Mons. Scheinig animó a la conversión sacerdotal

  • 7 de marzo, 2022
  • Mercedes (Buenos Aires) (AICA)
Con motivo del tiempo de Cuaresma, el arzobispo de Mercedes-Luján envió una carta pastoral a la comunidad, dirigida especialmente a los sacerdotes, en la que invitó a realizar un camino de conversión.

Con el título “Nuestra conversión sacerdotal bajo la mirada bondadosa del Pueblo de Dios”, el arzobispo de Mercedes-Luján, monseñor Jorge Eduardo Scheinig, se dirigió a los fieles con una carta pastoral de Cuaresma.

En el comienzo de su carta, el prelado se refirió al tiempo histórico que vivimos debido a la pandemia y ahora también al horror de la guerra, que “han agudizado la conciencia de un planeta frágil y de la vida amenazada”. 

En ese sentido, y con la certeza de que en manos de nuestro Padre estamos seguros, llamó a “colaborar humildemente pero convencidos y generosamente entregados, para que el Reino de Dios, es decir, que su voluntad de amor, de libertad, de paz, de perdón, de fraternidad y de gracia, se haga realidad hoy y en el futuro”.

La Cuaresma, señaló el arzobispo, “es un tiempo oportuno para volver a escuchar personalmente y todos juntos como Iglesia, ese llamado a vivir de otra manera. Un tiempo bueno para convertirnos, para cambiar, para purificar, para volvernos a entusiasmar en el seguimiento de Jesús”.

Su carta está dirigida especialmente a los sacerdotes, hoy “muy expuestos a la crítica” por sus fragilidades e incoherencias. “El tema de los abusos a menores es un dolor y un peso enorme que afecta a todos y de modo especial a los sacerdotes. Debemos saber llevar con inmensa humildad la carga de semejante atrocidad y pecado”.

“Hoy los clérigos estamos a ‘la intemperie’. Somos personas públicas, miradas, demandadas y exigidas a una vida coherente y auténtica, y no está mal que así sea, pero por momentos puede faltar cierta comprensión a que una vida así, se alcanza en camino, en un necesario proceso de crecimiento que lleva su tiempo y que también implica tropezarse, caerse y volverse a levantar muchas veces”.

Al mismo tiempo, reconoció que los sacerdotes están “expuestos al cariño” de las comunidades. “Estamos bajo la mirada de muchos, pero la mirada del Pueblo Santo de Dios, está llena de ternura y compasión y esa mirada siempre nos hace bien”, porque las comunidades “sostienen nuestras vidas” con máximo respeto, solidaridad, paciencia y sobre todo, con un amor auténtico.

Al hablar de la vida sacerdotal, monseñor Scheinig deseó “que estas palabras alienten a que en nuestras comunidades y en todos los espacios eclesiales, se dé un diálogo sincero y fecundo entre sacerdotes y laicos, para ayudarnos a vivir la vocación sacerdotal, tal y como Dios quiere que la vivamos hoy”. 

El llamado a la Conversión
En cuanto al llamado a la conversión de los sacerdotes, el prelado marcó la necesidad de “volver” a lo esencial de la vida: “Volver a la comunión fundante de nuestra existencia que es con Dios, con su Pueblo y también con los otros hermanos sacerdotes. Volver significa entonces renovar permanentemente esa opción fundamental de comunión y resistir a la tentación de caminar en soledad, aislados, separados y por otro camino”. 

Refiriéndose a la primera lectura del Miércoles de Ceniza, destacó que el profeta Joel llama a un tiempo de conversión interior, a “llorar e interceder”.

“El profeta invita a los sacerdotes a ubicarse en un lugar determinado, llorar y pedir perdón. Es la necesidad de estar ubicados en el lugar sacerdotal, que no es sólo estar en el templo o en lo litúrgico, sino también, tener ubicado el corazón, los afectos, el alma”. 

“Nuestro lugar es entre Dios y la gente, entre sus vidas. Llorar, se convierte en un signo fuerte de que estamos conmovidos hasta los tuétanos, que sentimos el mal de todos como propio. Llorar significa que somos sensibles por el pecado de alguno de los hermanos sacerdotes y que se vuelve dolor de todos. Llorar porque sentimos en carne propia el estar lejanos de Dios, de su pueblo y de los hermanos”.

Volver a Dios
“Si la conversión implica un permanente reubicarnos como sacerdotes, nuestra referencia fundamental es Dios mismo. Él es el fundamento de nuestro ser y hacer. Él es la piedra en la que se apoya todo lo que construimos”, afirmó monseñor Scheinig.

Por eso, invitó a revisar en este tiempo de conversión, “cuánto está Él presente en todo y si necesitamos volver a Él una vez más, de manera total, radical y definitiva”.

“Todos los sacerdotes cuando hemos sido llamados, hemos experimentado ese amor primero, tremendo y fascinante, que nos llevó a dejarlo todo. Pero es posible que en muchos momentos ese amor fuerte se enfríe y deje paso a la autorreferencialidad, al narcisismo, la mundanidad, las rigideces, el mal uso o abuso de poder, como una afirmación de mí mismo frente a los demás”. 

“En la relación frecuente con Dios, que es el Tú con mayúsculas, se produce un descentramiento necesario que nos reubica en todas las dimensiones y en todas las relaciones de la vida. En ese Tú, podemos sostener incluso las relaciones dificultosas o difíciles que se viven entre hermanos sacerdotes, ya que al confrontar, disentir y hasta el mismo discutir, son una oportunidad para volver a nuestra condición de aprendices y discípulos”. 

“En Dios, nos reconocemos todos pequeños y discípulos, y aprendemos a aceptar a los otros como diferentes”. Volver a lo esencial, afirmó, consiste en “estar abiertos, receptivos y dispuestos a la fraternidad, que es una clave primordial en la vida evangélica, eclesial, sacerdotal y humana”.

Por otra parte, destacó la importancia de la oración, que es “un asunto de amor y de atención”, y animó a los sacerdotes a revisar la atención al Señor y si el amor se enfrió, para evitar el riesgo de hacer de la oración un “rito fosilizado”.

“Necesitamos volver a Dios con total confianza para beber el Agua Viva que es Jesucristo y experimentar que sólo en Él podemos aplacar la sed de amor que llevamos adentro y que también, sólo en Él, podemos seguir buscando los pozos de agua verdadera”. 

Volver al Pueblo de Dios
En este punto, el prelado señaló: “Nosotros hemos salido de nuestro Pueblo para volver a él y servirlo. No somos sus dueños, es propiedad de Dios, no nos sirven, los servimos a ellos y en ese sentido, somos los más pequeños, sus ministros”.

“Nuestro pueblo, por tantas cosas serias que le sucede, está agobiado, temeroso, cansado, afligido, angustiado, desanimado. Estamos llamados a consolarlo, aliviarlo, ayudarlo a hacerles un poco más fácil la vida”.

En ese sentido, aclaró: “No estamos llamados a ser una especie de superhombres que muestran una fachada de vida falsa en la que pretendemos poderlo todo. Eso es una mentira y está muy alejado del Evangelio y del Reino. ‘Llevamos oro en vasijas de barro’. Somos pura fragilidad, y el reconocimiento transparente de esta realidad existencial, junto con la total dependencia y referencia al Señor, nos hace ser testigos auténticos y autorizados de que la fuerza, la alegría, la esperanza, el consuelo, vienen de Él y eso es lo que con humildad trasmitimos a nuestras comunidades”.

“Pero también, somos varones llamados a olvidarnos de nosotros mismos para que el Pueblo Santo de Dios, reciba de nosotros y por nuestro medio, todo lo que necesita para su camino”, añadió, animando a “tratarlos bien, con paciencia, con delicadeza, con tiempo y perseverancia”.

“Revisemos en este tiempo de conversión, cómo es la relación con el Pueblo de Dios y si es necesario, pidamos perdón a Dios y nuestras comunidades, pidamos perdón todas las veces que haga falta. Sepamos humillarnos, es decir, reconocernos limitados, capaces de no saber, de no entender, o de haber hecho mal las cosas”.

Volver a los otros hermanos sacerdotes
“Tenemos distintas edades, historias, formaciones, experiencias, ideas, maneras de hacer las cosas, de soñar el mundo y la misma Iglesia”, enumeró monseñor Scheinig en este punto, pero aclaró que “la fraternidad no es una opción libre a nuestra buena voluntad, es una exigencia de la misión, para la cual fuimos llamados en una Iglesia concreta”. La amistad sacerdotal, explicó, “la elegimos, pero la fraternidad sacerdotal, la eligió Jesús por nosotros y para nosotros y para el bien de Su Pueblo”.

También señaló una tendencia de los sacerdotes a volverse muy independientes y elegir relaciones fáciles. “Así, vamos perdiendo el gusto por el encuentro con los otros, que terminan siendo muchas veces -así lo pensamos y decimos- los responsables de mi aislamiento”. 

“Las críticas entre sacerdotes suelen ser muchas veces crueles y el manto de sospecha sobre alguno puede ser tan fuerte, que lo lleva a apartarse y encerrarse. Otras veces, uno mismo decide quedarse en soledad, porque la fraternidad es un compromiso que continuamente me modifica y no siempre quiero comprometerme”.

Por eso, en este tiempo de Cuaresma, los invitó a “volver a la fraternidad sacerdotal, a la valoración profunda de unos hacia los otros. Valoración que hunde sus raíces en una mirada de fe hacia los hermanos y que en definitiva, no es otra cosa que reconocer que es el Señor el que nos ha llamado a todos y a cada uno”.

“Nos necesitamos para una fraternidad simple y sencilla que desee compartir la vida, desde la preocupación por la salud del otro, de sus necesidades, sus deseos, y de ser capaces de compartir con alegría una picada y un rico asado. Pero también saber acompañar los momentos difíciles personales, familiares, comunitarios, pastorales”.

“Necesitamos pensar juntos, discernir juntos, hacer juntos. Necesitamos caminar juntos y apostar por una feliz e imperiosa compañía para una misión que nos sobrepasa a todos”.

Finalmente
“En definitiva, la conversión no es por obligación. La conversión es una invitación de amor que nos hace el mismo Señor que no busca otra cosa que nuestra bienaventuranza, nuestra plenitud de vida personal y la de todos. La conversión es un llamado a la santidad”.

"Estoy convencido de que un sacerdote y pastor, bueno y auténtico, al modo de Jesús y de la Iglesia del Concilio Vaticano II, es una persona que hace mucho bien a la Iglesia toda, a la comunidad parroquial, a la sociedad y allí donde se encuentre”.

Finalmente, pidió a las comunidades que recen por el camino de conversión de sus pastores. “Ayúdenlos a vivir con alegría y fidelidad el Evangelio de Jesús. Quiéranlos de corazón, con un afecto sincero. Acompáñenlos en sus necesidades”.

“Recen también por mí. Se los pido humildemente. Que pueda estar bajo la mirada del Padre con infinita confianza. Que esté fuertemente tomado de la mano de Jesús. Y que el Espíritu me conceda hacer Su voluntad con sabiduría, amor, alegría y paz”, pidió, rogando la intercesión de la Virgen en sus advocaciones de Luján y de las Mercedes.+

» Texto completo de la carta pastoral