Lunes 15 de agosto de 2022

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41ª Peregrinación Juvenil del NEA

Homilía de monseñor fray José Adolfo Larregain OFM, obispo auxiliar de Corrientes, en la 41ª Peregrinación Juvenil del NEA (Domingo 25 durante el año, 20 de septiembre 2020)

Is 55,6-9
Salmo 144
Fil 1, 20b-26
Mt 19, 30-20,16

Este año, debido a la Pandemia, no podemos peregrinar como lo hacíamos en años anteriores hacia la Basílica de Nuestra Señora de Itatí. Sin embargo, el Covid no impidió pensar en cómo acercarnos a nuestra Madre de manera virtual y compartir desde nuestros hogares la 41ª Peregrinación Juvenil del NEA, bajo el lema: “Cristo vive y con María lo anunciamos”. Saludamos y agradecemos especialmente a los jóvenes de las diócesis de Corrientes, Resistencia, Santo Tomé, Goya, Formosa, San Roque de Sáenz Peña, Posadas, Oberá, Puerto Iguazú y Reconquista. También a otros peregrinos que nuestra Madre convoca de diversas comunidades del país. La peregrinación virtual tiene alcances que ni imaginamos, superan nuestras expectativas: ¡Todos sean bienvenidos!

Pensando en ustedes, queridos jóvenes peregrinos, la peregrinación me sugiere tres cosas: peregrinamos a casa; peregrinamos juntos; peregrinamos rezando. A casa, juntos y rezando. Ante todo, sentimos que peregrinamos a un lugar muy familiar, como es la casa de nuestra Madre, y como es de Ella es también nuestra. En su casa nos reconocemos como hijos y como hermanos. Ella nos espera, nos ama, nos ayuda. Su casa es un lugar de esperanza para todos nosotros. ¡Qué lindo es encontrarnos con una madre! Especialmente en estos tiempos de tristeza, de aislamiento, oscuridad, ¡qué bien estamos aquí!

En segundo lugar, peregrinamos juntos. La peregrinación es un tiempo de gracia y de encuentro, de celebración personal y comunitaria: con Dios, la Virgen y nuestros hermanos. Aprendemos a conocernos más, aceptarnos y querernos. Lo hacemos peregrinando porque es un modo muy particular de sentir que no somos individuos aislados, sino que en cada canto que cantamos, en cada meditación y momentos de silencio, no estamos solos. Todo es parte de la peregrinación, desde que salgo de casa hasta regresar. Peregrinar me limpia la mirada de mi interior, de los otros y también de la casa, de donde salí y hacia la que regreso. La peregrinación, aunque sea virtual, es muy real si dejamos que Jesús peregrine con nosotros y lo dejamos que se quede entre nosotros.

En tercer lugar, peregrinamos rezando. Rezamos con todos y en esa oración el peregrino pone toda su vida: cuerpo y alma. Es una oración sencilla y confiada que la hacemos unidos a todo el Pueblo de Dios. Mientras peregrinamos, queremos agradecer a Dios el año transcurrido, el don de la vida y la salud, el estudio, y los amigos y amigas. Pero, en este año tan difícil y tan diferente a los otros años, nuestra oración se convierte también en un clamor que llegue al corazón de nuestra Madre para que nos cuide y nos enseñe a cuidarnos entre todos; que los cambios muy profundos que se están dando: cambios mundiales, sociales, económicos, celebrativos, etc., sean una oportunidad para darnos cuenta que todos vivimos en la única casa grande, que todos somos de alguna manera peregrinos y que tenemos que tratarnos con más cariño, respeto y disposición para socorrer a los pobres y a los que más sufren. Para nosotros y para todos, pedimos, por intercesión de María que su presencia materna nos de la fuerza y esperanza necesarias para poder continuar por el camino de la vida. La miramos, nos tomamos de la mano de María de Itatí, aquí presente y seguimos caminando en lo cotidiano con una esperanza nueva.

Fíjense cuánta luz nos brinda la Palabra de Dios en este domingo para nuestra peregrinación. En la primera lectura que acabamos de escuchar, que corresponde al profeta Isaías, cinco veces aparece la palabra “camino”. A la par cinco veces la palabra “plan”. Ambas expresiones se complementan para oponer los del “Señor” a los de “los hombres”. Este pensamiento nos exhorta a confiar en el Señor sabiendo que nada escapa a su previsión y que sus designios tienen un sentido, porque es “justo en todos sus caminos”, como hemos escuchado en el Salmo. Es tarea nuestra ser buscadores de Dios y de su voluntad, dejarnos encontrar por Él.

Seguir sus caminos implica sintonizar con Él y comprometernos con el proyecto de su Reino: artífices de justicia, constructores de paz, testigos de la verdad, compromiso con la casa común, que es de todos, la tenemos que cuidar, respetar, valorar. Está en nosotros qué camino queremos elegir, como muy bien nos dice la Didajé –Enseñanza de los doce Apóstoles-: “hay dos caminos el de la vida y de la muerte y grande es la diferencia que hay entre los dos. Elige el camino de la vida y vivirás”.

En la segunda lectura, San Pablo vive una profunda disyuntiva, se siente tironeado. No sabe qué atesorar como más importante: morir para vivir o vivir para morir: “para mí la vida es Cristo y morir significa una ganancia”. Ambas se complementan y son realidades en el apóstol. Vivir para seguir a Jesús implica un morir todos los días al hombre viejo: “soy yo mas no soy yo, es Cristo quien vive en mí”. ¡Qué fe la de Pablo, que vive apasionadamente el día a día en perspectiva creyente que hace que lo verdaderamente terrible sea el perder la comunión con Cristo!

Hemos proclamado el evangelio de la parábola de los obreros en la viña, como generalmente se la suele llamar. Es una parábola sorprendente y provocativa. Desde el ángulo de la mirada del amo bueno y generoso tenemos algunos aspectos interesantes para el hoy de cada uno de nosotros: nos deja un mensaje sobre Dios Padre, sobre las actitudes de Jesús y un mensaje para los discípulos.

Sobre Dios Padre, su bondad es infinita, rompe nuestros esquemas y criterios: “los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos”. Su bondad y su justicia no se identifican con nuestras medidas humanas: “¿por qué tomas a mal que yo sea bueno?”. La relación con Dios no es mercantil ni laboral: peón-patrón, empleado-empleador, contratista-cliente. ¡Cuánto daña imágenes asociadas a estas miradas!

Sobre su hijo Jesús, la actitud es de salir, recibir, acoger a los pecadores y marginados, a los que no tenían lugar, los despreciados. Esta actitud no es comprendida, se la critican, desata ira en aquellos que se consideraban los herederos exclusivos de las antiguas promesas de la salvación.

Los discípulos se pueden confundir y puede aparecer envidia en lugar de gratitud ante el padre que perdona y recibe a todos. Es una opción muy grande que hay que hacer, un camino de conversión profundo, cambiar criterios en la cabeza y el corazón. La relación de Dios con nosotros es de Padre, de amor y gratuidad. Es un misterio de amor insondable que rompe todos nuestros cálculos.

Le pedimos que su palabra llegue a lo profundo de nuestra alma, que cada uno de nosotros nos sintamos agradecidos por ser llamados a trabajar en su campo a la hora que Él quiere. Hemos escuchado en la parábola que Él mismo sale cinco veces a buscar/contratar jornaleros para su viña. No parece que el rendimiento en el trabajo sea una preocupación, lo que quiere es que ningún jornalero se quede un día más sin trabajo ni sin el pan. La paga es un denario, lo que cualquier familia campesina de esa época, en la Galilea necesitaba para vivir con dignidad.

Nunca nos deja de sorprender la bondad de Dios, no es fácil creer en esa bondad, vivir, actuar, proceder de acuerdo a ella en actitudes y criterios en el día a día. Escandaliza que Dios sea así, bueno con todos –lo merezcan o no–, sean creyentes o no lo sean, invoquen su nombre o vivan a espaldas de Él.

Esta es la buena noticia que nos anuncia Jesús: nos invita a acoger el amor gratuito de Dios y a construir entre nosotros relaciones profundas, fundadas en la bondad y gratuidad del amor en lugar de oscuros y mezquinos intereses atravesados por la cizaña de la envidia, miserias, ambiciones, avaricias y egoísmos. Es una invitación a confiar más en sus caminos y pensamientos que en nuestros caminos y razonamientos. Que desafiante es para nuestro hoy de pandemia, desde la perspectiva de esta parábola y teniendo en cuenta la falta de trabajo, del pan en la mesa; que podamos pensar desde otros criterios, que no sean los únicos los del mercado, el consumo y la producción sino la posibilidad generosa para todos, frutos de la magnanimidad.

Dios no se deja ganar en misericordia, que nosotros podamos superar nuestras rigideces e intransigencias. Que nuestra tierna Madre de Itatí nos ayude a ser testigos comprometidos de ese amor de Dios que concede esperanza, luz, confianza, alegría, consuelo, paz, en el mundo de hoy. Queridos hermanos: ¡Cristo Vive y con María lo anunciamos: queremos ser sus testigos!

Mons. Fray José Adolfo Larregain OFM, obispo auxiliar de Corrientes