Martes 1 de diciembre de 2020

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Domingo XXI del Tiempo durante el año

Homilía de monseñor Jorge Eduardo Scheinig, arzobispo de Mercedes-Luján, en la msa del domingo XXI del Tiempo durante el año (Basílica Nuestra Señor Luján, 23 de agosto de 2020.

Es clave la fe para la vida, no sólo para la práctica de los sacramentos. La fe es fundamental para la existencia. Por eso es muy importante confesarla, que nos confiesen la fe, que nos la compartan, que nos den testimonio de fe en los momentos especiales de la vida.

Cuando alguien testimonia la fe en el momento del nacimiento de un hijo, o cuando está haciendo un discernimiento, un proyecto de vida vocacional, o cuando uno está aprendiendo algo para sí mismo, o en un momento de dolor, de enfermedad o de muerte, eso puede calar hondo en nosotros y ayudarnos a tener una luz nueva para transitar esa situación de otra manera. La fe es para toda la vida.

La Iglesia está atrás del que testimonia la fe. En nuestra fe cristiana, la Iglesia, la comunidad eclesial, no es algo de lo que uno puede prescindir. Aún estando yo solo frente a otro, no predico solo. Mi fe es la fe de la Iglesia, la recibí de la Iglesia y la que da autoridad a mi testimonio es la iglesia.

Es verdad que hoy todas las instituciones han caído en descrédito, también la Iglesia. Y los pecados de la Iglesia, de sus miembros, ayudan a la pérdida de credibilidad. Y por eso muchas veces el testimonio de los cristianos, no está avalado, está puesto en duda.

La Iglesia no es un instrumento cualquiera en el testimonio de la fe, hablar de Jesucristo y hacer que Jesucristo esté vivo.

El Evangelio de Mateo nos cuenta el momento en que Jesús pregunta a sus discípulos acerca de Él, y la respuesta es clave para la vida. Algunos dicen que Jesús es uno de los profetas. Simón dice “Creo que vos sos el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

Jesús le responde a Pedro que esa manera de verlo, es un regalo que Dios le da.

Si alguien dice que Jesús es el Hijo de Dios, esa respuesta compromete. Porque entonces esas palabras de Jesús no son pasajeras, tocan lo más profundo de mi ser y me dispongo a escucharlas y obedecerlas con el corazón, y a seguirlo, me hago cristiana, cristiano.

La pregunta de Jesús es muy importante. ¿Quién es Él para nosotros? Nuestra respuesta compromete más o menos la vida. Si respondo que es el Hijo de Dios, quedo en alianza con Él, me comprometo con Él.

Pero frente a la respuesta de Pedro, llama la atención lo que dice Jesús.

La respuesta de Pedro hace que Jesús se comprometa de una manera muy particular con este hombre al que le va a cambiar el nombre. Le pone un apodo, le dice “roca”.

En el Antiguo Testamento vemos que el pueblo hebreo, que no podía nombrarlo a Dios, lo llama Roca. Porque en el pueblo de Israel la fe no era una confesión de doctrina, sino la confianza en el Dios en quien me apoyo, que es Roca firme.

Y Jesús le dice a Pedro: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra, edificaré mi Iglesia”. Simón cree que Jesús es el Hijo de Dios vivo, el Salvador y Jesús, tiene un proyecto. Su proyecto es el Reino, hacer la voluntad del Padre en el mundo. Y dentro de ese proyecto, está edificar su Iglesia. El constructor, quién la proyectó, el arquitecto es Jesús.

Jesús va a edificar su Iglesia, –asamblea, convocatoria, esposa, pueblo, familia, viña, cuerpo-. Jesús es el arquitecto de esta comunidad, de su Iglesia.

No somos los apóstoles, los laicos, los curas, sino que Jesús es el arquitecto de la Iglesia.

¿Por qué Jesús necesita de Pedro, este hombre débil, frágil, lanzado, que se equivoca, de carácter fuerte? ¿Por qué quiere que ese hombre frágil se convierta en roca? Porque el proyecto de Jesús tiene que estar unido. La unión de la Iglesia es fundamental para el testimonio de la fe.

Simón, “la roca”, es el símbolo de la unión, de la comunión, en Jesús.

Pedro, el primer Papa, es fundamental para la comunión eclesial. La unidad de la Iglesia hace a la credibilidad de la fe. La desunión no ayuda.

Pedro tiene la misión de la unidad y de la comunión. Y es tan fuerte que Jesús le asegura que la muerte no va avanzar contra su Iglesia. Va a tambalearse, pero la muerte no la va a alcanzar. Porque la fe necesita de la comunión eclesial.

Son tiempos en los que cada uno dice sus verdades. Y pone en duda la verdad del Evangelio, del magisterio de la Iglesia, adentro y afuera de la Iglesia.

Necesitamos que los predicadores, los catequistas y los que dan testimonio sean capaces de traducir a la situación de las personas, la fe de la Iglesia.

Cuando cada uno dice lo que quiere, como quiere y opina con liviandad, corre el riesgo de romper la comunión.

Cuando adentro de la Iglesia los cristianos, hablamos con liviandad de Pedro (de Francisco), al menos seamos conscientes que estamos rompiendo la comunión eclesial y debilitando la credibilidad de la Iglesia.

Porque si la fe es para la vida, cuando desacreditamos la fe, le dejamos de dar a la vida la sal y la luz del Evangelio.

Jesús sigue todavía apostando más por Simón y le va dar la llave para abrir y cerrar el cielo. Misterio grande que un hombre débil, como Pedro, como Francisco, tengan la autoridad de las llaves, del magisterio; éste es el designio de Jesús.

Pablo en la Carta a los Romanos decía “Qué profunda y llena de riqueza es tu sabiduría” y “Qué insondables son tus designios”.

La fe nuestra es un misterio eclesial, Francisco es un misterio, pero esto es lo que ha querido Jesús. Pidámosle el Señor que nos regale esta fe viva, para vivir la comunión eclesial.

Son tiempos en los que la comunión de la Iglesia le haría muy bien a la comunión del mundo. A veces dentro de la Iglesia no vivimos la unidad. Es un desafío grande poder vivirla con fe y con humildad. Pidámoslo con fe.

Mons. Jorge Eduardo Scheinig, arzobispo de Mercedes-Luján