Jueves 25 de julio de 2024

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Un camino con esfuerzo y en unidad

Homilía de monseñor Ariel Torrado Mosconi, obispo de Nueve de Julio,durante el tedeum con motivo del 208° aniversariode la Declaración de la independencia nacional (Iglesia catedral Santo Domingo de Guzmán, 9 de julio de 2024)

Hch 7, 17. 34. 36 | 106 1-14. 43-48 | Jn15, 9-12

Reunidos en este “Te Deum” para conmemorar el bicentésimo octavo aniversario de la Declaración de nuestra independencia nacional, elevamos nuestro corazón y nuestra mente a Dios “fuente de toda razón y justicia” para darle gracias y suplicarle confiadamente por nuestra querida patria en estos momentos difíciles que estamos atravesando.

Los creyentes nos ponemos siempre a la escucha de la Palabra de Dios, cuyos valores proponemos, en la convicción comprobada de que son luminosos, saludables y transformadores de la sociedad y capaces de ser practicados por toda persona de buena voluntad. Las páginas bíblicas que acabamos de oír, nos recuerdan aquella gesta de libertad que llevó a una nueva vida al pueblo del Antiguo Testamento, haciéndolo pasar de la esclavitud a la tierra prometida y el Evangelio de Jesús, el cual nos da la clave para llevarlo a cabo: el amor. El amor entendido tanto en su dimensión personal como social. Es decir, aquella “amistad social” que consiste en la convivencia respetuosa y colaborativa, responsable y solidaria de los ciudadanos.

La hazaña del pueblo de Dios en su paso del mar rojo, nos deja tres enseñanzas muy claras para recorrer también en nuestra patria, el camino hacia una nueva etapa, la senda hacia una nueva vida.

La primera lección es la de darnos cuenta que se trata, precisamente, de un camino, un proceso que no se hace en poco tiempo, automática o mágicamente. Es necesario moderar la ansiedad y optimizar la paciencia, la resiliencia y la resistencia a los tropiezos momentáneos. Al mismo tiempo, tener esa mirada en perspectiva histórica, nos permite aprender de los errores pasados, no romper ni acabar con todo lo valioso de ese pasado, vivir el presente responsablemente y mirar el futuro con esperanza, sin un pesimismo desencantado ni el espejismo de esa animosidad confrontativa que jamás remediará ni solucionará nada. Sin embargo, sabemos muy bien que algunos ya no pueden esperar. Por eso, en este arduo camino, debemos cuidar especialmente, cargar sobre los hombros, a aquellos que van más despacio o con mayor dificultad, los niños, los ancianos, los hambrientos, los enfermos.

No se trata de marchar rápidamente a cualquier precio dejando atrás abandonados, descartados y tirados al borde del camino a los que no pueden avanzar.

La segunda enseñanza es ese paso a nueva etapa, a la tierra prometida, a una vida buena y mejor, que no se lleva a cabo sin sacrificio, esfuerzo y responsabilidad. La ilusión de una “sociedad del bienestar” entendido nada más que como derechos ilimitados, sin la contrapartida de los respectivos deberes, ha devenido en lamentable decadencia que lleva a una nivelación “hacia abajo” y a una mediocre calidad de vida. Necesitamos recuperar y madurar nuestra magnanimidad, capacidad de donación y trabajo por el bien común. ¡No hay tierra prometida sin atravesar el mar rojo ni travesía por el desierto! No hay “rosas sin espinas”, no hay resurrección sin cruz. Sé muy bien que esta convicción no cae simpática ni atraerá ningún aplauso, pero mientras sigamos dejándonos manipular por la demagogia y el populismo – de cualquier signo ideológico que sea- no saldremos jamás “a flote”.

Y, la tercera lección, nos dice que esa gente cruzó el mar y atravesó el desierto en unidad, amalgama y solidaridad como pueblo y no como masa circunstancial y contingente. Los unió una esperanza, los motivó un llamado, los movilizó una necesidad común, los mantuvo constantes y perseverantes una meta, aún en medio del cansancio, la incertidumbre y los obstáculos. La comunión, aún en las diversidades, es posible. Las diferencias nos fortalecen y enriquecen ayudándonos a madurar, desarrollarnos y superarnos colaborativa y no competitivamente. Pero esta unidad no se impone por la fuerza, sino que se construye pacientemente en el respeto mutuo, la escucha del que piensa distinto y el diálogo sincero. No cedamos, como tantas veces, a la seducción del discurso confrontativo ni a la trampa egoísta del “nosotros y los otros”, todo ello desintegra, debilita e inhibe cualquier proceso y avance.

Estos tres aprendizajes: camino, esfuerzo y unidad, inspirados en la experiencia del pueblo de Dios, tal como lo manifiesta el mensaje bíblico, bien pueden inspirar e impulsar objetivos, proyectos y acciones mancomunadas específicas y prácticas, en el nivel concreto de nuestra comunidad.

Transformemos estos deseos, convicciones y propósitos en plegaria al buen Dios para que podamos caminar juntos hacia una patria de hermanos. Así sea.

Mons. Ariel Torrado Mosconi, obispo de Nueve de Julio