Martes 28 de mayo de 2024

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Misa Crismal

Homilía de monseñor Santiago Olivera, obispo castrense, durante la Misa Crismal (Iglesia catedral Stella Maris, 26 de marzo de 2024)

Antes de compartir con ustedes la Homilía sobre este día y sobre la Palabra de Dios que hemos escuchado quisiera agradecer la presencia de las autoridades que hoy nos acompañan, el Sr. Titular de la Unidad de Gabinete de Asesores del Ministerio de Seguridad, Dr. Carlos Manfroni, el Sr. Secretario de Culto en rango de Embajador, Francisco Sánchez, Director Nacional de Culto Católico, Dr. Agustín Ezequiel Caulo, a las autoridades de las Fuerzas Armadas y Fuerzas Federales de Seguridad.

Nuestros estatus Diocesanos castrenses, dicen que los Capellanes estamos en donde están nuestros fieles, a nosotros nos llena de alegría cuando tenemos algunas celebraciones propias en nuestra Catedral, nuestros fieles puedan estar con nosotros, sumarse y celebrar juntos, así que gracias por el esfuerzo no solo una mera realidad institucional sino también de gratitud.

Gracias a los Padre, a los Capellanes de un modo representando a los cerca de los 200 capellanes que a lo largo y ancho del país están en nuestra Diócesis, alguno de ustedes ha hecho el esfuerzo de viajar desde lejos para sumarse a esta celebración tan importante para nosotros. Gracias a las religiosas que también con su presencia en los hospitales militares de nuestro Obispado Castrense son el rostro en la misericordia de Dios con nuestros hermanos enfermos, gracias a cada uno de ustedes por estar. 

Con mucha alegría celebro junto a parte de nuestro clero, religiosas y religiosos, seminaristas y representantes del pueblo de Dios que se me han confiado, -como son las Autoridades Nacionales, Ministros y jefes y miembros de las Fuerzas Armadas y de las Fuerzas Federales de Seguridad y sus familias-, la Misa Crismal en esta particular Diócesis Castrense.

La celebración de esta Santa Misa, en la cual concelebramos los sacerdotes, es manifestación del Único y Mismo Sacerdocio de Jesús y también es manifestación de pertenencia y comunión del Obispo con su presbiterio. Es poner en práctica la enseñanza conciliar que dice: “…conviene que todos tengan un gran aprecio por la vida litúrgica de la Diócesis en torno al Obispo, es aquí donde se hace la principal manifestación de la Iglesia…”. Al decir en castrense, “este es un modo privilegiado, – como me compartió en una oportunidad un General del Ejército – para palpar y ver la “conjuntes”, porque están presente los Capellanes de las distintas Fuerzas, pero de la misma Diócesis, podríamos decir que aquí es donde se hace la principal manifestación de la Iglesia Castrense”.

Aprovecho para dar la bienvenida a Capellanes que se suman a nuestro Obispado y a nuestra misión, especialmente le damos la bienvenida al padre Luis Villafañe, sacerdote diocesano ordenado en la fiesta del Santo Cura Brochero, nuestro Patrono, en esta Iglesia Catedral.

Gracias a Dios y a Alejandro Jeandet y la Delegación de Comunicación, podemos sumar a nuestros hermanos que desde lo ancho y largo del país también están presentes y se suman por las redes a esta celebración. Las banderas de nuestras provincias y de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires que hemos puesto en nuestra Catedral es para recordarnos siempre que estamos presente en todo el país, y queremos servir y cuidar a los que nos sirven y también nos cuidan a los largo y ancho de nuestra querida y golpeada Patria.

Es una gracia grande, como les he compartido en otras oportunidades que una vez al año podamos tener esta oportunidad de encontrarnos y experimentar que caminamos juntos para servir a nuestros fieles que el Señor y la Iglesia nos confían. Estamos viviendo tiempos muy difíciles, lo sabemos, pero también sabemos que son tiempos de serena y renovada esperanza.

El Evangelio que nos propone la liturgia de la Misa Crismal nos presenta a Jesús en el inicio de su ministerio público, cuando en la sinagoga de Nazareth manifiesta su plena conciencia de saberse llamado por el Padre a cumplir una misión, sostenido y fortalecido por la certeza de la presencia del Espíritu Santo.

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Él me envió a llevar la buena Noticia a los pobres, a vendar los corazones heridos, a proclamar la liberación a los cautivos y la libertad a los prisioneros…a consolar a los que están de duelo, a cambiar su ceniza por una corona, su ropa de luto por el óleo de la alegría, y su abatimiento por un canto de alabanza…”, esto acabamos de escuchar en la lectura del profeta Isaías. Frente a este texto y lo actualizado en el Evangelio por el mismo Jesús a quien seguimos, no puedo dejar de pensar en aquellos fieles nuestros que más están sufriendo. Aquellos que, enfermos y con años de prisiones preventivas, siguen sufriendo la cárcel y lo que es peor, siguen sufriendo muchos de ellos, por causa de miradas parciales e ideologizadas. Constatamos muchas injusticias, y sin duda lo más parecido a la venganza. El Papa Francisco nos invitó a no dejarnos ganar por la ideología de un lado y de otro. Nos dijo el Santo Padre que estar privado de libertad no es estar privado de dignidad. No podemos dejar de pensar en tantas familias que sufren estas dolorosas situaciones. No podemos dejar de pensar en tantas familias que, sufriendo en tiempos de democracia, violencias y atentados, hoy se los sigue silenciando o etiquetando, sin recibir ningún reconocimiento. No podemos dejar de renovar con esperanza, la certeza que otro modo de vivir es posible en nuestra Patria. Es Providencial recordar las palabras del Santo Padre en su Carta Encíclica Fratelli Tutti:

Cuando hubo injusticias mutuas, cabe reconocer con claridad que pueden no haber tenido la misma gravedad o que no son comparables. La violencia ejercida desde las estructuras y el poder del Estado no está en el mismo nivel de la violencia de grupos particulares. De todos modos, no se puede pretender que sólo se recuerden los sufrimientos injustos de una sola de las partes” (n° 253).

¡Cómo nos interpela el Evangelio! Siempre, si lo recibimos desde la fe, el Evangelio interpela y compromete. Jesús anuncia y proclama, libera y hace ver. Por esto es que, confiados en el Evangelio y desde el Evangelio debemos hablar y obrar.

Necesitamos que el Evangelio que sana y libera se encarne más en nuestra Nación. Nación cuya identidad sea la pasión por la verdad. ¡Qué bien nos hará la verdad!

Confiamos en que en estos nuevos tiempos todos los poderes del Estado busquen con sincero esfuerzo los caminos de la verdad, en la justicia y en el amor. Que sean tiempos de verdadero encuentro para que busquemos caminos a transitar que no nos avergüencen en el hoy y en el futuro. Que la memoria no opaque la verdadera historia, ni aún desde aquellos que han tenido en nuestra Patria mayores responsabilidades, pues nunca se deben silenciar o negar situaciones violentas y dramáticas que hemos vivido de uno u otro lado, insisto, aunque haya mayor responsabilidad por parte de quienes nos gobiernan. La impunidad de donde venga, siempre prepara nuevos delitos. Quiera Dios que la historia triste y violenta de nuestra Patria no se repita y que nosotros, como Iglesia diocesana, seamos instrumento para sanar, reconociendo aquellas cosas que no han sido caminos evangélicos y las que sirvan para el encuentro y para la Paz.

Hemos sido ungidos, -lo sabemos- para sanar, vendar, acompañar y para hablar con coraje y valentía. La verdad muchas veces nos duele, pero nos hace libres. La verdad asumida engrandece, aunque parezca humillación. Verdad supone también entonces, asumir los propios errores. Jesús vino a sanarnos, vendarnos y curarnos. Esto es motivo de profundo gozo.

Este Espíritu que está sobre el Señor y al cual Él obedece dejándose conducir, está también sobre nosotros, guiándonos y conduciéndonos internamente. No es la carne ni la sangre lo que guía nuestro caminar de pastores. No es la prudencia humana ni el interés propio lo que nos mueve. El Espíritu es quien inspira nuestras acciones y lo hace para alabanza y gloria del Padre y para el bien del pueblo fiel.

Nosotros, sabemos que fuimos llamados por Jesús para llevar la Buena Noticia: La Buena Noticia es que Dios envió a su Hijo Jesús. La Buena Noticia es Jesús quien nos “Ama hasta el extremo, hasta el fin” que ama sin límites, siempre y a todos.

Hemos escuchado también en el Evangelio, que “Todos en la Sinagoga tenían puestos los ojos en El”. En esta Eucaristía los sacerdotes y yo, vamos a renovar nuestro ministerio. Quisiera que todos pongamos nuestra mirada en Jesús, nuestra mirada en Él.

Es fuente de renovada espiritualidad saber que Él, nos llamó. Él, es el que “nos amó hasta el extremo”. Él, es el que nos mira siempre amando. Él, es el que nos renueva.

Él, es el que nos espera. Él, es el que nos busca. Él, es el que nos sana. Él, es el “Dios con nosotros”. Él, es el que nos perdona. Él, es el rostro de la Misericordia. Él, es el que murió por nuestra Salvación.

Nosotros, debemos ser, sobre todo, hombres de oración. Lo necesitamos para saber ver y para obrar con entrega generosa y valiente y el pueblo de Dios, nos necesita orantes y santos. La oración nos ayudará a discernir y andar por los caminos del Evangelio sin ambigüedades, firmes y seguros, frágiles pero fuertes como les he compartido en otra oportunidad. Así nos llamó Jesús.

Los invito hoy, y lógico también me sumo, a renovar las promesas sacerdotales en clave de conversión y disponibilidad para poder ser santos sacerdotes. Pastores con verdadero ardor evangélico, que no nos pueda la función, ni las adversidades, ni los miedos, ni los años.

Nosotros somos sacerdotes como todos los sacerdotes católicos, pero tenemos una misión especial que nos distingue. Estamos entre nuestro pueblo, como todo sacerdote, pero nuestra misión castrense es estar allí donde nuestros fieles están.

Lo nuestro es un claro “ministerio de la presencia”, la presencia, no pocas veces silenciosa, lo sabemos, habla de Dios. La presencia, a veces oscurecida o no tenida en cuenta que nos habla de “aparente fracaso”, pero sabemos que no lo es y sabemos también del tanto bien que hace y nos hace. Somos los sacerdotes Castrenses ministros y puentes de tantos dolores y oídos que escuchan tantos sufrimientos y angustias.

Somos, -debemos serlo-hombres del consuelo y de la esperanza. Hombres que damos los que somos, nuestro ser “sacerdote”, nuestra vida y la Eucaristía, para lo cual hemos sido un día ordenados sacerdotes para siempre.

Queridos hermanos sacerdotes, Dios y la Iglesia nos han confiado a los hombres y mujeres de las Fuerzas, ellos tienen la misión de preservar o restablecer la paz, una paz que se construya con el respeto a la dignidad humana, la libertad, la justicia y la verdad, ellos están para defender nuestra Constitución y las leyes, ellos son permanentes servidores del bien común, que sólo se da, cuando a todos los ciudadanos se les reconocen y se les garantizan plenamente sus derechos, favoreciendo y defendiendo la democracia participativa, únicamente posible “en un Estado de derecho y sobre la base de la recta concepción de la persona humana”, como nos ha recordado San Juan Pablo II. En estos particulares tiempos renovamos nuestro servicio de acompañar, iluminar y servir a los que nos sirven y cuidan.

Queridos Padres, un día fuimos ungidos para vivir como sacerdotes y ser felices desempeñando este gran ministerio. Hoy queremos renovar esa Unción del Espíritu Santo, que selló nuestra amistad con Cristo y nos insertó profundamente en la Iglesia.

Renovar una vez más nuestro sacerdocio nos debe llenar de gozo, porque Dios vuelve a mirarnos con amor y nos invita a dejar todo para seguirlo. Renovar supone “carga ligera” para dejar atrás proyectos personales y embarcarnos en la gozosa aventura de Anunciar el Evangelio entre los hombres y mujeres de Armas.

Siempre le pido a Dios que este día sea un día de auténtica renovación. Tú nos conoces Señor, te presentamos nuestras vidas, nuestras alegrías, nuestras debilidades, nuestras fuerzas desgastadas, nuestras enfermedades, nuestros aciertos y errores, nuestras miserias y pecados. Pero por, sobre todo, ponemos bajo tu mirada nuestra vida y nuestra fe.

Esta Misa es una nueva oportunidad de la que el Señor se sirve, para hacer resonar con nueva fuerza aquel “Sígueme” que todos escuchamos hace algunos años y aquel “SÍ” que con gozo hemos expresado.

Que nuestros santos Patronos, Juan de Capistrano y José Gabriel del Rosario Brochero, nos animen y estimulen para ser firmes, fuertes y valientes creativos en el Anuncio Evangélico.

Que María, nuestra Madre de Luján nos custodie, y cuide a cada miembro de nuestra Iglesia Diocesana, que se consagra para servir a los hermanos y a la Patria, aún a costa de la entrega de la propia vida.

Transitando hacia el año jubilar diocesano de la Fe y hacia el año Santo Universal dedicado a la oración, nos confiamos a María, ella plasmó en su vida la fe, ella supo ser dócil y ponerse rápidamente en camino para servir y anunciar, porque sabía de vida interior y de oración, que Ella en las distintas Advocaciones que como Iglesia Castrense la llamamos –De Luján, de la Merced, de Loreto, De Stella Maris y del Buen Viaje- nos inspire, asista y acompañe siempre.

Mons. Santiago Olivera, obispo para las Fuerzas Armadas y Fuerzas Federales