Lunes 20 de septiembre de 2021

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Solemnidad de la Virgen del Rosario

Homilía de monseñor Marcelo Daniel Colombo, arzobispo de Mendoza, en la misa de la fiesta diocesana (Basílica Nuestra Señora del Rosario, Mendoza, 4 de octubre de 2020)

Con alma y pies de peregrinos venimos a esta Casa de la Madre de Dios, en la Basílica de Nuestra Señora del Rosario de la ciudad de Mendoza. Muchos hermanos nos acompañan desde sus casas, con la oración en familia, a través de las plataformas virtuales.

En la primera lectura (Hch. 1, 12-14), hemos escuchado un brevísimo texto del libro de los Hechos de los Apóstoles, que nos sitúa en un contexto muy particular, entre la Ascensión del Señor y Pentecostés, con proyecciones para la vida de la Iglesia que está naciendo.

Podemos ver dos elementos altamente significativos: la presencia de María y su unión con los discípulos de su Hijo en la plegaria. La Virgen está presente en medio de la comunidad, como Madre de Jesús, "perseverando en la oración". Es la madre que sostiene, que anima, que hace presente a su Hijo en la plegaria común, en la oración, mientras esperan y anhelan el Espíritu prometido. La Madre del Señor es nuestra Madre, y también hoy quiere estar junto a nosotros cuando en la incertidumbre, la desesperanza, la preocupación, rezamos y queremos responder de todo corazón a la llamada de Dios.

Como acompañó a la Iglesia naciente, quiere estar hoy junto a sus hijos. Esa presencia perseverante de María en la plegaria, interpela nuestra propia oración, nuestra búsqueda de Dios y de su Reino, nuestra cercanía al Evangelio de la fraternidad entre los hombres. En este tiempo de dolor de la Humanidad, cuando pedimos el Espíritu Santo para iluminar nuestras vidas, Ella anima nuestros corazones decaídos.

"Pues es con la oración como se vence la soledad, la tentación, la sospecha y se abre el corazón a la comunión. La presencia de las mujeres y de María, la madre de Jesús, intensifica esa experiencia: fueron las primeras en aprender del Maestro a manifestar la fidelidad del amor y la fuerza de la comunión que vence todo temor" (Papa Francisco, Catequesis sobre el Libro de los Hechos, 29 de mayo 2019)

En el libro del Apocalipsis leemos que el Arca de la Alianza es una persona viva y concreta: la Virgen María. En el Antiguo Testamento, el arca conservaba las dos tablas de la ley de Moisés, que expresaban la alianza de Dios con su pueblo. Pero desde el sí de María en la Anunciación, sabemos que la Alianza de Dios con nosotros no habita en un mueble, vive en una persona, en un corazón: En María, la que ha llevado en su seno al Hijo eterno de Dios hecho hombre, Jesús nuestro Señor y Salvador.

Para nosotros, "María es el arca de la alianza, porque ha acogido en sí a Jesús; ha acogido en sí a la Palabra viviente, todo el contenido de la voluntad de Dios, de la verdad de Dios; ha acogido en sí al que es la nueva y eterna alianza, culminada con el ofrecimiento de su cuerpo y de su sangre: cuerpo y sangre recibidos por María. Ella es "arca de la alianza", arca de la presencia de Dios, arca de la alianza de amor que Dios ha querido expresar de manera definitiva en Cristo para toda la humanidad." (Papa Benedicto, Homilía en la Asunción, 2011)

En el Evangelio, el saludo del ángel Gabriel nos llena de alegría: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo." Es un saludo que serena porque nos habla de la presencia de Dios en María, y nos interpela porque anticipa un compromiso mayor: "Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; Él será
grande y será llamado Hijo del Altísimo."

Apenas comprende desde la fe, el llamado de Dios, María responde sin hacerse esperar: «Yo soy la servidora del Señor, que se haga en mí según tu Palabra». Su disponibilidad a la Obra de Dios es plena y confiada. El Sí de María a la voluntad de Dios expresará en adelante su total identificación con la invitación de Dios a un nuevo tiempo, al tiempo anhelado para su Pueblo.

En estas duras circunstancias que vivimos, aceptar la voluntad de Dios sigue siendo el gran desafío. Descubrir su presencia en los acontecimientos cotidianos, su llamada en las urgencias de la vida diaria, su voz en el silencio del dolor físico y espiritual, como en las atronadoras informaciones que nos afligen, son exigencias del discernimiento creyente en el camino de nuestra respuesta de amor, madura y generosa.

Decir serenos y confiados, "Hágase tu voluntad", es nuestra meta, nuestro deseo de vivir fielmente, desde el amor, esta condición de Hijos que nos hermana en el Señor.

Por eso, celebremos a nuestra Madre del Rosario, patrona de Mendoza, queriendo tener como Ella, el corazón abierto y disponible a la voluntad de Dios. María es el Arca de la Alianza, portadora en su vientre del signo indeleble con que el Padre nos ha amado, su propio Hijo, El que expresa con su entrega, la Alianza definitiva de Dios con los hombres. Cuidando la Alianza en nuestro corazón frágil e inconstante y animando la oración del pueblo creyente, está la Madre del Rosario; Ella permanece en oración junto a nosotros. Y nunca nos defrauda.

No olvidamos la presencia de María en nuestro camino sinodal apenas comenzado, en continuidad con la intensa vida de encuentros de oración y discernimiento pastoral de esta Arquidiócesis en el pasado. Si la pandemia y sus consecuencias sanitarias nos han apartado circunstancialmente de la presencialidad e inmediatez de nuestras reuniones, no decae nuestra vocación de seguir creciendo como Iglesia cercana y en comunión.

Si el distanciamiento o el aislamiento nos privaban del abrazo y los encuentros, la lógica de la comunión y la cercanía nos invitaban a procurar seguir comunicándonos con mayor creatividad procurando no dejar a nadie fuera de la invitación de Dios a ser Iglesia de la alegría del Evangelio. Le traigo a la Virgen estos casi siete meses de intenso trabajo pastoral, vividos por nuestra comunidad eclesial con mucha generosidad, más aún en la imposibilidad de vernos como siempre:

  • Las celebraciones y encuentros bien preparados, de cursos y charlas procuraron a través de las redes sociales y las plataformas digitales, llegar a tantos hermanos y hermanas, para seguir anunciando la Palabra, animar la devoción eucarística, profundizar la solidaridad de los creyentes. Queríamos sostener la vigencia de un vínculo fraterno que nos une más allá de la ausencia física, para seguir más juntos que nunca. Por eso deseo agradecer a sacerdotes y fieles la creatividad de su entrega.
  • El voluntariado juvenil animó y anima la solidaridad como expresión de una Iglesia que es misericordia y ternura de Dios para sus hijos. Nuestros jóvenes relevaron a tantos adultos mayores y ancianos que nutrían el servicio de Cáritas Mendoza y las Cáritas parroquiales, tomando la posta en la distribución de alimentos y la realización de la colecta nacional.
  • La conciencia ciudadana nos permitió hacernos presentes como Iglesia en la colaboración con la atención de problemas y urgencias de la sociedad mendocina: la aplicación de la vacuna antigripal en ancianos y grupos de riesgo, tuvo lugar mayormente en espacios de la Iglesia; así también, la recepción de mercaderías y encomiendas destinadas a los presos, tiene en nuestras parroquias puntos de recolección para evitar la circulación del virus en los establecimientos carcelarios.
  • Desde el 12 de junio tuvimos la posibilidad de celebrar la Eucaristía. Más allá de las restricciones posteriores, esto significó el regreso de las misas con grupos de treinta personas. Allí la laboriosidad de tantos fieles, permitió adaptar los templos e iglesias a las medidas dispuestas. He visto la seriedad con que se cumplen las disposiciones del protocolo y esto anima a seguir esperando que pronto tengamos más personas en las celebraciones.

Esta celebración tan significativa para nuestra comunidad eclesial recoge también lo que hemos querido recordar con memoria agradecida en esta tarde: la celebración del Congreso Mariano Nacional, cuarenta años atrás aquí en Mendoza, y el centenario del nacimiento de Mons. Rubiolo que fuera buen pastor de esta Iglesia mendocina.

Aquel acontecimiento de carácter nacional permitió a nuestra Iglesia mendocina constituirse en anfitriona de un siempre necesario homenaje a la Madre del Señor. En tiempos difíciles de la comunidad nacional, Ella nos invitaba a redescubrirnos hermanos y a trabajar fuertemente por el bien común. Peregrina siempre presente en el corazón de los creyentes, María nos llevaba de su mano materna, al encuentro de Cristo, su Hijo, con "la promesa de victoria, nuestro triunfo sobre el mal" (Himno Congreso Mariano Nacional 1980)

En la evocación de Mons. Rubiolo, me gustaría recordarlo con sus propias palabras en el 50° aniversario de su ordenación sacerdotal, su "magníficat" personal, sencillo y sereno ante la obra de Dios en su vida.

"A semejanza de Nuestra Madre y Patrona yo también siento la necesidad de cantar la grandeza del Señor y proclamar su misericordia. Todo, absolutamente todo, en mi ya larga vida, ha sido y es un DON de Dios, un Regalo de su infinito amor. Con toda verdad puedo afirmar que "soy obra de sus manos”. A pesar de mis faltas de fidelidad a las gracias recibidas a pesar de mi "pequeñez espiritual", "obró en mí grandes cosas el Todopoderoso". Al celebrar cincuenta años de vida sacerdotal, no puedo menos de entonar un himno de acción de gracias por todos los favores que Dios me ha dispensado; como también por los momentos de dolor y de cruz, ya que ellos me ayudaron y me ayudan a vivir el Misterio Pascual de un modo más profundo y personal."

Quiero poner en manos de la Virgen, nuestro Seminario Arquidiocesano, a nuestros formadores, a los jóvenes seminaristas y sus familias y comunidades de origen, para que Ella los acompañe en el seguimiento del Señor; que nuestros seminaristas siempre tengan en sus vidas como meta, el servicio generoso a los hermanos, en la alegría de anunciar el Evangelio y entregarse con todo su corazón, con toda su alma, con todo su Espíritu, al Reino de Dios y su justicia.

La Iglesia mendocina de ayer, de hoy, de siempre, a los pies de su Madre, la Virgen del Rosario, renueva su compromiso de ser una Iglesia cercana, fraternal y misionera. Ella siempre nos indicará el mejor camino para llegar a Jesús.

Mons. Marcelo Daniel Colombo, arzobispo de Mendoza