesús. Aprende lo que su Hijo adoptivo -en muchas ocasiones su discípulo- le enseña en la intimidad familiar de Nazaret, más intensa y vital que la convivencia que logrará con sus principales discípulos. Los Apóstoles y los santos son unos iniciados frente al humilde y silencioso José, sólo María lo supera. Su capacidad proviene de la humildad y se acrisola en el sufrimiento. Por renunciar a pensar en él y desvivirse por el cuidado de los tesoros a él confiados, alcanza lo que llegó a ser. Este año, dedicado a él, nos ofrece la oportunidad de observarnos en el espejo fiel de sus virtudes. Consiguió la perfección que debemos intentar, emprendiendo el único camino de humildad y pobreza de corazón, que él recorrió silenciosa y pacientemente.

16. Un necesario y universal aprendizaje. Quizás sea ésta la mejor ocasión para bajar a nuestra vida cotidiana, como simples creyentes, las enseñanzas que imparte José, desde su ejemplar comportamiento. Sea cual fuere nuestra situación en el mundo y en la Iglesia, la figura emblemática del Santo ofrece las esencias para una vida rectamente orientada. Como él, es oportuno recorrer su misteriosa trayectoria y observar la solidez y simplicidad de las bases que la sostienen y orientan. San José es humilde, absolutamente despojado de las pretensiones que aparecen como “legítimas” en la perspectiva de numerosos contemporáneos. Hemos Identificado la humildad con la pureza de corazón. De esa manera advertimos, en su realización temporal, la capacidad de “ver a Dios” y los valores humanos que encuentran su explicación última en Dios. Sin apartar nuestra mirada del humildísimo José, llegamos a la conclusión de que la humildad, así personificada, es la condición “sine qua non” para el logro de la sabiduría y el hallazgo de toda verdad.

17. Obedecer a Dios, venciendo la soberbia. La humildad es transparencia y, en consecuencia, fidelidad a Dios, digno de todo nuestro amor y de nuestra incondicional obediencia. La prédica de Jesús se refiere principalmente al “cumplimiento de la voluntad del Padre”. Más aún “su comida y su bebida” es hacer la voluntad del Padre; constituye, a quienes así obran, en más que sus consanguíneos: “Estos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”. (Mateo 12, 49-50) Para José, como para sus antepasados Patriarcas y Profetas, hacer la voluntad de Dios es el propósito principal y máximo anhelo. El pecado inclina la voluntad a la desobediencia, y causa una distorsión en la capacidad discernitiva de la persona humana. El demonio engaña, y hace gala de una estrategia seductora para inducir al error. Así cedió la incauta Eva, hasta arrastrar a su marido Adán al mismo error. Para ello, el demonio los tienta con una falsa promesa: “La serpiente dijo a la mujer: “No, no morirán. Dios sabe que cuando ustedes coman de ese árbol, se les abrirán los ojos y serán como dioses, conocedores del bien y del mal”. (Génesis 3, 4-5)

18. José marca un sendero de conversión. La ambición demencial de ser como dioses hiere mortalmente a los primeros padres. Entonces la soberbia se constituye en la “concupiscencia del espíritu”, únicamente combatida y vencida por la humildad. José basa su justicia o santidad en la humildad. Lo es hasta conformar su personalidad, recorriendo el sendero de Jesús -su Hijo adoptivo- como lo hará Juan Bautista: “…aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón…” (Mateo 11, 29) Su lección, tan bien aprendida, contiene una asombrosa vigencia. La conversión, a la que Jesús convoca a quienes transmite la Buena Nueva, mantiene su actualidad en circunstancias acuciantes como las nuestras: “A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar: “Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca”. (Mateo 4, 17

19. Año dedicado a San José. El Año de San José, decidido por el Papa Francisco, posee un propósito pastoral que aún debemos elaborar en el estudio y la oración. Oportunidad imperdible, ofrecida en un nuevo gesto de la misericordia de Dios, dirigido a todos los cristianos. Diversas son las funciones en la única misión evangelizadora de la Iglesia. Cada una de ellas ha sido pensada para el servicio común. Desde el Sumo Pontífice, al más oculto y silencioso de los bautizados, se produce un necesario compromiso misionero. El Espíritu, que anima a la Iglesia, ejecuta su asombrosa artesanía de santidad, para la prolongación actual del cumplimiento de la Misión que Cristo recibió de su Padre: “Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”. (Juan 20, 21) San José ofrece el fruto de su aprendizaje a toda la Iglesia, de la que es Patrono y modelo. En base a las reflexiones que hemos procurado hilvanar tímidamente podremos renovar nuestra vida bautismal: Obispos, presbíteros, diáconos y particularmente los laicos entre los que San José se destaca como nadie.

20. Breve conclusión. El amor a la Iglesia se identifica, en San José, al amor a Jesús. La intimidad de José con el Divino joven es modelo de silenciosa contemplación. La fe, que le permite trascender lo que ve y toca con sus manos, lo asiste en su inefable convivencia con el Hijo de Dios y de María. Recoge sus palabras y, sobre todo, sus hogareñas actitudes. La vida de la Iglesia planta sus profundas raíces en esa intimidad con su Señor. José, como de manera eminente María, enseña a vivir -en la fe- la relación con Cristo. Estas pausas históricas, como son las grandes celebraciones litúrgicas, los Concilios y los Sínodos, contribuyen a renovar la espiritualidad y misionalidad de todos los cristianos, en vista a un mundo hambriento de los valores que únicamente Cristo puede ofrecerle. Supliquemos el amparo de San José de Nazaret.

Mons. Domingo Salvador Castagna, arzobispo emérito de Corrientes