Queridos sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas.
Queridos fieles.
Queridos hijos y
Queridos hermanos:
En esta tarde, para todos
nosotros, para nuestra diócesis, es un momento de encuentro muy pero muy
especial. A tal punto que hemos querido marcar, señalar, significar, que en la
diócesis esta tarde no hubiera otra misa sino solamente esta, para significar
una única e idéntica realidad.
Todos nosotros, los que
estamos en esta diócesis, los que estamos en la Iglesia, nos nutrimos del único
sacrificio de Cristo el Señor. Este altar que nos une a todos, de aquí nos
nutrimos, de aquí nos alimentamos, de aquí nos fortalecemos, de aquí nos
comprometemos.
Hoy, el pensar, el meditar
lenta pero serenamente el Misterio de Cristo, nos tiene que calar muy hondo.
Tiene que entrar en lo más profundo de nuestro ser humano y cristiano. Cristo,
fiel al Padre, viene a cumplir la gran misión, viene a salvarnos, viene a
redimirnos. Él se hace obediente y en ese sacrificio se nos da, por medio de la
resurrección, la vida a todos nosotros.
Cuantas veces celebramos la
Eucaristía, estamos celebrando y repitiendo el único misterio de Cristo, el
sacrificio de Cristo. ¡Cristo, por amor muere en la cruz! ¡Y ninguno de nosotros
tiene derecho a olvidarse con qué cuerpo y con qué sangre fuimos rescatados!
¡Con qué acción, con qué vida! ¡Cristo ha dado la vida por nosotros hasta el
final porque nos ama y nos muestra su Amor!
A nosotros, que nos nutrimos
de Cristo en la Eucaristía, también ella nos lleva a ser fieles como Él, a
vivir de la Eucaristía, a estar en la Eucaristía y a dar la vida por la
Eucaristía. Quien obra de otra manera, ignora. Quien obra de otra manera, no
sabe lo que se pierde. Quien obra de otra manera, no entendió todavía la gran
acción de Cristo cuando se queda en la Eucaristía, anticipando la Pascua y
celebrando la Última Cena. Creo que hoy, cada uno de nosotros, todos consagrados
por el bautismo y los consagrados especialmente, los sacerdotes, el Obispo, que
tenemos la dicha, el regalo inmerecido de perpetuar en su Nombre y en su Persona
el Misterio de la Eucaristía.
¡Cuánto amor, y qué misterio
tan grande tratamos todos los días, cuando celebramos en su nombre la
Eucaristía!
¡Cómo nos tenemos que dejar
contagiar!
¡Cómo nos tenemos que dejar
impregnar!
¡Cómo nos tenemos que dejar
transformar por ese Amor del Señor!
Cuando uno abre su corazón,
cuando uno no vive de memoria, cuando uno no vive de un pasado, cuando uno no
vive de rentas, sino que va actualizando día a día la fuerza indestructible del
amor de Cristo en la Eucaristía, tiene motivos suficientes para vivir en este
hoy como sacerdote de Cristo.
Para Dios y para el pueblo
santo de Dios. Todos ustedes, queridos fieles, con tantos problemas, con tantas
dificultades, con tantas limitaciones, con tantos sufrimientos y tantos dolores
–que también nosotros compartimos con ustedes, y ustedes comparten con nosotros
los nuestros– tenemos que tomar fuerzas del Señor. Y este sufrimiento, si lo
vivimos con fe, tiene un valor extraordinario. Un valor de ofrecimiento. Un
valor de salvación. Un valor de redención. Todo lo que nosotros sufrimos por el
Señor, el Señor lo convierte en una ofrenda eterna.
Es ahí donde nos quedamos,
permanecemos y somos fieles.
Es ahí donde somos los buenos
discípulos del Señor que creemos en Él, que vivimos en Él y le damos todo a Él
ya que todo hemos recibido de Él.
La Eucaristía tiene que ser
fuerza.
Fuerza para vivir.
Fuerza para mantenerse.
Fuerza para resistir.
Fuerza para cuidar la
dignidad que Él nos consiguió en la cruz.
Fuerza para superar el mal y
vivir en el bien sabiendo –como dice San Pablo– que el mal se lo vence con el
bien y nunca el mal será vencido con el mal.
a) Eucaristía recuerdo y
memoria
Cuantas veces nos acercamos
al altar, a la Eucaristía, estamos sabiendo que es el recuerdo y la memoria de
Cristo. Que Él se entregó por nosotros.
b) Eucaristía y presencia
Nos acercamos a la Eucaristía
y sabemos que está su presencia. Él está presente en la Eucaristía realmente,
totalmente. Su alma, su cuerpo, su divinidad, está presente en la Eucaristía.
c) Eucaristía y promesa
Cuando nos acercamos a la
Eucaristía, Él es la promesa: "si ustedes comen mi carne y beben mi sangre,
tendrán la vida eterna." ¡Dios no es falluto! ¡Dios cumple lo que promete!
Cuantas veces nos acercamos a la Eucaristía estamos recibiendo la Vida de Dios
en nuestra pobre vida humana. Pero una vida enaltecida, robustecida, iluminada,
fortalecida y sobre todo entusiasmante para dar testimonio en las cosas
cotidianas, que cada uno de nosotros tiene que hacer, pensar, vivir y obrar.
Queridos hermanos, no nos
podemos acercar a la Eucaristía si tenemos odio, si tenemos rencor. ¡Cómo vamos
a acercarnos al sacramento del amor si seguimos odiando o si seguimos siendo
resentidos, si tenemos frío en nuestro corazón! Tenemos que deponer nuestra
actitud para que el Señor nos colme, nos purifique con su amor en la Eucaristía.
Cuántas veces nos acercamos a
la Eucaristía para tomar fuerzas y para decidirnos. Para comprometernos, para
jugarnos a vivir entre nosotros como hermanos. ¡Sí, como hermanos! No hermanos
de carne y de sangre pero sí de espíritu. Y tenemos que tratarnos como hermanos.
Muchas veces, porque no somos
concientes de la fuerza de la Eucaristía, ¿saben?, no nos tratamos como
hermanos. No nos acompañamos. No compartimos. No nos respetamos. No respetamos
las diferencias que tenemos con los demás. Sí podemos ser diferentes porque
todos y cada uno somos iguales. Y porque somos iguales, podemos ser diferentes.
Muchas veces la Eucaristía no
nos da la fuerza, no porque no la tenga sino porque nosotros no la sabemos
recibir. No nos da la fuerza para vivir en nuestras comunidades como hermanos.
Competimos, nos celamos, nos quedamos con nuestras cosas, no nos alegramos con
las cosas de los otros, no compartimos los dolores, no somos creativos, no nos
adelantamos a las necesidades de los demás. Realmente no sabemos sacar el fruto
del Cristo vivo que está presente en la Eucaristía.
También, acercándonos al
misterio del amor en la Eucaristía, en el altar, pero dándonos a nuestras
realidades cotidianas, no tenemos derecho a no ser personas nuevas. No tenemos
derecho a tener un corazón envejecido. No tenemos derecho a no vivir con la
fuerza que sólo Él nos da y que sólo nosotros podemos recibir.
La Eucaristía nos convierte.
La Eucaristía cambia este
corazón de piedra en un corazón de carne.
La eucaristía nos robustece,
para que podamos vivir como cristianos. ¡La Eucaristía nos robustece para que
podamos vivir como humanos! ¡Porque no hay cristianismo si no hay humanidad! ¡Lo
humano se abre a lo cristiano! ¡Y lo cristiano tiene que estar sostenido por lo
humano!
¡Pero si perdemos alguna de
esas cualidades, todavía no hemos entendido lo que significa el Cristo que es
verdadero Dios y verdadero hombre! ¡No lo hemos entendido porque todavía no nos
hemos dejado amar por Él! ¡Porque si Él nos ama, nos transforma! ¡Cambia nuestra
vida! ¡Cambia nuestra calidad de vida! ¡Cambia nuestras actitudes, nuestros
gestos! ¡Toda nuestra vida tiene que cambiar!
Pensemos bien y dejemos
entrar al Señor. Que entre y ocupe el mejor lugar en nuestra vida: el corazón y
los sentimientos, la inteligencia, la voluntad, la vida entera. ¡Dejémoslo
entrar y no le pongamos límites ni condiciones! Muchas veces decimos "ah sí,
hasta acá pero más no te voy a dar, más no me voy a convertir, más no voy a
cambiar." ¿Cuándo podemos osar a ponerle límites a la gracia de Dios, al amor de
Dios? ¿O no nos damos cuenta que Él, en la Eucaristía, se entregó sin límites? Y
porque se entregó sin límites, se quiso quedar con nosotros en su Eucaristía.
Queridos hermanos, tenemos
todo. Lo tenemos a Él. No nos falta nada. Carencia, sufrimientos, dolores, todo
eso lo tenemos. Pero contamos con su presencia viva en medio de nosotros ¡no lo
hagamos al Señor ser mentiroso! ¡No lo hagamos al Señor ser infecundo! ¡No lo
hagamos al Señor que no tenga fuerza! ¡Nuestras comunidades tienen que ser
comunidades vivas! ¡Nuestros sacerdotes tienen que ser santos y brillantes! ¡La
vida religiosa tiene que ser entusiasmante! ¡Los jóvenes tienen que ser normales
pero sanos y limpios! ¡Y los ancianos tienen que ser sabios y no resentidos! ¡Y
los adultos tienen que crecer y hacer crecer a los demás preparando el futuro
con los buenos criterios del presente!
Queridos hermanos, estamos en
la misión. La misión brota de la comunión. Nuestras comunidades eucarísticas
tienen que ser misioneras. Tenemos que dar razones de nuestra fe a los demás.
Dios vino a romper el vicio de la soledad de los hombres. Vino a romper las
quintas para que podamos vivir en familia, como hijos de Dios y como hermanos
entre todos.
Como hablamos de la
catolicidad, de la universalidad, estamos hablando con el Obispo, con la
Iglesia, con Pedro, bajo Pedro, el Vicario de Cristo, con la Iglesia universal
palpitamos en todas partes y en todo lugar, porque la Iglesia Católica es
universal.
Queridos hermanos, hoy en
esta Eucaristía, démosle gracias al Señor y mirémoslo a Él. Y Él se entregó, por
eso es el Maestro. Recibamos al maestro para que nosotros, sus discípulos,
aprendamos a tener las condiciones, las aptitudes, las actitudes y los gestos
del Maestro. Que no vivió para sí, sino que vivió para hacer la voluntad del
Padre. Que también nosotros lo podamos decir, pero que también lo podamos vivir.
Que la Virgen, Nuestra Señora
de la Asunción, la llena de gracia que ha sido colmada por el Espíritu Santo,
nos ayude a crecer como personas, a madurar como personas y a crecer
fecundamente en las comunidades, en la Iglesia y en el mundo.
Que así sea.