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SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI


Homilía de monseñor Alfonso Delgado, arzobispo de San Juan de Cuyo en la Solemnidad del Corpus Christi, 29 de mayo de 2005


“El que está unido a mí…”


Hoy es el día del Corpus Christi, palabras que significan –literalmente– “el Cuerpo de Cristo”. Se refieren a uno de los más grandes misterios del amor de Dios por los hombres: la Sagrada Eucaristía.

Luego de la multiplicación de los panes y los peces, Jesús anunció: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente…” Ante la sorpresa de todos, aclaró todavía más: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida”.

En la Última Cena, celebrando la pascua judía con sus discípulos, Jesús tomó el pan y la copa de vino y pronunció las misteriosas palabras que se repiten en cada celebración de la Misa: “Tomad y comed, esto es mi Cuerpo…; tomad y bebed, éste es el cáliz de mi sangre de la nueva Alianza…; haced esto en memoria mía”. Es una de las formas más sublimes elegida por Jesucristo para “estar siempre” con nosotros. La celebración de la Eucaristía consiste –precisamente– en hacer nuevamente presente en la Iglesia lo que realizó Jesús y mandó perpetuar a sus apóstoles.

Como el amor es ingenioso, surgió la costumbre de dedicar un día del año a agradecer este regalo de Dios. Este es el sentido de la fiesta del “Corpus Christi”. Ese día, o en su víspera, salimos de nuestros templos con Jesús Sacramentado y lo llevamos en procesión por las calles de las ciudades o de nuestros pueblos para rendirle culto públicamente.

Para la Iglesia, la Eucaristía es el centro de la vida cristiana; es el lugar privilegiado para el encuentro con Jesucristo, en torno al cual se congrega toda la comunidad cristiana.

A los pastores del pueblo de Dios, el Papa Juan Pablo II nos instaba para que, a través de la predicación y de la catequesis, nos esforcemos en dar a la celebración eucarística dominical una nueva fuerza. Se trata, nada menos, de lo que constituye la fuente y culminación de la vida de la Iglesia, de la comunión con el Cuerpo de Cristo, y de la invitación a la solidaridad como expresión del mandato de Jesús: “que se amen los unos a los otros, como yo os he amado”.

El Papa también alentaba a tomar conciencia de este inmenso don, haciendo todo el esfuerzo posible en participar de la Eucaristía, especialmente los domingos y días festivos. La participación consciente y activa hace realidad el sacerdocio común de los fieles recibido en el Bautismo, aunque sea distinto del ministerio sacerdotal.

A los sacerdotes, a su vez, se nos pide que realicemos el mayor esfuerzo para facilitar esta participación y hacerla posible hasta en las comunidades más lejanas. La necesidad de la Eucaristía y la escasez de sacerdotes hacen patente la urgencia de fomentar, entre todos, las vocaciones al sacerdocio.

También recordaba el Papa a toda la Iglesia el profundo lazo existente entre la Eucaristía y la caridad, vínculo que viene desde la primitiva Iglesia cristiana. La participación en la Eucaristía fortalece la acción caritativa de todos, como fruto de la gracia recibida en este sacramento. No es casual que la colecta anual de CARITAS la hagamos –habitualmente– en el día del Corpus Christi.

Como Obispo de la Iglesia Católica, tengo la convicción de que la nueva evangelización que necesita el mundo está muy ligada a una profunda fe en la Eucaristía. “El que está unido a mí, ese da mucho fruto”, decía Jesús. Quizá sea la hora de que los cristianos nos demos cuenta más plenamente de esta profunda verdad.


Mons. Alfonso Delgado,
arzobispo de San Juan de Cuyo



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