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SOLEMNIDAD DEL
SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO


Homilía de monseñor Andrés Stanovnik, obispo de Reconquista, para la
solemnidad del santísimo cuerpo y sangre de cristo (29 de mayo de 2005)



Queridos hermanos y hermanas:

El maravilloso misterio del Cuerpo y de la Sangre de Cristo ocupa hoy el centro de nuestra atención. Hemos caminado por las calles de nuestra ciudad contemplando ese misterio escondido en la sublime y humilde forma del pan. Hemos adorado a Jesús realmente presente en la Eucaristía: con su cuerpo, su sangre y su divinidad. El ser humano se transforma en aquello que adora. Por eso, Jesús en el Evangelio de hoy nos recuerda que “el que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él”. El punto máximo de la contemplación es transformase en aquello que uno contempla.

Adorar a Cristo es entrar en una profunda y transformadora relación de amistad con Él. Él nos comunica su vida de amistad con Dios cuando nos asegura que “así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí”.

Para el cristiano, el camino de esta profunda transformación se realiza por medio de la participación en el banquete eucarístico. Sólo el amor auténtico es capaz de entender este misterio. El verdadero amor se manifiesta en el cuerpo entregado y la sangre derramada. Este Amor se hace presencia real en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Este es “el pan bajado del cielo” y “el que coma de este pan vivirá eternamente”, dice el Señor.

Es verdad, nos vamos transformando en aquello que adoramos. Para saber quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos, adoremos la Eucaristía. “Cuando veas sobre el altar el Cuerpo de Cristo, dice san Juan Crisóstomo, di a ti mismo: por este cuerpo ya no soy tierra y ceniza; ya no soy esclavo sino libre; por este cuerpo, espero los cielos y estoy seguro de que obtendré los bienes que hay en ellos: la vida inmortal, la suerte de los apóstoles, la conversación con Cristo”.

Alrededor de la mesa del Altar, entramos en íntima comunión de vida con Cristo a través de su Palabra y de su Cuerpo y Sangre. Allí aprendemos a relacionarnos con Él y con nuestros semejantes. Allí conocemos cada vez más cuál es nuestra vocación y nuestra misión. Por eso es vital para el cristiano católico participar de la mesa de la Palabra y de la mesa de la Eucaristía. Es alrededor del Altar donde recibimos la luz que alumbra el camino de nuestra vida y el alimento que restaura nuestras fuerzas.

En nuestro camino hacia el Jubileo diocesano, hemos escogido para este año la prioridad del Matrimonio y la Familia. El Matrimonio y la Familia, primera escuela de relaciones humanas, encuentra alrededor del Altar, su sentido, su alimento y su fortaleza, y se explica sólo desde allí. La indisolubilidad del sacramento del Matrimonio, el amor y la fidelidad conyugal, encuentran su fuente y su culminación en el misterio de la Eucaristía, en Cuerpo y la Sangre de Cristo, cuerpo entregado y sangre derramada, Amor de Dios fiel hasta el fin. Por eso, cuando el Matrimonio cristiano se aleja del misterio de la Eucaristía, corre el peligro de disolverse en un vago acuerdo de intereses individuales. Durante este año jubilar nuestros esfuerzos pastorales van dirigidos hacia Matrimonio y la Familia, con una atención especial hacia aquellos que, por diversas causas, sufren la separación o han establecido nuevas uniones.

En atención a nuestra prioridad pastoral, el próximo Encuentro Diocesano tendrá como tema principal el Matrimonio y la Familia. Para ello nos estamos preparando en todas nuestras Parroquias, Comisiones y Equipos diocesanos. También la Misión diocesana está llevando en estos días un mensaje de aliento a las familias y una propuesta de oración para que las familias recen, porque “la familia que reza permanece unida y la bendice Dios”. Son muchas las personas que se comprometieron a llevar este mensaje hasta los rincones más alejados de nuestra Diócesis. 

Por otra parte, el Congreso Nacional de los Laicos, que se viene preparando en nuestro país, es un acontecimiento muy importante para nuestra Iglesia. Quisiéramos que lo fuera también para nuestra comunidad diocesana. Un buen grupo de laicos se está preparando para participar en ese congreso. También este acontecimiento hunde sus raíces en el misterio de la Eucaristía, donde adoramos el Cuerpo y la Sangre de Cristo.  En esta contemplación nos vamos dando cuenta cada vez qué significa y cuáles son las exigencias para compromiso del cristiano en la Iglesia, en la Sociedad civil y en la Política. Las relaciones y compromisos del que adora de veras el Cuerpo y la Sangre de Cristo, se parecen cada vez más a Aquel que ha adorado.

Por último, con las palabras del Santo Padre, quisiera recordar a María, la Madre del Señor. Ella nos enseña cómo entrar en comunión con Cristo: María ofreció su propia carne, su propia sangre a Jesús y se transformó en habitación viva del Verbo, dejándose traspasar en el cuerpo y en el espíritu por su presencia. Pidámosle a Ella, nuestra santa Madre, para que nos ayude a abrir siempre más, todo nuestro ser a la presencia de Cristo, para que nos ayude a seguirlo fielmente, día a día, en el camino de nuestra vida. Amén.


Mons. Andrés Stanovnik OFMCap., obispo de Reconquista



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