Con la fuerza que da la esperanza

BARBARO, Hugo Nicolás - Carta pastoral - Carta pastoral de monseñor Hugo Nicolás Barbaro, obispo de San Roque de Presidencia Roque Sáenz Peña (24 de enero 2026, memoria de Santa María, Reina de la Paz)

Con ocasión del comienzo del Año Santo 2025 dirigí una Carta Pastoral titulada Una esperanza vivida. Ahora, a la luz de las enseñanzas del Papa León XIV en su catequesis siguiendo la temática del Papa Francisco, dirijo esta Carta Pastoral pidiendo al Señor que sigamos creciendo en esa virtud, avanzando por la vida con la fuerza de la esperanza.

Sostenidos por la esperanza
En su primera audiencia el Santo Padre acudió a la parábola del sembrador (Mt, 13, 1-17). Aquellos oyentes, familiarizados con el trabajo rural, estaban acostumbrados a ver caer semillas por el camino pedregoso, en terrenos menos fértiles o en los que creció la maleza, pero también en buena tierra.

Tenían experiencia del sacrificio que suponía sembrar, pero también de un detalle que destacó el Señor: volvían alegres al finalizar aquel duro trabajo. Faltaba tiempo para la cosecha, el clima podría ayudar o no, pero igual estaban contentos, los sostenía la esperanza de que aquel esfuerzo no había sido en vano.

¿Por qué esta parábola? El sembrador es una imagen de Dios, un Padre que continuamente esparce semillas buenas en nuestros corazones. Por eso la parábola es una invitación a confiar en Dios, nos quiere mucho y nos quiere santos, colaboradores en la siembra de semillas buenas en la familia y en todas partes.

Por más débiles o alejados del Señor que nos sintamos, Dios está cerca, sembrando la semilla, ayudando a que seamos tierra buena. Jesús nos dice que Dios arroja la semilla de su palabra sobre todo tipo de terreno, es decir, en cualquier situación en la que nos encontremos: a veces somos más superficiales y distraídos, a veces nos dejamos llevar por el entusiasmo, a veces estamos agobiados por las preocupaciones de la vida, pero también hay momentos en los que estamos disponibles y acogedores. Dios confía y espera que tarde o temprano la semilla florezca. Él nos ama así: no espera a que seamos el mejor terreno, siempre nos da generosamente su palabra. Quizás precisamente al ver que Él confía en nosotros, nazca en nosotros el deseo de ser un terreno mejor. Esta es la esperanza, fundada sobre la roca de la generosidad y la misericordia de Dios (León XIV, Audiencia 21-V-2025).

Dios también esparce su semilla en los momentos de dificultad y de sufrimiento, aunque nos parezca lejano y ausente. Quizás hará falta tiempo, serenidad, oración, para advertir que para los que aman a Dios todo aporta para su bien (cfr. Rom 8, 28).

 Jesús es la Palabra, es la Semilla. Y la semilla, para dar fruto, debe morir. Entonces, esta parábola nos dice que Dios está dispuesto a «desperdiciarse» por nosotros y que Jesús está dispuesto a morir para transformar nuestra vida (León XIX, id.).

Dios siempre llega a tiempo y cuenta con nosotros
En su catequesis del 4 de junio de 2025 el Papa León XIV reflexionó desde la parábola de los invitados a trabajar en la viña (Mt 20, 1-16). Un grupo de trabajadores esperaban en la plaza a que los contrataran para ir a cosechar. Algunos fueron convocados a primera hora, otros un poco más tarde. Pero quedaron algunos esperando y el día avanzaba. Es lógico que se sintieran desanimados, inútiles, con menos cualidades, o no reconocidos por aquel patrón. Cuando ya la esperanza estaba casi perdida fueron invitados a trabajar en la viña, y no sólo eso, el dueño les pagó muy generosamente, la misma cantidad que a los que había llamado a primera hora.

Ese hombre tan generoso es imagen de Dios que siempre se fija en nosotros, somos sus hijos. Por menos cosa que nos sintamos, valemos mucho para Él. Escucha nuestra oración, sale a buscarnos, aunque nuestra esperanza sea débil porque las dificultades parecen ya insalvables.

No se olvida de nosotros y nos quiere trabajando en su viña, colaborando para que otros descubran y respondan a su infinito amor. Dios cuenta con el testimonio que podamos dar a nuestro alrededor de cómo nos sostiene la fe y la esperanza, quiere hacernos mensajeros de su amor por todos.

Quisiera decir, especialmente a los jóvenes, que no esperen, sino que respondan con entusiasmo al Señor que nos llama a trabajar en su viña. ¡No lo pospongas, arremángate, porque el Señor es generoso y no te decepcionará! Trabajando en su viña, encontrarás una respuesta a esa pregunta profunda que llevas dentro: ¿qué sentido tiene mi vida?

... ¡no nos desanimemos! Incluso en los momentos oscuros de la vida, cuando el tiempo pasa sin darnos las respuestas que buscamos, pidamos al Señor que salga de nuevo y nos alcance allí donde lo estamos esperando. ¡El Señor es generoso y vendrá pronto! (León XIV, Audiencia 4-VI-2025).

Fortalecer la esperanza
Jesucristo, caminando hacia Jerusalén, se encontró al entrar en Jericó con un ciego y mendigo (cfr. Mc 10. 40-52). Este hombre llevaba años pidiendo limosna a la entrada de ese pueblo, ¿cuál sería su esperanza? Había escuchado hablar de Jesucristo. Cuando se enteró de que estaba pasando por ese lugar empezó a rogarle gritando: Jesús, hijo de David, ten piedad de mí (Mc 10, 47).

El Señor se detuvo al oírlo, y le pidió un esfuerzo, que se le acercara. Él arrojando su manto, dio un salto y se acercó a Jesús (vs. 50). Tuvo fe, se manifestó en obras: dio un salto, dejó su única seguridad que era el manto que lo cubría, no hizo caso a quienes lo querían hacer callar. Jesús advirtió esa confianza total que tenía en Él, pero respetó su libertad, su dignidad, y le preguntó: ¿qué quieres que te haga? Rabboni (mi maestro), que vea, le respondió el ciego. Entonces Jesús le dijo: Anda, tu fe te ha salvado. Y al instante recobró la vista (vs. 51-52). Podía irse libremente a donde quisiera, pero decidió seguir a Jesucristo por el camino, lo puso primero en su vida, en sus planes.

Llevemos con confianza ante Jesús nuestras enfermedades, y también las de nuestros seres queridos, llevemos el dolor de quienes se sienten perdidos y sin salida. Clamemos también por ellos, y estemos seguros de que el Señor nos escuchará y se detendrá (León XIV, Audiencia 11-VI-2025).

Al llegar a Jerusalén, Jesús hizo otro milagro al que se refirió el Papa en su siguiente catequesis (cfr. Jn 5, 1-15). Junto a una de las entradas a Jerusalén había una piscina; de vez en cuando Dios enviaba a un Ángel para que removiera el agua, y el primero que se metía quedaba sano. Muchos enfermos esperaban ese momento, uno de ellos llevaba ahí treinta y ocho años. Jesús se le acercó y le dijo: ¿Quieres curarte? El enfermo le contestó: Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se mueve el agua; mientras voy, baja otro antes que yo (vs. 6-7).

Este hombre estaría resignado, desanimado, no tenía quién lo empujara. ¿Quién se acercó a él?, quien de verdad podía ayudarlo, Jesucristo. Inmediatamente le dijo: levántate, toma tu camilla y comienza a caminar (vs. 8). Reaccionó con fe, hizo lo mandado. Y cambió su vida, también la espiritual porque el Señor se lo encontró un rato después en el Templo.

Cristo se nos acerca por más imposible que parezca una situación. Intentemos dar voz a nuestro deseo de sanar. Y recemos por todos aquellos que se sienten paralizados, que no ven una salida. ¡Pidamos regresar a vivir en el Corazón de Cristo que es la verdadera casa de la misericordia! (León XIV, Audiencia 18-VI-2025).

En otra de sus catequesis el Papa León habló de aquella mujer que salió a buscar a Jesús porque se decía: si tocara tan solo su manto quedaré curada, cosa que sucedió al instante (cfr. Mc 5, 25-37). Llevaba muchos años perdiendo sangre, estaba débil y condenada por quienes veían en esa afección un castigo divino, fue audaz, se abrió camino. La gracia de Dios impulsó a ese acto de fe que acabó en su curación, tocar a Jesús.

En esa ocasión, también un centurión había salido a buscar a Cristo para que sanara a su hija moribunda. Los detuvo la mujer que se fue curada. Iban caminando hacia su casa cuando le llevaron a aquel padre la noticia que su hija había muerto. Jesús le dijo: «¡No temas, basta que creas!» (Mc 5,36). Podría parecer que Jesús había llegado tarde, la niña ya estaba muerta. Pero no, entró donde estaba la niña, le toma la mano y le dijo: «Talithá qum», que significa ¡Niña, a ti te digo levántate!». Y enseguida la niña se levantó y se puso a andar, pues tenía doce años (Mc 5, 41-42).

Jesús que sanaba enfermos había despertado a esa hija de la muerte. Para Dios, que es Vida eterna, la muerte del cuerpo es como un sueño. La muerte verdadera es aquella del alma: ¡de esta debemos tener miedo!

Un último detalle: Jesús, luego de haber resucitado a la niña, dijo a los padres que le den de comer (cfr. vs. 43). Esta es otra señal muy concreta de la cercanía de Jesús a nuestra humanidad. Podemos también entenderlo en sentido más profundo y preguntarnos: ¿cuándo nuestros muchachos se encuentran en crisis y tienen necesidad de nutrición espiritual, sabemos dársela? ¿Y cómo podemos hacerlo si nosotros mismos no nos nutrimos del Evangelio?

..., en la vida hay momentos de desilusión y de desánimo, y hay también la experiencia de la muerte. Aprendamos de aquella mujer, de aquel padre: vamos hacia Jesús: Él puede sanarnos, puede hacernos renacer. ¡Jesús es nuestra esperanza! (León XIV, Audiencia 25-VI-2025).

Esperanza en Jesús resucitado
El Papa León dedicó varias de sus catequesis sobre la esperanza a meditar en el amor de Cristo que sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin (Jn 13, 1).

San Juan recoge hechos y palabras de los últimos momentos del Señor que reflejan una vez más su total amor hacia nosotros, gran motivo de confianza (cfr. Jn 13, 1ss.). En esa Última Cena lavó los pies de sus discípulos, ejemplo del estilo de servicio de sus seguidores. Rezó para que estuvieran unidos, como lo estaba Él mismo con el Padre, unidad que refleja un sincero amor de Dios en el propio corazón. Instituyó el inmenso tesoro de la Eucaristía, alimento para nuestro camino de esperanza que conduce a la eternidad.

Siguiendo las enseñanzas del Papa, meditemos sobre un suceso del día de la Resurrección (cf. Lc24, 13-27). Dos discípulos, a pesar de haber escuchado testimonios de que el sepulcro estaba vacío y de que Cristo podría haber resucitado conforme había predicho, estaban tan desanimados que decidieron volverse a su pueblo. Los discípulos de Emaús caminaban tristes porque esperaban otro final, un Mesías que no conociera la cruz. A pesar de haber oído que la tumba está vacía, son incapaces de sonreír. Pero Jesús está a su lado y, con paciencia, les ayuda a comprender que el dolor no es la negación de la promesa, sino el modo en que Dios ha manifestado la medida de su amor (León XIV, Audiencia 8-X-2025).

El forastero que encontraron por el camino, les fue recordando lo que habían anunciado los Profetas, que el Cristo debía padecer para entrar en su gloria. Cuando este hombre parecía seguir su camino y dejarlos, le pidieron que se quedara con ellos: Quédate con nosotros, porque se hace tarde y está ya anocheciendo (Lc 24, 29). Necesitaban esa compañía, consuelo, luces y guía en ese momento de oscuridad y de dudas, de gran dolor y abatimiento, ¡cuánto nos ayuda meditar las Sagradas Escrituras!

Ya en la casa, cuando estaban juntos a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se los dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él desapareció de su presencia. Y se dijeron uno al otro: ¿No es verdad que ardía nuestro corazón dentro de nosotros mientas nos hablaba por el camino y nos explicaba las escrituras? (vs. 30-32).

Ese gesto de partir el pan hizo que reconocieran que el forastero era Jesucristo. La Eucaristía, presencia real del Señor, es el alimento espiritual que necesitamos, sostiene y aviva nuestra esperanza en Dios. Llenos de entusiasmo se volvieron a Jerusalén para transmitir esta alegría a los demás discípulos (cfr. vs. 33ss.).

Esos discípulos de Emaús habían puesto su esperanza en Jesús, lo seguían. Tras su tremenda Pasión y Muerte perdieron las fuerzas, se llenaron de tristeza y dieron por perdidos el sentido que habían dado a sus vidas, las ilusiones que los movilizaban. Cristo se acercó a ellos; en los corazones de los dos discípulos se reaviva el calor de la esperanza, y entonces, cuando ya cae la tarde y llegan a su destino, invitan al misterioso compañero a quedarse con ellos. Y es al partir el pan cuando se reaviva la alegría, la energía vuelve a fluir en los miembros cansados, la memoria vuelve a ser agradecida. Y los dos regresan deprisa a Jerusalén, para contarlo todo a los demás (cfr. ibidem).

Hermanos y hermanas, la resurrección de Cristo nos enseña que no hay historia tan marcada por el desengaño o el pecado que no pueda ser visitada por la esperanza (...), no hay distancia que pueda apagar la fuerza infalible del amor de Dios. ... el Resucitado se acerca en los lugares más oscuros: en nuestros fracasos, en las relaciones desgastadas, en los trabajos cotidianos que pesan sobre nuestros hombros, en las dudas que nos desaniman. Nada de lo que somos, ningún fragmento de nuestra existencia le es ajeno.

No se impone con clamores, no exige ser reconocido inmediatamente. Con paciencia espera el momento en que nuestros ojos se abran para ver su rostro amigo, capaz de transformar la decepción en confiada espera, la tristeza en gratitud, la resignación en esperanza (cfr. Audiencia, ibid.).

Transmisores de esperanza
Sepan que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el final de los tiempos (Mt 28,20). Esta afirmación de Jesucristo nos da mucha seguridad, podemos esperar todo de Dios que es más que cercano, porque en Él vivimos, y nos movemos, y somos (Hch 17, 28).

Una de las fuerzas motoras más profundas y arraigadas en todo ser humano es el deseo de plenitud, de felicidad. Esta realidad, impresa en nuestra naturaleza, nos moviliza a poner en juego todas nuestras capacidades para conseguir objetivos en los que confiamos encontrar esa felicidad. Deseamos crecer a base de proyectos buenos, sentirnos realizados y así más felices, no nos gusta estar como estancados. El aislamiento, el individualismo deja vacío el corazón; nos sentimos plenos ocupándonos de los demás, de la familia en primer lugar, de las necesidades de otras personas, de la sociedad, de la Iglesia.

Buscamos un sentido a la vida, un 'por qué', que nos alienta a avanzar sobrellevando incluso momentos bien difíciles. Pero descubrimos que lo inmediato no llega a saciar aquel deseo profundo del corazón humano. Cuando en esa búsqueda de sentido a la vida se descubre a Dios que está con nosotros, brota una esperanza más profunda porque Nos hiciste Señor para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti (San Agustín, Las Confesiones, 1, 1).

Con Dios, la vida se transforma en un camino hacia la felicidad plena, un anticipo del Cielo en medio de las ocupaciones habituales: las del hogar, las del trabajo, etc. Se aprende a mirar con Dios y desde Dios, y la esperanza empuja hacia tantas cosas buenas que podemos hacer.

Ese deseo profundo de plenitud y de felicidad, el deseo de verdad, está en el corazón de todos. Somos instrumentos para ayudar a tanta gente a descubrir que en Dios encontrarán eso que buscan, porque ¿cómo creerán, si no oyeron hablar de él? ¿Y cómo predicarán, si no hay enviados? (Rom 10, 14).

Somos instrumentos de esperanza, como solía decir el Papa Francisco, para llevarla a los enfermos, a los pobres y a quienes sufren. Encontraremos quienes bajaron los brazos ante dificultades o cargas pesadas que no faltan en la vida. Nuestra oración, nuestra cercanía les ayudará a sentir a Cristo a su lado dándoles paz y fuerzas, llevando aquella Cruz, a sentirse hijos de Nuestro Padre Dios que siempre da el ciento por uno en esta vida y después el Cielo.

El Papa León se ha referido a esa dosis de esperanza que necesita el mundo para ser más humano y más fraterno. La esperanza genera vida, anima a volcarse a lo que es valioso y bueno, a jugarse, a darse, a luchar, y ayudaremos a otros a no bajar los brazos. Aunque parezca mínimo, siempre algo podremos aportar para que el mundo sea mejor.

Esperanza y santidad de vida
Cumplir la voluntad de Dios, la expresada en ciertas exigencias de algún Mandamiento o de la vida la fe, en ocasiones podría parecer difícil o poco atractiva. Es el momento de acudir a Dios, Él clarificará nuestros pensamientos, orientará hacia el bien, hacia la felicidad.

Ser fieles a un camino vocacional concreto exige vivir sus exigencias en cada momento y circunstancia de la propia vida. Algunas circunstancias podrán hacerlo más costosos, puede no ayudar el entorno; es el momento de poner la esperanza en Dios y abandonarse en Él con la seguridad de que premiará con mayores luces y fuerzas.

Paralelamente puede hacerse cuesta arriba la fidelidad a los compromisos matrimoniales. Quizás Dios permite la prueba para afianzar el amor mutuo con una mayor entrega personal al conyuge, con sacrificio, paciencia y olvido de uno mismo. No es fácil cortar las voces interiores -enojos, reclamos- que desvían del bien, pero vale la pena, con la ayuda de Dios, centrarse en una oración confiada, así llegan las luces, la fortaleza, se afianza el amor: siempre esperanza, porque nada hay imposible para el que cree (Mc 9, 23).

La santidad exige fomentar las virtudes, esas buenas disposiciones hacia el bien como por ejemplo la paciencia, la generosidad, la sinceridad, la justicia, la sobriedad, respetuosos y no críticos, y tantas otras. Dios nos ayuda, pero es necesario el esfuerzo personal, siempre con la esperanza en esas palabras de Jesucrisito: muy bien, siervo bueno y fiel, como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en la alegría de tu señor (Mt 25 23). Dios da siempre más de lo que podemos soñar, fuerzas para ser fieles, luces a quien no entiende el camino de Dios, la alegría de la fidelidad y del amor.

El camino de la santidad es de participación en la vida de Dios. Se trata de una relación de amor que nos hace más parecidos a Cristo, Dios se anticipa, pero podemos poner lo que está de nuestra parte buscando el trato con Él, su presencia durante el día.

El Papa León XIV se ha referido varias veces al peligro de la mundanidad, el de vivir con los ojos centrados en las cosas de la tierra como fuente de toda felicidad. Nadie puede servir a dos señores, porque o tendrá odio a uno y amor al otro, o prestará su adhesión al primero y menospreciará al segundo: no pueden servir Dios y a las riquezas (Mt 6, 24). Dios no nos deja solos, nos da los medios para que crezcamos en su amor.

El camino de la esperanza
Con el Bautismo comienza una vida nueva, un camino con Dios y en Dios, distinto al mundano cuyo objetivo son las satisfacciones que puede dar el mundo. El Bautismo comporta un nuevo modo de vivir, el estilo y las exigencias propias de quien busca la felicidad eterna. Este Sacramento nos hace responsables de una misión, ocuparnos de que Cristo reine. Se trata de un camino con Dios y en Dios, con la ayuda de las virtudes teologales, disposiciones que pone Dios en nosotros; pueden crecer, pero también podemos dejarlas dormir.

Refiriéndose a las virtudes teologales, fe, esperanza y caridad enseña el Catecismo de la Iglesia Católica que fundan, animan y caracterizan el obrar moral del cristiano. Informan y vivifican todas las virtudes morales. Son infundidas por Dios en el alma de los fieles para hacerlos capaces de obrar como hijos suyos y merecer la vida eterna (n. 1813).

Así como la fe es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que nos ha revelado y la Iglesia nos enseña, la esperanza es la virtud por la que aspiramos al Reino de los cielos, a la eterna felicidad.

La fe sin obras está muerta (St, 2, 26), es decir que la verdadera fe debe manifestarse en acciones prácticas concretas. Si alguno dijera que tiene fe pero no ayuda a los demás, no es misericordioso, no procura vivir conforme a los valores cristianos, esa fe es sólo teoría, sí una creencia, pero carece de una vida real. Debemos profesar, testimoniar con firmeza y difundir la fe (cfr. Catecismo, nn. 1815-1816). Esta virtud, lo mismo que la esperanza y la caridad, crecen por la acción del Espíritu Santo, no se apoyan en las propias fuerzas, pero evidentemente hemos de pedir al Señor que las haga crecer en nosotros, y poner los medios a nuestro alcance para ejercitarlas, para que no estén muertas.

Con la esperanza Dios enriquece nuestros corazones: purifica nuestras esperanzas humanas para que se ordenen al Reino de los cielos, nos protege del desaliento, dilata nuestro corazón en el amor de Dios, preserva del egoísmo y nos impulsa a ser felices ejercitando la caridad. Nos protege en el combate de la salvación, ayuda a sobrellevar las pruebas (cfr. Catecismo, n. 1820).

También enseña el Catecismo que la esperanza se expresa y se alimenta en la oración, particularmente en la del Padre Nuestro, resumen de tolo lo que la esperanza nos hace desear. Podemos por tanto esperar la gloria del Cielo prometida por Dios a los que lo aman y hacen su voluntad (Catecismo, nn. 1820-1821).

Dios nos da los medios para crecer en esperanza
- Nuestro Señor siempre perdona y siempre sana el alma de las heridas del pecado por medio del Sacramento de la Reconciliación. Esto lo hace a través del sacerdote, tenemos así la seguridad del perdón recibido.

- Nos proporciona el alimento en la Eucaristía. La Santa Misa hace presente el Sacrificio de la Cruz, un tesoro de gracia. Cristo está presente en la Eucaristía, presencia real. Quiere vivir en nosotros, borra los pecados veniales, nos fortalece en las tentaciones, nos une a la Iglesia, es un anticipo de la vida eterna.

- La oración es estar con Jesús, Él es nuestra fuerza, nuestra esperanza. Estén siempre alegres. Oren sin cesar. Den gracias por todo, porque eso es lo que Dios quiere de ustedes en Cristo Jesús (1 Ts 5, 16). Necesitamos el diálogo personal con el Señor.

Cristo camina a nuestro lado, la misión que nos confía exige oración: Vayan pues, y hagan discípulos en todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto les he mandado. Y sepan que yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28, 20). Son las últimas palabras de Cristo que recoge San Mateo.

- Un conocimiento más profundo de nuestra fe da solidez a la misma fe, también a la esperanza, porque la fe es fundamento de las cosas que se esperan, prueba de las que no se ven (Hb 11, 1). Profundizar por ejemplo en el sentido de la oración, de los Mandamientos, de la Liturgia, de aquello en lo que creemos, no sólo fortalece la propia fe, sino que ayuda a hablar con fundamentos a los demás.

- Necesitamos de María. Ahí tienes a tu Madre. Ella nos acompaña y fortalece en las dificultades, es nuestra esperanza en todo y en todo momento, con Ella tenemos la seguridad de nuestra eterna salvación. Acudamos mucho a María, con confianza de ser hijos de una Madre tan buena.

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios: no desprecies las oraciones que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien libranos siempre de todos los peligros, Virgen gloriosa y bendita. Amén.

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Pautas pastorales para el 2026
Comenzamos un nuevo año llenos de esperanza en Dios, el Año Santo no ha sido en vano. Dios cuenta con la responsabilidad de nuestra misión como cristianos, cada uno en su sitio. Quiere reinar en las familias, remanso de amor y de paz, cuidándose unos a otros con oración y entrega, y particularmente a los hijos.

Nuestra misión como cristianos estará siempre viva; Cristo no pasaba de largo, tampoco nosotros queremos pasar de largo por las necesidades espirituales y materiales de ninguno: familiares, vecinos, amigos, compañeros de trabajo o de estudio, etc.

Nuestra coherencia de vida cristiana es ya un fuerte testimonio, en ocasiones unas palabras nuestras aportarán a la fe y a la esperanza de tantos. Es famoso un testimonio del Siglo II sobre la vida de los primeros cristianos, los describe como ciudadanos ejemplares: Se reparten por las ciudades griegas y bárbaras ... pero muestran un tenor de vida admirable y, por confesión de todos, sorprendente. Viven en la carne, pero no según la carne. Pasan el tiempo en la tierra, pero tienen su ciudadanía en el cielo. Lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo (Carta a Diogneto).

Siguen siendo actuales los desafíos que señalé como prioridades pastorales para el Año 2025. Les propongo entonces que continuemos con oración, dedicación e iniciativas un nuevo impulso en esas pastorales en este año 2026 que acabamos de comenzar.

Jóvenes: exige dedicación de tiempo e iniciativas. Hay muchos chicos y chicas en búsqueda, salgamos a su encuentro. Necesitan ser escuchados, la fuerza de la oración y de los Sacramentos, ayudarlos a afianzar su fe y con don de lenguas a que la conozcan mejor. La Adoración al Santísimo, las tareas misioneras, los espacios para ellos son momentos importantes para la acción del Espíritu Santo en ellos.

Muchos adolescentes y jóvenes se acercan a las parroquias y capillas para los sacramentos o por otros motivos. Procuremos cuidar especialmente a quienes el Señor pone cerca y buscan. Los colegios diocesanos y religiosos suman un buen número de chicos y chicas, es ocasión privilegiada para que, respetando su libertad por supuesto, seamos instrumentos para ayudarlos en el camino humano y cristiano. 

Vocaciones. Muchos jóvenes -chicas y chicos- están en búsqueda de un sentido a sus vidas, deseosos de dedicarla a lo que realmente vale la pena. No todos estarán llamados a una vida de entrega en el celibato; el acompañamiento, la formación cristiana facilitarán que crezcan en la piedad, facilitarán el discernimiento.

El Centro Vocacional Carlo Acutis es buen instrumento para ayudar al discernimiento de adolescentes y jóvenes a formarse mejor y encontrar su lugar de servicio en la Iglesia. Las religiosas están también movilizando espacios para chicas con inquietudes vocacionales. Animo a todos a seguir rezando por las vocaciones, las necesita la Iglesia y claramente nuestra diócesis, y a las iniciativas que preparen el terreno para la escucha de Dios. Hacen falta religiosas, y hacen falta más sacerdotes; mucha gente necesita ser escuchada, orientada por caminos de fe, y es fundamental que puedan contar con la frecuencia de los Sacramentos, sabemos que ahí está la fuerza.

Catequesis. Es innegable la confusión que hay en tanta gente, también en adolescentes y jóvenes. Todo cristiano, y particularmente los catequistas, tenemos la responsabilidad de dar razones de nuestra fe que ilustren el entendimiento de quien escucha. Facilitamos así acción del Espíritu Santo que obra en el alma de quien escucha y se afirma su fe. Glorifiquen a Cristo Señor en sus corazones, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que les pida razón de su esperanza (1Pd 3, 15).

Son necesarios más catequistas, dispuestos a aprender mejor su fe y así vivirla en profundidad. Parece de interés que los grupos de alumnos no sean muy numerosos, facilitarán un diálogo más cercano. Los padres son responsables de la fe de sus hijos que no es algo más en sus vidas, interesa ayudarlos a estar cercanos y a que puedan acompañar el camino de fe de sus hijos, ¡cuánto ayudará a la familia a ser más feliz, más arraigada en el bien! 

Gracias a Dios hay un gran esfuerzo catequético en la diócesis (parroquias, religiosas, diocesano). Dios lo quiere, sigamos apoyando con oración y haciendo lo que esté a nuestro alcance.

Todas las pastorales son servicios necesarios, destaco por ejemplo el del área familia que impulsan distintas parroquias, colegios y movimientos, o en el área adicciones. Sin dejar de lado lo que es necesario, es positivo que unidos pongamos especial empeño con iniciativas y rezando en las pautas señaladas como prioritarias, confiando en que no sólo ayudarán al presente, sino que con la Gracia de Dios tendrán fuerte incidencia en el futuro de la pastoral diocesana.

El Derecho de la Iglesia señala que al cumplir los 75 años los Obispos pongamos nuestro ministerio a disposición del Romano Pontífice. Me ha dicho recientemente el Señor Nuncio Apostólico que tardará en llegar un nuevo Obispo, me alentó a seguir trabajando a buen ritmo.

Agradará a Dios que en cualquier momento, y por supuesto cuando llegue mi sucesor, encuentre a todos firme en la fe e impulsando el trabajo pastoral con ilusión y alegría. Cuidemos a nuestra Iglesia diocesana: es de todos. Recen por mí, y recen por quién le Santo Padre quiera en el futuro al frente de esta querida diócesis.

La Virgen nos protege, de modo especial nos hemos confiado a ella al consagrarle nuestra Diócesis el 11 de octubre de 2025. Acudamos mucho a Nuestra Madre del Cielo.

Con mi bendición.

Mons. Hugo Nicolás Barbaro, obispo de San Roque de Presidencia Roque Sáenz Peña
Presidencia Roque Sáenz Peña, 24-I-2026, memoria de Santa María, Reina de la Paz.