Martes 19 de enero de 2021

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Virgen de la Merced

Homilía de monseñor Carlos Alberto Sánchez, arzobispo de Tucumán, en la Fiesta de la Virgend de la Merced (24 de septiembre de 2020)

Queridos hermanos tucumanos y de muchas partes del país que hoy se unen a celebrar esta Fiesta de nuestra Madre, la Virgen de la Merced.

Celebramos con profunda alegría esta fiesta de la Virgen en el marco del Año Mariano Nacional.

También conmemoramos un nuevo aniversario de la victoria de la Batalla de Tucumán y recordamos al general Manuel Belgrano cuyo bicentenario de su fallecimiento estamos celebrando este año.

Quiero saludar a mis hermanos obispos aquí presentes, que no siendo tucumanos se han quedado a vivir aquí en Tucumán. Mons. Francisco Polti, obispo emérito de Santiago del estero; Mons. José María Rossi, obispo emérito de la Santísima Concepción y Mons. Luis Villalba, arzobispo emérito de Tucumán y cardenal de la Iglesia y que hoy cumple 60 años de sacerdote. Muchas gracias por su sí al Señor y a la Iglesia.

Honramos a María de la Merced, que camina con nosotros los tucumanos desde la fundación e Tucumán; el traslado de la ciudad; su ayuda y protección para la victoria del 24 de septiembre de 1812, y a quien Manuel Belgrano puso bajo su custodia al ejército y que tras la batalla le entrega el bastón de mando. Madre de la Merced gracias por tu presencia maternal siempre, por tu ternura y protección en los momentos difíciles de nuestra vida.

La Palabra de Dios siempre ilumina nuestras vidas y las lecturas proclamadas hoy cuánto nos iluminan, nos llenan de esperanza y nos encienden el corazón.

Dios envió a su hijo Jesús, que, sin dejar de ser Dios, asumió nuestra humanidad; nacido de una mujer y sujeto a la ley para redimir a los que estaban sometidos a la ley y hacernos hijos de Dios. Él es nuestro único Redentor, el que asume nuestra vida, nuestras miserias y pecados, nuestro dolor y sufrimiento, las injusticias y abandonos, asume nuestra frágil condición humana, para rescatarnos y redimirnos del poder de la muerte y del pecado, pagando como precio del rescate su propia vida, con su muerte redentora nos recata de la cautividad y nos hace hijos libres por amor. Y María participa de una manera especial en esto abra de la redención:

Con su SI creyente, incondicional y generoso, con su caridad presurosa y misionera, con su humildad y pobreza desconcertante, porque ella sabe trasformar una cueva de animales en la casa de Jesús con unos pobres pañales y una montaña de ternura.

Ella, con fortaleza y paciencia a la vez sabe que su Hijo debe ocuparse de los asuntos de su Padre y reza y contempla y aunque no entiende demasiado el desconcertante designio de Dios guarda estas cosas y las medita en su corazón.

María acompaña a su Hijo en la obra de la redención de la humanidad hasta el pie de la cruz. Ella es testigo del Amor de su Hijo Jesús, que llega a entregar la vida y redime, rescata, salva y conceda vida eterna.

Con una fe firme, una esperanza inquebrantable y una caridad efectiva, ella recibe de labios de Jesús crucificado la misión de Cuidarnos, acompañarnos… de ser madre. Por eso la invocamos como Madre y le decimos Madre del Pueblo, madre de estos llamados a ser hombres nuevos, dignos hijos de Dios y por tanto hermanos.

Ella es la Madre de Jesús, nuestra madre y Madre del Pueblo y Esperanza nuestra.

Es la madre que está. Está, por fidelidad a Dios, porque ella se proclamó su esclava, pero también por su instinto de madre que está al lado de su hijo sufriente, en el silencio doloroso está, en acogida misericordiosa está. Con el corazón traspasado de dolor está… como toda madre… valiente, orante, creyente y esperando contra toda esperanza está.

En este tiempo de pandemia se ha aumentado el dolor, el miedo y el sufrimiento, la enfermedad y la muerte. Cuantos hermanos contagiados, cuantos internados, cuantos fallecidos sin haberlos despedido como quisiéramos, cuantos desesperados… Pero hermanos tenemos una madre, Jesús nos ha dejado una Madre, está siempre, en cada situación, consolando, animando, sosteniéndolos y orando por nosotros…

María es la que nos recibe en los momentos de profundo dolor, es tierna madre,. ¡Cuánto consuelo habrá experimentado Jesús al ver a su madre al pie de la cruz, al ver a María… ve a la humanidad redimida, ve que entregar la vida por amor vale la pena… y ahí mismo le pide que nos reciba como hijos! Allí mismo nos confía en las manos de esa tierna madre, que sabe de dolores, sufrimientos, incomprensiones… y ella se tomó en serio esta misión y nos acompaña siempre en el camino de la vida. Y nosotros así lo expresamos en nuestras procesiones, en las peregrinaciones.

Todos nosotros la amamos como Madre. No somos huérfanos: tenemos una Madre.

Ella nos enseña la virtud de la espera, incluso cuando todo parece sin sentido: Ella siempre confiada en el misterio de Dios, también cuando Él parece eclipsarse por culpa del mal del mundo.

Que ella pueda sostener nuestros pasos, pueda siempre decir a nuestro corazón: “¡levántate!, mira adelante, mira el horizonte”, porque Ella es Madre de esperanza.

Ella es madre del pueblo y Esperanza nuestra…

Ella nos alienta en la esperanza… miremos a María de la Merced y nos dejemos atraer por sus ojos limpios, por sus brazos extendidos y su corazón lleno de misericordia…

A la Vez nosotros queremos ser “Con María de la Merced ser servidores de la esperanza”

De la mano de la Virgen, que seamos testigos de esperanza con nuestro modo de acoger, de sonreír, de amar. Sobre todo, de amar incluso cuando el amor parece haber perdido sus razones.

La esperanza nos hace vivir con alegría, en medio del dolor y de las situaciones de este mundo, con la certeza que la vida está al final del camino.

Ser servidores de la esperanza significa abrir espacios de salvación, que un mundo diferente es posible, que podemos salir del pozo en el que nos encontramos.

Somos servidores de la esperanza si nos presentamos la batalla al egoísmo, saliendo de nosotros mismos y entregando lo que somos y tenemos en servicio de los demás.

Somos servidores de la esperanza cuando enfrentamos la ambición y la combatimos son la generosidad y solidaridad, porque para que sirve acumular, hay que compartir.

Somos servidores de la esperanza cuando vencemos la indiferencia al hacernos cargo del hermano caído y lo tratamos cordial y fraternalmente.

Somos servidores de la esperanza cuando caminamos con otros, nos juntamos, os organizamos, ponemos los bienes en común y los disponemos al servicio de los que más necesitan.

Somos servidores de la esperanza cuando soñamos una Argentina unida, fraterna, libre de corrupción, de injusticias y agresiones.

Madre de la Merced, redentora de cautivos, ruega por nosotros y ayúdanos a presentar hoy la batalla, no solo contra esta pandemia del coronavirus, sino especialmente la batalla contra las cautividades del poder, las riquezas, las adicciones, la indiferencia, la manipulación y sumisión de los que tienen que ser tratados con dignidad, como hermanos.

María, madre del Pueblo, esperanza nuestra, ruega al Señor por nosotros para que seamos una patria de hermanos. Como Manuel Belgrano la soñó y que seguramente te lo habrá confiado aquella noche del 24 de septiembre de 1812.

Mirándola a María, nosotros hoy podemos también aclamar a María como los israelitas elogiaron a Judit:

Tu eres la gloria de Jerusalén,

Tú la alegría de Israel, Tú el insigne honor de nuestra raza.

Porque has hecho un gran bien a tu pueblo y Dios ha aprobado tu obra…

Mujer de la escucha atenta a la voz de Dios: danos la capacidad de escuchar siempre al Señor, que nos manifiesta su voluntad, para ser “Con María, servidores de la esperanza”.

En este día tan especial de la Virgen de la Merced y en nombre de toda la Iglesia en Tucumán, deseo que nos unamos a la Acción de gracias por los 60 años de consagración sacerdotal de Mons. Luis Villalba. Años vividos con intensidad y que nos alientan en la esperanza de seguir sirviendo a Cristo y a la Iglesia en los hermanos.

Muchas gracias Padre Luis, por su entrega generosa, gracias por haberse quedado en Tucumán, porque a mí como tucumano y obispo me anima, su testimonio de alegría, generosidad y entrega y así también lo manifiesta el pueblo santo de Dios que tanto lo quiere, los curas y los consagrados, seminaristas y laicos.

Que la Santísima Virgen de la Merced lo siga protegiendo para que siga sirviendo a la esperanza de este pueblo con su generosidad y alegría. Muchas gracias y que Dios lo bendiga

María, Madre del Pueblo, esperanza nuestra. Ruega por nosotros.

Mons. Carlos Alberto Sánchez, arzobispo de Tucumán