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CORPUS CHRISTI


Homilía de monseñor Néstor Hugo Navarro, obispo de Alto Valle del Río Negro,
en la Solemnidad del Corpus Christi
(Catedral Nuestra Señora del Carmen - 28 de mayo de 2005)


Deut. 8,2-3.14b-16a; 1 Cor. 10,16-17; Jn. 6,51-58.


Doy gracias a Dios por poder compartir con ustedes esta
fiesta de Corpus Christi celebrándola junto a mi hermano José Pedro, nuestro Obispo emérito, con ustedes Sacerdotes, Diáconos y Consagrados y con todo este querido pueblo de Dios de esta Iglesia particular del Alto Valle. Especialmente en este año dedicado a la Eucaristía, que comenzó en octubre del 2004 y finalizará en el próximo octubre, cuando se realice la Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre el tema “La Eucaristía: fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia”.

Este año dedicada a la Eucaristía no significa hacer cosas extraordinarias o interrumpir el camino pastoral que cada Comunidad lleva adelante según el plan diocesano, sino “acentuar en él la dimensión eucarística propia de toda la vida cristiana” (Mane Nobiscum Domine, 5). Con palabras de Juan Pablo II le deseo a toda la Iglesia diocesana:

“Que el Año de la Eucaristía sea para todos una excelente ocasión para tomar conciencia del tesoro incomparable que Cristo ha confiado a su Iglesia. Que sea estímulo para celebrar la Eucaristía con mayor vitalidad y fervor, y que ello se traduzca en una vida cristiana trasformada por el amor” (MND, 29).

Estamos celebrando Corpus Christi, la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, de la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. Este día, recordamos la institución de la Eucaristía, que se llevó a cabo el Jueves Santo, durante la Última Cena, al convertir Jesús el pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre.

La última noche que Jesús pasó con sus discípulos, antes de entregar su vida por nuestra salvación, fue de gran intimidad y emoción. Fue la noche que claramente expresó el gran amor que nos tiene: “Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn. 13,1).

Amó tanto a sus discípulos que no quería abandonarlos y encontró la forma de permanecer con sus amigos, los hombres. Sin ninguna duda también pensó en nosotros, los que íbamos a vivir después de aquellos primeros seguidores suyos, porque también por nosotros iba a derramar su Sangre. Jesús no dudó en hacer este gran milagro de amor antes de irse al Padre, para quedarse al mismo tiempo en la tierra y alimentarnos con su Cuerpo y su Sangre, de manera que nadie dudara jamás del gran amor que nos tiene. Especialmente ante la Eucaristía, sabemos que Dios cumple con su promesa de estar realmente con nosotros todos los días (cf Mt. 28,20).

“La fe nos pide que, ante la Eucaristía seamos conscientes de que estamos ante Cristo mismo... (ella) es misterio de presencia, a través del que se realiza de modo supremo la promesa de Jesús de estar con nosotros hasta el final del mundo” (MND 16).

Como deciamos, la Eucaristía nos recuerda aquel sublime momento de la Ultima Cena en el que el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo; y esa misma noche recibimos de Jesús el mandato de hacer memoria suya, “hasta que él vuelva”. Desde entonces, este sacramento es el alimento imprescindible de nuestra vida espiritual. De la misma manera que necesitamos del pan de la mesa para poder vivir nuestra vida física y psíquica, nuestro espíritu necesita comulgar para estar también fuerte y saludable. Jesús nos lo dijo: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo” (Jn. 6,51).

Pensemos en estas últimas palabras de Jesús como llamado a nuestro compromiso cristiano: la Eucaristía no sólo es bien supremo para quien comulga (“el que coma este pan vivirá eternamente”); sino  que también, a través de los comulgantes, el Señor se hace vida para la sociedad entera: ella es “pan vivo bajado del cielo... para la Vida del mundo”. Con este pan nos alimentamos para convertirnos en testigos valientes y humildes del Evangelio. Necesitamos de este pan para crecer en el amor y servir a la justicia y la verdad; sin la Eucaristía nuestra tarea en la sociedad, se quedaría sin fuerza y sin claridad y no podríamos afrontar los desafíos del mundo con una evangelización nueva.  

La celebración del Corpus Christi es una ocasión para renovar el propósito de caminar sin miedo hacia la santidad, dedicándonos con amor al servicio de todos, especialmente de los más pobres, enfermos y afligidos. De esta manera, la Eucaristía, la celebración del Corpus Christi, nos compromete y responsabiliza ante Dios y ante el mundo.

Hoy más que nunca es hora de rechazar la comodidad y tomar la decisión de influir cristianamente, con los valores del Evangelio, en la vida social. Hemos de evitar una aparente vida cristiana, que olvide las exigencias del Evangelio en determinados momentos o ámbitos de la vida personal. Recordemos las palabras del Papa Juan Pablo II en la Christifideles Laici : “Si ‘no comprometerse’ ha sido siempre algo inaceptable, el tiempo presente lo hace aún más culpable. A nadie le es lícito permanecer ocioso” (ChL 3).

En el relato de la institución de la Eucaristía, el Señor nos dice que cada celebración de ella es un acto de memoria de su sacrificio redentor: “Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía... Esta copa es la Nueva Alianza que se sella con mi Sangre. Siempre que la beban, háganlo en memoria mía” (1 Cor. 11,24.25).

En estos tiempos de grandes y difíciles desafíos que el mundo hace a la fe, la “memoria eucarística” evitará que olvidemos el amor que vivió y enseñó Jesús. Será necesario siempre “hacer memoria eucarística de Jesús”, si es queremos ayudar a construir una civilización más buena y perdurable, que venere, respete y enseñe el inviolable derecho a la vida, desde la concepción hasta la muerte natural y en todas las circunstancias de la existencia, como derecho primario, condición de todos los demás derechos de la persona (ChL 38); si queremos que la sociedad sea respetuosa con el derecho y la vida de los de los ancianos, “hagamos en la Eucaristía memoria de Jesús”; si queremos que se fomente una auténtica cultura familiar, que defienda el matrimonio, “hagamos en la Eucaristía memoria de Jesús”; si queremos que nuestra generación se preocupe más por el medio ambiente, el bien común, la educación, la cultura y el bienestar justo de los ciudadanos “hagamos en la Eucaristía memoria de Jesús”.

La memoria eucarística nos obliga a no ocultar la presencia de Jesús. Por otra parte, él mismo nos ha enviado para que el mundo lo conozca y crea en él. Por eso los creyentes en Cristo no podemos dejar de estar presentes en la vida pública. En la calle, en el trabajo, en la política, la cultura, la familia, la economía y la sociedad; en las diversiones, las amistades y en todos los ámbitos de la vida humana. No podemos evadirnos de nuestras responsabilidades, como cuando los discípulos intentaron hacerlo en el desierto ante el hambre de la gente, hasta que el Señor los retuvo al decirles: “Denles de comer ustedes mismos” (Lc 9,13).

Dentro de unos momentos, después de esta Misa, haremos la procesión del Corpus como un testimonio público de nuestra fe en la presencia real de Jesús en la Eucaristía. Llevaremos el Cuerpo de Cristo muy visible en la custodia que lo contiene dignamente; pero es más importante todavía que cada uno de nosotros lo llevemos y custodiemos en nuestro corazón.

Juan Pablo II nos decía en su hermosa carta apostólica llamada “Quédate con nosotros, Señor”, que celebráramos con especial disposición de espíritu la fiesta del Corpus y su procesión, lo que tratamos de hacer.

“Que este año se viva con particular fervor la solemnidad del Corpus Christi con la tradicional procesión. Que la fe en Dios que, encarnándose, se hizo nuestro compañero de viaje, se proclame por doquier y particularmente por nuestras calles y en nuestras casas, como expresión de nuestro amor agradecido y fuente de inagotable bendición” (MND 18).

Pidamos a María que nos ayude a descubrir la centralidad de la Eucaristía en la vida cristiana, para vivir plenamente el mandamiento del amor a Dios y al prójimo, y llegar mediante la comunión eucarística a la plena comunión eclesial, amando a la Iglesia con un corazón sin división y sirviendo con impulso renovado a la misión de llevar el Evangelio a toda la gente.

Les dejo a cada uno de ustedes mi afecto fraterno y mi bendición personal.


General Roca, 28 de mayo de 2005, Corpus Christi
Mons. Néstor Hugo Navarro,
obispo Alto Valle (RN)



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