Lunes 20 de septiembre de 2021

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Misa Crismal

Homilía de monseñor Marcelo Daniel Colombo, arzobispo de Mendoza, durante la Misa Crismal (Parroquia Nuestra Señora de los Dolores, Mendoza, 20 de febrero de 2021)

Queridos hermanos

Nos hemos reunido para celebrar anticipadamente la Misa Crismal. En ella Jesús nos convoca con su Palabra y junto con su Cuerpo y su Sangre, nos ofrece los dones de su gracia para edificar la comunidad cristiana y animar su testimonio ante el mundo.

La alegría del Ungido, consciente de su misión, se manifiesta al expresar las acciones que lleva a cabo para bien de su pueblo: llevar la buena noticia a los pobres, vendar los corazones heridos, proclamar la liberación a los cautivos y la libertad a los prisioneros, proclamar un año de gracia del Señor, consolar a todos los que están de duelo, mudando tristeza y abatimiento en alegría y alabanza.

En esta Eucaristía, queremos celebrar la alegría de nuestra propia unción, renovar nuestro sí al Señor y la disposición a seguir actuando en su nombre y compartiendo con nuestros hermanos los dones recibidos: la Buena Noticia, el consuelo, la libertad, la misma gracia de Dios. Nuestra alegría es servir al pueblo en el que fuimos llamados y al que hemos sido enviados como testigos de Cristo, el Testigo fiel. En su sangre hemos sido purificados, rescatados y fortalecidos. Y no queremos guardarnos nada de lo recibido, porque ésta es nuestra misión: dar y darnos, ser nosotros mismos Aquél a quien anunciamos y entregamos.

En la misa Crismal, renovamos las promesas sacerdotales en el marco de la comunión eclesial con el obispo y los hermanos presbíteros, y tiene lugar la bendición de los óleos de los catecúmenos y de los enfermos, así como la consagración del santo Crisma. La dinámica sacramental vivida en la Iglesia se relaciona estrechamente con nuestro servicio, al santo Pueblo de Dios, como administradores de una Gracia que nos excede.

A causa de la pandemia y las necesarias disposiciones sanitarias, la iniciación cristiana se ha visto condicionada. Con el tiempo, se ha logrado, en parte, normalizar la administración de los sacramentos del bautismo, la Eucaristía y la confirmación. Contribuyeron a ello los distintos equipos pastorales que han sabido ingeniárselas para celebrar estos sacramentos después que se restablecieron algunas condiciones para ello.

Sin embargo, nos preguntamos cómo será este año. La dura experiencia del 2020 nos debe ayudar a madurar alternativas concretas a la presencialidad en materia de preparación, sin ceder a la tentación del sacramentalismo, asumiendo como sacerdotes una actitud proactiva para estar cerca de las vidas de las familias, así como de los adolescentes y jóvenes que pueblan nuestros grupos de confirmación. “Si a veces pareciera que Dios no nos ayuda, no significa que nos haya abandonado, sino que confía en nosotros, en lo que podemos planear, inventar, encontrar.” (Francisco, Carta apostólica, Con corazón de Padre, n. 5) La suerte de nuestra gente es la nuestra; sus problemas son los nuestros; no podemos ni queremos dejarlos solos en estas circunstancias.

Un ámbito más exigente y que nos crea perplejidad en cuanto al mejor modo de afrontarlo, es el mundo del dolor. Algunas comunidades parroquiales han asumido con creatividad y fidelidad a sus hijos, el seguimiento y acompañamiento de los enfermos: la formación y difusión de grupos de escucha y el aprovechamiento de las visitas de Cáritas, han permitido estar presentes en la vida de muchas personas, alentando su esperanza.

Algunos hermanos sacerdotes han vivido en primera persona la angustia que causa la fragilidad de la salud física y psíquica. En esto ha sido importante sostenernos no sólo en la oración sino también con los medios concretos que hicieron falta. Necesitamos aprender de la experiencia vivida para buscar ayuda, abriéndonos a los hermanos, y no dejarnos abrumar por el peso de una soledad que pudiera abatirnos y hacernos sentir insignificantes y abandonados.

Pero permítanme frente a este sagrado momento en que bendeciremos el óleo de los enfermos, pedirnos un compromiso mayor con la atención de nuestros hermanos enfermos. Si el Servicio Sacerdotal de Urgencia es un instrumento eclesial de ayuda en momentos críticos de la vida de una persona, la pastoral de la salud parroquial y la visita sacerdotal al enfermo siguen siendo el modo ordinario y querido por la Iglesia, aún en el marco de pandemia, para hacer presente el ministerio de Cristo. No podemos remitirlo todo al Servicio sacerdotal de urgencia, llegado el caso, o a aquellos sacerdotes que sabemos son más sensibles a esta problemática. Los enfermos son parte del pueblo encomendado a nuestro cuidado. Las medidas de higiene y seguridad las conocemos, las disposiciones cuando hay una internación también nos han sido explicadas. No nos dejemos ganar por el miedo, la indiferencia o el alarmismo. Actuemos con sumo cuidado, sin dejar de estar presentes y pidiendo nosotros mismos a otro sacerdote si perteneciéramos a grupos de riesgo o estuviéramos enfermos. En el Año dedicado a San José, consideremos su vida y su testimonio. Nos ayuda el Santo Padre con su Carta “Con corazón de Padre”.

Como padre en la ternura, San José ve con ojos de fe cuanto nos sucede. Ejercemos este ministerio de amor que nos encomienda el Padre en tiempos difíciles, en situaciones críticas, en momentos eclesiales complejos. “Así, José nos enseña que tener fe en Dios incluye además creer que Él puede actuar incluso a través de nuestros miedos, de nuestras fragilidades, de nuestra debilidad. Y nos enseña que, en medio de las tormentas de la vida, no debemos tener miedo de ceder a Dios el timón de nuestra barca. A veces, nosotros quisiéramos tener todo bajo control, pero Él tiene siempre una mirada más amplia.” (Francisco, Carta apostólica Con corazón de Padre, n. 2)

Ante la consagración del santo Crisma, pienso en Abel y Pablo que el próximo sábado recibirán el ministerio del presbiterado. Y en Franco, Matías, Nicolás, Román y Santiago que serán ordenados diáconos en vistas a la unción sacerdotal. Al incorporarlos sucesivamente a nuestro presbiterio, queremos animarlos a vivir junto a nosotros, el carisma de la paternidad espiritual, en favor de las personas encomendadas a nuestro cuidado, especialmente los más pobres, los débiles, los excluidos.

Si la Iglesia es una familia de creyentes hermanados en Cristo, nuestra paternidad es un reflejo de la misma paternidad de Dios que quiere acompañar la vida de sus hijos. En las parroquias y comunidades, en las instituciones y en las distintas misiones pastorales, Dios nos llama a ser padres de su pueblo. Para ello nos ungió. Esa paternidad es una respuesta a la vocación de amor que nos llenó el corazón y nos llamó a seguir a Jesús de cerca. Hoy es urgida en cada desafío pastoral, en toda nueva vida que se nos encomienda, en cada misión que se nos confía.

Francisco se refiere a José como padre en la acogida, para indicar su apertura de corazón frente a la vida misma.

“José deja de lado sus razonamientos para dar paso a lo que acontece y, por más misterioso que le parezca, lo acoge, asume la responsabilidad y se reconcilia con su propia historia. Si no nos reconciliamos con nuestra historia, ni siquiera podremos dar el paso siguiente, porque siempre seremos prisioneros de nuestras expectativas y de las consiguientes decepciones (Francisco, Carta apostólica Con corazón de Padre, n. 4).

En el camino del ejercicio de esa paternidad, asumir nuestra propia historia personal con la mirada de la fe, reconciliarnos con ella, nos puede indicar nuevos caminos para afrontar viejas decepciones y fracasos, para profundizar en la identificación de aquellos momentos felices que nos confirmaron en caminar junto a nuestro pueblo. Ciertas rutinas vacías de amor, ciertas lógicas y comportamientos, más de funcionarios que de servidores, nos van desgastando y quitando libertad y fortaleza, aquella magnanimidad imprescindible para vivir nuestra misión. Es necesario volver una y otra vez al amor primero de la llamada del Señor, que siempre tuvo la iniciativa y a quien todo le debemos. No estamos abandonados ni derrotados si nos reconocemos abrigados por la Providencia de Dios que nunca nos deja.

Una vez más quiero agradecerles a todos y a cada uno, la entrega generosa en el ministerio. En particular la cercanía vital con nosotros los obispos en momentos difíciles y exigentes de nuestra misión. Las dificultades vividas nos purifican en esta parte de nuestras vidas y nos ayudan a valorar el don de Dios que es nuestro pueblo, presente en tantas parroquias y comunidades, el regalo de nuestra Iglesia particular, de su presbiterio sin tensiones ni divisiones estériles, más allá de las diferencias de edad o de pensamiento y con experiencias concretas de fraternidad sacerdotal, así como del extendido servicio de nuestros diáconos permanentes, la presencia significativa de la vida consagrada y del apostolado laical en las nuevas fronteras existenciales de nuestra Mendoza de hoy. En una Iglesia toda ministerial, los diáconos permanentes, la vida consagrada y el apostolado laical contribuyen a nuestro propio testimonio, comunicándonos la preeminencia del mandamiento del amor en los distintos estados de vida, en las diferentes llamadas.

Pido a Dios para todos, para Uds. queridos hermanos presbíteros, para los diáconos permanentes, para los consagrados, para las familias y comunidades, la bendición del Señor y aquellas gracias que estén necesitando. María, nuestra Madre del Rosario, nos guía y acompaña para decir que sí a la urgencia del amor al que nos invita Jesús, su Hijo y buen Pastor.

Marcelo Daniel Colombo, arzobispo de Mendoza