Sábado 15 de mayo de 2021

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Ordenación sacerdotal de Nelson Ris

Homilía de monseñor Hugo Barbaro, obispo de San Roque de Presidencia Roque Sáenz Peña, en la ordenacion sacerdotal de Nelson Ris (12 de septiembre de 2020)

Muy querido Nelson, el Señor te ha llamado porque, como Él mismo ha dicho, la cosecha es abundante pero los trabajadores son pocos (Mt. 9, 38). Dentro de un momento, impondré mis manos sobre tu cabeza; no serán las mías, serán las manos de Cristo. Será Él quien con ese gesto te estará diciendo: vos me pertenecés, y con tu entrega generosa me permitirás continuar la misión que comencé.

La imposición de las manos del Obispo seguida de la Plegaria de Ordenación confiere el carácter sacramental, el sello que va a identificar tu alma con la de Cristo Sumo y Eterno Sacerdote. El Sacramento del Orden te asegura además la ayuda de Dios para que Cristo se vaya reflejando cada vez con más nitidez en tu modo de pensar y de vivir, en tus decisiones y en tus afectos.

Queridos fieles, el Señor quiere de Uds, como de todo aquel o aquella a quien llama por un camino de especial entrega, que en sus circunstancias de vida reflejen a Jesucristo; y lo va a reflejar si procuran dejar que conquiste la cabeza y el corazón de cada uno, de cada una. Entienden bien que esto que estoy diciendo es crucial en todo sacerdote, porque nos toca llevar a todos hacia Dios; tienen que rezar mucho por nosotros.

¿No es verdad que Uds. buscan encontrar a Cristo cuando se acercan a un sacerdote? No lo descubrirían si por nuestra parte hiciéramos teatro; si lo encontrarán cuando, en medio de nuestras limitaciones, dejamos que el Espíritu Santo nos transforme, nos cambie, de manera de poder decir como San Pablo: ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mi. Es verdad que Dios escribe derecho con los renglones torcidos que somos cada uno, pero la mayor santidad facilita a Cristo llegar a los corazones y movilizarlos, hacer realidad sus proyectos misioneros.

¿Para qué envío Nuestro Padre Dios a su Hijo a este mundo? Recién lo escuchamos: a enseñar y proclamar la Buena Noticia, para que seamos buenos y felices avanzando por caminos de salvación eterna, a sanar todo tipo de enfermedades y dolencias (cfr. Mt 9, 35 ss.). Te llama Nelson a continuar esa tarea. Podríamos preguntarnos, ¿sería más necesaria esa misión hace 2000 años que ahora? No hace falta ser muy observadores para advertir que se ofende mucho a Dios, que hay muchos sufrimientos, mucha desorientación, que es muy urgente el anuncio del Evangelio, la Gracia de Dios que sana y fortalece tantos corazones débiles, enfermos.

Rueguen al Dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha (Mt 9, 38). Quizás alguno piense que esta indicación expresa de Jesucristo de pedir vocaciones no parece que vaya a funcionar en estos tiempos. Con lógica humana se podría concluir que en la Edad Media quizás podría ser, pero no en el Siglo XXI habiendo tantas posibilidades humanas atractivas, tantas distracciones y ofertas tentadoras, y una cultura en la que Dios parece bastante ausente, es más, hay muchos que no quieren ni oír hablar de Dios. ¿Estaría bien pensar así y quedarse tranquilo? Faltaría la fe de quien confía en Dios, y por otro lado parece de lógica cristiana pensar al revés. Precisamente por todas esas razones negativas, en este Siglo XXI son más necesarios que nunca muchos sacerdotes, santos, bien preparados y entregados a la misión; y si son tan necesarios, Dios los quiere, y ¿por qué entonces no va a escuchar nuestras peticiones?: Señor, danos más sacerdotes, Señor, danos sacerdotes santos. Añado una razón más: tenemos que confiar más en los jóvenes, no subestimarlos; son capaces de gran generosidad, de responder con heroicidad total a Dios cuando perciben que un desafío vale la pena. ¿Y no vale la pena ser las manos de Cristo, la voz de Cristo, la presencia sacerdotal de Cristo? Qué alegría da sentirse instrumento para aportar luz en medio de tanta oscuridad, de tanta confusión como reina en todas partes y a todas las edades. Qué alegría darse por completo para preservar de la corrupción a la gente y al mundo entero, para que por la Palabra y la Gracia de los Sacramentos muchos resuciten a una vida feliz en Dios.

Qué paz y seguridad da a los sacerdotes saber que somos conducto de algo muy valioso, de algo que no es nuestro, y percibir que a través nuestro Dios está muy activo; como por un caño pasa el agua, por nosotros pasa la Gracia de Dios. Unas cuántas veces me sucedió, es experiencia de tantos sacerdotes, que alguien me dijera: me sirvió mucho esto que le escuché en la homilía. Qué bien, contesto; pero no dejó de sorprenderme darme cuenta que eso no lo había dicho; evidente Dios se valió de alguna palabra para encender esa luz en aquella persona. ¿Ven? Dios muy activo, contando con un instrumento, con un conducto.

Hoy por primera vez Nelson dirás con el Obispo y los otros sacerdotes las palabras de la consagración: esto es Mi Cuerpo, esta es mi Sangre; será tu primera Misa. Cuando atiendas Confesiones será Cristo quien diga ‘YO te absuelvo’, Qué importante que siempre tengamos presente que somos un conducto para que Dios obre en las almas.

Tus manos serán ungidas con el crisma que significa la peculiar participación con el sacerdocio de Cristo. Después recibirás el pan y el vino, indicando el deber que tenés de celebrar la Eucaristía, y de seguir a Cristo crucificado, que se hace presente en el Santo Sacrificio de la Misa. ¡Qué cosa tan imponente es una Misa! Como gesto de acogida de un nuevo colaborar del Obispo recibirás mi saludo lleno de afecto.

Consciente de la desproporción entre la grandeza del don del sacerdocio y de tu pobreza personal invocarás ahora la fuerza de Dios, echado acá en el piso, acudiendo a la intercesión de los Ángeles y de los Santos. Todos rezaremos con vos y por vos. Pienso que Dios, con cariño de Padre te estará diciendo: tranquilo, no estás solo, yo estoy con vos.

Hoy es la fiesta del Santísimo Nombre de María. ¡Cuántas veces pronunciamos todos ese nombre! ¡Santa María Madre de Dios! Acudimos a Ella con mucha fe; le estamos pidiendo por el cesa de esta pandemia, por tantas necesidades urgentes del mundo, de nuestro país, tantas personales, familiares.

Qué contenta estará la Virgen Santísima de que hoy llegue a la Iglesia un nuevo sacerdote, un nuevo ministro de su Hijo Jesucristo. Dios se ha apoyado en tus padres Nelson, y en muchas otras personas para educarte en la fe y en tantas virtudes, de manera que pudieras responder a la llamada. La querés mucho y a Ella le debés la llamada al sacerdocio y todo. Hoy le pedimos especialmente a la Madre de Dios, que es tu Madre tan querida, a María la del Dulce Nombre, que te cuide mucho, que te haga santo, buen y fiel sacerdote de Cristo. Así sea.

Mons. Hugo Barbaro, obispo de San Roque