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SOLEMNIDAD DE CORPUS CHRISTI


Mensaje de monseñor Carlos José Tissera en la solemnidad del Corpus Christi
(28 de mayo de 2005)



La Palabra de Dios en esta Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo nos hablan del Pan Vivo para un Pueblo peregrino.

El libro del Deuteronomio dice: “Acuérdate del largo camino que el Señor, tu Dios, te hizo recorrer por el desierto durante cuarenta años.... te afligió y te hizo sentir hambre, pero te dio de comer el maná, ese alimento que ni tú ni tus padres conocían, para enseñarte que el hombre no vive solamente de pan, sino de todo lo que sale de la boca del Señor”.

En la Secuencia escuchamos: “Éste es el pan de los ángeles, convertido en alimento de los hombres peregrinos: es el verdadero pan de los hijos”.

Jesús, en el Evangelio de San Juan nos dice: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo, el que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”....Y añade: “Éste es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente”.

“Yo soy”: es el mismo nombre divino, con el cual Yavé se presentaba y manifestaba  su majestad al pueblo. Es el modo cómo Jesús nos muestra su divina presencia y de tantas maneras: “Yo soy el Buen Pastor”, “Yo soy la luz del mundo”, “Yo soy la puerta”, “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”, “Yo soy la Resurrección y la Vida”. Hoy nos dice: “yo soy el Pan de Vida”.

De esta manera Jesús nos recuerda que así como en otro tiempo Yavé manifestaba su presencia poderosa en medio de su pueblo peregrino, eso mismo hace Él al mostrar su poder alimentado a su pueblo. Jesús es  “Dios en medio de su pueblo”, alimentándolo y manifestándose poderoso a sus ojos.

Ante la multitud hambrienta que lo seguía, Jesús muestra su poder con la multiplicación de los panes, y en su discurso –parte del cual hemos escuchado–  les muestra que ha sido un signo para que abran sus corazones para recibir de él otro pan, el pan de la vida, el pan de la palabra que alimenta el corazón. Ellos no entendían del todo. Creían que se refería al alimento del cuerpo, pretendían hacerlo rey, para tener pan gratis.

Pero Jesús va más allá todavía con su signo del pan. Habla de comer su cuerpo y beber su sangre.

Ya no se refiere a la Palabra que es recibida con la fe, sino a algo más, a un verdadero “comer” a Jesús. Es lo que sucede en la Eucaristía. Los judíos que lo escuchaban se dan cuenta que ya no se refería a la Palabra, y por eso se impresionan al escucharlo y decían: “¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?”. No advertían que Jesús estaba inventando una forma maravillosa de comerlo, de recibirlo en nuestra boca: la santa Eucaristía.

A través de este gesto sensible Cristo entero entra en nuestra vida.

En la Eucaristía no sólo se hace presente el cuerpo resucitado de Cristo, sino todo su ser: su mente, sus afectos, su divinidad. Al recibirlo entra en nosotros Cristo entero, y se realiza la unión más íntima que podamos esperar en esta vida. Ello supone que lo recibamos, que lo comamos con fe.

Maravillosamente lo proclama la Secuencia, leída antes del Evangelio, invitándonos a la alabanza:


“Es verdad de fe para los cristianos
Que el pan de convierte en la carne,
Y el vino, en la sangre de Cristo.


Lo que no comprendes y no ves
Es atestiguado por la fe,
Por encima del orden natural.


Bajo la forma del pan y del vino,
Que son signos solamente,
Se ocultan preciosas realidades.


Su carne es comida, y su sangre, bebida,
Pero bajo cada uno de estos signos,
Está Cristo todo entero.”


Jesús es el Dios que camina con nosotros, y alimento para el camino.

Ya había sido anunciado y prefigurado en el largo camino del desierto por el que avanzaba el Pueblo de Dios, como nos lo recuerda hoy la Palabra.

Aquel Pueblo liberado de la esclavitud, liderados por Moisés, luego de comer el cordero pascual y haber cruzado milagrosamente el Mar Rojo, camino a la Tierra Prometida, muy tentado en el desierto para volverse a lo de antes, a la miserable vida de la esclavitud, Dios los acompañó desde aquella nube, y les sació el hambre con el maná y las codornices, y sació su sed con el agua que brotaba de la roca.

Cristo se nos revela como aquel que es indispensable para nosotros. Así lo descubrimos particularmente en el Evangelio de San Juan. Es el agua viva que necesitamos para saciar nuestra sed más profunda, él es la Palabra que más necesitan escuchar nuestros oídos, él es el alimento que busca nuestro espíritu para sobrevivir, él es la vida misma, la luz.

Todos sabemos muy bien que hay una parte de nuestra vida que se mantiene con la comida, medicamentos, respiración, práctica de deportes y ejercicios, etc.; hay otra parte de nuestra vida que se educa con los libros, las clases, el estudio y la investigación, etc. Pero hay una dimensión de nuestra vida, la más profunda, la sobrenatural, que depende directamente de Jesús, y que sin él se debilita y muere. En esa dimensión de nuestra vida sólo Jesús es y puede ser el Señor, sólo él nos puede hacer crecer.

Pero, además, se nos promete que el que crea en Cristo jamás tendrá hambre y sed (6,35), y que quien lo coma vivirá para siempre, no morirá jamás. Y esto quiere decir, ni más ni menos, que unidos a Cristo superamos nuestros límites humanos, podemos saciar las necesidades más profundas de nuestro ser y liberarnos de nuestro temores más terribles; porque en Cristo podemos hallar la plenitud de la vida, una vida que no se acaba con la muerte; y la vida que él nos comunica nos deja tan satisfechos íntimamente que ninguna otra cosa se nos hace indispensable para vivir.

Hoy nos ha dicho Jesús: “Les aseguro que si no comen la carne del hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes”.

Los judíos tenían la idea de que “sin derramamiento de sangre no hay salvación” (He. 9,22). Pero también para nosotros es así, ya que la sangre derramada de Cristo nos consiguió la salvación: “Penetró en el santuario de una vez para siempre, no con sangre de cabrones ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna” (He. 9,12).

Podemos decir que la sangre nos recuerda lo que le costó a Cristo nuestra salvación; y el vino que en la eucaristía se convierte en su sangre (Mc. 14,23-25) nos recuerda que recibimos a alguien que se entregó por nosotros hasta la muerte, hasta el último sacrificio. Por eso San Pablo dice que en el Eucaristía “anunciamos la muerte del Señor” (1. Co. 11,26)-

Hoy saldremos a las calles manifestando nuestra fe en el Pan de Vida Eterna, Jesús Eucaristía, el Amor de los amores..... al que “me amó y se entregó por mí”.

Expresaremos que Él camina con nosotros, saciando ese hambre y esa sed de amor, de verdad, de justicia y de paz que hay en nuestra alma, en definitiva, dándonos la Vida verdadera.

En el peregrinar de la vida, como el pueblo elegido, también nosotros experimentamos la tentación de volver a nuestras esclavitudes, las cuales tienen una única raíz: el pecado, la soberbia del corazón. Es esclavitud de la soledad del egoísmo, la oscuridad de la muerte en todas sus formas: la explotación y la injusticia, la falta de respeto a la dignidad humana, el descuido de la vida del prójimo, conculcar los derechos elementales del hombre, empezando por el derecho a la vida desde la concepción hasta su fin natural, el descuido del derecho a la educación, la acumulación inescrupulosa de riquezas, la exclusión de la vida social de tantas personas por diferentes causas, la violencia en todas sus formas..... Innumerables manifestaciones de la llamada “cultura de la muerte”, que el ser humano ha creado, muchas veces amparado en una errónea concepción de la libertad.

El Pueblo de Dios tuvo miedo a la libertad, porque no descubría al Dios del amor.  Jesús nos invita a imitarlo en su entrega, en esa su libertad de entregar la vida en amor sincero. Para eso él nos hizo libres, y para eso nos alimenta con este Pan de Vida.

No hay nada más cuesta arriba que la verdadera libertad, mucho más incómoda que nuestras tontas esclavitudes. Porque ser libres no es hacer lo que se me antoja. La libertad sólo puede ser la posibilidad de hacer aquello que me permite ser más persona, más grande, más completo. La libertad malgastada estúpidamente, más que una esclavitud es un sacrilegio.

Sólo se es libre para la dignidad, para amar más o construir mejor, no para mirar las nubes y quedarse panza arriba. Sólo es libre quien tiene el alma tensa y dirigida hacia algo que es más grande que él. Mucha gente dice que daría la vida para conseguir la libertad; pocos son los dispuestos a emplear su libertad en construir sus vidas.

Jesús, Pan de vida, es el alimento para seguir caminando en libertad, para seguir amando la vida que él nos da; ese mismo alimento nos transforma en Él mismo, para amar como Él nos ama, dando la vida. “Ámense unos a otros, como yo los he amado”.

Una persona verdaderamente libre en su interior, convierte en liberador todo lo que hace.

Esto es lo que Dios quiere de nosotros. Comprometámonos con Él, para ser en la sociedad, personas que trabajemos por formar y formarnos en esta libertad de los hijos de Dios. Que, frente a tantas campañas que, pregonando la libertad, siguen alimentando la esclavitud del egoísmo, el facilismo, el consumismo y el hedonismo, hoy nosotros proclamemos con decisión que es el Amor el camino que nos salva y nos sana, en cuerpo y alma.

No nos dejemos vencer por el miedo. No nos sumemos a la noche del pesimismo y la desilusión. Proclamemos nuestra esperanza, porque creemos en el Amor.

Hermanos, hermanas, concluyo con palabras de un escritor español (José Luis Martín Descalzo):


“Te pueden quietar el pan, no los sueños;
el dinero, no la esperanza ni el coraje;
pueden hacerte la vida cuesta arriba,
nadie impedirá que, al final de la cuesta, hayas subido”.


Hermanos: porque el camino, a veces, es cuesta arriba; porque, a veces, se oscurece nuestra marcha, hoy, en el “Corpus Christi” de este Año de la Eucaristía, digámosle a Jesús, como los discípulos de Emaús:

“Quédate, Señor, con nosotros”.


Mons. Carlos  José Tissera, obispo  de San Francisco



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