Miércoles 1 de febrero de 2023

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Jornada Diocesana de Agentes de Pastoral

Homilía de monseñor Hugo Manuel Salaberry SJ, obispo de Azul, en la Jornada Diocesana de Agentes de Pastoral (Nuestra Señora del Rosario, 15 de agosto de 2022)

La Virgen se pone en camino sin demora. Como ya hemos hablado de la necesidad de hacer inmediatamente lo que el Señor nos pide, no voy a insistir en el mismo tema. No estaría mal reiterarlo, pero creo que hoy no será necesario.

1. Todo encuentro con el Señor deja huella indeleble pero algunos, definen el estilo de vida que la Providencia propone. Por eso la Virgen al aceptarlo, se pone en camino. ¿Qué tentación tenemos los católicos frente a un encuentro personal con el Señor? Quedar mirándonos y regodeándonos en ese gesto del Señor: ‘la felicidad que se siente’, ‘la falta de méritos para un hecho así’, ‘la gracia enorme que significa y cuántos hay que no la han recibido’, ‘lo bien que le vendría a muchos esa experiencia’. Infinidad de ‘desvarios espirituales’ que pueden ser interminables. En lugar de salir al servicio, nos quedamos como San Pedro en el Horeb: ‘…¡qué bien que estamos aquí, hagamos tres carpas!...’. De aquí sacamos una primera conclusión: al encuentro con el Señor no se lo manosea, se lo pone por obra.

2. Si no nos ponemos inmediatamente en camino para constituir una Iglesia ‘en salida’ (Francisco), lo siguiente es dar testimonio personal de ese encuentro y de la presencia del Señor (con palabras, por supuesto): ‘los resortes desconocidos que esa Presencia movilizó’, ‘los cambios generados’, ‘el bien que significó’ y se añade no pocas veces, ‘la obligación de conmover al eventual auditorio’, para seguir hablando de sí mismo. Por eso la segunda conclusión: la caridad se debe poner más en las obras que en las palabras.

3. Como los encuentros con el Señor fijan en la memoria y en el corazón momentos perennes, toda la vida puede hablarse de ellos y siempre aparece algo nuevo. A veces algo forzado, es cierto, pero nuevo. Se habla de Dios, pero sin ponerse en camino. Llegamos a una tercera conclusión: aceptar los riesgos del camino y que esos mismos riesgos, hablen de ese Encuentro sin mencionarlo.

4. La pasividad en el camino espiritual es muy mala consejera: quedarse en la carpa del Horeb sin salir a aceptar los designios del Señor, sin visitar a familiares o amigos enfermos para acompañarlos, sin ofrecer la disponibilidad para ayudar en lo que se necesite y se puede hacer. O ¡al menos rezar desde el lugar de cada uno por todos aquellos que están en el camino sujetos a las veleidades mundanas y tratando de hacer crecer el Nombre y la Persona del Señor en una humanidad deshumanizada y herida! (Santa Teresita del Niño Jesús, Patrona de las Misiones desde el convento del cual nunca salió). La inercia genera una cuarta conclusión: justificar la inmovilidad con motivos ‘realistas’. No con mentiras.

5. Motivos para justificar la ‘inacción’ se encuentran en abundancia en los abnegados caminantes que pasan: esos que sí se pusieron a caminar luego del encuentro. La pasividad se justifica con objeciones duras, a veces agresivas dado que siempre existe algo que no coincide con lo que ‘habría que hacer’. Como el encuentro con el Señor ha sido real, es lógico que algo de la actitud de los caminantes interpele. Se recurre entonces a reprimir ásperamente ese principio de claridad de conciencia con críticas al trabajo realizado o desacreditándolo con ironías tales, que si no puede impedirse su caminar se molesta su marcha. La quinta conclusión es desacreditar con críticas desalentadoras o referencias irónicas lo que hacen los otros.

6. Como lo que se percibe es una mirada personal, constituye una mera opinión y no es suficiente para que otros coincidan en lo cierto de tal apreciación. Por eso hay que buscar algún socio (un cómplice o un secuaz) que piense exactamente igual para que esta verdad quede confirmada. Como nunca faltan en nuestro pequeño mundo eclesial y clericalizado mediocridades ‘solidarias’, o soledades tristes que miran desde el balcón como el Rey David, se concreta una alianza que resulta a menudo eficaz. Se juntan para compartir y difundir la misma versión de los hechos, escuchar con agrado lo que se dice en estos círculos y mantenerse inmóvil. Llegamos a nuestra sexta conclusión: cómplices para la mediocridad o para juntar los mediocres que no se pusieron en camino.

Ahora un pequeño excursus.

7. El joven rico del evangelio nos ilumina otra posibilidad. Aquellos entusiastas que se acercan al Señor, caminan con Él, establecen un diálogo sustancial y se da un encuentro en donde se manifiesta la verdad de ambos. Un estado de vida espiritual en el que se cumplen los mandamientos, el Señor les demuestra su amor, pero no aceptan el estilo de vida que les ofrece. Se retiran tristes y por lo mismo su camino es triste. Cumplen los mandamientos y así lo exigen a los demás pero al faltar el sustento del amor misericordioso y maternal propio de la renuncia a sí y a los propios bienes, el mero cumplimiento de la ley no es fuente de alegría. Se transmiten los mandamientos como imposición y en muchos casos de manera rígida e imperativa. Al privarse de un bien esencial miran desde lejos, tristes. Lo nuestro es adherirnos libremente a una verdad encarnada que nos pide dejarlo todo y seguirlo. Una gracia mayor que obra en cada uno la Encarnación del Hijo de Dios para hacernos uno con Él.

8. No se trata de caminar sólo con quienes ‘nos dan la razón’. Suelen ser tan dañinos como aquellos que lo único que saben hacer es criticar. Deberemos recurrir a un buen amigo para nos diga la verdad sin falsos pudores y aprender a escucharla con estupor pero devotamente. Necesitaremos de uno o tal vez de esos ‘cuatro amigos’ que nos descuelguen desde el techo para ponernos delante del Señor, porque paralizados no podemos solos. Me atrevería a decir, un buen amigo que sea capaz de decirnos la verdad para sobreponernos a un espíritu criticón que nos mantiene fuera de los que caminan.

9. Entonces porqué nos tenemos que en poner en camino. ¿Sólo para evitar estas cosas mencionadas? Sería lo menor.

10. Ponerse en camino como la Virgen, supone otras cuestiones que tienen que ver con una vida en la que se aceptan los riesgos que todo caminar origina. Supone estar en el mundo padeciendo los males como si fuésemos el mismo cuerpo del Señor y avanzar con la confianza puesta en Él.

11. Abiertos a las novedades, contagiando esa pasión que despierta el seguimiento del Señor, hablando de Él y de su obra, el deseo de compartir palmo a palmo el drama de todos nuestros hermanos. No necesitamos para la familia diocesana, opiniones de afuera que indiquen lo que hay que hacer como verdaderos directores de tránsito, sino caminantes que se involucren en el día a día con el hermano que camina sólo y triste sin saber a dónde va.

12. Un católico sujeto a los mismos riesgos que el resto de sus hermanos porque todo camino es peligroso. (No sé dónde ha nacido esa idea de que para seguir los pasos de la Virgen o caminar con su Hijo, tenemos que estar limpitos y no meternos en problemas porque te ensucian). El fundamento de nuestro testimonio se asienta en que creemos a pesar de lo somos.

No desacreditemos con palabras sin sustento, al Dios encarnado en medio de una humanidad sin derrotero. Un Dios que quiso compartir la suerte del hombre, que se hace pecado y pobre como el más pobre, para indicarnos que la escasez de medios no es un delito. En muchos casos -por supuesto para los consagrados- una bendición y que la mayor pobreza no es haber nacido en un pesebre, sino prescindir de Dios, creérsela para juzgar lo que no está de acuerdo con las propias ideas o pareceres y seguir juzgando ‘desde afuera’, lo que los demás hacen.

A la Madre del Rosario le decimos

Llena de rosas mi herida,
llena de estrellas mis ojos,
llena de paz mis abrojos,
llena de gracia mi vida
y, de esplendor revestida,

ven a mí en la última hora,
a cerrar, Consoladora,
mis ojos, fijos en ti
y, vaciándome de mí,
lléname de ti, Señora. Amén

Mons. Hugo Manuel Salaberry SJ, obispo de Azul