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Corpus Christi


Homilía de monseñor Luis T. Stöckler, obispo de Quilmes
29 de mayo de 2005 -  Solemnidad del Corpus Christ



Evangelio (Juan 6, 51-58)

Yo soy el pan vivo bajado del cielo, el que coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi carne, y la daré para vida del mundo. Los judíos discutían entre ellos. Unos decían: "¿Cómo este hombre va a darnos a comer carne?". Jesús les contestó: "En verdad les digo: si no comen la carne del Hijo del Hombre, y no beben su sangre, no viven en verdad. El que come mi carne y bebe mi sangre, vive de vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es comida verdadera, y mi sangre es bebida verdadera. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él. Como el Padre, que vive, me envió, y yo vivo por Él, así, quien me come a mí tendrá de mi la vida. Este es el pan que ha bajado del cielo, no como el que comieron vuestros antepasados, los cuales murieron. El que coma este pan vivirá para siempre."


Catequesis

Mis queridos hermanos y hermanas en Cristo:

La asamblea eucarística que siempre presenta y actualiza la enseñanza y los gestos de nuestro Señor, hoy concentra toda la atención en su presencia misteriosa bajo las especies del pan y del vino. Es grande este misterio. Creemos que aquí se hace presente el Señor del cosmos, el Señor de la vida, el Señor de la historia, el Señor del mundo venidero. Cuando miramos de noche el cielo estrellado, y la majestuosa inmensidad del Universo, nos quedamos sobrecogidos e intuimos la grandeza de aquel, que ha creado todo de la nada. La mente humana no pueda saber lo que hubo antes, ni como pudo producirse el inicio imponente de la energía cósmica que se expande en el infinito. No somos nada en el espacio inconmensurable, pero el autor de este mundo maravilloso nos ha dado la capacidad de asombrarnos con su obra y de preguntar por el sentido de la creación.

Todo fue creado por Él y para Él, afirma la Biblia del verbo eterno de Dios, que se hizo carne y que está presente en la eucaristía. Creemos que Él es el centro del Universo. Él quiere estar cerca de nosotros. Cuando los astronautas por primera vez habían pisado la luna, y uno de ellos desde la nave leyó el relato Bíblico de la creación, mientras contemplaban el globo terráqueo con sus colores brillantes, nuestra tierra, nosotros sentíamos con emoción que Dios nos ha dado en ella una casa y que Él mismo, quiso vivir aquí con nosotros, y compartir nuestra vida. Esto lo afirmamos hoy con exaltación y enternecimiento. Dios está aquí y se hizo pan para que comulguemos con Él. Cuando miramos las condiciones excepcionales de nuestro planeta, para que pueda haber vida, cuando observamos la variedad incontable de seres vivientes que a través de la evolución en millones de años, han aparecido en la naturaleza, nos quedamos admirados y atónitos con la inteligencia de aquel que lo ha imaginado. El Señor de las galaxias, y de los átomos es también el creador de las plantas, de las colmenas, de los pájaros, de los cetáceos, de todas las especies incontables de animales.

"Miren, hasta el viento y el mar le obedecen", decían de Jesús cuando mostró su señorío sobre la naturaleza desde la barca. Él, el verbo creador, está aquí en la humildad del pan eucarístico. Cuando contemplamos el ser humano, corona de todo lo que existe en la tierra, con su cuerpo y su alma dotado de inteligencia para buscar la verdad y de voluntad para elegir con libertad el bien, descubrimos la gratuidad de nuestra existencia. Nos asombra la complejidad de la persona en su dimensión física, psíquica y espiritual, y no terminamos de descubrirnos a nosotros mismos. No hicimos nada para existir, sin embargo llevamos adentro el reclamo de vivir para siempre. Es la Biblia la que nos explica que fuimos creados según la imagen y semejanza de Dios. El modelo original de esta imagen de Dios es Jesucristo. Él entró en la historia para transformarla en tiempo de salvación.

Él es el Mesías con el cual comenzó el Reino de Dios en la Tierra. Como garantía del Reino se quedó con nosotros en la eucaristía. Aquí está el Señor de la Historia, como a Santo Tomás nos brota del corazón la exclamación "Señor mío y Dios mío". Cuando somos testigos permanentes de la destrucción y de la muerte, causados tanto por la naturaleza como por el hombre, nos preguntamos por el sentido de la caducidad y se despierta el anhelo de eternidad. La respuesta la da Jesucristo. Él mismo se sometió a la ley de la mortalidad para derogarla y abrir el camino de la vida eterna. "Voy a presentarles un lugar y cuando haya ido volveré otra vez a llevarlos conmigo a fin que donde yo esté, estén también ustedes". Y nos dejó como viático la eucaristía que nos anima a caminar hacia la meta. Él que coma de este pan vivirá eternamente.

El Señor del mundo futuro está aquí. Al contemplar la profundidad de este misterio de la fe comprendemos que la Iglesia sentía la necesidad de celebrarlo con esta solemnidad de Corpus Christi. Hoy no le alcanza el espacio íntimo de nuestros templos, sino quiere llevar al Señor en la hostia sagrada por las calles para que tome posesión, el Señor de nuestras ciudades y pueblos y bendiga nuestras casas y sus habitantes, familias, ancianos, enfermos, los que están solos, los que no lo conocen todavía. No podemos callar lo que hemos visto y oído.

Hermanos. Dios está aquí.

Venid, adoradores.


Quilmes, 29 de mayo de 2005.
Mons. Luis Teodorico Stöckler, obispo de Quilmes



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