"Renovando la alianza, caminamos juntos"

MARGNI, Marcelo Julián - Mensaje para la Cuaresma - Mensaje de monseñor Marcelo Julián Margni, obispo de Avellaneda-Lanús para la Cuaresma 2026.

Queridos hermanos y hermanas:

En las horas previas a ingresar por primera vez a un quirófano, para la cirugía de reparación de la válvula mitral, quiero comenzar expresando mi gratitud más honda por la inmensa cercanía recibida: los mensajes, el afecto y, de un modo particular, la comunión en la oración, que me sostiene con una delicadeza que realmente conmueve. Desde este umbral tan concreto y profundamente humano, me dispongo, como cada año, a compartir con ustedes el Mensaje de Cuaresma 2026. La cirugía tendrá lugar el 20 de febrero, primer viernes de Cuaresma, en un tiempo que, providencialmente, me encontrará atravesando el desierto con nombre propio, pero caminando juntos.

Este año, la Cuaresma nos encuentra viviendo una gracia particular como Iglesia que peregrina en Avellaneda-Lanús: celebramos los 25 años del inicio de este camino compartido como una única realidad diocesana. Por esta razón, los invité a vivir este tiempo como un Año Jubilar, bajo el lema "Renovando la alianza, caminamos juntos".

No se trata simplemente de una coincidencia de fechas, sino de una oportunidad providencial para volver al corazón del mensaje de Jesús y dejarnos renovar por el Dios que, fiel a su promesa, nunca deja de convocarnos como pueblo. Renovar la alianza es volver a reconocer que es Dios quien toma siempre la iniciativa y nos reúne. Caminar juntos es recordar que la fe no se vive en soledad, sino como experiencia compartida: somos un pueblo en marcha, llamado a crecer en fraternidad y comunión.

En este contexto jubilar, el llamado a volver a Dios -tan propio de la Cuaresma- adquiere un tono especialmente comunitario. Se nos invita no sólo a revisar nuestra vida personal, sino también a dejarnos interpelar como comunidades en camino para poder crecer en la vivencia de una unidad que se deja enriquecer por la diversidad.

Como nos decía el Papa León al iniciar su pontificado: "quisiera que este fuera nuestro primer gran deseo: una Iglesia unida, signo de unidad y comunión, que se convierta en fermento para un mundo reconciliado" [1] Este mismo anhelo queremos asumir como Iglesia de Avellaneda-Lanús. Sólo así seremos también "una Iglesia fundada en el amor de Dios y signo de unidad: una Iglesia misionera, que abre los brazos al mundo, que anuncia la Palabra, que se deja cuestionar por la historia y que se convierte en fermento de concordia para la humanidad"[2]. 

Me parece importante aclarar que este Año Jubilar no pretende sumar actividades ni cargar el calendario diocesano con nuevas exigencias, sino ofrecer un horizonte de sentido que renueve aquello que ya vivimos habitualmente. No se trata de consignas a cumplir ni de indicaciones formuladas como recetas, sino de propuestas pastorales que buscan abrir caminos, despertar procesos y alentar el discernimiento comunitario. Por eso, junto a los encuentros comunes, se han propuesto algunos signos y materiales sencillos -el logo, el himno y algunos subsidios- pensados como una ayuda y un estímulo, no como un esquema rígido. Confío sinceramente en la creatividad de nuestras parroquias, capillas, comunidades y decanatos para encarnar este espíritu jubilar según sus posibilidades y realidades concretas. Esa creatividad, sin embargo, no nos exime del trabajo serio del discernimiento ni del llamado a caminar en comunión: acoger estas propuestas forma parte de una Iglesia que no se repliega en lo propio, sino que busca, aun en la diversidad, un mismo pulso, una misma orientación y una misma esperanza.

Por eso, en este horizonte jubilar, quisiera proponerles para esta Cuaresma tres gestos que pueden ayudarnos a encarnar de manera concreta este camino compartido y a vivir con fruto este tiempo de gracia.

Purificar la memoria para sanar la comunión
El primero es la purificación de la memoria, que se concreta en la invitación a celebrar -en algún momento de nuestro camino cuaresmal- un espacio de celebración penitencial comunitaria, como parte del camino de reconciliación y renovación.

No se trata sólo de reconocer nuestros pecados personales, sino también de animarnos a mirar, con humildad y verdad, aquellas actitudes y prácticas que a lo largo de nuestra historia han herido la comunión, debilitado la confianza o lastimado la unidad. Sabemos que las divisiones, las indiferencias, las durezas del corazón, las omisiones y los estilos que excluyen no son ajenos a la vida de nuestras comunidades.

Purificar la memoria es un acto de esperanza. Es dejarnos reconciliar por Dios para poder reconciliarnos entre nosotros. Es abrir espacio a su misericordia, permitiendo que sane nuestros vínculos y renueve nuestra manera de encontrarnos. En este sentido, la celebración penitencial comunitaria puede ser un signo fuerte de este deseo compartido de volver al Evangelio y de caminar juntos con un corazón más libre y fraterno.

Ojalá podamos vivir este gesto no como una formalidad, sino como una verdadera experiencia espiritual y comunitaria, que nos disponga a celebrar la Pascua como pueblo reconciliado y renovado en la alianza. Cuando nos encontremos en la noche del Miércoles Santo para celebrar en la Catedral la Misa Crismal, lo haremos entonces con la alegría de haber experimentado, una vez más, la misericordia del Señor, que todo lo renueva.

Hacer memoria agradecida de los testigos de la fe
El segundo gesto que quisiera proponerles es el de la memoria agradecida de los testigos de la fe: hombres y mujeres -laicos y laicas, religiosos y religiosas, sacerdotes- que, con su entrega silenciosa, su fidelidad cotidiana y su amor al Evangelio, han dejado una huella profunda en la vida de nuestras comunidades. Muchos de ellos me han sido presentados a través de la voz entrañable de nuestro pueblo de Avellaneda-Lanús: nombres pronunciados con cariño, historias compartidas con ternura, recuerdos que siguen vivos en los barrios, en las capillas y en las parroquias. A varios no llegué a conocerlos personalmente, porque ya habían partido, pero los conocí del modo más verdadero: por el testimonio agradecido de quienes hablaron de ellos como de pilares sencillos y firmes de la vida comunitaria. Otros, en cambio, me ha tocado acompañarlos y despedirlos en estos casi cinco años de camino compartido. A todos ellos me refiero cuando los invito, en este tiempo jubilar, a recuperar los nombres y la memoria de tantos testigos de la fe que, sin buscar protagonismos, sostuvieron y siguen sosteniendo la esperanza de nuestras comunidades.

Nadie camina solo. Nuestra fe es siempre una herencia recibida. Somos parte de una historia viva, sostenida por tantas personas que supieron cuidar la vida, acompañar el dolor, sostener la esperanza y transmitir la fe, muchas veces sin reconocimiento ni aplausos. Hacer memoria de estos testigos no es un ejercicio de nostalgia, sino un acto de gratitud y una fuente de aliento para el presente.

Los invito, entonces, a que en cada comunidad podamos recordar sus nombres, compartir sus historias, rezar desde esa memoria agradecida y reconocer allí la acción del Espíritu que sigue obrando en medio de nosotros. Como signo sencillo y elocuente, podría ser valioso que, además de celebrarlos, algunas comunidades se animen a hacer visible esta memoria durante todo el año: por ejemplo, mediante una fotografía ampliada, o un espacio dedicado en el templo o en el edificio parroquial, donde figuren los rostros y los nombres de nuestros queridos testigos de la fe, acompañados de una breve inscripción que exprese esta gratitud compartida en el marco del Año Jubilar diocesano. Estos hombres y mujeres son el rostro más luminoso del mosaico que compone nuestra Iglesia que peregrina en Avellaneda-Lanús. Que este gesto nos ayude a fortalecer el sentido de pertenencia, a reavivar la esperanza y a renovar nuestro compromiso de ser hoy, también nosotros, testigos del Evangelio para los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

Profundizar un estilo sinodal de Iglesia
El tercer gesto que quisiera proponerles es profundizar nuestro modo de caminar juntos, renovando un estilo de Iglesia que escucha, discierne y decide en comunidad. Vivimos este Año Jubilar mientras toda la Iglesia transita el tiempo de la recepción local del Documento Final del Sínodo sobre la sinodalidad[3]. No se trata de un proceso paralelo ni añadido a nuestra vida pastoral, sino de una invitación concreta a revisar cómo participamos, cómo nos escuchamos y cómo buscamos juntos la voluntad de Dios en la realidad cotidiana de nuestras comunidades. En este marco, hemos ofrecido espacios de formación en lo que el Sínodo ha llamado la "conversación en el Espíritu", una práctica sencilla y exigente a la vez, que invito a fomentar y ejercitar en todas las comunidades. Si aún no lo han hecho, este tiempo jubilar puede ser una ocasión propicia para iniciarse o profundizar en esta forma de diálogo espiritual y discernimiento comunitario.

En esta misma línea, en las Orientaciones Pastorales para nuestra Iglesia en camino[4], presentadas en Pentecostés de 2023, les propuse fortalecer los espacios de corresponsabilidad, alentando la conformación de los organismos de comunión en cada comunidad -el consejo pastoral y el consejo de asuntos económicos-, no como estructuras formales ni meramente administrativas, sino como expresiones concretas del deseo de caminar juntos: compartir la Palabra, discernir los desafíos, asumir responsabilidades y cuidar los vínculos. Al comenzar este Año Jubilar, siento la necesidad de retomar con claridad y firmeza este pedido. Soy consciente -por las visitas pastorales y por la escucha atenta de muchos miembros de nuestras comunidades- de que en no pocos lugares esta invitación aún no ha encontrado la acogida esperada. Sin desconocer las dificultades, ni las distintas realidades, este dato nos interpela y nos llama a revisar con honestidad nuestros modos de animar, de participar y de asumir la corresponsabilidad eclesial.

La sinodalidad no es una consigna ni un método pasajero, sino un estilo evangélico: aprender a escucharnos con respeto, valorar cada voz y reconocer que el Espíritu habla también a través de la vida concreta de nuestro pueblo. Por eso los invito a aprovechar la Cuaresma y todo este tiempo jubilar para fortalecer los ámbitos de encuentro, animarnos a un diálogo sincero -especialmente mediante la práctica de la conversación en el Espíritu- y discernir juntos los pasos a dar.

Agradezco de manera especial al equipo diocesano que ha animado los procesos sinodales en estos años y que, renovado, continuará acompañando este camino. Con la mirada puesta en Pentecostés de 2026, cuando renovemos las Orientaciones Pastorales para un nuevo trienio, deseo que podamos avanzar con mayor decisión en una recepción pastoral y comunitaria del camino sinodal que el Espíritu sigue abriendo para nuestra Iglesia de Avellaneda-Lanús.

Renovar la alianza: volver al centro
Al proponer estos gestos -purificar la memoria para sanar la comunión, hacer memoria agradecida de los testigos de la fe y profundizar un estilo sinodal de Iglesia- queremos volver al centro de nuestra vida creyente: la alianza que Dios ha sellado con su pueblo.

Hay un texto que quisiera proponerles para el primer tiempo de este año: la visión de los huesos secos (Ez 37). En ella, el profeta Ezequiel, como testigo en medio de su pueblo, logra ver con crudeza pero realismo la situación que están viviendo. Los huesos son el signo de un pueblo cansado, dividido y sin certezas sobre el futuro. Sin embargo, al mismo tiempo, le toca ser profeta de esperanza: Dios le manda invocar al "Espíritu de los cuatro vientos" para que sople y dé vida sobre esos huesos, es decir, sobre todo el pueblo. También hoy el Señor nos necesita testigos y profetas. Y el Espíritu sopla en nuestras fragilidades, en nuestras divisiones y en nuestros cansancios, para decirnos que todavía hay futuro y que su pueblo puede volver a ponerse de pie.

También nosotros somos convocados en esta Cuaresma a dejarnos recrear por el Señor, a volver al primer amor y a reordenar la vida personal y comunitaria desde el Evangelio. Renovar la alianza es permitir que Dios sane lo que está herido, fortalezca lo que está débil y renueve la esperanza que a veces se apaga. Es volver a ponernos en camino, no como individuos aislados, sino como un pueblo reconciliado que aprende a escucharse, a acompañarse y a sostenerse.

Recordar a los testigos que nos dieron vida, animarnos a recrear hoy el Evangelio en cada realidad concreta y discernir en comunión los pasos a dar es, en definitiva, una misma respuesta al Espíritu que sigue haciendo nuevas todas las cosas. Que este tiempo de Cuaresma y este Año Jubilar nos encuentren así: enraizados en la memoria, abiertos a la novedad y dispuestos a caminar juntos como Iglesia peregrina en Avellaneda-Lanús. Con la protección de Nuestra Señora de la Asunción y de Santa Teresa de Jesús, pongámonos en marcha: Renovando la alianza, caminamos juntos.

Permaneciendo unidos en la oración, los acompaño con mi bendición.

Padre Obispo Marcelo (Maxi) Margni, obispo de Avellaneda-Lanús
Avellaneda-Lanús, 11 de febrero de 2026.

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Notas:
[1] Papa León XIV; Celebración eucarística con motivo del inicio del ministerio petrino; 18/5/2025.
[2] Ibíd.
[3] Documento final de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos: https://www.synod.va/content/dam/synod/news/2024-10-26_final-document/ESP-Documento-finale.pdf
[4] Orientaciones pastorales para nuestra Iglesia en camino: https://aica.org/documento.php?id=1202