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Corpus Christi


Homilía de monseñor Miguel Esteban Hesayne, obispo emérito de Viedma
29 de mayo de 2005 -
Solemnidad del Corpus Christi



La Festividad del Corpus –festividad de la Eucaristía– nos motiva a reflexionar sobre lo que hoy llamamos “Misa”.

Hace unos pocos meses atrás, millares de católicos argentinos hemos cantado preparándonos y durante el Congreso Eucarístico Nacional: “Sacrificio de la propia vida / que se ofrece y se da a los demás / Cuerpo y Sangre, Comida y Bebida/ que hace y nutre a la Comunidad. / Sos la Fiesta de cada semana / que resume y celebra el Amor / el Amor que perdona y hermana/ y es sincera reconciliación… ” Y hemos cantado lo que es y lo que nos ofrece para la existencia humana, la Eucaristía o la Misa.

Es la “Cena del Señor” así se llamó desde un principio a la Misa; desde que la celebró el mismo Jesús, con inmensa expectativa y profunda ternura, la noche antes de morir en la Cruz.

La Misa –la “Cena del Señor”–, Jesús la preparó durante toda su vida histórica y es la expresión más clara y efectiva de su más íntima motivación de su propia existencia humana-divina. No fue una comida más de las tantas que tuvo con sus contemporáneos. La preparó cuidadosamente… hasta el detalle del lugar; con palabras y gestos manifestó las ansias de su corazón para que llegara ese momento; reveló lo más íntimo de sus intenciones de cuanto había dicho y hecho en su vida y lo que iba a realizar. Si fue una constante en su discurso que no había venido a ser servido sino a servir…, esa noche pone el gesto, impensado en un “maestro”, de lavar los pies a sus discípulos. En “esa Cena” Jesús puso toda su vida pasada-presente y futura

Y así la Misa es la “cena del Señor”. Más allá de ciertos ritos o ceremonias que han ido cambiando durante los siglos, la Misa en cuanto “Cena del Señor” contiene la “vida de Jesús” concentrada en su “pasión-muerte y resurrección”; contiene el “porqué” y el “para qué” de la existencia de Jesús: el “Amor” misericordioso de Dios que busca nuestra felicidad personal como objetivo final de su propia Gloria.

Cuando se participa de la Misa como “Cena del Señor” se vive el Misterio de Dios y el misterio de Hombre. Se celebra el Plan de Dios-Amor, que muere y resucita en Jesús para la “salvación de todos los Hombres y de todo el Hombre” (G y E)

La Misa, bien entendida, es el hecho central de la Fe Cristiana y la clave de la existencia humana. Si tenemos el coraje de bajar a las profundidades de nuestra existencia personal, encontraremos abismales aspiraciones insatisfechas… Cuando tomamos conciencia de nuestras debilidades y límites nos invaden las sombras de la soledad y la lejanía infinita de Dios. Y ahí, en la Misa, encontramos a Aquel que al morir en la Cruz, entregó su espíritu al Padre-Dios que lo resucitó para cubrirnos con la claridad de su Vida Gloriosa. Cuando nos muerde la soledad en incapacidad de amar, la Misa nos ofrece a Aquel del cual surge el “torrente de agua viva” que es plenitud de Amor. Cuando sintamos las turbulencias de la ambigüedad, la fragilidad, la vaciedad de la mediocridad, recurramos a la “Cena del Señor”, la Misa. Ahí encontraremos a ¡¡¡Aquel!!! que nos transfiere vigor y honda ternura a la vez, haciéndonos ¡¡¡alegres!!! capaces de amar hasta el heroísmo dando la vida al servicio de quién la necesite.

No hagamos de la Misa una comida “light”. Es el Pan del cielo para la vida del Mundo (1). Dejemos de “ir a misa” por mero cumplimiento o por tradición o por compromiso social. Vayamos a Misa para salir revestidos de los sentimientos de Jesucristo con el poder del Amor para construir una Iglesia servidora del mundo que nos toca vivir. Una Iglesia-Pueblo de Dios, cuyo laicado en adultez de Fe, codo a codo, con el resto de los habitantes de nuestro país, se ponga a reconstruir la sociedad argentina sembrando los valores plenamente humanos con la coherencia testimonial personal que logramos siempre y cuando vayamos a Misa a celebrar la “Cena del Señor” Así la Misa se la vive como “fuente y cumbre de la vida cristiana” (SC)


Notas:

(1) S. Juan Cáp.6,22-63


Mons. Miguel Esteban Hesayne, obispo emérito de Viedma



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