Lunes 18 de octubre de 2021

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"¡Tú me has seducido, Señor, y yo me dejé seducir!"

Homilía de monseñor Gustavo Montini, obispo de Santo Tomé durante la misa de Consagración en el Orden de las Vírgenes de Gisele Aparecida Dos Santos (Parroquia San Antonio de Padua, Gobernador Virasoro, 12 de octubre 2020)

Textos bíblicos: Jer 20,7-10;
 Hech. 1,12-14; Lc 11, 27-28.

1. Queridos Hermanos: La Pascua de Jesús en nuestra vida la celebramos por primera vez en el sacramento del Bautismo, y por obra de la Iglesia hoy la actualizamos en este banquete Eucarístico. Ella nos permite tener una mirada sabia –cargada de fe- frente a la situación dramática que estamos viviendo. El mundo, y quienes lo habitamos, estamos transitando un momento de “pasión”. La Pascua nos recuerda que nada terminará así. Si ponemos lo mejor de nosotros, y a ejemplo de Jesús, ofrecemos nuestra vida –con todo lo nos pasa- al Padre, todo acabará bien[1]. Esta es la buena noticia que los creyentes contamos, y que en esta Eucaristía renovamos. Esta serena certeza nos hace caminar en Iglesia con un estilo que nos gusta llamarlo “mariana y profética”. Un retoño de esa gracia que vemos como horizonte final, brota como una primavera con la consagración Gisele. Una gracia para ella, un regalo para nosotros. Todo acabará como esta gracia. Todo acabará bien.

2. La consagración en el Orden las Vírgenes de Gisele la celebramos discretamente. Si bien somos pocos en este templo, gracias a los medios de comunicación y a las distintas plataformas virtuales, esta asamblea litúrgica no tiene fronteras. Nos alegra encontrarnos de este modo, y a la vez sentir el calor de muchos hermanos que nos están acompañando, incluso desde la hermana República Federativa de Brasil.

3. La providencia de Dios ha querido que celebremos esta consagración, en el marco de los cincuenta años de la restauración del rito de la Consagración de Vírgenes. Se trata de un carisma antiguo, que por gracia de Dios ha vuelto a mostrar su rostro y su peculiaridad en la Iglesia contemporánea, en el marco de la renovación realizada por el Concilio Vaticano II.

4. La vida cristiana se decide y se consolida gracias al encuentro con la persona de Jesús. Benedicto XVI bien lo decía; “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da nuevo horizonte a la vida[2]. Ahora siempre es bueno recordar que la vida cristiana es gracia, a la que nosotros libremente adherimos. Por tanto, quien siempre toma la iniciativa en buscarnos y llamarnos es Dios. San Agustín describe este llamativo proceso diciendo: “Nadie puede venir a mí, si no es atraído por el Padre. No vayas a creer que eres atraído contra tu voluntad; el alma es atraída también por el amor…, es atraída sin que se la violente…, es atraída por aquello que desea… ¿no va a atraernos Cristo revelado por el Padre? ¿Qué otra cosa desea nuestra alma con más vehemencia...?»[3].

5. En esta gramática vocacional propia de toda vida cristiana se inserta la vida consagrada. En ella a diferencia de cualquier otro llamado, se exalta el lenguaje de la atracción. Esta atracción toma tal dimensión que se vuelve irresistible e insostenible. “Con razón renuncia a cualquier afecto y se entrega de un modo total y exclusivo al amor el alma consciente de que la manera de responder al amor es amar ella a su vez[4]. Esa ha sido la experiencia que Jeremías confiesa cuando dice: “¡Tú me has seducido, Señor y yo me dejé seducir! ¡Me has forzado y has prevalecido!” (Jer 20,7). Esta ha sido la experiencia de todo los que en algún momento hemos sido llamados y, por tanto, ha sido –y viene siendo-, la experiencia de Gisele. La vida consagrada solamente puede ser entendida desde el lenguaje del amor y de la seducción. Dios enamora con tanta fuerza y con tanta intensidad, que arrastra libremente a entregar la totalidad de la vida. Lo dejamos todo y abrazamos la nada, porque en Jesús y en su estilo de vida, encontramos todo.

6. La dicha del creyente –entendida como alegría verdadera- no es el resultado de pertenecer a una especie de elite superior, de círculo de los cercanos al altar o a los que presuntamente tienen poder. El Evangelio nos ayuda en esta perspectiva para jamás tropecemos con esta probable tentación: “Feliz el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron. Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican, respondió Jesús” (Lc 11,27-28). No nos engañemos. La dicha no nos viene ni por el lugar que ocupamos en la Iglesia o en la sociedad, ni por los títulos que tengamos ni por la vocación a la que fuimos llamados. La dicha es el fruto de la escucha y de la puesta en práctica de la Palabra. Fuera de esto, más que dicha, nuestra vida terminará convirtiéndose en una penosa desdicha.

7. Siguiendo la lógica del evangelio, y en contexto del año Mariano en el que nos encontramos en Argentina, la dicha de María no le vino por pertenecer al círculo cercano de los que rodeaban a Jesús o por el vínculo de sangre que la unía con el Emanuel. La grandeza de la Virgen estuvo dada en aquello que Isabel exclamó: “feliz de ti por haber creído” (Lc 1, 38ss). San Agustín lo formula así “María hizo la voluntad del Padre y es por eso que, María es más grande por haber sido discípula de Cristo, que por haber sido su Madre”[5]. “Vale más para María haber sido discípula de Cristo que su Madre”[6]. Y en otro lugar nos dice que “María antes que madre fue discípula, y en todo caso por ser discípula ha sido madre”[7]. ¡Qué lindo horizonte de vida Gisele! ¡Cultiva un corazón de discípula! Esa será tu dicha, y por tanto, también la nuestra.

8. Por lo que venimos diciendo, el vínculo con la Palabra debe ser intenso, fuerte y profundo. La categoría humana que más nos permite entender el tipo de relación que Jesús (la Palabra hecha carne) quiere –y desea- establecer con los consagrados, es la esponsal. “El mismo Padre… al llegar a la plenitud de los tiempos, mostro en el misterio de la Encarnación del Señor cuánto ama la virginidad: eligió una Virgen en cuyo seno purísimo, por obra del Espíritu Santo, el Verbo se hizo carne y la naturaleza humana se unió con la divina, como el esposo se une a la esposa[8].

9. La Virgen Consagrada se desposa, para ser esposa de Cristo. No es una soltera, ni menos aún solterona. Es discípula llamada a ser esposa. La alianza –el anillo- que en unos minutos recibirás y que llevarás en tu mano para siempre, hará visible esta relación esponsal. “La Iglesia designa a las Vírgenes Consagradas con el sublime título de esposas de Cristo, título que es propio de la misma Iglesia…, son signo manifiesto de aquel gran sacramento que fue anunciado en los orígenes de la creación y llegó a su plenitud en los esponsales de Cristo con la Iglesia[9].

10. Se trata de una relación amorosa. “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20). Y por ser tal, se convierte en una relación exclusiva y excluyente. “El amor del Esposo, mejor dicho, el Esposo que es amor, sólo quiere a cambio, amor y fidelidad[10]. Esta relación esponsal se verá sostenida y fortalecida en el encuentro íntimo con Jesús-Esposo, presente en la Palabra meditada, en la Eucaristía celebrada, y en el hermano convertido en prójimo en las circunstancias cotidianas. Al enamorado, todo le habla del amado. El coloquio que tendremos a continuación evoca significativamente ese diálogo sereno, profundo y continuo con el Esposo.

11. La Virgen Consagrada como toda vocación, pone de manifiesto la fecundidad de la Iglesia y hace visible una peculiaridad de la riqueza del cuerpo eclesial: el diácono hace presente a Jesús Servidor, el Sacerdote a Jesús Pastor, la Vida Religiosa hace presente a Jesús y su estilo de vida, el matrimonio hace presente el amor nupcial de Jesús por la Iglesia. En el caso de Gisele como en las demás Vírgenes Consagradas, hacen visible a la Iglesia virgen, esposa y madre. “El divino maestro exaltó la virginidad… con su vida, pero en especial con sus trabajo y predicación, y sobre todo con su misterio pascual, dio origen a la Iglesia que quiso fuera Virgen, Esposa y Madre; Virgen por la integridad de su fe; Esposa por su indisoluble unión con Cristo; Madre por la multitud de hijos[11].

12. Damos gracias a Dios por el carisma de la Virginidad Consagrada en nuestra Iglesia Diocesana. Este regalo hace más visible y presente de modo más pleno la riqueza del misterio de Cristo presente en su Iglesia. Las palabras del ritual Gisele te presentan un verdadero programa de vida: “con el cuerpo de Cristo renueva el corazón consagrado a Dios, fortalécelo con ayunos, reanímalo con la meditación de la Palabra de Dios, la oración asidua y las obras de misericordia. Preocúpate siempre de las cosas del Señor y que tu vida esté escondida con Cristo en Dios. Ora con insistencia y de todo corazón por la propagación de la fe y la unidad de los cristianos. Reza solícitamente al Señor por los matrimonios. Acuérdate también de aquellos que habiendo olvidado la bondad del Padre se apartaron de su amor… que tu luz brille ante los hombres para que el Padre del cielo sea glorificado, y así llegue a ser realidad su designio de recapitular en Cristo todas las cosas. Ama a todos, especialmente a los necesitados; según tus posibilidades ayuda a los pobres, cura a los enfermos, enseña a los ignorantes, protege a los niños y jóvenes, socorre a los ancianos, conforta a las viudas y afligidos”[12].

13. Transitando el año Mariano Nacional y sostenidos por nuestro deseo de vivir la dimensión Mariana y profética de la Iglesia, volvemos una vez más nuestra mirada y nuestro corazón a la Santísima Virgen, de la que hoy en Argentina celebramos “Ntra. Sra. Del Pilar” y en Brasil “Ntra. Sra. Aparecida”. La Iglesia cuando habla de María la ubica en el contexto del gran Pueblo de Dios, y por lo que afirmábamos al inicio, habla de la Madre de Jesús como creyente insigne y distinguida. Su unión con Jesús, y su fidelidad al proyecto del Padre significó para ella una auténtica “peregrinación en la fe” convirtiéndose para los creyentes en modelo de la Iglesia[13]. La Iglesia, por tanto, encuentra su orientación, haciendo suyo el camino creyente de María. La vocación de la Iglesia se ve visibilizada y explicitada, en el camino fiel y perseverante realizado por la Santísima Virgen.

14. Siendo que el Orden de las Vírgenes –como bien lo expresamos más arriba- es signo en el mundo de la Iglesia esposa, la Virgen Consagrada encuentra en María una compañía fiel y el modelo más acabado para vivir su vocación. El libro de los Hechos de los Apóstoles que acabamos de escuchar nos ha dejado una hermosa imagen, en la que encontramos algunas notas marianas muy precisas que determinan un modo de ser Iglesia y, por tanto, delinean un modo de vivir la Virginidad Consagrada.

15. Destacamos en primer término, el lugar discreto de la Virgen María. Apenas se la nombra, nada más. Este ha sido el estilo con el que la Virgen vivió su vida. Un estar sin ser notada. Se trata de vivir una vida cristiana de modo discreto. Vivir “escondidos con Cristo en Dios” (Col 3,3) nos diría San Pablo. Si bien siempre la tentación de aparecer y del poder están al acecho, este debe ser el modo con que la Iglesia se debe hacer presente en este tiempo histórico, y más aún en este momento de pandemia.

16. En segundo lugar, ante la dispersión y el desconcierto imperante a causa de la condena y crucifixión de Jesús, María aparece como aquella que crea un espacio para que todos se encuentren. Se constituye en punto de encuentro y de comunión. Crea ese espacio afectivo y espiritual donde todos perciben, incluso sin darse cuenta, el gusto por encontrarse. Es lo que ocurre cuando vamos a los santuarios. Nos sentimos como en casa, con gusto de estar y con otro aire para respirar. Ante el frío de la soledad y los miedos por el desconcierto, María crea ese calor de hogar donde la vida se renueva y los vínculos se recrean. Ella “es la que sabe transformar una cueva de animales en casa de Jesús, con unos pobres pañales y una montaña de ternura”[14] nos dice el Papa Francisco.

17. Y finalmente, ante la incertidumbre y la desesperanza reinante, María quizás por haberlo aprendido en los avatares de la vida junto a San José, genera un clima espiritual. Lugar de plegaria en común, realizada en concordia –con un solo corazón-. La oración hecha de este modo, además de unir y serenar, abre a la espera. Carga en el corazón aquella esperanza que brota de la fe, y de la certeza que Dios no abandona. La oración genera esperanza y dispone al corazón a una nueva y extraordinaria intervención de Dios en la historia. Nos abre a un nuevo devenir, a un nuevo pentecostés.

18. Querida Gisele: “Cristo, el hijo de la Virgen y Esposo de las vírgenes, será ya aquí en la tierra, tu alegría y tu recompensa. Te encomendamos a la oración de toda la Iglesia, y en este día de modo muy especial, a Ntra. Sra. Aparecida y al Beato Carlo Acutis. Que así sea.

Mons. Gustavo A. Montini, obispo de Santo Tomé


Notas

[1] Juliana de Norwich.

[2] Benedicto XVI, Dios es amor, nº1b.

[3] Cfr. San Agustin, sobre el Evangelio de San Juan, tratado 26,4-6.

[4] San Bernardo, Sermón 83 sobre el Cantar de los Cantares, párrafo 4.

[5] Cfr. San Agustín, discurso 72A.

[6] Cfr. San Agustín, discurso 72A.

[7] Cfr. San Agustín, discurso 72A.

[8] Pontifical Romano, Consagración de Vírgenes, pp. 48.50.

[9] Pontifical Romano, Consagración de Vírgenes, pp. 48.50.

[10] San Bernardo, Sermón 83 sobre el Cantar de los Cantares, párrafo 3.

[11] Pontifical Romano, Consagración de Vírgenes, pp. 48.50.

[12] Pontifical Romano, Consagración de Vírgenes, pp. 48.50.

[13] Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, Capítulo VIII.

[14] Francisco, Evangelii Gaudium, 286.