Lunes 15 de abril de 2024

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Misa de apertura de la 123ª Asamblea Plenaria

Homilía de monseñor Oscar V. Ojea, obispo de San Isidro y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina en la Misa de Apertura de la 123ª Asamblea Plenaria (Casa de Retiros "El Cenáculo", 6 de noviembre de 2023)

Queridos hermanos:

Nuevamente nos encontramos reunidos en torno a la mesa que el mismo Señor nos ofrece. Si nos detenemos un momento ante el misterio que estamos celebrando (y que tenemos la oportunidad de presidir cotidianamente) caeremos en la cuenta de la inversión que se ha operado en relación a la narración del Evangelio de hoy. Es que, en cada Eucaristía, Jesús nos invita a compartir su mesa, somos nosotros los invitados a un banquete de amor frente al cual no tenemos realmente como retribuirle ya que es Él mismo donándose por nosotros.

 San Agustín dirá que antes de sentarnos a esta mesa pensemos bien qué estamos haciendo y nos preguntemos si estamos dispuestos a entrar en esta lógica: comulgando de él estamos invitados a prolongar en nuestra vida esta entrega.

 Ese es el sentido de las palabras que repetimos en cada ordenación cuando entregamos a los presbíteros las ofrendas del santo pueblo fiel de Dios: “Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor”.

El Evangelio que escuchamos dentro del capítulo 14 de Lucas nos trae una propuesta paradójica. Jesús se encuentra otra vez comiendo en casa de un fariseo y es el centro de la atención de todos los comensales. Es para el Señor una oportunidad de retomar un tema del que había hablado en otra oportunidad (y que encontramos en el capítulo 6) cuando dice: “si prestan a aquellos de quienes esperan recibir que merito tienen, también los pecadores prestan a los pecadores para recibir lo correspondiente, más bien amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada a cambio y su recompensa será grande y serán hijos del Altísimo porque él es bueno con los ingratos y los perversos” (Lc 6, 34-35). Ahora, dirigiéndose al fariseo dueño de casa vuelve sobre su enseñanza proponiéndole un comportamiento paradojal: invitar a comer a quien no puede retribuirnos.

En el contexto de esta Eucaristía donde comenzamos nuestra Asamblea quisiera compartir tres ideas con ustedes.

La primera: el tema central del texto es la gratuidad. Se trata de ser generosos como lo es el mismo Dios.

De dar sin esperar nada porque el mismo dar ya es importante. Damos por amor y el que da desde el amor no espera recibir. Damos por el bien del otro, como dan los padres a los hijos solo por el gusto de que ellos estén mejor, de verlos felices. Así es como damos a los seres queridos. Es la enseñanza central en la que Jesús quiere exhortar a sus discípulos a ser desinteresados de modo de poder hacer el bien sin poner la mirada en la retribución que especula qué podrá recibir.

El que comparte lo suyo sin buscar recompensa en este mundo la recibirá de manos de Dios que es generoso en grado infinito.

Jesús plantea la inmensa libertad que supone el hecho de dar. Porque dar es un privilegio que conlleva la inmensa satisfacción que sentimos cuando damos libremente con generosidad. Lejos de quitarnos algo, el dar multiplica la libertad y la posibilidad de abrir nuestro horizonte. No en vano esta forma gratuita de dar es una virtud, se la llama liberalidad, porque concede libertad a las personas que así se conducen.

La segunda reflexión tiene que ver con este tiempo sinodal y con algunos elementos que surgen de la síntesis de esta etapa.

Se nos dice en la letra F del número 16 de la Relación final que trabajaremos estos días hablando de una Iglesia que escucha y acompaña. “A lo largo del proceso sinodal la iglesia se ha encontrado con muchas personas y grupos que piden ser escuchados y acompañados. La iglesia debe escuchar con particular atención, sensibilidad, la voz de las víctimas y sobrevivientes de abusos sexuales, espirituales, económicos, institucionales, de poder y de conciencia por parte de miembros del clero o personas que ejercen cargos eclesiales. La escucha autentica es un elemento fundamental del camino hacia la sanación, el arrepentimiento, la justicia y la reconciliación.”

En otras épocas hablar de Iglesia era un sinónimo de credibilidad. Hoy esta situación ha cambiado. Muchos, siguiendo en la atmósfera del banquete, podrán decirnos mientras compartimos la mesa cosas muy difíciles de escuchar porque se han sentido heridos y rechazados por la Iglesia en distintas circunstancias. Para nosotros que tenemos que poner la cara en nombre de la Iglesia estas situaciones no son realidades agradables, ya que tenemos que escuchar acusaciones de cosas de las cuales no somos plenamente responsables, o que responden a patrones culturales muy arraigados que no terminamos de erradicar como el clericalismo. Esta actitud se acerca a esta imagen de la mesa del banquete de la que habla Jesús.

Pero no se trata solo de escuchar y dar cauce a procesos de justicia, lo cual es muy bueno y necesario, sino de abrir el corazón como quien recibe en casa a un enemigo con quien es necesario reconciliarse y curar las humillaciones recibidas.

Toda víctima de un rechazo, de un abandono o un abuso nos incomoda y nos desinstala. En este caso, al tender la mesa recibimos nosotros una verdadera bendición.

En tercer lugar, es bueno reflexionar sobre la aplicación de este mensaje a la realidad del país porque implica un enfoque en la justicia, en la inclusión y la solidaridad. La síntesis del sínodo nos habla de recuperar a los descartados y dedica un amplio espacio a los pobres que piden a la Iglesia amor, entendido este como respeto, acogida y reconocimiento (punto 4 A). Piden de la iglesia una aceptación incondicional y gratuita de sus personas y el texto nos recuerda que para la Iglesia la opción por los pobres y descartados es una categoría teológica, antes que cultural, sociológica, política o filosófica (4 B).

Por eso, invitar a la mesa a aquellos que no nos pueden retribuir, afirma la importancia central que Jesús en el Evangelio da a la dignidad de las personas sin hacer cálculos en favor de aquellos que nos pueden ayudar o cuya palabra nos conviene o fijándonos en los cargos que ocupan. Simplemente, como a Jesús, nos importan las personas. Lo que cada una vive y sufre. Pero también lo que anhela y sueña. Nos importa promover al ser humano por su misma dignidad de hijo de Dios y hermano o hermana en Cristo.

El profundo deseo que tenemos de que el Papa Francisco visite nuestro país se traducirá sin duda en un encuentro muy esperado entre el pastor y su pueblo, nos ayudará a sanar heridas, a crecer en el aprendizaje del diálogo y a renovarnos en el espíritu misionero así podremos tender una mesa generosa en la que haya lugar para todos como insistió tanto en las jornadas de Lisboa.

Buenos Aires (Pilar), lunes 6 de noviembre de 2022.

Mons. Oscar V. Ojea, obispo de San Isidro y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina