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SOLEMNIDAD DEL Corpus CHRISTI


Alocución de monseñor Domingo S. Castagna, arzobispo de Corrientes
Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (29 de mayo de 2005)


Lucas 24, 13-
33



1. Producir un acercamiento.
En el año de la Eucaristía, proféticamente decidido por el inolvidable Papa Juan Pablo II, debe producirse un acercamiento excepcional a Jesucristo Sacramentado. La intención del venerable Pontífice, que animó su extenso pontificado, ha sido la renovación en santidad de la vida de la Iglesia. El actual Pontífice S.S. Benedicto XVI, con su particular impronta carismática, ha recibido el santo legado y ha confirmado su vigencia. La fuente bíblica inspiradora es el pasaje de los discípulos de Emaús. La Eucaristía es el sacramento de la presencia del Señor haciendo camino con los hombres y mujeres del mundo contemporáneo hasta el momento del ruego insistente de aquellos compañeros de ruta: “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba”.(1) Esa culminación de viaje supone el extenso diálogo de la vida en el que Cristo desarrolla una personal y directa catequesis sobre el Misterio de su Muerte y resurrección. Permanece oculto, como un peregrino ocasional, ilustrando las mentes y disponiendo los corazones de quienes caminan desorientados y tristes. Dios se hace caminante sin hacerse sentir presente y, no obstante, sus simples signos son claros para los “pobres y humildes de corazón”. Nuestro esfuerzo es dejarnos acompañar, escucharlo con atención y no permitirle seguir de largo cuando nuestro propio sendero finaliza.  –“Quédate con nosotros”– es la oración que atrae su propósito de quedarse entre nosotros. No insistirá en irse si sabemos suplicarle que se quede. Si abrimos de par en par la puerta de nuestro corazón y lo invitamos a la mesa de nuestras cosas para que parta el pan y se deje reconocer.


2. Su segura compañía. Hoy celebramos esa permanencia suya. La voz de nuestros sacerdotes repite, en cada Eucaristía: “Quédate con nosotros”. Es preciso que resuene en los diversos senderos hacia Emaús y al partirlo, hecho el Pan del Cielo, lo hagamos tan nuestro que no se sienta obligado a desaparecer.  Respiramos una soledad angustiante en medio de la muchedumbre tumultuosa y desorientada. Su compañía puede quedar encubierta o pasar desapercibida. Devolverle la atención, excluyéndola del tumulto opaco de las infinitas ofertas de la mediocridad prevalente, es más que imperioso. Para ello se requerirá el silencio de los olvidados, de los enfermos y de los contemplativos. Vueltos a Él hallaremos lo “único necesario”. De esa manera recuperaremos la salud espiritual inexplicablemente al borde de la muerte. De la experiencia fuerte de su acompañamiento debiéramos llegar a la misma comprobación que aquellos discípulos: “¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?”.(2) Los orantes de todos los tiempos, aún en medio del bullicio ensordecedor, pudieron experimentar el ardor de su presencia y de su palabra. La promoción de la oración, personal y compartida, apunta a escucharlo y a ofrecerle nuestro humilde y generoso hospedaje. No rememoramos un simple hecho histórico. Aquel venturoso acontecimiento se actualiza hoy, siempre que adoptemos idéntica actitud de discípulos. Durante la preparación del Xº Congreso Eucarístico Nacional, celebrado aquí, hemos vivido la experiencia de una atención a la persona de Jesús, sin distracciones. Recuerdo las horas –y medias horas– dedicadas a la fervorosa adoración. Su resultado fue la creación de un clima espiritual admirado por los miles de congresistas y peregrinos.


3- Situación cultural enferma. La Iglesia necesita preferir la adoración a la actividad, la vida al automatismo impersonal, el tiempo dedicado al peregrinaje y al diálogo –con el misterioso Caminante
que a su perezosa pérdida en soledad egoísta. Estas “preferencias” no serán comprendidas por quienes comandan actualmente la sociedad. No es un juicio el que formulamos sino la simple verificación de una situación cultural ambigua o contradictoria; nos bastará encender un televisor, hojear una revista de actualidad o escuchar algunos comentarios periodísticos. El camino de salida exige un esfuerzo doloroso de desprendimiento y de reubicación. La espiritualidad cristiana, centrada en la persona de Cristo, debe ser recuperada desde la serenidad del recogimiento. La Eucaristía, que después de celebrada paseará por nuestras calles, es la respuesta de Dios al sinsabor de los alimentos culturalmente perecederos que condimenta el mundo.  No ofrecemos nada nuestro sino lo que hemos recibido para nuestros hermanos. Guardarlo es perderlo; retenerlo para nuestro provecho es malograrlo. Reducido a la pobreza de la Eucaristía es modelo de nuestra pobreza y misteriosa capacidad de gracia para superar el pecado. Es el secreto de nuestra redención y se hace paciente espera hasta que el Señor vuelva.


4. Su paso entre las casas. Sacar la Eucaristía a la calle, después de haberla celebrado, constituye el mensaje creyente de la Iglesia a un mundo frío por la incredulidad y, no obstante,  inmensamente necesitado. Es gritar a los cuatro vientos que el Señor Salvador está presente para todos y que pasa entre las casas golpeando suavemente cada puerta para despertar de la inconciencia a sus habitantes. Nuestra adoración y serena marcha procesional ofrecen sonoridad al silencioso mensaje. Nuestra personal invitación a que se quede es la mejor catequesis para quienes no saben y son llamados a unirse a sus discípulos. El llamado va dirigido a todos. La historia expone un elenco de personajes, distantes de la vida cristiana, que supieron captar los términos del llamado evangélico y decidir una respuesta generosa. Son quienes reciben el nombre de “convertidos” por causa de su anterior comportamiento. A veces la sorpresa se torna estupor. Verdaderos delincuentes, hombres y mujeres perdidos en la ciénaga de los vicios o adormecidos por la mediocridad, que súbitamente producen un giro completo en sus vidas e inician una etapa de extraordinaria santidad. Son muchos como para considerarlos excepciones o estimarlos como extraños alienígenas. La gracia de Jesucristo, hoy incruentamente inmolado en la Eucaristía, logra ese cambio. Al presentarlo públicamente incluimos nuestra fe en su extraordinario poder.


5. La valentía de no abandonar el camino. Es el momento, así entendido por el Papa Juan Pablo II, de despertar la conciencia de los bautizados como creyentes empeñados en lograr que la historia tome el rumbo de la salvación. Para ello la atención debe estar puesta en el Sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo, signo adoptado misteriosamente en la última Cena. El Señor peregrino, con quienes hacen su camino hacia el Emaús brumoso y lejano –quizás desconocido– hace suya la presencia temporal de sus amigos creyentes, deposita en ellos su palabra y les otorga el valor de no abandonar nunca el camino pedregoso de los hombres. Es una marcha activa, animada por la palabra que enardece el corazón e ilustra la mente. Una marcha en la que el Señor es visto si se cree en Él; en la que se logra el éxito si los acompañados llegan a invitarlo a permanecer con ellos. A eso debemos llegar: que todos, cualquiera sea su distancia de la fe, lo descubran presente, hasta llegar a pronunciar el ruego misterioso: “Quédate con nosotros, Señor”.


Notas:

(1) Lucas 24, 29.

(2) Lucas 24, 32.


Mons. Domingo Salvador Castagna,
arzobispo de Corrientes



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