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UN SABIO Y UN AMIGO
Homilía del cardenal Antonio Quarracino, arzobispo de Buenos Aires y
Primado de la Argentina en la misa de exequias del Card. Pironio (12 de
febrero de 1998)
Ha retornado a los brazos del Padre, el alma pura y limpia del cardenal
Eduardo Francisco Pironio; llegó para él la hora de la Pascua final, la de
su paso a la eternidad. Está, ahora, contemplando «lo que nadie vio ni oyó
y ni siquiera pudo pensar, aquello que Dios preparó para los que lo aman»
(1 Cor. 2,9)
Créanme que resulta duro
para alguien que ha compartido 60 años de entrañable amistad, evocarlo en
este momento...
Se agolpan los recuerdos,
los momentos de alegría y de dolor que juntos hemos convivido... Las
reflexiones sobre temas y puntos que hacían a nuestra fe, a diversos y
variados problemas y sus posibles soluciones, a comunes proyectos y tareas
pastorales...
Todo ello hace brotar en
mí sentimientos cuya marea interior se entremezcla en mi memoria y en mi
corazón, hasta el punto de entrecortar mi voz y nublar mis ojos...
Cuando hace tres años, en
la Basílica de Luján, con los obispos argentinos celebramos aquí, la
Eucaristía jubilar del cardenal Pironio, tuve la alegría de acceder a su
fraternal pedido y referirme a la gozosa ocasión de sus 50 años
sacerdotales.
Traté, entonces, de
presentar un conciso resumen de su vida sacerdotal. Casi al final expresé
lo siguiente: «Sé que dije cosas que pudieron haber herido la pudorosa
modestia del cardenal Pironio. Sé que tiene suficiente humildad y
paciencia para no causarle disgusto. A algún otro pudo parecerle que se
trató de un panegírico. Digo que está bien no esperar la hora de la
despedida final para dejar asentadas ciertas afirmaciones».
Ni exultante panegírico ni
lloroso recordatorio. A ustedes no necesito decirles quién fue y qué
significó en la vida de la Iglesia argentina y universal el cardenal
Eduardo Pironio.
Es suficiente que en la
serenidad de esta liturgia exequial, abran las puertas de su espíritu para
contemplar con los ojos del alma la figura radiante del querido cardenal.
Me permito, sin embargo,
señalar un hecho y un aspecto entre los muchos de la rica
vida espiritual del cardenal Pironio.
El hecho
-doloroso, por cierto- es que hemos perdido como Iglesia a un sabio.
Uso esta expresión, pero totalmente desprovista del sentido racionalista
que se le adjudica en nuestros tiempos. Se nos fue un sabio de la vida
espiritual, con honda y firme fundamentación teológica.
Hace muchos años, mi
padre -hombre sencillo- le formuló al padre Pironio una pregunta en tono
jocoso: «Cuando usted habla, padre, ¿lo hace dirigiéndose a la
inteligencia o al corazón de quien lo escucha? Sonriente, Pironio
respondió: «Al corazón». Y mi padre le replicó: «No, hay que dirigirse a
la inteligencia». Luego tratamos de ubicarle, en sus respectivos lugares,
las dos formas de responder.
Es claro que -como todos
sabemos- en la inteligencia está la raíz de todo conocimiento, aun el de
las verdades reveladas.
Bien lo sabía esto
Pironio; y por eso estaba tan fundado en la Teología, la ciencia de la fe,
a cuyas verdades no sólo adhería sino que profundizaba y las regustaba,
las saboreaba: acción propia del don de Sabiduría..
Estas verdades sabidas con
la inteligencia pasaban a su fervoroso corazón; y allí, por obra de una
misteriosa alquimia de la Gracia y del don de Sabiduría, se transformaban
en vida que engendraba vida. Su palabra, oral o escrita, llegaba al
corazón y a la inteligencia de aquellos a los que iba dirigida. Se cumplía
lo del cardenal Newmann; «Cor ad cor loquitur» («El corazón habla al
corazón»). Por eso, cada oyente o lector del cardenal Pironio sentía que
sus palabras eran dirigidas a él particularmente.
Este es el hecho:
hemos perdido un sabio de las cosas sagradas, de aquellas que interesan
para la santidad y la vida eterna.
Añado, enseguida, un
aspecto, una característica que en el cardenal Pironio había alcanzado
el grado de virtud: la amistad.
La amistad que me dispensó
generosamente durante más de 60 años; la amistad, de la que él hizo un
culto y que era como desprendimiento o parte integral de su honda caridad.
Por eso, de la amistad del
cardenal Pironio es posible afirmar lo que San Pablo afirma acerca del
amor: la amistad del cardenal Pironio fue -para todos- comprensiva y
servicial, dispuesta siempre a ayudar a todos y en todo; su amistad nada
sabía de envidias, aunque él fuera objeto de envidias ajenas; una amistad
siempre dispuesta a perdonar, a confiar, a esperar, a soportar.
He sido testigo de cómo
trataba a personas de las que le constaba que habían hablado injustamente
mal de él, o habían herido su sensible corazón: con una exquisita bondad,
que involucraba perdón y, al mismo tiempo, afecto.
Nadie podía tratar al
cardenal Pironio sin sentir la cercanía de un hombre de Dios, que
transmitía paz, y sin experimentar que era alguien con cuya amistad se
podía contar.
Nos falta ahora, aquí, en
la tierra, un sabio y un amigo.
Pero lo tenemos en el
cielo, como fiel intercesor y vivo modelo en la memoria de nuestro
corazón.
* * *
Hermano Eduardo: amigo del alma (como una vez en un extremo de generosidad
me definiste), te presento el afecto y la veneración de todos los que te
quisieron y admiraron; y que ahora tienen la seguridad de tu intercesión
ante el rostro del Padre que está en los cielos.
Sabemos que tendrás
presente lo que en diálogo telefónico le prometiste al Santo Padre, casi
en vísperas de dejar este mundo, cuando le dijiste: «Desde el cielo,
seguiré rezando por la Iglesia».
No dejes de hacerlo
también por esta porción de la Iglesia universal, por esta Iglesia
argentina que te proclama como a uno de sus más eximios miembros, como a
uno de sus más preclaros pastores: hubiera deseado que esto último te lo
dijera nuestro hermano monseñor Karlic, como presidente actual de la
Conferencia Episcopal Argentina. En su ausencia, creo interpretar el
sentir de nuestro Episcopado, de los sacerdotes y religiosas y del pueblo
de Dios.
No pretendo ni quiero
encomendarte más intenciones; las que podría añadir o sugerirte estoy
cierto que las llevas como diseñadas en tu alma noble y generosa. ¿Acaso
sería necesario recordarte a tu piadosa y sufrida hermana, a las
religiosas que te acompañaron y a tu fiel secretario Fernando que estuvo a
tu lado durante casi 25 años?
¡Descansa en paz, hermano
y amigo!
Y ahora, cuando
seguramente te tiene entre sus maternales brazos nuestra Santísima Madre
la Virgen María, a la que amaste con ternura, pide por nosotros: para que
ella nos ayude a llegar un día adonde hoy tú estás, en la luz de los
bienaventurados, junto al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Amén
Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2249, del 25 de febrero de 1998 |