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CORPUS CHRISTI 2005


Homilía de monseñor Marcelino Palentini, obispo de Jujuy en la
solemnidad del Corpus Christi (28 de mayo de 2005)



1.
Queridos hermanos, una vez más nos hemos reunido en este día para celebrar la solemnidad de “Corpus Christi” fiesta tan querida por todos los cristianos, pero que este año dedicado a la EUCARISTÍA  toma una dimensión y características especiales.

No solamente recordamos lo que Jesús ha hecho y celebrado, sino que lo revivimos, es la reactualización, el “memorial de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús.”

Cuando celebramos la santa Misa, revivimos el Misterio de la Fe, el momento más importante para la vida del cristiano.

Jesús en su amor  había prometido que estaría siempre entre nosotros, y esto se hizo realidad en la Eucaristía:

Es Jesús mismo que está en el pan y en el vino transformados en su Cuerpo y su Sangre después de la Consagración.

Es el mismo Jesús que estuvo presente en las bodas de Caná, que devolvió la vida al niño en Naim o al amigo Lázaro; que sanó a los enfermos y perdonó a los pecadores; que predicó las Bienaventuranzas y que prometió que no quedaría sin recompensa un vaso de agua dado a un hermano en su nombre; que lavó los pies a los discípulos y consagró por primera vez el pan y el vino transformándolos en su propio cuerpo y su sangre, cuerpo entregado y sangre derramada para la salvación de todos los hombres.

Es el mismo Jesús que estuvo clavado en la cruz y que resucitó; que se apareció a los apóstoles y que los envió por el mundo para que anuncien la Buena Noticia y para que sanen a todos los que están sufriendo en el cuerpo y en el espíritu….

La Eucaristía nos pone en contacto con este Jesús amigo que nos vuelve a decir: “vengan a mí los que están afligidos y agobiados y yo los aliviaré”.

“Aquí estamos, Señor,  para presentarte nuestras súplicas, nuestros ruegos, nuestras angustias y agradecerte por nuestras alegrías que nos permites vivir.

Aquí estamos para ofrecerte lo que somos y tenemos, nuestras pequeñeces y nuestros sueños, nuestras aspiraciones y nuestros logros. Pero somos concientes que sin ti no podemos hacer nada; sin imitar tu ejemplo no podemos construir esa patria de hermanos que nos pediste cuando le dijiste al Padre: qué sean uno, como tú y yo somos uno, para que el mundo crea.”


2. El lema que hemos elegido para este acontecimiento de fe es: UN SOLO PAN, UN SOLO CUERPO.

Nos alimentamos del mismo pan de la Palabra y de la Eucaristía para llegar a ser un solo cuerpo en la vida cotidiana, como cristianos, miembros de la Iglesia y miembros de la sociedad.

Cuánto nos falta para vivir este anhelo y este pedido de Jesús.

En a exhortación apostólica postsinodal “Iglesia en América” Juan Pablo II nos decía: Ante un mundo roto y deseoso de unidad es necesario proclamar con gozo y fe firme que Dios es comunión, Padre, Hijo y Espíritu Santo, unidad en la distinción, el cual llama a todos los hombres a que participen de la misma comunión trinitaria. Es necesario proclamar que la Iglesia es signo e instrumento de la comunión querida por Dios, iniciada en el tiempo y dirigida a su perfección en la plenitud del Reino” (IA 33)

La Eucaristía es centro de comunión con Dios y con los hermanos.

El amor a Dios nos mueve a ser solidario con los hermanos. “No podemos decir que amamos a Dios que no vemos, si no amamos al prójimo al que vemos…” nos recuerda el apóstol Santiago.

Y el amor al prójimo Jesús nos enseña a hacerlo lavando los pies a los discípulos, antes de sentarse a la mesa para celebrar la última cena. “Si yo señor y maestro les he lavado los pies, ustedes también se los deben lavar los unos a los otros”.

Juan Pablo II en su mensaje del Jueves santo de 2003 nos enseñaba: “Mientras estaban cenando, Jesús se levanta de la mesa y comienza a lavar los pies a los discípulos. Pedro primero se resiste, después comprende y acepta. También nosotros estamos invitados a comprender: lo primero que el discípulo debe hacer es ponerse a la escucha de su Señor, abriendo el corazón para recibir la iniciativa de su amor. Sólo después será invitado a hacer a su vez cuanto ha hecho el Maestro. También él deberá comprometerse a «lavar los pies» a los hermanos, traduciendo en gestos de servicio recíproco ese amor que constituye la síntesis de todo el Evangelio (cf. Jn 13, 1-20).


3. Hoy queremos renovar nuestro compromiso de servir como Jesús compartiendo el Pan de la Eucaristía con nuestras familias:

Las Líneas Pastorales Navega Mar adentro (n.97) dicen: “La familia, pequeña Iglesia doméstica, donde los padres, mediante la palabra y el ejemplo, transmiten los valores de la fe y la fundamentales reglas de convivencia entre los hombres, es una auténtica escuela de humanidad- Los padres deben transmitir a sus hijos la fe cristiana y los valores fundamentales del amor y la sencillez”.

La familia será siempre la defensora de la vida desde el primer instante de la concepción hasta el  momento de la muerte.

Para nuestras familias la Eucaristía nos enseña el amor hasta el extremo, la capacidad de perdón, la entrega constante en la búsqueda del bien común de todos sus miembros…


4. Hoy queremos renovar nuestro compromiso de compartir el pan con los pobres.

La n. 35 nos recuerda“el lazo existente entre la Eucaristía y la caridad, lazo que la iglesia primitiva expresaba uniendo el ágape con la Cena eucarística. La participación en la Eucaristía debe llevar a una acción caritativa más intensa como fruto de la gracia recibida en este sacramento”.


5. Hoy queremos renovar nuestro compromiso de acompañar con el cariño que le tenía Jesús a los enfermos y a los ancianos.

En su última carta de Cuaresma el Papa Juan Pablo II se detuvo para pedirnos este cariño especial a los ancianos, tan valiosos y tan olvidados en esta sociedad de consumo. Son visto muchas veces como un peso, y por eso es tan difícil encontrar ayuda para ellos en los programas sociales… Se los llama “clase pasiva”, sin tener en cuenta lo “activos que han sido” construyendo este mundo que nosotros disfrutamos.

Y los enfermos, sobre todo si son pobres, con dificultad encuentran la ayuda necesaria para una vida digna. Jesús, el Buen Samaritano, nos enseña que no basta ir al templo… hay que detenerse para socorres al caído, al enfermo… y pagar de persona. Sólo entonces podemos ir al templo y presentar nuestra ofrenda dignamente.


6. La Eucaristía es Pan para nuestra Patria, una patria necesitada de fortalecer sus raíces profundamente cristianas , que se quieren socavar con nuevas propuestas que nada tienen que ver con el Evangelio, cuando se proclama el amor libre, cuando algunos proponen la ley del aborto “para salvar vidas!!! Sin tener en cuenta las vidas inocentes que se matan!!!  cuando lo económico es más importante que la persona humana; cuando los intereses sectoriales excluyen a los preferidos de Jesús, los pobres y los más necesitados.

Rezamos en la oración por la Patria:

Queremos ser nación, una nación cuya identidad sea la pasión por la verdad y el compromiso por el bien común. Danos la valentía de la libertad de los hijos de Dios para amar a todos sin excluir a nadie, privilegiando a los pobres y perdonando a los que nos ofenden, aborreciendo el odio y construyendo la paz. Concédenos la sabiduría del diálogo y la alegría de la esperanza que no defrauda.”


7. Celebramos la Eucaristía para renovar nuestra pertenencia al Cuerpo de Cristo y para vivir como Él nos enseñó.

No es solamente un rito, sino un estilo de vida;

No es solamente una oración personal, es un encuentro de toda la Iglesia que se renueva en su compromiso de testimoniar el amor de Cristo

No es solamente un momento, sino una vida entera donde perdonamos, escuchamos, nos ofrecemos, construimos la paz, entramos en comunión con Dios y los hermanos y desde donde salimos para testimoniar lo que hemos celebrado.

En una palabra “celebramos lo que vivimos y vivimos lo que celebramos”

Por esto con Juan Pablo II podemos decir:


Te adoramos, oh admirable Sacramento de la presencia de Aquél que amó a los suyos «hasta el fin». Te agradecemos, oh Señor, que en la Eucaristía edificas, reúnes y vivificas la Iglesia.

Oh, divina Eucaristía, llama del amor de Cristo que arde sobre el altar del mundo, haz que la Iglesia, confortada por Ti, sea siempre más solícita para enjugar las lágrimas de quien sufre y para sostener los esfuerzos de quien anhela la justicia y la paz.

Y tú, María, Mujer «eucarística», que has ofrecido tu seno virginal para la encarnación del Verbo de Dios, ayúdanos a vivir el Misterio eucarístico en el espíritu del Magnificat. Que nuestra vida sea una alabanza sin fin al Omnipotente, que se ha escondido bajo la humildad de los signos eucarísticos.


Mons. Marcelino Palentini, obispo de Jujuy



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