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FIESTA DEL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO


Homilía  de monseñor Carlos José Ñáñez, arzobispo de Córdoba
en la Fiesta de Corpus Christi (28 de mayo de 2005)


Queridos hermanos y hermanas:

Nos congregamos junto a la Iglesia Catedral para celebrar la fiesta del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, es decir, para honrar la presencia misteriosa y real del Señor Jesús bajo las apariencias de un poco de pan y de un poco de vino. Lo hacemos en comunión con toda la Iglesia y siguiendo la invitación del querido y recordado Juan Pablo II para dedicar este año a contemplar y a profundizar en el maravilloso don de la Eucaristía. Invitación que el Papa Benedicto XVI ha renovado al iniciar su servicio como sucesor del apóstol san Pedro.

Al fijar la mirada de nuestra fe en el Santísimo Sacramento tenemos presente la intención del Señor al instituirlo, que es la de comunicarnos su vida. “He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”, nos dice en su evangelio. Vida abundante que plenifica nuestra existencia y la abre hacia horizontes insospechados y esperanzadores.

Al celebrar esta fiesta grande, sin embargo, no podemos dejar de tener en cuenta algunas circunstancias que nos rodean y cuyos efectos impactan nuestro corazón. Entre dichas circunstancias podemos mencionar las tristes noticias que con frecuencia nos llegan respecto de accidentes en las rutas, provocados muchas veces por notables imprudencias. También los atentados a la vida con ocasión de robos o secuestros que muestran una total falta de aprecio de la vida propia y ajena, creando a su vez la agobiante sensación de inseguridad. Cabe recordar aquí, entre nosotros, el episodio que afectó recientemente al Padre Horacio Saravia, a quien renovamos nuestra solidaridad. Asimismo, el difundirse en nuestra Patria de ideas y de propuestas que miran a legalizar las penosas e inhumanas prácticas del aborto y de la eutanasia. A todo lo cual se suma, finalmente, las vidas que siega el terrorismo y la guerra, como podemos constatar en diversos escenarios mundiales.

Todos estos fenómenos, exponentes de lo que el Papa Juan Pablo II llamó en su momento la “cultura de la muerte”, impactan fuertemente en nuestro corazón y dejan en él, a veces, sensaciones de incertidumbre frente a los valores y a la verdad, sensaciones de oscuridad y de falta de sentido de la existencia humana, lo cual a su vez se traduce en muchas ocasiones en una actitud de miedo a la vida.

Frente a ello resuena una vez más el testimonio y la invitación de Juan Pablo II, haciéndose eco de las palabras de Jesús a sus discípulos: “No tengan miedo”. El Papa Benedicto ha retomado esa invitación y la ha hecho suya. También él nos propone mirar hacia adelante con confianza, porque como discípulos de Jesús somos depositarios y portadores de una buena noticia, que nada ni nadie puede oscurecer o acallar.

La buena noticia es que Cristo, que se ofreció por todos en la cruz y triunfó sobre la muerte y el pecado,  está entre nosotros sobre todo en su Eucaristía, que no nos ha dejado solos, huérfanos, sino que se acerca a nosotros, camina con nosotros, nos ilumina y consuela, enciende y transforma el corazón, enviándonos a todo el mundo como en otra oportunidad a los discípulos de Emús. “Lo reconocieron al partir el pan... de inmediato regresaron a Jerusalén...”

Porque es presencia y cercanía del Señor, la Eucaristía es escuela de esperanza. El Señor se nos da y nos une íntimamente con Él: “el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?”, nos recordaba el apóstol. Esa unión que es real y profunda y que llena el corazón con la paz y el gozo que el Señor comunica, es sin embargo tan sólo como un “adelanto”, una pregustación del banquete definitivo fuente de total plenitud para la existencia humana. La certeza de estar en camino hacia esa meta, el gozo anticipado de su “adelanto”, nos hace caminar con renovado entusiasmo en medio de las oscuridades e incertidumbres que nos rodean.

Uniéndonos íntimamente al Señor, la Eucaristía también nos une entre nosotros. Es por ello una verdadera escuela de caridad fraternal. Nos lo recordaba san Pablo: “ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan”. Recibiendo, pues, al Señor y correspondiendo a su presencia amorosa debemos esforzarnos por profundizar la unión que su presencia produce en nosotros.

Esto nos debe impulsar a asumir con dedicación y entusiasmo apostólico el camino que en la Arquidiócesis intentamos recorrer para responder al desafío de la nueva evangelización. También debe hacernos -entre otras cosas- más sensibles para incrementar nuestro servicio a nuestros hermanos más débiles. Atender entonces al fortalecimiento de las Caritas parroquiales, a la constitución de equipos de pastoral de la salud y de pastoral penitenciaria para atender mejor a los hermanos necesitados, enfermos o encarcelados y a sus respectivas familias, será un modo de hacer patente en nuestras comunidades los frutos de la acogida al don del Señor en su Eucaristía.

La Eucaristía es también escuela de gratitud. El mismo nombre de este don lo sugiere: Eucaristía quiere decir acción de gracias. Agradecemos a Dios sus dones, agradecemos el don que es Él mismo. Agradecemos el don de la fe que ilumina nuestra existencia, la esperanza que reconforta nuestro caminar, la caridad que en definitiva nos salva haciéndonos participar de aquel amor que es más fuerte que la muerte, que todas las muertes.

En este año eucarístico estamos invitados a imagen de María Santísima, la mujer eucarística, a adorar el misterio de la presencia de Jesús en la Eucaristía y a participar festiva y alegremente en cada Misa, particularmente en la dominical.

Hagámoslo hoy al participar de esta celebración y al acompañar al Santísimo Sacramento en la procesión con la que la prolongaremos. Hagámoslo visitando seguido al Señor en la oración recogida y llena de confianza ante el sagrario y dedicando con frecuencia espacios a la adoración del Santísimo en nuestras comunidades. Hagámoslo sobre todo procurando que nuestra misa dominical sea verdaderamente una fiesta.

Que estos propósitos animen permanentemente nuestra veneración del misterio eucarístico y nuestra participación en la Misa. Que este año eucarístico signifique para nosotros un crecimiento en la unión con el Señor que quiere estar con nosotros y en nosotros, que así sea.


Mons. Carlos José Ñáñez, arzobispo de Córdoba
28 de mayo de 2005



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