Lunes 20 de septiembre de 2021

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Ordenación diaconal y presbiteral de siete seminaristas

Homilía de monseñor Marcelo Daniel Colombo, arzobispo de Mendoza, en la ordenación diaconal y presbiteral de siete seminaristas (Santuario de Nuestra Señora de Lourdes, El Challao, 27 de febrero de 2021)

Queridos hermanos,

Hace apenas una semana nos reuníamos para celebrar la Misa Crismal, fiesta de los dones de la Gracia de Dios, de los ministerios y servicios de la Iglesia ejercidos en comunión misionera. Hoy nos convoca un acontecimiento también muy feliz para nuestra Iglesia particular: la ordenación diaconal de Franco, Nicolás, Matías, Román y Santiago, y la ordenación presbiteral de Abel y Pablo, todos ellos formados en nuestro Seminario Arquidiocesano.

Es un día de alegría para todo el Pueblo de Dios que siempre espera pastores que siembren en sus corazones la buena semilla de la Palabra, los cuiden, cultiven y animen para crecer en la vida cristiana y el testimonio fiel. ¡Bienvenidos queridos muchachos, a esta nueva etapa de sus vidas en una Iglesia servidora, fraterna y samaritana!

Los textos bíblicos escogidos nos permiten profundizar en el servicio de los ministros sagrados. Sus palabras urgen nuestra respuesta comprometida y fiel si queremos vivir enteramente el proyecto de Dios en nuestras vidas entregadas al servicio de su Pueblo.

En Hechos de los Apóstoles (Hch. 20, 17-18a. 28-32. 36) vemos un encuentro conmovedor entre el apóstol Pablo y los presbíteros de Éfeso. El relato nos remite al clima de intimidad y tensión emotiva de la despedida del mismo Jesús de sus apóstoles. Del legado de Pablo resuena con fuerza el encargo de cuidar el pueblo encomendado, rescatado por la sangre de Cristo.

Nunca faltarán la rapacidad malintencionada de quienes se abaten sobre la comunidad y la confusión que siembran interesadamente los enemigos de la verdad. Por eso, el deber de cuidado que se nos impone a los servidores del Señor, implica poner el bien del pueblo encomendado por encima de cualquier consideración o ventaja personal. Cuidar exige atención y presencia, valentía y claridad, no sólo en lo que se dice sino en el modo personal de un obrar que sea siempre responsable a fin de evitar que nuestros fieles se vean confundidos o abandonados a su suerte. Que quienes acudan a Uds. en busca de una palabra de consuelo y de esperanza, se sientan recibidos y escuchados, y tengan una respuesta según el corazón de Cristo. Que siempre puedan asumir en primera persona los sentimientos del Señor hacia sus hermanos los hombres.

En la Segunda carta a los Corintios (2 Cor. 4, 1-2. 5-7), Pablo una vez más, en nombre del Señor, presenta su propio testimonio de fidelidad a la Palabra de Dios y su valentía de no callarla ni traicionarla. Es ante Dios que el Apóstol responde por sus actos y recuerda a los suyos que el ministerio recibido es un servicio a la predicación del misterio de Cristo ante los hombres. En nuestra fragilidad resplandece el enorme valor del tesoro que llevamos y se destaca la misericordia de Dios que nos ha llamado a servir en su nombre.

Uds. tendrán a cargo en sus parroquias y comunidades, el anuncio del Señor Jesús, la maravillosa y siempre desafiante misión de poner de manifiesto la obra de Dios y su llamada a la vida nueva en Jesucristo, muerto y resucitado por amor a los hombres. Por eso, en la predicación de la Palabra, les encomiendo que expliquen con fervor y sencillez los sagrados misterios para iluminar evangélicamente las situaciones que viven las personas, especialmente las dificultades de la vida familiar y social. Nunca pretendan parecer cultos e inteligentes con argumentos de difícil comprensión que alejen u ofendan a tantos hermanos que anhelan la Palabra de Vida y necesitan a partir de ella, recibir orientaciones para vivir según Dios. Tomen distancia de vanidades mundanas y de aquella superficialidad que confunde y escandaliza a nuestra gente. En sus gustos y aspiraciones, así como en sus opciones y decisiones, no se olviden que han sido llamados a vivir como servidores de los hombres, y eso exige también sobriedad en el uso de los bienes materiales.

En el Evangelio (Juan 10, 11-16), Jesús confronta el amor del buen Pastor con las actitudes del mercenario y del ladrón, que buscan su propio bien sin hacerse responsables ni cuidar al rebaño en peligro. En la relación con sus ovejas, el Buen Pastor es capaz de dar su vida por ellas, de acompañarlas en sus vicisitudes y trajines cotidianos, porque las conoce bien, así como ellas mismas lo conocen a Él.

Así Uds. están llamados a vivir y ejercer un ministerio de ternura y misericordia hacia las ovejas perdidas como aquellas que transitan momentos de dolor, angustia o dificultad. Nunca podrán ser eslabones anónimos de un engranaje automatizado que funciona con la indiferencia de una máquina. Cada uno de Uds. es un hijo muy amado por Dios, llamado a multiplicar con un corazón libre y servicial, ese mismo amor que los eligió. Por eso les pido especialmente que se conecten con la realidad de nuestro pueblo, que no se pierdan en caminos y búsquedas autorreferenciales, donde se apacienten a sí mismos mientras la vida real, los sufrimientos de nuestra gente y sus luchas cotidianas quedan al margen de sus oraciones, gestos y opciones de pastores.

En esta misma línea, escuchando las palabras de Jesús sobre quien sólo actúa por interés material en relación con las ovejas, quiero insistirles en su imprescindible amor a los pobres y los más necesitados de los consuelos de Dios. Un ministerio centrado en algún interés económico, el prestigio personal o la acepción de personas, los alejará de la misión y del mismo Cristo que los envió.

Me han escuchado en distintas oportunidades referirme a la paternidad espiritual como carisma de los presbíteros y de aquellos que se preparan para este ministerio. En este año dedicado a San José, él puede ayudarnos a vivir nuestra misión de amor en la Iglesia. Nos recuerda el papa Francisco que:

“San Pablo VI observa que su paternidad se manifestó concretamente «al haber hecho de su vida un servicio, un sacrificio al misterio de la Encarnación y a la misión redentora que le está unida; al haber utilizado la autoridad legal, que le correspondía en la Sagrada Familia, para hacer de ella un don total de sí mismo, de su vida, de su trabajo; al haber convertido su vocación humana de amor doméstico en la oblación sobrehumana de sí mismo, de su corazón y de toda capacidad en el amor puesto al servicio del Mesías nacido en su casa» [Homilía (19 marzo 1966): Insegnamenti di Paolo VI, IV (1966), 110.]

En las parroquias y comunidades, en las distintas áreas pastorales, especialmente aquellas que acompañan en el dolor físico, la pérdida de la libertad, las adicciones, la indigencia y la vida de la calle, las migraciones y cualquier forma de esclavitud, nuestra paternidad espiritual está llamada a donarse sin reservas a quienes nos necesitan.

En este camino de servicio, no estarán solos. Como les compartía en la Misa Crismal, la pasada semana: “En una Iglesia toda ministerial, los diáconos permanentes, la vida consagrada y el apostolado laical contribuyen a nuestro propio testimonio, comunicándonos la preeminencia del mandamiento del amor en los distintos estados de vida, en las diferentes llamadas.” (Homilía en la Misa Crismal, 20-02-21)

Como a cada sacerdote y diácono, les pido que se sientan corresponsables de nuestra Iglesia particular; esto se traducirá además de la dedicación al servicio parroquial o comunitario encomendado, en alguna participación en la pastoral arquidiocesana, donde se conjuguen la vocación o carisma personal, con la necesidad que apremie y el envío del obispo. Alguna vez puede tentarnos la egoísta ilusión de hacer rancho aparte y acomodarnos en nuestro nicho de bienestar. La parroquia o comunidad deberá ser siempre un espacio de interpelación misionera donde la Palabra de Dios nos inquiete y ayude a buscar cómo llegar a todos, en solidaridad y comunión con el obispo y los hermanos sacerdotes, dejando atrás egoísmos y comodidades, para emprender el generoso camino del servicio. Sentir con la Iglesia implica también, entonces, vivir con amor corresponsable la solicitud de toda la Iglesia mendocina y universal.

Queridos muchachos, ¡bienvenidos a esta hermosa misión de anunciar a Jesucristo y servirlo en los hermanos! Será un tiempo de aprendizaje; seguiremos acompañándolos para animarlos a crecer en ese amor de Jesús el buen Pastor. Los errores y dificultades forman parte de la mochila de viaje. Con humildad y buena disposición para dejarse ayudar, se irán fortaleciendo en la misión. Ninguno de nosotros nace sacerdote, sino que se va haciendo pastor en las manos de un Dios artesano, junto al afecto del pueblo que nos recibe en su nombre.

Que la Virgen del Rosario, con su tierno amor maternal, los siga cuidando, animando y sosteniendo.

Mons. Marcelo Daniel Colombo, arzobispo de Mendoza