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CORPUS CHRISTI


Homilía de monseñor José María Rossi, obispo de Concepción en la
solemnidad del Corpus Christi (28 de mayo de 2005)



Hoy celebramos el más grande los Sacramentos: La Eucaristía.

Es el Sacramento de la Unidad.

A la Eucaristía la llamamos también COMUNIÓN. Esta palabra siempre nos llena de alegría.

Es una palabra con mucho sentido. Sabemos qué es la unión y qué es la desunión.

Sabemos cuánto gozo hay en en la unión y cuánta tristeza en la desunión.

Lo sabemos a nivel familiar y a nivel vecinal por ejemplo. A veces nos peleamos con el vecino por una simple bolsa de residuos que dejamos en la vereda. Y permanecemos peleados durante años.

La desunión no nos deja encontrar la felicidad. Podemos decir que la unidad y la felicidad son casi sinónimos.

En la ciudad, en la provincia, en el país en el mundo vemos que las historias de desuniones nos llenan de tristeza.

En cambio la amistad, la bondad compartida, la solidaridad nos llenan el corazón de felicidad.

La historia de la humanidad es también la historia de los enfrentamientos.

Es tan importante para nosotros la unidad que Jesús no podía estar ausente y en el Sacramento de la comunión está presente.

En la Biblia, San Pablo nos habla del Sacramento Grande cuando dice que hay un solo pan, nosotros aunque seamos muchos formamos un solo cuerpo.

La Biblia nos enseña que somos un solo cuerpo porque comemos de un solo pan.

San Pablo dice particularmente de este único pan, que nos hace un solo cuerpo unido en el mismo ser que es la Iglesia del Pueblo de Dios.

Así este pueblo se convierte en signo de unidad para todo el mundo.

Nosotros somos convocados para ser testimonios vivos de la unidad para el  mundo. Por eso necesitamos sanar el corazón y construir esa unidad.

Tenemos que reconciliar nuestro corazón con el corazón del hermano.

Es difícil sanar las heridas, Romper se rompe en un instante, pero sanar cuesta.

Nos confiamos en la Fuerza y en el Poder de Jesús testimoniando que deseamos la unidad.

Queremos estar unidos como Iglesia.

Paseamos la Eucaristía por las calles de la ciudad para que seamos testimonio de unidad humana.

Así como salimos a la calle con Jesús, El quiere que nuestra familia, nuestro barrio, nuestra ciudad, nuestra provincia, nuestro país, esté unido.

Es posible vivir unidos. No es un designio el desencuentro. Por el contrario Dios que está en medio de nosotros, su poder nos hace ser un solo cuerpo.

Hoy pidamos al Señor que su presencia nos convierta y sane las heridas de nuestro corazón.

El Papa Juan Pablo II, en los últimos 5 años habló permanentemente de unión. Nuestra casa, nuestro barrio, nuestra ciudad, nuestro país tienen que ser CASA Y ESCUELA DE COMUNIÓN.

QUE EL SEÑOR nos haga este gran regalo.


Mons. José María Rossi, obispo de Concepción



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