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SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI


Homilía de monseñor Eduardo Vicente Mirás, arzobispo de Rosario, en la
Solemnidad del Corpus Christi (29 de mayo de 2005)



Hermanos:

La fiesta del Corpus que estamos celebrando alcanza una especial solemnidad en este año de la Eucaristía. Cada vez que nos reunimos para conmemorarla, queremos  expresar como Iglesia, de forma pública y comunitaria, nuestra fe en la presencia actual entre nosotros y a lo largo de los siglos, de Cristo muerto, resucitado y glorificado. La complejidad de la vida moderna y el enfriamiento de la verdadera religiosidad en el tiempo que vivimos, hace más necesaria que nunca la adoración de este sublime misterio y el testimonio público de nuestro amor por Jesucristo.

En la Comunión lo recibimos en persona, como Pan vivo que baja del cielo. Él nos ha revelado en el evangelio de Juan (Jn.6,55) que su carne es verdadera comida y su sangre verdadera bebida; y que aquel que participe de su Cena, siempre tendrá vida. Por eso la Eucaristía, que es Cristo sustancialmente presente en la realidad de su cuerpo y sangre, alma y divinidad, es el centro del culto y de la existencia misma de la Iglesia (cf. J.P.II “Mane nobiscum Domine” 3).               

Es al mismo tiempo sacramento del sacrificio de Cristo y alimento para los creyentes que participan de su comunión. Con la Eucaristía, la Iglesia revive en la fe el acontecimiento de la muerte y la resurrección del Señor, origen de la nueva y definitiva alianza. Se introduce cada vez en el misterio de gracia, repetido en el tiempo como un memorial, con  el fin de llegar a todos, haciendo posible que la salvación lograda por Jesús con su sacrificio redentor pase a cada uno de sus miembros. Y para que esta salvación se realice en toda su plenitud se hace necesaria la Comunión, que por su naturaleza es una comida pascual, un banquete de acción de gracias al que estamos convocados. Comiendo de ese pan y bebiendo de ese cáliz que el Señor dejó como alimento espiritual, los fieles se vuelven una ofrenda viva y la Iglesia forma una sola realidad con Aquél que se ha convertido para nosotros en santificación y redención, nos enseña Pablo (cf. I Cor. 1,30).

La Eucaristía, en torno a la cual la Iglesia se recoge en oración para adorar a Cristo como Dios y Salvador, es el sacramento de la unidad ya que por la comunión de este único pan de vida nos hacemos con Él un solo cuerpo.

Allí está todo el misterio de la pascua: la liberación del pecado gracias a la muerte y la resurrección de Cristo y la íntima comunidad con Él realizada en el banquete de la comunión sacramental. (cf. H. Haag, “De la antigua a la nueva Pascua” Sígueme, p.155).

Venimos hoy a tributarle nuestro homenaje porque ha querido quedarse entre nosotros; venimos a pedirle por la Iglesia y por el mundo y a presentarle todas las necesidades espirituales y materiales de cada uno, especialmente de los pobres, los enfermos y los que están angustiados por cualquier tribulación.

Aunque el Señor oculto bajo los velos del pan y el vino no se deja ver en este sacramento, sin embargo nos permite percibir claramente su presencia en el gozo que alcanzamos sintiendo su cercanía, en las inspiraciones que pone en nuestros corazones frente a las preguntas con que nos agobian las angustias de cada día y en la serenidad que nos produce saber que Cristo nos acompaña y participa de nuestra pobre vida humana. El Verbo se hizo carne para mostrarnos el misterio de Dios y de nuestra propia existencia y para darnos redención y plenitud, consuelo y alivio (cf. id. 6-7).  Él nos dice en el evangelio de Mateo: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados y Yo los aliviaré” (Mat. 11, 28).

La vida cristiana nos exige fe y respuesta al Señor entregado. La Eucaristía no es un premio a nuestros méritos sino un estímulo para el amor; es el alimento que nos hace fuertes para poder vivir la libertad del evangelio y nos compromete al esfuerzo cotidiano para no desentendernos de las necesidades del prójimo.

La Palabra de Dios que acabamos de proclamar en la primera lectura (Deut. 8, 2-3; 14-16), nos muestra la infinita misericordia del Padre que, con el maná, sació el hambre de Israel en el desierto. El maná fue la figura profética de la santa Comunión, donde Cristo vivo y presente se nos entrega en alimento para acompañar a la Iglesia durante su peregrinaje en la historia.

Pablo, fortaleciendo la incipiente fe de los Corintios (I Cor. 10, 16-17), afirma en la segunda lectura que el cáliz de la Cena Eucarística y el Pan allí partido, son la comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Comunión muy íntima, que nos configura con el Señor; nos hace capaces de intercambiar pensamientos y afectos con Él, y rinde nuestra voluntad ante la suya que siempre busca nuestro bien y nuestra perfección. Este sublime alimento que no es un manjar material, sino una persona viva con la que se tiene la más íntima y misteriosa de las comuniones, nos reúne en un solo cuerpo. Por eso es imposible hacer verdadera comunión con Cristo si estamos divididos, o nos guardamos rencor, o no estamos dispuestos a reconciliarnos. Jesús está en la Eucaristía entregado por nosotros para convertirnos en una familia de hermanos que tienen un mismo Padre. Nos incluye a todos en el compromiso de transformar el mundo en fraterno. Nos pide que seamos evangélicamente solidarios y caritativos con los demás, porque Cristo también está identificado con los otros (cf. Mt 25, 31-46). En el evangelio de Mateo nos advierte que nuestra participación en su Sacrificio sería vana, si nos llegamos a él con el corazón salpicado de aversiones a los demás: …si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, …ve a reconciliarte con él y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda (cf. Mt. 5, 24).

Y en la temprana promesa de la Eucaristía proclamada en el evangelio de hoy (Jn. 6, 51-58), Cristo se ofrece como el pan vivo bajado del cielo. Carne entregada para la vida del mundo y Sangre derramada para la salvación de todos. El que coma y beba de esa Mesa vivirá eternamente unido a El.

Cuando veladamente Jesús anunciaba este sublime misterio, todos huyeron de su lado porque no lo comprendieron, y se quedó solo con sus discípulos.  Más tarde, en la última Cena, llegada la hora de su pascua, convirtió en realidad lo anunciado, e instituyó el sacramento que retiene perennemente su presencia victimada entre nosotros.

No es simplemente un símbolo que nos recuerda a una persona ausente. Junto con el signo de la comida y la bebida se ofrece la realidad, que es la persona de Cristo. En la Eucaristía, tenemos ya, aunque velada por las apariencias del pan y del vino, la realidad hacia la que encaminamos gozosamente nuestra existencia, que es el Señor resucitado en cuyo rostro se refleja la gloria del Padre. Solamente así se entienden los sentimientos de adoración y de júbilo que tiene el creyente en presencia del Santísimo.

Al finalizar esta Santa Misa llevaremos a Cristo presente en la figura del pan, por las calles de nuestra ciudad de Rosario. Le encomendamos a Él sus habitantes, sus familias, sus casas, nuestra vida cotidiana y todo nuestro quehacer. Que su presencia penetre en nuestra vida. Ponemos ante sus divinos ojos los sufrimientos de los enfermos, la soledad de los jóvenes y de los ancianos, las tentaciones, los miedos, y toda nuestra pobreza espiritual y material. Que nuestro peregrinar creyente se convierta en una bendición  para nuestra arquidiócesis, porque Cristo es la bendición divina para el mundo. Que esta procesión se convierta en una atrevida profecía de un mañana más humano para nuestro país y en un decidido compromiso de empeñarnos en recrear una sociedad fraterna y solidaria. Y que su gracia se extienda sobre todos nosotros. AMEN.


Mons. Eduardo Mirás, arzobispo de Rosario



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