AICA Documentos - Cardenal Jorge Mario Bergoglio
 

A LOS CATEQUISTAS

 

Carta del cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, a los catequistas (21 de agosto de 2008)

 

“Servidor de Jesucristo, llamado para ser Apóstol,
y elegido para anunciar la Buena Noticia de Dios” (Rom. 1,1).


Querido Catequista:

Cada año, con ocasión de la fiesta de San Pío X suelo escribir a todos los catequistas de la Diócesis, dando gracias a Dios por la entrega de sus vidas y por el don de este Ministerio eclesial.

Hoy lo hago nuevamente, pero de modo más breve y en singular. Es que esta vez quisiera acercarme a vos, muy concretamente, catequista de esta Iglesia de Buenos Aires; a vos que en más de una oportunidad has experimentado la fatiga del corazón, pero no has renunciado a buscar, con tus hermanos, el modo de ser Iglesia hoy en esta gran ciudad.

A vos catequista que en tu encuentro semanal con tantos rostros, que en tu experiencia cercana con tantas realidades cambiantes, le habrás pedido al Señor, muchas veces, luz para encontrar los caminos más adecuados  para ser instrumento fiel en este tiempo de cambio epocal. A vos catequista que, como yo y como Iglesia pobre y renovada por el don de Aparecida, nos reconocemos jaqueados por las dificultades que afrontamos hoy para transmitir la fe de generación en generación.

Pero es justamente en nuestra debilidad donde una vez más se hace presente la grandeza del Señor. Es en nuestra pobreza donde la gracia se hace caricia y desafío. Y esto, lo pudimos apreciar todos los que vivimos el “acontecimiento de gracia” de Aparecida. Fuimos conducidos al “Santuario”, para que la experiencia de la fe de nuestro pueblo, fortaleciera nuestras rodillas vacilantes, para que la crisis de nuestras respuestas y recetas ayudasen a forjar el auténtico discípulo que, conciente de no tener las respuestas, se acerca con mirada humilde al único Maestro y escucha con atención sus palabras.

Por eso te invito a que sigamos santuarizando nuestras comunidades. Necesitamos de la experiencia fundante  de una fe sencilla, que se hace vida y cultura. Tenemos, que habituarnos al infatigable esfuerzo del  discernimiento comunitario que nos ayude a despojarnos de todo aquello que  haga lento, viejo  y pesado nuestro ser discípulos misioneros.

De ahí que te comparta aquello que escribí con motivo de la primera reunión del Consejo Presbiteral de este año. Recibilo con sencillez, como fue pensado, y que nos ayude para ir transitando nuestro camino diocesano.

Que María, nuestra Madre, nos cobije en su manto que asegura la comunión y que el Apóstol Pablo nos ayude a no achicarnos para que podamos hacerle frente a esta encrucijada de la historia con la misma  audacia y fervor misionero de aquél que anunció el evangelio como necesidad imperiosa, no para gloria suya, sino como fruto de una misión que se le había confiado (I Cor 9,16-17).

Te pido que reces por mí. Con todo afecto, que Jesús te bendiga.

 

Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires
Buenos Aires, 21 de agosto de 2008
 

El camino recorrido

Hace  cinco años el encuentro con la realidad particular de nuestra ciudad y sus exigencias,  nos interpeló a buscar “cómo ser hoy Iglesia en Buenos Aires”.  La Asamblea se presentó como  momento eclesial de encuentro en el Señor; un espacio de afirmación de nuestra identidad y de toma de conciencia de nuestra misión en un ámbito de comunión y participación . La vivencia de la Asamblea tenía que reflejar la realidad de la Iglesia en Buenos Aires para ponerla en común y, juntos, encontrar los caminos para seguir andando el sendero iniciado con el Plan de Pastoral Orgánico Arquidiocesano, descubriendo nuevas expresiones de evangelización (1).

Esperábamos y buscábamos, en lo que luego se llamó el estado de asamblea (2), un tiempo para decidir y planificar. Sin embargo el Señor nos fue  llevando con su Espíritu a posar nuestra mirada sobre el santo pueblo de Dios: y ahí reconocimos experiencialmente sus heridas y fragilidades (3) que son también son las nuestras. En la medida que nos involucramos con la vida de nuestro pueblo fiel y sentimos el hondón de sus heridas pudimos mirar el rostro de Cristo, ir a su  Evangelio para rezar, pensar y discernir lo que necesita. No buscando soluciones rápidas y prearmadas, sino dejándonos  iluminar y trasformar por la oración y la confrontación con los otros, permitiendo que sea Dios el que hable y no las recetas ya experimentadas. 

Por las heridas y fragilidades Dios nos habló pidiéndonos la ternura del Padre que sólo podemos brindar en la medida que se renueva y crece nuestro fervor apostólico (4) siendo testimonio vivo del amor de Aquel “que nos amó y nos salvó”. 

La pluralidad de exigencias nos llamó y nos llama a reforzar una identidad eclesial que brote de una mayor comunión que se haga palpable en un estilo común (5), “sean uno para que el mundo crea”, procurando el modo de acoger a todos haciendo de nuestras parroquias, geografías  pastorales, y muy especialmente de las “periferias existenciales nuestra ciudad (6), santuarios (7) donde se experimenta la presencia de Dios que es ternura (8) que vino a nosotros, nos amó y nos salvó (9) y continúa pasando  por nuestra vida y derramando su bendición (10).

La mano providente de Dios quiso que este camino que fuimos haciendo como Iglesia en Buenos Aires nos fuera preparando el corazón para que la respuesta a esa pregunta madrugadora: -¿Cómo ser iglesia en nuestra ciudad?, que en definitiva es descubrir cómo responder a nuestra misión de bautizados, de hijos de Dios- viniera también de la mano de la Iglesia en Aparecida. Nuestro lugar y nuestra tarea son los de discípulos misioneros.

En las inquietudes y búsquedas de Aparecida nos encontramos totalmente identificados, en sintonía y confirmados en el camino.

 

La luz que nos trajo Aparecida

La Iglesia Latinoamericana que se reúne en Aparecida es una Iglesia  consciente de que tiene muchos problemas. Muchos de ellos se repiten y lo descubrimos en nuestra realidad pastoral cotidiana: el crecimiento de los bautizados no acompaña el crecimiento demográfico, año a año muchos fieles abandonan la Iglesia, muchos se van a otros grupos religiosos, nuestras comunidades están lejos de los pobres, hay pocos cristianos en los lugares donde se toman las decisiones que marcan la vida de nuestros países, empobrecimiento y exclusión.

 

Cambio de época

Es un tiempo de cambios (11) que tienen un alcance global (12) con consecuencias en todas las dimensiones de la vida de nuestros pueblos: lo cultural, lo socio-político, lo económico, las ciencias,  la educación… y naturalmente también lo religioso.

Muchas veces al hablar de “época de cambios” decíamos que vivíamos cambios: algunos fuertes, en algunas esferas de la vida de las personas y de los pueblos, pero la matriz social y cultural, los puntos de referencia, permanecían.

En Aparecida la  Iglesia toma conciencia de lo que se venía anunciando desde hace varios años. Lo que estamos viviendo es un “cambio epocal”, lo que está aconteciendo es que cambia  precisamente esa matriz. Los  cambios “no se refieren a los múltiples sentidos parciales que cada uno puede encontrar en las acciones cotidianas que realiza, sino al sentido que da unidad a todo lo que  existe (13).

Lo propio del “cambio de época” es que ya las  cosas no están en su sitio. Lo que antes servía para  explicar el mundo, las relaciones, el bien y el mal, ya parece que no funciona más. La manera de ubicarnos en la historia cambió. Cosas que pensamos que nunca iban a pasar, o que por lo menos  no las íbamos a ver, las estamos viviendo y delante del futuro no nos  animamos ni siquiera a pensar. Probablemente lo que nos parecía normal de la familia, la Iglesia, la sociedad y el mundo, parecería que ya no volverá a ser de ese modo. Lo que vivimos no es algo que ilusoriamente tenemos que esperar que pase para que las cosas vuelvan  a ser como siempre fueron.

Con gran dolor se constata que  la fe, que por más de cinco siglos ha animado  la Iglesia  en  Latinoamérica, ha erosionado (14). Ya no se transmite de generación en generación con la misma fluidez (15). Pero lejos del lamento o la condena de la situación, Aparecida reconoce que no tiene las respuestas a los problemas y por eso es una invitación a discernir con la luz del Espíritu Santo de que manera  ponerse al servicio del Reino en esta realidad (16). Es un acto de profunda humildad el reconocimiento público de no  saber qué es con precisión lo que hay que hacer.

 

La respuesta de Aparecida

Aparecida no nos trae recetas sino unas claves, unos criterios, unas pequeñas grandes certezas para iluminar y sobre todo “encender” el deseo profundo de quitarnos todo ropaje innecesario y volver a las raíces, a lo esencial, a esa actitud que plantó la fe en los comienzos de la Iglesia y después hizo de nuestro continente la tierra de la esperanza. Ante la pregunta: ¿qué es lo que hay que hacer? Aparecida responde: Ser discípulos misioneros en el hoy de nuestro continente. Eso es, en definitiva, el gran objetivo de Aparecida, y lo que nuestro mundo necesita de nosotros. Lo propio del discípulo: la “mirada humilde” y aprendedora (17), la escucha silenciosa y atenta (18). El discípulo  no es Maestro  por eso no sabe lo que tiene que hacer, no tiene respuestas. (19) La Iglesia de Aparecida es comunidad de discípulos  misioneros que quieren escuchar al Señor y escuchar la realidad con humildad para discernir qué es  lo que hay que ser y hacer: “necesitamos hacernos discípulos dóciles, para aprender de Él, en su seguimiento, la dignidad  y la plenitud de la vida”.

Y necesitamos al mismo  tiempo que arda en nosotros el celo apostólico para llevar al corazón de la cultura  de nuestro tiempo “aquel sentido unitario y completo de la vida humana” que sólo Cristo puede dar (20) .

La escucha del Señor también se hace en la escucha  de la realidad con espíritu profético. Ello significa “poner luz sobre modelos antropológicos incompatibles con la  naturaleza y dignidad del hombre” y “presentar la persona humana como el centro de toda la vida social y cultural”: En nuestros días, hacer este anuncio integralmente exige espíritu profético y coraje.

La realidad se presenta complicada y desconcertante, pero los cristianos tenemos que vivirla como discípulos del Maestro. No podemos ser observadores asépticos e imparciales, sino hombres y mujeres apasionados por el Reino, deseosos de impregnar todas las estructuras de la sociedad de una Vida, un Amor que hemos conocido.

Ese Amor nos hace vivir  abundantemente, como dijo el Papa en el Discurso Inaugural: es “lo mejor que nos pasó en la  vida”, es lo que tenemos para  ofrecer al mundo y contrarrestar la cultura de muerte con la cultura cristiana de la vida y la solidaridad (21). Por eso, no podemos mirar la realidad más que en términos de misión.  

 

La Misión como propuesta y desafío

La misión vocación, definitiva de la Iglesia de Jesucristo, es el corazón de Aparecida. No podemos quedarnos en espera pasiva en nuestros templos (22).

Benedicto XVI reafirmó reiteradas veces esta comprensión de la misión como luz de la pastoral ordinaria diciendo que “los verdaderos destinatarios de la actividad misionera del Pueblo de Dios no son sólo los pueblos no cristianos y las tierras lejanas sino también los ámbitos socioculturales y, sobre todo, los corazones”(23). “…los Apóstoles, transformados interiormente el día de Pentecostés por la fuerza del Espíritu Santo, comenzaron a dar testimonio del Señor muerto y resucitado. Desde entonces, la Iglesia prosigue esa misma misión, que constituye para todos los creyentes un compromiso irrenunciable y permanente. Por consiguiente, toda comunidad cristiana está llamada a dar a conocer a Dios, que es Amor (24).” Se trata efectivamente de no ahorrar esfuerzos en la búsqueda de los católicos apartados y de aquellos que poco o nada conocen sobre Jesucristo, a través de una pastoral de acogida” (25).

Al abordar el tema de la Misión permanente y la Misión continental debemos evitar caer en un reduccionismo que lleve a la realización de una Misión programática en la que se concentran durante un tiempo determinado todos los esfuerzos y los mejores recursos en una salida misionera, de modo que cuando concluye todo vuelve a ser igual.

La propuesta de Aparecida es más audaz, va más allá de una misión  programática  aunque no la excluye. La Misión que propone Aparecida no está limitada en el tiempo, sino pensada de forma tal que después que se inicie siga sola, que sea una misión permanente. No se trata de programar una serie de acciones, aunque no lo descarta, sino el comienzo de algo con proyección indeterminada. Podemos entonces, hablar de la Misión permanente y la Misión continental que propone Aparecida como una “Misión paradigmática”. Esto significa tener la misión como una clave de interpretación de toda la acción pastoral, es impulsar fuertemente un proceso pastoral que tiene como característica la dimensión misionera en los ámbitos de la pastoral ordinaria. No es acción misionera ad extra sino ad intra y ad extra continua y permanente.

La misión se convierte en el paradigma de toda acción evangelizadora. “La conversión personal despierta la capacidad de someterlo todo al servicio de la instauración del Reino de vida. Obispos, sacerdotes, diáconos permanentes, consagrados y consagradas, laicos, y laicas, estamos llamados a asumir una actitud de permanente conversión pastoral, que implica escuchar con atención y discernir “lo que el Espíritu está diciendo a las Iglesias” (Ap 2, 29) a través de los signos de los tiempos en los que Dios se manifiesta”. (26)

            El párroco “debe ser un ardoroso misionero que vive el constante anhelo de buscar a los alejados y no se contenta con la simple administración” (27). El amor de Cristo, de hecho, viene comunicado a los hermanos con ejemplos y palabras; con toda la vida. “La vocación especial de los misioneros ad vitam  conserva toda su validez: representa el paradigma del compromiso misionero de la Iglesia, que siempre necesita donaciones radicales y totales, impulsos nuevos y valientes” (28).

Esta clave de interpretación, por ejemplo, hace que no se piense solamente en misionar para que se acerquen más personas a la catequesis o a los sacramentos sino que nos desafía a repensar la realidad catequística y sacramental desde una perspectiva misionera.

En el espíritu de Aparecida implicará también encaminar todo el quehacer evangelizador de nuestra Iglesia en el marco de una Pastoral de Conjunto donde obispos, sacerdotes, religiosos, laicos, organismos y asociaciones trabajemos corresponsablemente en la formación de comunidades discipulares misioneras y servidoras comprometidas a llevar  con pasión el anuncio del Evangelio a todos los hombres.

La propuesta de una pastoral en clave Misionera  surge de la necesidad de una nueva relación con los que están "fuera", es decir, los no creyentes, los alejados, los no practicantes, las nuevas culturas, etc. que constituyen el lugar prioritario de la misión. Hombres y mujeres que muchas veces comparten las mismas celebraciones, viven en un mismo barrio, trabajan en un mismo lugar y caminan por una misma ciudad.

Esta realidad designa no sólo a  los no bautizados o a aquellos que no han recibido todavía el misterio del Reino, sino que incluye, de hecho, a todos aquellos para los que los misterios del Reino de Dios y la Iglesia son todavía algo exterior, en los que no se participa desde dentro, con los que no se identifica hasta el punto de que todo parece lejano, desconocido o sin valor, “caminar juntos, contar persona a persona, cuerpo a cuerpo, con la voz, con las manos y con el corazón, que Jesucristo es el Señor” (29).

Una pastoral en clave de Misión pretende sencillamente abandonar el cómodo criterio pastoral del "siempre se ha hecho así ", salir de la repetición mecánica, superar la improvisación y la rutina, dejar de dar respuestas estereotipadas a preguntas que nadie se hace, construir un proyecto válido de misión permanente, ordenando en función de este proyecto las actividades de los agentes de pastoral, partiendo de la realidad, valorando los recursos humanos y materiales y teniendo muy en cuenta la medida del tiempo para proponerse objetivos concretos a corto, mediano y largo plazo.

Por lo tanto, el sentido misionero deberá  animar todas las programaciones pastorales y acciones de la pastoral ordinaria intentando seriamente llegar a todos en sus propios lugares y en su estilo de vida. 

 

Conversión pastoral

         Para promover una pastoral en clave misionera es necesario estar dispuestos a una conversión pastoral que implica un cambio de mentalidad, de actitudes y de conductas; para lo cual es necesaria una perseverante docilidad al Espíritu que transforma los corazones y convierte a las comunidades en signos elocuentes de una forma diferente de pensar y de vivir. “La conversión pastoral de nuestras comunidades exige que se pase de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera […] haciendo que la Iglesia se manifieste como una madre que sale al encuentro, una casa acogedora, una escuela permanente de comunión misionera (30).

El complejo fenómeno de la globalización, los cambios culturales acelerados, la gran influencia de los medios de comunicación y los múltiples retos que afronta la sociedad en todos los ámbitos, son un desafío a su creatividad pastoral, a su sensibilidad de creyentes y a su espíritu misionero. Por eso se siente la urgencia de un giro decidido hacia una nueva orientación pastoral, animada por una verdadera conversión pastoral.

La experiencia de conversión está en el centro de la vida y espiritualidad cristiana.  Es una experiencia: teórica que compromete nuestra inteligencia, relacional porque involucra nuestra vida afectiva, práctica porque nos da una fisonomía moral determinada y espiritual porque hace a nuestra relación con Jesucristo. Una transformación de la acción pastoral y una consecuente acción pastoral transformadora sólo podrá producirse cuando haya sido mediada por la transformación interior de los agentes de pastoral y miembros de la comunidad que la componen.

La conversión pastoral se vive cuando las “transformaciones sociales y culturales representan naturalmente nuevos desafíos para la Iglesia en su misión de construir el Reino de Dios. De allí nace  la necesidad, en fidelidad al Espíritu Santo que la conduce, de una renovación eclesial, que implica reformas espirituales, pastorales y también institucionales.” (31). Todas las estructuras de comunión de la Iglesia requieren esa conversión, desde las pequeñas comunidades y las parroquias a las diócesis y sus estructuras pastorales. Y además todos los lugares donde se puede dar el encuentro con el Señor: familias, movimientos, colegios y universidades.  “Esta firme decisión misionera debe impregnar todas las estructuras eclesiales y todos los planes pastorales de diócesis, parroquias, comunidades religiosas, movimientos y de cualquier institución de la Iglesia. Ninguna comunidad debe excusarse de entrar decididamente, con todas sus fuerzas, en los procesos constantes de renovación misionera, y de abandonar las estructuras caducas que ya no favorezcan la transmisión de la fe. (32)”.

La conversión pastoral es un proceso pascual de muerte y resurrección, de fe incondicional  y esperanza inquebrantable en el Dios de Vida. Donde hay conversión podemos tener la certeza que Espíritu está animando la marcha de la Iglesia que, con audacia, se hace capaz de cambiar su rumbo para ir asumiendo las opciones que permiten una experiencia y vivencia cada vez más profunda del Reino de Dios. “Para convertirnos en una Iglesia llena de ímpetu y audacia evangelizadora, tenemos que ser de nuevo evangelizados y fieles discípulos […] No hemos de dar nada por presupuesto y descontado. Todos los bautizados estamos llamados a ‘recomenzar desde Cristo’, a reconocer y seguir su Presencia con la misma realidad y novedad, el mismo poder de afecto, persuasión y esperanza, que tuvo su encuentro con los primeros discípulos” (33). Porque “el seguimiento es fruto de una fascinación que responde al deseo de realización humana, al deseo de vida plena” (34).

Que todos nos sintamos fascinados, atraídos y apremiados por el amor de Cristo (35) y podamos decir con San Pablo ¡”Ay de mí si no evangelizo”! (36). La Madre del Señor, que experimentó la peculiar fatiga del corazón (37), nos acompañe y sostenga en nuestras fatigas cotidianas y nos obtenga la gracia de la audacia evangelizadora, el fervor apostólico y la constancia misionera.

 

Notas:

(1)   Año 2004

(2)   Año 2005

(3)   Año 2003

(4)   Año 2004

(5)   Año 2006

(6)   Año 2006

(7)   Año 2006

(8)   Años 2005/06/07

(9)   Años 2006/07/08

(10) Año 2008

(11) DA 33

(12) DA 34

(13) DA 37

(14) DA 38

(15) DA 39

(16) DA 33

(17) DA 36

(18) DA 36

(19) hay que dejar que la realidad surja del pueblo fiel de Dios, tanto en la preparación como en la elección del método no habrá condicionamientos previos. Se irán recogiendo los diversos aportes que inspire el Espíritu a las personas, a los diversos grupos parroquiales, movimientos apostólicos, y bautizados que no pertenecen a ninguna institución. Y el servicio del obispo consistirá en armonizar esos aportes. Armonizar con la fuerza del Espíritu Santo, no con pre-concepciones funcionales, sino con el Espíritu, puesto que “Ipse est harmonia”  J. Bergoglio  2004

(20) DA 41

(21) DA 480

(22) DA 548

(23) Benedicto XVI, Discurso a las Obras Misionales Pontificias del 05/05/2007.

(24) Mensaje del S.S. Benedicto XVI para la jornada mundial de las misiones. "La caridad, alma de la misión”

(25) Encuentro del Pontífice con la comunidad católica de Brasil. 

(26) DA 366

(27) DA 201

(28) Redemptoris missio, 66

(29) J. Bergoglio: Jornada preasamblea Junio 2005

(30) DA 370

(31) DA 367

(32) DA 365

(33) DA 549

(34) DA 277

(35) 2 Cor. 5, 14

(36) 1 Cor. 9, 16

(37) Redempt. Mater. 17

 

Apéndice

Algunas pistas que podemos tener en cuenta

”Una Iglesia en clave misionera vive una constante conversión pastoral que lleva a asumir nuevas actitudes y formas de evangelización.

  • Vive la pasión por el Reino como centro de la vida y acción eclesial.

  • Evangeliza y es evangelizada constantemente desde el anuncio del Kerigma.

  • Se sostiene por Palabra y apunta al encuentro con  Jesús que lleva al cambio personal y a la creación de certezas profundas que iluminan tanto la vida personal como social.

  • Anuncia de modo directo y directo a Jesús

  • Reformula las estructuras eclesiales y los planes pastorales de acuerdo a esta nueva clave de interpretación.

  • Ofrece antes de exigir,  no condiciona sino que presenta creativamente nuevas posibilidades y opciones.

  • Discierne los signos de los tiempos y no da nada por supuesto.

  • Supera la desesperanza del “siempre se hizo así” y del “no se puede hacer nada”.

  • Asume la realidad tal como se presenta sin pruritos ni prejuicios.

  • Vive la acción pastoral con corazón samaritano que va al encuentro del hermano necesitado, del que se ha ido, del que no está.

  • Crea servicios que lleguen a los excluidos para hacer de la Iglesia “Casa y escuela de Comunión”.

  • Tiende por todos los medios a una ser un  Iglesia de puertas abiertas.

  • La identidad de sus miembros se verifica con el discipulado y la misión.

  • Realiza un proceso que lleva a la parroquia a ubicarse como comunidad de comunidades y porción de una Iglesia más amplia.

  • Experimenta la Misión como tarea de todos y expresión viva de la fe.

Esta nueva perspectiva supone una mística, certezas y opciones

  • Evangelizar es “hacer discípulos” no adherentes.

  • El discípulo vive una relación profunda con el Maestro, no sólo formal. 

  • Esta relación lleva a seguir a Jesús haciendo nuestro su estilo de vida.

  • La escucha orante de la Palabra alimenta el seguimiento de Jesús.

  • La oración es el lugar de la intimidad con Jesús y de encuentro intercesor por los hermanos.

  • La Misión es la razón de ser del discípulo.

  • La parroquia es “casa y escuela de comunión, de participación y solidaridad”. 

  • La parroquia se convierte en lugar de misión que afecta a toda la vida social de barrio.

Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires

Buenos Aires, 15 de abril de 2008

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