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SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO


Homilía de monseñor Jorge Casaretto, obispo de San Isidro en la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo (Sábado 28 de mayo de 2005)



La primera lectura nos recuerda que Dios permitió que el pueblo del Antiguo Testamento pasara hambre en el desierto, y dice que Dios quería llegar al corazón de ese pueblo y lo hizo pasar por pruebas para poder estar en el corazón. Por eso cuando llega el Nuevo Testamento, Dios en Jesucristo quiere que esto no sea simplemente una frase sino que se convierta en una realidad, y por eso se queda en la Eucaristía para que nosotros, incluso físicamente, podamos tener la certeza de que Dios llega a nuestro corazón. A medida que pasa el tiempo y cuando nos vamos adentrando más en el misterio de la vida de Jesús, en los misterios de la iglesia, en el gran misterio de la iglesia, nos damos cuenta hasta que punto en la Eucaristía hemos llegado al máximo, que no podemos pasar más allá. En la Eucaristía comienza todo, en la Eucaristía termina todo. Comienza todo nuestro ser cristiano, termina allí toda la vida nuestra y la vida de la iglesia como cristianos. En la Eucaristía se toca el cielo con la tierra. Ese mundo de Dios, esa comunión de los santos, se hace realidad en el corazón de cada uno de nosotros. Esto puede impresionar pero es así, cada vez que comemos de este cuerpo y bebemos de esta sangre, todo el  mundo de Dios entra en nosotros, entramos en comunión con ese mundo, en una comunión profunda de amor. La Eucaristía resume lo que es la vida cristiana porque la vida cristiana es fundamentalmente encarnación y redención, fundamentalmente es eso. Es el Dios trino que en su infinito amor decide que el Hijo se encarne, tome vida entre nosotros, vida humana y nos redima y dé su vida, entregue su cuerpo y derrame su sangre para que nosotros podamos tener su vida, vida de resucitado. Cuando nos adentramos un poco en este misterio, nos quedamos siempre asombrados. Al fin y al cabo Dios podría haber terminado su ciclo con la resurrección y mostrarse resucitado y vuelto junto al Padre y con eso ya estaría como queriendo invitarnos a adherirnos a él. Pero no se conformó, hizo sellar toda esa realidad en un sacramento. Quiso que nosotros pudiéramos estar tan adentro de ese misterio como nunca lo hubiéramos podido imaginar. Por eso en la Eucaristía todo comienza y todo termina, nunca iremos más allá de la Eucaristía, en esta tierra. Por eso, los que podemos, tenemos que vivir cotidianamente la Eucaristía, por eso la iglesia nos invita a que todos los domingos la celebremos con entusiasmo, con devoción, que no vayamos simplemente a cumplir un precepto sino que verdaderamente la vivamos, entremos en el misterio, y a todos aquellos que por distintas razones no pueden acercarse al sacramento, la iglesia los invita a desear profundamente poder recibir este sacramento alguna vez.

Hoy queremos, desde la Eucaristía, desde esta fiesta del Cuerpo y de la Sangre de Jesús, entrar en la dimensión misionera de cada una de las parroquias. Y está bien que este sea el punto de partida. Tuvimos el año pasado la Asamblea Diocesana también en torno de esta fiesta del Cuerpo y de la sangre de Jesús. Hicimos que la Eucaristía fuera el centro de la vida de la diócesis y hoy, desde esta Eucaristía, desde esta Solemne Fiesta del Cuerpo y Sangre de Jesús queremos que todas las parroquias entren en un estado de misión mayor. Todas las parroquias están en estado de misión. La iglesia siempre está en estado de misión porque si no, no sería la iglesia de Jesucristo, no se puede concebir una comunidad que no tenga la entraña misionera, el deseo de comunicar este Jesús del cual esa comunidad vive. Queremos entrar en un tiempo más intenso y por eso también desde aquí lo hacemos, desde esta solemne fiesta. En ella y en este sacramento hacemos memoria, es el memorial, el sacrificio de Cristo, como decíamos recién, el cuerpo de Jesús entregado, de la sangre de Jesús derramada. Hacemos memoria no para quedarnos nostálgicamente y mágicamente en lo que pasó sino para actualizar esa memoria en cada uno de nosotros.

Hoy invitamos entonces, también a las parroquias, a entrar en la memoria, en la memoria misionera. Cada una de esas comunidades tendrá que ir recordando los momentos donde el Espíritu sopló más fuerte, esos hitos que le dieron sentido a la vida de cada comunidad. Queremos que este tiempo de memoria misionera de las parroquias parta de este memorial, del gran misterio de la Redención de Nuestro Señor Jesucristo.

Queremos, tal como la hemos concebido a la  misión, intensificar nuestra actitud contemplativa. Sea notable también en este sacramento. La contemplación que normalmente en la vida cristiana está basada en la Palabra de Dios, en la meditación y en la contemplación, en la reflexión, en el sacar el gusto de todo lo que Jesús dijo, de todo lo que Jesús vivió y que está mostrado en la Palabra, todo lo que vivió la iglesia del Nuevo Testamento, todo lo que vivió ese pueblo del Antiguo Testamento, todo eso que está en la Palabra, queremos que se haga carne  y la Eucaristía permita eso. Permite que todo eso se haga carne. Este sacramento es el único que, después de celebrado su celebración, tenemos un Jesús eucarístico para contemplar. Adorando a Jesús Eucaristía es como que resumimos toda la actitud contemplativa. No solamente comemos ese cuerpo y bebemos esa sangre, también adoramos a ese Jesús en la Eucaristía. Y muchas parroquias, en este último tiempo, han intensificado esta actitud de adoración y de esta manera es como que coronan toda esta dimensión contemplativa que tiene que animar esta misión, este tiempo misionero de cada una de las parroquias.

Decimos también que este Verbo que se hizo carne, esta Palabra que se hizo carne, para entrar en comunión con nosotros y permitirnos a nosotros entrar en comunión con Dios, con todo lo que es el mundo de Dios, con todos los redimidos, con todos aquellos hombres y mujeres que están junto a él, con todos los santos, con todos los ángeles, con toda esa realidad divina. En la Eucaristía entramos en comunión con esa realidad, pero esa comunión, que es personal de cada uno de nosotros, es un signo de lo que Jesús nos está pidiendo, porque estamos en comunión con Dios tenemos que estar en comunión entre nosotros. Tenemos que sellar la vida de nuestras comunidades desde el amor, tiene que ser la caridad de Cristo la que nos apremia para nuestros hermanos que viven el mismo destino eclesial de cada uno de  nosotros. Tenemos que amar más a nuestra iglesia, tenemos que amarla más. La iglesia enfrenta desafíos difíciles y solamente desde el mayor amor vamos a poder responder a esos desafíos. No son solamente las ideas, las ideas son importantes, qué duda cabe, el estudio es importante, qué duda cabe, pero la gran respuesta que la iglesia tiene a los desafíos e interpelaciones del mundo, es la mayor comunión entre sus miembros y el amor desbordante hacia el mundo, al mundo que nos toca vivir. Cuántas veces nos quejamos, cuántas veces aparece la queja como el denominador común de  nuestra realidad en el diálogo  con el mundo. Esto no puede ser, Jesús dio su vida por el mundo, Jesús se entregó en el amor total por los hermanos, solamente amándonos más entre nosotros y amando más al mundo, a todos esos hombres y mujeres que Dios pone delante nuestro, todos esos hombres y mujeres que no tienen la gracia de tener la fe que nosotros tenemos, solamente desde el amor vamos a redimir. Por eso la misión es comunión, es el deseo de llegar a todos, el deseo  que de una u otra manera cada uno de nosotros seamos testigos vivos de este Evangelio de Jesucristo de modo tal que viéndonos la gente tenga ganas de entrar en comunión con Jesús, viéndonos la gente tenga deseos de acercarse más a este Señor que, a través  nuestro, puede interpelar, puede cuestionar, puede permitir que la gente se haga preguntas. Por eso, también este sacramento es proclamación. Cada vez que celebramos la Eucaristía, proclamamos que Jesús murió y resucitó para nuestra salvación. El Espíritu de Dios permite que este signo sea un signo viviente, que sea una proclamación. Por eso los que celebramos la Eucaristía tenemos que convertir nuestra vida en un anuncio. Y por eso la misión es anuncio, es contemplación, es comunión,  es proclamación. La vida de cada uno de nosotros, la vida de las comunidades tendría que ser un gran anuncio y sobre todo, a este mundo que denodadamente esta buscando como un sentido a la vida, este mundo que con tanta fuerza quiere gustar más la vida, a este mundo le tendríamos que proclamar que, el único que trajo vida verdadera, vida abundante es Jesucristo, que en el único contexto que va a encontrar la vida  verdadera, la vida plena, la que permite que no tengamos más sed, más hambre, es la vida de Jesús muerto y resucitado para nuestra salvación.

Queridos amigos, los invito entonces a que todo este tiempo que viene, sea un tiempo de fuerte vida comunitaria, los invito a que preparen bien las asambleas  parroquiales, los invito a que quieran renovar las vidas de sus comunidades desde la contemplación, desde la comunión, desde el anuncio. Que todos amándonos más en el Señor podamos proclamar con fuerza lo que significa el infinito amor de Dios por los hermanos. Y apelamos entonces, también, a María Santísima, nuestra Madre, le pedimos que ella acompañe todos estos esfuerzos que ya están haciendo y que se multiplicarán seguramente en las comunidades en este próximo tiempo.


Mons. Jorge Casaretto,
obispo de San Isidro



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