Sábado 31 de octubre de 2020

Desde Nagasaki el Papa pidió elevar nuestras voces para defender a los inocentes

  • 23 de noviembre, 2019
  • Nagasaki (Japón) (AICA)
Primera misa en tierra japonesa

En la primera misa que celebró en tierra japonesa, el papa Francisco exhortó a los fieles a una renovada evangelización, levantando “nuestras voces” para defender a los inocentes, eligiendo la “compasión como verdadero modo para construir la historia”.



Durante la mañana el Papa había visitado el Memorial de la paz de Nagasaki, que junto a Hiroshima experimentó el holocausto nuclear, que en esta ciudad provocó entre 100 mil y 200 mil víctimas. Y durante la misa se veneró el rostro de la “Virgen quemada”, una estatua de la Virgen quemada por la bomba nuclear, conservada en la catedral de Nagasaki.



En su homilía, Francisco parte de la liturgia del día, la de Cristo Rey, que trae el Evangelio en el que se narra sobre el buen ladrón que muestra compasión hacia Jesús que muere en la cruz y le pide estar en Su reino: “queremos renovar nuestra fe y nuestro compromiso; conocemos bien la historia de nuestras fallas, pecados y limitaciones, al igual que el Buen Ladrón, pero no queremos que eso sea lo que determine o defina nuestro presente y futuro”.



“Sabemos -dijo el Papa- que no son pocas las veces que podemos caer en la atmósfera comodona del grito fácil e indiferente del “sálvate a ti mismo”, y perder la memoria de lo que significa cargar con el sufrimiento de tantos inocentes”.



“Estas tierras experimentaron, como pocas, la capacidad destructora a la que puede llegar el ser humano. Por eso, como el buen ladrón, queremos vivir ese instante donde poder levantar nuestras voces y profesar nuestra fe en la defensa y el servicio del Señor, el Inocente sufriente”.



“Lo imploramos cada día: venga a nosotros tu Reino, Señor. Y al hacerlo queremos también que nuestra vida y nuestras acciones se vuelvan una alabanza. Si nuestra misión como discípulos misioneros es la de ser testigos y heraldos de lo que vendrá, no podemos resignarnos ante el mal y los males, sino que nos impulsa a ser levadura de su Reino dondequiera que estemos: familia, trabajo, sociedad; ser una pequeña abertura en la que el Espíritu siga soplando esperanza entre los pueblos”.



“El Reino de los cielos es nuestra meta común, una meta que no puede ser sólo para el mañana, sino que la imploramos y la comenzamos a vivir hoy, al lado de la indiferencia que rodea y silencia tantas veces a nuestros enfermos y discapacitados, a los ancianos y abandonados, a los refugiados y trabajadores extranjeros: todos ellos sacramento vivo de Cristo, nuestro Rey” y citando a san Juan Pablo II agregó “porque si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que él mismo ha querido identificarse”.



Caminando tras las huellas de los mártires japoneses, los cristianos queremos “profesar con valentía que el amor dado, entregado y celebrado por Cristo en la cruz, es capaz de vencer sobre todo tipo de odio, egoísmo, burla o evasión; es capaz de vencer sobre todo pesimismo inoperante o bienestar narcotizante, que termina por paralizar cualquier buena acción y elección”



“Queridos hermanos -concluyó- Nagasaki lleva en su alma una herida difícil de curar, signo del sufrimiento inexplicable de tantos inocentes; víctimas atropelladas por las guerras de ayer pero que siguen sufriendo hoy en esta tercera guerra mundial a pedazos. Alcemos nuestras voces aquí en una plegaria común por todos los que hoy están sufriendo en su carne este pecado que clama al cielo, y para que cada vez sean más los que, como el Buen Ladrón, sean capaces de no callar ni burlarse, sino con su voz profetizar un reino de verdad y justicia, de santidad y gracia, de amor y de paz”.



» Texto completo de la homilía