Viernes 19 de julio de 2024

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Tedeum del 25 de Mayo

Homilía de monseñor fray Carlos María Domínguez OAR, obispo de San Rafael, durante el tedeum del 25 de Mayo (Iglesia catedral, 25 de mayo de 2024)

Queridos hermanos:

El aniversario de la constitución del primer gobierno patrio nos congrega para dar gracias por los dones de Dios Padre, dones por los que los padres de la Patria supieron, dura y trabajosamente, vivir, luchar y morir.

Al encontrarme lejos, fuera de la Diócesis, dejo estas palabras escritas para que sean leídas por el P. Horacio Valdivia, Vicario General de la Diócesis, y compartirlas con todos.

Escuchamos en las palabras del Evangelio que se acaba de proclamar a dos hermanos; dos de los que fueron llamados en la primera hora, acercarse a Jesús para hacerle un pedido. Como si se tratara de una carrera administrativa estos dos le piden a Jesús los puestos más altos en el Reino de Dios. La escena resulta indignante, fastidiosa y hasta escandalosa. Después de que el Maestro anunciara su pasión y muerte en Jerusalén, se tendría que esperar otra actitud por parte de los más cercanos. Pero queda claro que no es cosa novedosa ni que es propio de nuestra época ese primer impulso que se siente ante quien tiene poder: el de obtener algún favor. Esa tendencia constante al egoísmo que tiende a encerrarse en la inmanencia de su propio yo y al de sus intereses mezquinos ha existido desde que el hombre es hombre. La indignación de los demás apóstoles no fue más que un reclamo ante la actitud de sus compañeros que se les habían adelantado. Ellos también deseaban los mismos privilegios.

En este día de la Patria quisiera reflexionar no tanto sobre esta actitud individualista y egocéntrica que lleva a una persona a sobreponerse sobre los demás y que es la fuente de la mayor parte de los conflictos sociales, sino en la enseñanza de Jesús que hizo cambiar no tanto las aspiraciones de grandeza de sus discípulos sino el camino para encontrarla, pasando de la veleidad de los pequeños acomodos al deseo grande del verdadero poder: el poder de servir con amor. Jesús los hace pasar de la aspiración de un sometimiento que mata a una entrega amorosa que vivifica.

El camino del prestigio y la grandeza –según Jesús- está en constituirse “servidor” y “esclavo”; es hacer de las necesidades de los demás el centro de las preocupaciones. Es el rechazo a la indiferencia y al egoísmo utilitario. Esta palabras de Jesús; esta nueva estrategia del poder, no están dirigidas sólo al creyente y al practicante. Alcanzan a toda autoridad tanto eclesial como política, ya que sacan a la luz el verdadero sentido del poder. Se trata de una revolución basada en un nuevo vínculo social de servicio y que consiste en hacerse servidores de aquellos a los que humanamente se los quiere superar y descender hasta lo más bajo de la escala social. La estrategia de Jesús se contrapone radicalmente a conseguir el éxito a toda costa; a sobresalir por encima de los demás; a la búsqueda de puestos con un interés mezquino y solapado. Para Jesús, el poder es servicio y sólo tiene sentido si tiene como meta el bien común. Es necesario comprender que la sociedad será auténtica cuando se construye desde la entrega desinteresada de los unos por los otros. Cuando emprendemos el camino del servicio renace en nosotros la confianza, se enciende en deseo de heroísmo y se descubre la propia grandeza.

Las palabras que usa Jesús son fuertes y tienen un sentido profundo. Cuando habla de hacerse “servidor” está diciendo que aquel que detenta el poder debe tener como objetivo el ser creador de comunión; de desgastar su vida en una entrega generosa que alimente y construya un entramado de relaciones en las que no tenga lugar ni la exclusión, ni la marginación ni la negación que aniquila al diferente. La palabra “esclavo” no quiere decir un sometimiento despersonalizante sino el ejercicio de un servicio desinteresado en el que no se espera rédito ni recompensa.

Los que forjaron la Patria han sabido transmitir a nuestro pueblo el sentido del servicio. Diariamente millones de personas viven silenciosamente en el servicio cuando ponen el cuerpo al trabajo o a la búsqueda de él y no a la especulación; en el servicio de los que sostienen la convivencia y solidaridad callada y no los absurdos fantasmas de divisiones propios de minorías ideológicas agitadoras de conflictos; en el servicio de los que -sufriendo la globalización de la pobreza- no han dejado de igualarse en la solidaridad. Todos estos, mujeres y hombres de nuestro pueblo, que rechazan la desesperanza y se rebelan contra las mediocridades, quieren decirle no a la anomia, no al sinsentido y a la superficialidad. Y no, en fin, a quienes necesitan un pueblo pesimista y agobiado de malas noticias para obtener beneficios de su dolor.

El servicio es realista y no desprecia nada que sea necesario para la transformación de la historia y que beneficie especialmente a los últimos.

En este día de la Patria, el Señor nos convoca a dejar todo servilismo para entrar en el territorio de la servicialidad, ese espacio que se extiende hasta donde llega nuestra preocupación por el bien común y que es la patria verdadera. Fuera del espacio de la servicialidad no hay Patria sino una tierra devastada por luchas de intereses sin rostro. Si el servicio nos iguala, desalojando falsas superioridades; si el servicio achica distancias egoístas y nos aproxima –nos hace prójimos- no tengamos miedo: el servicio nos dignifica, devolviéndonos esa dignidad que clama por su lugar, por su estatura y sus necesidades. En este día de la Patria nuestro pueblo nos reclama y nos pide que no nos cansemos de servir, que sólo así ese nuevo vínculo social que anhelamos, será una realidad. Ya hemos probado hasta el hartazgo cómo se desgasta nuestra convivencia por el abuso opresor de algún sector sobre otro, con los internismos que dan la espalda a los grandes problemas, con equívocas lealtades, con los enfrentamientos sectoriales o ideológicos más o menos violentos. Estas dialécticas del enfrentamiento llevan a la disolución nacional, anulan el encuentro y la projimidad. El servicio nos invita a converger, a madurar, a crear –en definitiva- una nueva dinámica social: la de la comunión en las diferencias cuyo fruto es la serenidad en la justicia y la paz.

A Nuestra Señora de Luján, engalanada con los colores de la Patria independiente, confiamos el destino de nuestro pueblo.

Mons. Fray Carlos María Domínguez OAR, obispo de San Rafael