Sábado 15 de mayo de 2021

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Solemnidad de Nuestra Señora de la Merced

Homilía de monseñor Gabriel Barba, obispo de San Luis, en la solemnidad de Nuestra Señora de la Merced (Villa Mercedes, 24 de setiembre de 2020)

Somos protagonistas de un orden nuevo, mundial, y estamos acostumbrándonos o intentamos acostumbrarnos… a aquello que nos toca vivir que, claramente, no hemos elegido.

Durante muchos años, la fiesta de La Virgen de la Merced, para los mercedinos, ¡ha sido el día del GRAN ENCUENTRO! del gran encuentro como pueblo; y hoy lo sigue siendo en este nuevo orden que, ojalá, pronto podamos superarlo, en acciones concretas, en presencialidades distintas, pero que hoy nos toca vivir así.

He visto filmaciones de procesiones, de fiestas patronales anteriores y eran verdaderamente importantes... Y justo me toca a mí con la plaza vacía... ¿Qué va a ser?... es lo que nos ha tocado en suerte... Y sé que, en este momento, no puedo decir números, no puedo decir cifras…, pero habrá mucha gente en sus casas siguiendo la Misa, y sepan que también ustedes están aquí en esta celebración, no solamente los que tenemos el privilegio de estar físicamente acá, estoy seguro de que el pueblo de Mercedes sigue participando de la Misa, en este momento, como nos permite la tecnología.

La procesión, más que centenaria, multitudinaria, hoy ha tenido un formato distinto, sin multitudes, sin plaza llena, y fue la Virgen la que salió al encuentro de su pueblo en una maravillosa caravana, pude participar en esa caravana, y mi mirada tenía dos focos permanentes: la Virgen y la gente... Y me conmovía hasta las lágrimas en algún momento, al ver la reacción, las lágrimas, la emoción, la fe, la sorpresa para algunos, de ver pasar a la Virgen de la Merced por la puerta de sus casas. Y es muy probable que, a lo mejor sea quizá la primera vez que la Virgen llegó a tantas casas en procesión, ¡también algo bueno puede tener esta cuarentena…!

Le encontramos un plus que a lo mejor antes no lo había tenido: la virgen golpeó las puertas de cada casa a su paso bendiciendo al pueblo mercedino, una vez más…, como siempre…, como todos los años, como habrá sido desde la primera procesión, pero hoy con un nuevo formato. Y tuvimos que organizarnos de otra manera para celebrar lo mismo; y tuvimos que dar otro formato para celebrar la misma fe de siempre, para la misma devoción de siempre; hoy, el pueblo de Mercedes ofrece a Dios y ofrece a la Virgen, como flor, como ofrenda, como vela que ilumina, el dolor de no poder estar y Dios, que mira los corazones, sabe de lo que significa este ofrecimiento y de la profundidad.

Estamos en todas las parroquias “reinventando” nuestras pastorales, para que nuestra celebración, participación, formación, toda la vida de la Iglesia, siga teniendo la misma vida y creo que, sin duda no solamente que lo hemos logrado, sino que también, a lo mejor podemos decir: hoy llegamos a más gente que antes no llegábamos, por esto de las tecnologías que obligatoriamente tuvimos que reconocer. 

Me quería poner en la cabeza y en el corazón de la raíz de esta fiesta: la Virgen María. María y San José permanentemente, toda su vida ha sido un sobrellevar adelante y sobrepasar los obstáculos, y no quedar paralizados en lo que les ha tocado vivir, desde el anuncio del Ángel, desde no tener un lugar digno para nacer, desde el exilio en Egipto, la lectura del Evangelio al pie de la Cruz, junto a la cruz, María junto a la Cruz de pie... Toda la vida de la Virgen María ha sido un gran obstáculo y debió buscar soluciones inmediatas en el momento, pero había algo que era su gran valor: la fe, la confianza: Hágase... El sí de María es nuestro gran ejemplo.

Hoy nosotros celebramos una de las tantas advocaciones de la Virgen María, de la misma y única Virgen María, de aquella mujer de Nazareth; y cada advocación le va poniendo su acento que, providencialmente en la historia, se ha manifestado. Y La Merced nos habla de la libertad porque justamente, la fuerza de Nuestra Señora de la Merced tiene que ver con aquellos que han perdido la libertad.

Frente a un signo de muerte, encontramos un signo de vida.

Allí está la presencia de la Virgen, la fe de la Virgen que, en definitiva, es lo que nosotros tenemos que tomar de Ella para estar cada día más cerca de Dios. María nos lleva a Dios. María nos prepara el camino, nos prepara el corazón para estar cada día en mayor y profunda comunión con Dios.

Decir sí en la historia que nos toca vivir. Nosotros tenemos que actualizar esta fe. ¿Cuáles son aquellas circunstancias que nos hacen perder la libertad?

¡Y tenemos muchísimas, muchísimas!

Siempre que nos apartamos de la Virgen, siempre que nos apartamos de Dios, cuando sólo nos centramos en nosotros mismos... vamos minando esa libertad.

Nuestra Señora de la Merced nos invita justamente a esto, a vivir la libertad de los hijos de Dios, y somos libres en la medida en que dejamos entrar la luz de Dios en nuestros corazones.

En la procesión, de toda la gente que he visto, los más conmovidos por el paso de la virgen era la gente mayor. Y por ahí, algunos que no se daban cuenta de la importancia de lo que estaba pasando, a lo mejor eran muchos jóvenes que les faltaba rodaje…, miraba en esos rostros conmovidos. Gente mayor que se conmovía al paso de la Virgen y pensaba: esta es gente que la vida les fue amoldando el corazón, les fue dejando un corazón sensible...

Ojalá nosotros no perdamos tiempo y que no sean los años los que nos hagan sabios sino que, la sabiduría la podamos ir teniendo ahora para descubrir por dónde pasa Dios, por dónde pasa la vida, por dónde nos lleva la Virgen al camino de la libertad, al camino de la vida que, que sin duda siempre va a ser el camino de la Cruz. Quien quiera seguirme que cargue con su cruz, no por la cruz en sí misma sino por la fuerza del Resucitado que desde la Cruz, entonces, nos da la Vida nueva.

Pidamos en esta tarde a la Virgen de la Merced que proteja nuestro pueblo; que en este tiempo de incertidumbre nos dé la serenidad, nos dé la libertad de los hijos de Dios y que nos ayude a decir sí como Ella fue capaz de decir sí, e insisto en esto, el sí de María siempre fue en medio de la adversidad, nunca fue, ni la vida de la Virgen ni la vida de ningún Santo, un camino fácil para nada. A nosotros nos toca lo propio, a nosotros nos toca la historia que nos toca vivir... Que en esta historia seamos entonces testigos de la esperanza y vivamos con serenidad, pero con libertad de hijos de Dios, de manera comprometida como cristianos, construyendo un mundo mejor caminando hacia la casa del Padre a donde todos estamos llamados porque, justamente, si hay algo que Dios nos quiso regalar de su Hijo Jesús, es la vida de los hijos, perdonándonos de nuestros pecados dando su Vida por nosotros para que tengamos vida y vida en abundancia.

Mons. Gabriel Bernardo Barba, obispo de San Luis