Desprendidos para poder cuidar. Confiados para poder ser cuidados

ÁLVAREZ, Roberto Pío - Carta pastoral - Primera carta pastoral de monseñor Roberto Álvarez, obispo de Rawson (Marzo de 2024)

Queridas comunidades, sacerdotes, consagrados y agentes pastorales; queridísimo pueblo de Dios:

Después del comienzo como diócesis que hemos vivido, tan familiar, tan de “casa", quisiera que empecemos estos primeros años generando entre nosotros un cambio “cultural", una "metanoia", un cambio de mentalidad que nos hace preguntarnos si cuando nos expresamos y desenvolvemos, cuando nos vinculamos, nos estamos cuidando. Al abrir estas puertas con "domi­cilio propio", quienes entran ¿llegan a un hogar o a una trampa?

La cultura del cuidado, que incluye la expre­sada por el Papa Francisco en la cultura del encuentro, supone una perspectiva de una extrema delicadeza sobre la vida de los demás, sobre el mundo creado, y por qué no, sobre el cuidado del "santo nombre de Dios"; porque también se descuida o banaliza el nombre de Dios cuando se lo usa como modo de presión o manipulación. En ocasión del mensaje por la Jornada mundial de la Paz del 2021 -después del primer año de pandemia- el Papa nos decía: "Cultura del cuidado para erradicar la cultura de la indiferencia, del rechazo y de la confrontación, que suele prevalecer hoy en día".

Precisamente durante la pandemia, en aquella oración tan significativa del Papa Francisco en una plaza vacía y lluviosa, él clamaba a Dios diciendo: "Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección. No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás. Y podemos mirar a tantos compañeros de viaje que son ejemplares, pues, ante el miedo, han reaccionado dando la propia vida". Francisco, Momento extraordinario de oración en tiempos de epidemia (27 marzo 2020).

Lo que cuenta, lo necesario, a partir del emergente final que fue el Covid 19, es que asumamos que estamos acostumbrados a hacernos daño, a herir y desconfiar; que hemos permitido muchos virus que han terminado haciendo tóxico el aire, el ambien­te, los vínculos. La vida misma entre noso­tros está impregnada de la "cultura del descarte". Ese mismo día de marzo, el Papa nos decía: "En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa. No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo". Quizás algún día no tan lejano, miremos a la pandemia del Covid19 como la señal que nos hizo detenernos y pensar si nos estába­mos cuidando.

Y como Dios siempre deja reservorios, como siempre protege determinados espacios y ambientes, podemos mirar a "compañeros de viaje", a personas y estructuras que nos ayuden a contagiar, compartir y celebrar la alegría de ser una familia que se cuida. "Cuidarnos" quizás sea el mejor modo de encarnar hoy los valores evangélicos, "cui­darnos" puede ser la columna vertebral que inspire estos primeros años de nuestro caminar como diócesis.

Intentaré acompañar los valores, lemas y textos bíblicos elegidos desde esta perspec­tiva del cuidado; será el aporte que creo puedo hacer para darle continuidad a lo reflexionado en las asambleas, proveerlo de cierta raíz espiritual e ir proponiendo un lenguaje que no tiene por qué ser el único, pero sí que aúne otros diversos.

Desde esta perspectiva es que podemos vivir el valor cuaresmal de “desprenderse" como una verdadera liberación. En el salmo 142 que hemos elegido para vivir este tiem­po, quien clama a Dios dice que "el aliento se me extingue", y a la angustia que envuelve a toda su persona, al dolor y desconcierto, se le suma algo más grave aún: no hay familiar, amigo o conocido que lo acompañe; y menos que lo ayude.

El “ahogo" puede expresar lo que nos pasa y vivimos, y los caminos de solución nos incluyen y trascienden a la vez: "Esto nos impide entender la naturaleza como algo separado de nosotros o como un mero marco de nuestra vida. Estamos incluidos en ella, somos parte de ella y estamos interpenetra­dos. Las razones por las cuales un lugar se contamina exigen un análisis del funciona­miento de la sociedad, de su economía, de su comportamiento, de sus maneras de enten­der la realidad". LS 139

Un buen modo de vivir este tiempo de cua­resma puede ser desprendernos de modos de funcionar, de roles predeterminados; ahondar en este tiempo sobre porqué reac­ciono, pienso y opino de tal o cual manera que me ahoga e intoxica el ambiente familiar, comunitario y ciudadano. Asumir el “descui­do" sobre el cultivo de uno mismo y la revi­sión de cómo cuido a los demás es un fan­tástico comienzo para nuestro cambio cultural. La conversión es un cambio en la mentalidad y en la mirada; transformar en apertura, en encuentro con el otro y en acogida del don de la creación el deseo constante de dominar y someter. "Trocar una mirada depredadora por una contemplativa", ha dicho en múltiples oportunidades el Santo Padre.

Quizás el desafío en lo cultural sean los cambios vinculares; allí desprendernos será evitar que el péndulo de la libertad o la igualdad nos inhiban de vivir de modo autén­tico la fraternidad. Porque la tentación siempre será la carrera por quién tiene o ejerce el poder o el dominio sobre los otros; y si vivimos una crisis terminal sobre el mundo creado, ella sólo refleja el final de un largo camino de conductas abusivas que han terminado definiendo nuestros ambientes.

Sólo la fraternidad, como el vínculo que emerge cuando por el bautismo nos sabe­mos todos hijos de un mismo Padre, puede ayudarnos en este cambio cultural. El ambiente “patriarcal" que sigue definiendo nuestros vínculos, que hace pesado los roles y oprimente los ambientes, ha trasladado la primacía del Padre transpolando errónea­mente ese vínculo a todas las realidades. Hacer del varón de la casa, de la parroquia o de la diócesis casi un Dios al que hay que escuchar y obedecer; verlo como alguien a quien hay que agradar o festejar aun cuando avanza sobre la vida de los que lo rodean, es un virus tóxico que sigue definiendo el aire que respiramos. Urge cuidar a las mujeres en nuestras comunidades, porque urge cuidar­las en nuestras familias; América Latina tiene los índices más altos de violencia de género, y nosotros no podemos ser indife­rentes a eso.

No alcanza con decir que hay muchas muje­res en la iglesia, ni caricaturizar su presencia diciendo que “mandan", cuando en realidad se suben a un juego donde el tablero, las reglas y la permanencia las seguimos defi­niendo los varones. Si el salmista fuera una mujer bien podría decir de muchas de nues­tras estructuras, de nuestros consejos y actitudes clericales: "aplastó mi vida contra el suelo; me introdujo en las tinieblas" por la sencilla razón que hemos aportado a un ambiente donde el rol del varón se definía desde el ejercicio del poder.

La fraternidad también nos tiene que desatar y liberar de un modo de vincularnos en las redes. “Desintoxicación virtual" no es nece­sariamente desconectarme, sino elegir qué miro y en qué me detengo. Cuando mis clickeos siempre están vinculados a chis­mes y trascendidos; cuando sólo busco páginas hipercríticas o me solazo con los haters, tengo que asumir que busco confir­mar en la virtualidad aquello que tengo en el corazón y que tiene que ver con disconformi­dades, broncas o desconfianzas que así sólo exacerbo. Cuando paso horas averiguando y curioseando en la vida de los demás en las redes sociales, pero no soy capaz de enta­blar una conversación atenta con esas mismas personas en vivo y en directo, tengo que asumir que estoy ahogado por una curiosidad mal sana o un voyerismo que me aleja del genuino interés por la vida de los demás.

El poder que me da el saber de los demás, el manejar información, el saberme oculto atrás de una mirilla es tóxico y sólo contribu­ye a enrarecer los ambientes fraternos. El alejarme de ellos, el no tener redes ni partici­par en nada, tampoco es garantía de fraterni­dad; a veces sólo expresa un culto exacerba­do a la propia intimidad, una explicitación del deseo de ser una isla, una barca sola en el mar que decide con absoluta autonomía en qué mares navega y qué playas visita. No tener o no responder nunca los whatsapp u otras redes es emitir señales contundentes de que mi vida es una zona de exclusión donde nadie entra si antes no se ha rendido a mis condiciones, que no son otras que dejarme vivir como se me cante sin opinar ni intervenir; tan sólo aplaudiendo desde la orilla. Todo resulta una tremenda falsifica­ción de una auténtica intimidad que siempre se pone en riesgo, siempre es factible de ser modificada desde una fraternidad que nunca son los amigotes elegidos, los cómplices de mis egoísmos o ensimismamientos.

Que el salmo 142, leído desde la fraternidad que ventila los aires tóxicos de la competen­cia, el estilo patriarcal y el individualismo informático agresivo o egoísta, sea nuestro desprendimiento para lo que queda de esta cuaresma.

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En el tiempo pascual podemos vivir el valor de la confianza, el coraje que nos da saber que Dios siempre es providente desde la perspectiva del Salmo 33. Lo es por su Palabra, que todo lo crea y todo lo llena; esa Palabra es capaz de someter las aguas, y todo lo que ella dice se cumple; y ella ha pensado, dirige y despliega los propósitos de Dios en la historia.

Creemos en un Dios que siempre nos va a proveer de todo lo que necesitamos para avanzar en el proyecto del Reino; no nos asustamos ante ideologías, leyes o proce­sos que intentan acallar o desdibujar los planes de Dios. Con el salmo, nosotros decimos "El Señor frustra el designio de las naciones y deshace los planes de los pue­blos"; y por eso llenos de coraje -parresía es la virtud según San Pablo- nos atrevemos a “soñar en grande", intentamos este cambio cultural promoviendo el cuidado aún de aquellos que quieran desdibujar e incluso anular la fuerza arrolladora de la Pascua de Cristo. Resistimos la tentación de encerrar­nos o mirar para atrás creyendo -desde el miedo- que “el tiempo pasado fue mejor", y de atacar los procesos que inicien otros o algunos “de los nuestros" pero sin el certifi­cado de pertenencia. Tampoco nos diluimos en propuestas o estilos que licúen o vuelvan insípido a Jesús, a la fuerza de su Evangelio, intentando situarlo como uno más en una lista de pensadores. Es el Señor, el Cristo, el Hijo de Dios Resucitado.

Cuidar la fuerza de la Pascua será reconocer que el Padre bueno lo “ha resucitado" y de ese modo ha confirmado que Dios “enaltece a los humildes", que ha privilegiado lo que “el mundo tiene por necio, para confundir a los sabios; lo que el mundo tiene por débil, para confundir a los fuertes; lo que es vil y despre­ciable y lo que no vale nada, para aniquilar a lo que vale" 1 Cor 1,27-28. Cuidarnos será cambiar los marcos de análisis de lo que nos rodea; cuidarnos será percibir como “invaluable" aquello que el mundo considera sin valor; porque cuidarse es decirle al otro que su persona –con todos sus despliegues y todas sus roturas- así como es y como está, es querida por Dios.

En esa perspectiva, el salmo elegido nos dice que "El rey no vence por su mucha fuerza ni se libra el guerrero por su gran vigor; de nada sirven los caballos para la victoria: a pesar de su fuerza no pueden salvar"; eso supone que la confianza no está puesta en las fuerzas humanas, en un modo de conce­bir nuestra identidad como algo que debe pelear, imponerse, hacer que se rindan quienes consideramos oponentes y no hermanos con otros criterios y valores. No es renegar de un pasado donde entendía­mos que "Cristo vence" cuando incide a cualquier precio en leyes, costumbres y culturas. Es descubrir que "en el principio no fue así", que eligió un burrito en vez de un caballo para entrar en Jerusalén, y un puña­do de mujeres que le avisaron a pescadores asustados que eligió quedarse en un poqui­to de pan y vino y no en un banquete.

Confiar en lo imperceptible, asumir que Él genera vida desde abajo, desde lo invisible, nos tiene que llenar de confianza ¡y hacer pensar en grande! ¡Tanto por cuidar, tanto por proteger!; por más ínfimo y pequeño que nos parezca, en cada gesto de cuidado, en cada espacio donde con delicadeza expre­samos la "alegría del evangelio" estamos haciendo presente la revolución de la ternu­ra, intentando instaurar otra cultura.

Nosotros sabemos en manos de quién termina la historia de los hombres, estamos convencidos de que no hay un solo hilo, ni una pincelada que no termine estampada en el proyecto de Dios. Es hora de que aprenda­mos que no estamos ni para elegir ni descar­tar colores] que a ninguno se le fue dada la vocación para mandar algo a un rincón del cuadro o para decidir qué tonalidades o texturas combinan y cuáles se cancelan.

Porque el que cuida no anula, no hace invisi­ble lo que no comprende o lo que intuitivamente no le gusta. El que cuida confía en Dios que ha acercado esa persona al teatro de la vida y lo ha puesto al lado nuestro sobre el mismo escenario. Y le ha dado guion y letra. Y, como buen director, sus "ojos están fijos en la vida de sus fieles", esperando que nadie le robe lo que le toca decir a cada uno, que en vez de abolir o avanzar sobre el otro, lo ayudemos a decir lo que le toca del libreto, a expresarlo con su cuerpo, sus palabras y su corazón.

Aspirando que al caer la noche -siempre se hace de noche en distintos momentos de la historia- sin elegir con quién, nos encuentre caminando hacia jardín de la Pascua; con la esperanza puesta en las promesas de Dios y confiando en el que está al lado, para que alguien nos diga a todos: ¡es verdad, ha resucitado... no está acá, y siempre va ade­lante!

Mons. Roberto “Chobi” Álvarez, obispo de Rawson