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CORPUS CHRISTI


Homilía de monseñor Carlos María Franzini, obispo de Rafaela en la solemnidad de Corpus Christi
(Catedral de San Rafael, 28 de mayo de 2005)



1. Juan Pablo II, al proponernos este año como Año Internacional de la Eucaristía en su carta Mane nobiscum Domine, nos decía:  “Que este año se viva con particular fervor la solemnidad del Corpus Christi con la tradicional procesión. Que la fe en Dios que, encarnándose, se hizo nuestro compañero de viaje, se proclame por doquier y particularmente por nuestras calles y en nuestras casas, como expresión de nuestro amor agradecido y fuente de inagotable bendición”.


2. Respondiendo a esta propuesta estamos hoy aquí, en la Iglesia Madre de la diócesis, reunidos como pueblo de Dios para celebrar la Pascua de Jesús, actualizada en cada Eucaristía; para reafirmar nuestra fe en la presencia verdadera, real y sustancial del Señor Resucitado en el Santísimo Sacramento del altar; para nutrir en su fuente nuestra comunión eclesial; para ofrecer al mundo (a este mundo concreto rafaelino) un testimonio sencillo pero convencido de que sólo Jesús tiene palabras de Vida Eterna y no tenemos a quién más ir puesto que sólo él es el Pan de Vida, que sacia todas nuestras hambres.


3. Recordamos todavía con emoción y gratitud el acontecimiento de Gracia que fue el Congreso Eucarístico Nacional, celebrado en septiembre del año pasado en Corrientes. La imagen de la Virgen Madre, con rostro correntino, nuestra  Señora de Itatí, aquí presente y que está visitando nuestras comunidades parroquiales nos ayuda a revivirlo y a renovar el compromiso solidario y misionero surgido de aquel acontecimiento.


4. Además nuestra celebración eucarística se realiza en medio del rico proceso de comunión y participación que estamos viviendo como Iglesia particular preparando nuestra próxima Asamblea Diocesana, el lunes 10 de octubre.


5. Con la Iglesia Universal, con la Iglesia en Argentina, la Iglesia de Rafaela vuelve su mirada creyente al Sacramento de nuestra fe, para reconocer en él la fuente de su vida y la cumbre de todo su quehacer pastoral. Volvamos a reconocerlo una vez más, mis hermanos: sin la eucaristía la Iglesia no existe, su vida se diluye, su fecundidad se hace estéril, su presencia en el mundo es irrelevante.


6. Si efectivamente creemos en esta centralidad de la eucaristía, esta fiesta del Corpus Christi nos invita a cuestionarnos sobre su incidencia en la vida personal de cada uno y en la vida de nuestras comunidades. ¿Es la nuestra una vida auténticamente eucarística?; ¿formamos comunidades eucarísticas, esto es que no sólo celebran sino que viven de forma eucarística? Juan Pablo II nos ha dejado hermosas enseñanzas sobre lo que significa una vida eucarística, tanto a nivel personal como comunitario. Quiera Dios que no desaprovechemos este rico magisterio.


7. En modo particular en este Corpus del Año eucarístico quiero invitarlos a revisar nuestra vivencia del domingo, como día del Señor. A este tema me referí en la Carta Pastoral de Cuaresma, pero en el contexto de esta celebración considero necesario insistir en la centralidad del domingo para todo cristiano católico. Gracias a Dios en estos meses se ha dado en nuestra región y en otros puntos del país una saludable reacción para recuperar el sentido primordial del descanso dominical. Pero para nosotros, creyentes, es mucho más que el día de descanso: es el día del Señor, la Pascua semanal, la ocasión privilegiada para manifestar en comunidad que sólo Dios es Dios y sólo a él hay que adorar. Reconozcamos que aún entre nosotros, creyentes, falsos ídolos quieren suplantar al Dios verdadero: el deporte, el consumo, la frivolidad. De ello es expresión la pérdida progresiva del sentido del domingo.


8. No es ésta la oportunidad para desarrollar la riqueza de este tema. Sólo recuerdo que los católicos no vamos a misa el domingo sólo por un precepto que nos obliga gravemente. Lo hacemos porque lo necesitamos y así nutrimos nuestra vida cristiana. Lo hacemos porque queremos manifestar nuestra común pertenencia a la familia de los hijos de Dios que se reúne para alabar al Padre, por el Hijo en el Espíritu. Lo hacemos porque desde allí brota nuestra identidad, se construye la comunión y se impulsa la misión.


9. En su magisterio eucarístico Juan Pablo nos ha hablado mucho de la adoración. También yo les escribía en la Carta Pastoral de Cuaresma: “...Cuando se ama de veras nada suple el deseo de “estar” con el Amado; por ello nuestro deseo de adorar será expresión de nuestro real amor al Señor. El encuentro con su Presencia eucarística será el mejor estímulo para anunciarlo, sobre todo en tiempos de rechazo o indiferencia. Al mismo tiempo la adoración es el camino más directo para la intimidad eucarística de muchos hermanos que por distintos motivos no pueden participar plenamente de la comunión sacramental. El verdadero deseo de estar con él, expresado en los momentos de adoración, crea una singular y misteriosa comunión que sólo el Señor conoce pero que ciertamente nutre la vida de quien lo busca...” A un mundo pragmático y eficientista el adorador le recuerda que el amor siempre es gratuito y se goza con la sola presencia de quien se ama. Por ello una vida genuinamente eucarística busca al Señor en el Sagrario y no esconde su fe en esta misteriosa presencia. Es lo que haremos en pocos minutos al recorrer las calles de la ciudad en actitud creyente y peregrina con el Señor Sacramentado.


10. Por esto me alegra poder anunciarles que nuestra Iglesia Catedral contará en breve con una Capilla para la reserva permanente del Señor Eucarístico. Era una deuda que teníamos con el Señor que –en este año dedicado a él– hemos querido saldar. Dios quiera que muchos acudan a este espacio sagrado destinado a la adoración.


11. Iluminados por la Palabra, el Señor se nos ha hecho compañero de camino. Nos ha ayudado –y lo seguirá haciendo– a desentrañar el sentido de nuestras vidas. Hoy vuelve a dársenos para que lo reconozcamos al partir el Pan. Por eso le decimos: quédate con nosotros, Señor, te necesitamos para vivir en comunión, para crecer en solidaridad, para renovarnos en la misión. Amén.


Mons. Carlos María Franzini, obispo de Rafaela



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