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mensaje a las
comunidades educativas
Mensaje del cardenal Jorge Mario
Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, a las Comunidades Educativas
(23 de abril de 2008)
Queridos
educadores:
Como todos los
años, me dirijo a ustedes para alentarlos en esta tarea grande, a la
que han sido llamados y convocados. Mis palabras de pastor intentan
acompañarlos, animarlos en su quehacer cotidiano, y fortalecer todo
brote de vida proyectado como crecimiento para este año 2008 que
comienza.
Educar es una
de las artes más apasionantes de la existencia, y requiere
permanentemente ampliar horizontes, recomenzar y ponerse en camino
de modo renovado. Además nos cuestionan todos los días las
necesidades de un mundo cambiante y acelerado. Hay que vencer el
cansancio, superar malestares, medir las fuerzas ante el desgaste
del trabajo. Necesitamos el bálsamo de la esperanza para continuar;
y la unción de la sabiduría, para restaurarnos en una novedad que
asuma lo mejor de nuestra tradición, y para saber reconocer aquello
que hay que cambiar, que merece ser criticado o abandonado.
El tiempo nos
hace humildes, pero también sabios, si nos abrimos al don de
integrar pasado, presente y futuro en un servicio común a nuestros
chicos. Espero, yo también, que estas palabras cumplan con ese
objetivo.
I. SE ASUME
EL CAMINO AL ANDAR
Homo viator
La humanidad
siempre concibió la vida como un camino; al hombre como un caminante
que, cuando nace se pone en marcha y, a lo largo de su existencia,
se encuentra con personas o situaciones que lo vuelven a poner en
camino (a veces con una misión, otras con una crisis). En la Biblia
esta realidad es constante: Abraham es llamado a permanecer en el
camino “sin saber adonde iba”; el pueblo de Dios se pone en camino
para liberarse de los egipcios. Así también en la historia o la
mitología de otros pueblos: Eneas, ante la destrucción de Troya,
supera la tentación de quedarse a reconstruir la ciudad y, tomando a
su padre a babuchas, emprende la subida al monte cuyo fin será la
fundación de Roma. Otros relatos mitológicos muestran el camino
humano como el retorno al hogar, a la pertenencia primigenia. Así el
caso de Ulises o lo expresado tan poéticamente por Hölderlin en su
Oda sobre el retorno al hogar. Tolkien, en la literatura
contemporánea, retoma en Bilbo y en Frodo la imagen del hombre que
es llamado a caminar y sus héroes conocen y actúan, caminando, el
drama que se libra entre el bien y el mal. El “hombre en camino”
conlleva una dimensión de esperanza; “entrar” en esperanza. En toda
historia y mitología humana se subraya el hecho de que el hombre no
es un ser quieto, estancado, sino “en camino”, llamado, “vocado” -de
aquí el término vocación- y cuando no entra en esta dinámica
entonces se anula como persona o se corrompe. Más aún, el ponerse en
camino se enraiza en una inquietud interior que impulsa al hombre a
“salir de sí”, a experimentar el “éxodo de sí mismo”. Hay algo fuera
de y en nosotros que nos
llama a realizar el camino. Salir, andar, llevar a cabo, aceptar la
intemperie y renunciar al cobijo… éste es el camino.
Caminar es ya,
de alguna manera, “entrar” en una esperanza viva. Así como la
verdad, la esperanza es algo en lo que debemos aprender a
hospedarnos, un don que nos mueve a caminar, y que más allá de todo
desaliento ante tanto mal en el mundo, nos invita a creer que cada
día traerá el pan necesario para la subsistencia.
Caminar en
esperanza es tener certeza de que el Padre nos dará lo necesario. Es
la confianza en el don, más allá de toda calamidad o desgracia.
Jesús, en la oración del Padre Nuestro, expresa esta
confianza primordial, que encuentra su representación en los lirios
del campo y en los pájaros del cielo. Caminar y esperar se
convierten así, de algún modo, en sinónimos. Podemos caminar porque
tenemos esperanza. El hacer camino se vuelve la imagen visible del
hombre que ha aprendido a esperar en su corazón. Caminar, sin
detenerse o extraviarse, es el fruto tangible de la esperanza. No
por nada el Papa nos invita, en su última encíclica Spe Salvi,
a colocarnos de nuevo ante la pregunta ¿Qué podemos esperar? y esto,
según nos advierte Benedicto, “hace necesaria una autocrítica de la
edad moderna en el diálogo con el cristianismo y con su concepción
de la esperanza. En este diálogo, los cristianos, en el contexto de
sus conocimientos y experiencias, tienen que aprender de nuevo en
qué consiste realmente su esperanza, qué tienen que ofrecer al mundo
y qué es, por el contrario, lo que no pueden ofrecer” (cf. 22).
La tentación es
una invitación a detener la marcha, a des-esperar. ¿Cómo no caer,
cuando ya han caído tantas y tantas utopías en este postmoderno
comenzar de un siglo de más guerra y más desigualdad? La tentación
es seria, y su posibilidad real la conoce todo aquel que
valientemente ha volcado su corazón y emprendido un actuar decidido
en la búsqueda de una verdad o de una justicia. Sólo éste sabe lo
arduo y profundamente problemático de su anhelo y conoce el
tristemente dulce y persistente canto de las sirenas del desaliento,
que invitan a la huída cobarde de nuestra responsabilidad histórica.
Todo educador, muchas veces siente que debe enfrentar cada día una
doble desautorización: la de una sociedad que no lo respalda ni lo
jerarquiza socialmente –negándole, muchas veces por falta de insumos
o por dilapidar lo con esfuerzo construye en el aula, la posibilidad
real de educar-, y la de unos padres que no le otorgan el debido
aval ni reconocimiento a su tarea primordial –llegando a
desautorizarlo frente a los hijos-, todo educador, repito, está
particularmente tentado a desesperar.
Por eso los
invito nuevamente, queridos docentes, como ya lo hice en el año
2000, a permanecer firmes en la esperanza a la que han sido llamados
en su tarea educativa fundamental y fundante. En aquel momento les
recordaba la preeminencia y urgencia del tema. Los invitaba a
reflexionar sobre la esperanza, “pero no sobre una esperanza “light”
o desvitalizada, separada del drama de la existencia humana”.
“Interroguemos a la esperanza” –les decía- “a partir de los
problemas más hondos que nos aquejan y que constituyen nuestra lucha
cotidiana, en nuestra tarea educativa, en nuestra convivencia y en
nuestra misma interioridad”. Hoy, ocho años después, estoy todavía
más convencido de que es ella, “la pequeña esperanza”, la que nos
aportará “sentido y sustancia a nuestros compromisos y
emprendimientos para afrontar la responsabilidad de educar a las
jóvenes generaciones, y de asumir aun aquello que llevamos con
dificultad, casi como una cruz”.
II. CON EL
CORAZÓN INQUIETO
En la
experiencia pedagógica cotidiana constatamos que los “chicos son
inquietos”. Esta expresión entraña diversos significados. En un
plano más superficial la asimilamos a lo disciplinar: los chicos
hacen lío y entonces pensamos en medidas que encorseten la
espontaneidad vital de los alumnos. Hay que poner límites, todos
estamos de acuerdo, pero que no sean impedimento para el desarrollo
de aquella otra inquietud que pone en camino, ahogando la esperanza.
Lo disciplinar
es un medio, un re-medio necesario al servicio de la educación
integral, pero no puede convertirse en una mutilación del deseo, así
como lo entiende San Agustín, no como tendencia a la posesión, sino
como el que “hace espacio”. El deseo se contrapone a la necesidad.
Ésta cesa al ser colmada la carencia; el deseo –en cambio- es
presencia de un bien positivo y siempre se acrecienta, se
instrumenta, pone en movimiento a “más”. El deseo de la verdad
procede “de encuentro en encuentro”, lo disciplinar no debe cortar
las alas de la imaginación, de la sana fantasía o de la creatividad.
Planteo el problema: ¿Cómo integrar disciplina con inquietud
interior? ¿Cómo hacer para que la disciplina sea límite constructivo
del camino que tiene que emprender un niño y no un muro que lo anule
o una dimensión de la educación que lo castre? Queremos chicos
“quietos” puede decir un educador behavorista… pero yo los quiero
“inquietos” en su ansia, en sus planteos, responderá un humanista.
Un chico “inquieto” en este último sentido es un chico sensible a
los estímulos del mundo y de la sociedad, uno que se abre a las
crisis a las que la vida lo va sometiendo, uno que se rebela contra
los límites pero, por otro lado, los reclama y los acepta (no sin
dolor) si son justos. Uno no conformista con los clichés culturales
que le propone la sociedad mundana; un chico que quiere aprender a
discutir… y así podríamos seguir.
Queridos
educadores, para que la disciplina adquiera este sello de la
libertad es necesario un docente que sepa leer la inquietud como
lenguaje, desde la búsqueda que implica el movimiento físico, el
no estarse nunca quieto, pasando por la del preguntar permanente,
hasta la del adolescente que todo lo cuestiona y replica, inquieto
por otra respuesta.
Este hecho
pedagógico nos hace volver al planteo original: el hombre en camino,
esperanzado y amasando su destino, y el drama del hombre quieto, el
“instalado”. Es interesante pensar que esta palabra deriva del latín
“stabulum”, establo, lugar donde están los animales. Los sistemas
mundanos buscan “aquietar” al hombre, anestesiarle el ansia de
ponerse en camino, con propuestas de posesión y consumo; un consumo
abierto permanentemente a últimas novedades que parecen
indispensables y, de esta manera, lo aliena de la posibilidad de
reconocer y orientarse por el ansia más fontal del corazón. Llama la
atención la gran cantidad de “alibis” que re-elaboran el ansia
interior de ponerse en marcha y ofrecen una paz aparente. La
tradición cristiana, desde los primeros siglos, describe estos
“alibi” como estados del alma que privan de la libertad, que
esclavizan, y los denomina “pecados capitales”: gula, lujuria,
avaricia, ira, envidia, tristeza, acedia, vanagloria, soberbia. Se
trata de cepos del alma que impiden
caminar hacia horizontes de libertad, que someten al corazón y le
ofrecen un cierto bienestar quietista, tranquilo o, a veces, de
intranquilidad controlable. Cuando estos “alibi” se enraízan en el
corazón le van quitando libertad, lo hacen conformista o lo enredan
en problemáticas existenciales de superficie. Son trabas a la
búsqueda interior. Tales “alibi” supletorios, que se repiten y
multiplican de manera tan persistente, ciertamente son una coartada,
un refugio que esconde otra cosa: el miedo a la libertad, el miedo a
perseverar en el camino. En esta realidad de los “alibi” me llama la
atención cómo, a lo largo de la historia y también actualmente, se
multiplican los fundamentalismos. En el fondo se trata de sistemas
de pensamiento y de conducta bien ensamblados, que sirven de
refugio. El fundamentalismo se organiza por la rigidez de un
pensamiento único, en el que la persona queda protegida de planteos
desestabilizadores (y de crisis) a cambio de cierto quietismo
existencial. El fundamentalismo no admite matices o replanteos
simplemente porque tiene miedo, y –en concreto- tiene miedo a la
verdad. Quien se refugia en el fundamentalismo es una persona que
tiene miedo de ponerse en camino para buscar la verdad. Ya “tiene”
la verdad, ya la adquirió y la instrumentaliza como defensa, pues
llega a vivir cualquier cuestionamiento como agresión a su persona.
Nuestra
relación con la verdad no es estática pues la Verdad Suma es
infinita y siempre se la puede conocer más, siempre hemos de
adentrarnos en ella. A los cristianos, el Apóstol Pedro nos pide que
sepamos “dar razón” de nuestra esperanza; es que la verdad en la que
andamos nuestra existencia debe abrirse al diálogo, a la recepción
de las dificultades que, sobre ella, tengan los demás o nos planteen
las circunstancias. La verdad siempre es “razonable” aunque yo no lo
sea, y el desafío consiste en mantenerse abierto al punto de vista
del otro, y a no hacer del nuestro afincada totalidad. Diálogo no
significa relativismo sino que es un “logos” que se comparte, es
razón que se sirve en el amor, para juntos construir una realidad
cada vez más liberadora. En este círculo enriquecedor, el diálogo
devela la verdad, y la verdad se nutre del diálogo. La escucha
atenta, el silencio respetuoso, la empatía sincera, la auténtica
puesta a disposición de lo extraño y ajeno, son virtudes esenciales
a desarrollar y transmitir en el mundo de hoy. Dios mismo nos invita
al diálogo, nos llama y convoca a través de su Palabra, ésa que
abandonó todo nido y guarida, al hacerse hombre.
Aparecen aquí
tres dimensiones que se interrelacionan, una dialogal entre la
persona y Dios –ésa que los cristianos llamamos oración-, otra con
las personas y las circunstancias y una tercera, dialogal con
nosotros mismos. A través de estas tres dimensiones la verdad crece,
se consolida y se dilata en el tiempo. Entrar en este proceso
implica no tener miedo a buscar la verdad.
Frente a tantos
cobertizos y refugios sociales y culturales que cobijan y paralizan
en la búsqueda de la Verdad y camuflan el temor a buscar la verdad
en un “modus vivendi”, uno pregunta: ¿Cómo enseñar a nuestros
alumnos a no temer la búsqueda de la verdad? ¿cómo educarlos en la
libertad, a veces dolorosa, del camino de la humanidad que busca la
Verdad y, encomendarles, desde allí, seguir caminando para seguir
buscándola? ¿Cómo formar hombres y mujeres libres en el camino de la
existencia, que no terminen atrapados en las mil y una formas de
conformismos paralizantes, o cautivados por predicadores de
pensamientos cerrados, únicos, propios del fundamentalismo? ¿Cómo
lograr que nuestros chicos “inquietos” en la indisciplina terminen
siendo “inquietos” en la búsqueda? ¿Cómo ayudarlos a entrar en la
esperanza y, sobre todo, a permanecer en ella?.
III LA
VERDAD LOS HARÁ LIBRES
Y es aquí donde
debemos preguntarnos: ¿Qué entendemos por verdad? Buscar la verdad
difiere de encontrar formulaciones que pueda poseer y manejar a mi
antojo. En este camino de búsqueda se empeña toda la personalidad,
la existencia; es un camino que fundamentalmente entraña humildad.
En el convencimiento de que uno no se basta a sí mismo y que resulta
deshumanizante usar a los demás para bastarse, la búsqueda de la
verdad emprende ese laborioso camino, tantas veces artesanal, del
corazón humilde que no acepta saciar su sed con aguas estancadas. La
“posesión” de la verdad de tipo fundamentalista carece de humildad:
pretende imponerse a los demás en un gesto que, en sí mismo, es
autodefensivo. La búsqueda de la verdad no aplaca la sed que
despierta. La conciencia de la “sabia ignorancia” va recomenzando
continuamente el camino. “Sabia ignorancia” que, con la experiencia
de la vida, se volverá “docta”. Podemos afirmar a esta altura sin
temor que a la verdad no se la tiene, no se la posee… se la
encuentra. Para poder ser
aquella que anhela, la deseada, debe dejar de ser aquella que se
puede poseer. La verdad se abre, se devela a quien –a su vez- se
abre a ella. Verdad, precisamente, en su acepción griega, -aletheia-
tiene que ver con lo que se manifiesta, lo que se devela, lo que se
hace patente por su aparición milagrosa y gratuita. La acepción
hebrea, por el contrario, con su vocablo “emet”, une el
sentido de lo verdadero con lo cierto, lo firme, lo que no engaña ni
defrauda. La verdad, entonces, tiene
ese doble componente, es la manifestación de la esencia de las cosas
y las personas, que al abrir su intimidad nos regalan la certeza de
su verdad, la confiable evidencia que nos invita a creer en ellas.
Esta certidumbre es humilde, porque simplemente “deja ser” al otro
en su manifestación, y no lo somete a propias exigencias o
imposiciones. Esta es la primera justicia que debemos a los demás y
a nosotros mismos, aceptar la verdad de lo que somos, decir la
verdad de lo que pensamos. Y, además, es un acto de amor. Nada se
construye sobre el silenciamiento o la negación de la verdad.
Nuestra dolorosa historia política ha pretendido muchas veces este
acallamiento. El uso de eufemismos verbales muchas veces nos ha
anestesiado o adormecido frente a ella. Pero ya es tiempo de volver
a hermanar, de religar una verdad que debe ser proféticamente
proclamada con una justicia auténticamente restablecida. La justicia
sólo amanece cuando se ha puesto nombre, a aquellos hechos en los
cuales nos hemos engañado y traicionado en nuestro destino
histórico. Y al hacerlo legamos uno de los principales servicios de
responsabilidad para con las próximas generaciones.
Tengamos en
cuenta que a la verdad no se la encuentra sola. Junto a ella están
la bondad y la belleza. O mejor dicho, la Verdad es buena y bella.
“Una verdad no del todo buena esconde siempre una bondad no
verdadera” decía un pensador argentino. Insisto en que las tres van
juntas y no es posible buscarlas ni encontrarlas a la una sin las
otras. Realidad bien distinta de la suficiente “posesión de la
verdad” pretendida por los fundamentalismos: allí valen las
formulaciones por sí mismas, vacías de bondad y belleza, que incluso
llegan a imponerse a los demás con agresividad y violencia, haciendo
daño y conspirando contra la vida misma. ¿Cómo hacer que nuestros
alumnos busquen y encuentren la Verdad en la Bondad y la Belleza?
¿Cómo fundar la esperanza en el bien que el conocimiento de la
verdad nos acarrea, sabiendo que hay verdades que convocan al hombre
entero, no sólo a su intelecto? ¿Cómo enseñar a percibir la belleza,
a hacer experiencias auténticamente estéticas, ésas que marcan hitos
revelando sentido en nuestra vida? ¿Cómo enseñar a recibir la bondad
que el ser derrocha sin miedo y a descubrir el amor en su gratuidad?
La ilusión
enciclopedista puede, todavía, jugarnos una mala pasada, cuando
confundimos la búsqueda de la Verdad con el esfuerzo por “saber
cosas”. La simple información roza apenas la superficie de las cosas
y la del alma. Es parecida a ese “alibi” que los primeros cristianos
describían como la parte activa de la pereza: mucho movimiento en la
superficie pero no se mueve ni conmueve la profundidad del
pensamiento. En esta ilusión enciclopedista radica la dimensión
funcionalista de la acción que, en vez de transformar las
estructuras, se conforma con ordenarlas. Es la fantasía de los solos
organigramas. Recuerdo la repetida historia de nuestras reformas
educativas que nunca se preguntan por lo esencial y en consecuencia,
nada cambian. La realidad, desde esta perspectiva, a lo más, sufre
ser ordenada. La bondad y la belleza
entonces sólo se expresan en el diseño de la funcionalidad. El
equilibrio gnóstico subyacente es fascinante, a
veces sólo un equilibrio conceptual, otras, también formal.
El enciclopedismo cree que basta con construir y explicar los
contenidos, los conceptos y las disciplinas, es cultor de considerar
a éstos como suficientes en su desenvolvimiento y en su
autointerpretación, cae en la ingenuidad de soñar con una
hermenéutica aséptica. Y ésta no existe. El “contenido” de un
concepto está en íntima relación con la expresión que lo contiene,
con el “continente”. Ya aquí hay hermenéutica.
Así como
verdad, bondad y belleza van juntas y nuestro encuentro con ellas
siempre será insuficiente e inaugural, lo mismo sucede en el proceso
educativo: no bastan los contenidos solos sino que han de ser
asimilados junto con valoraciones y hábitos, junto al
deslumbramiento ante ciertas experiencias. En el diálogo con el
educando el contenido resplandece y así provoca o transmite un valor
y finalmente crea un hábito. Por ello, caminar en la búsqueda de la
verdad supone una armonía relacional de contenidos, hábitos,
valoraciones, percepciones, que van más allá del mero “acumular
información” o, si desplazamos el eje central, más allá de la
absolutización del solo valor o de la reducción al hábito (en estos
últimos casos podría darse lugar a las diversas formas de
esteticismos o conductismos).
La belleza –no
como lo lindo o lo simplemente atractivo, sino como aquello que en
su figura sensible nos entrega un fondo maravilloso en su misterio-
presta aquí un servicio inigualable. Al resplandecer en la belleza,
la verdad nos regala en esta luz su claridad lógica. El bien que
aparece como bello trae aparejado consigo la evidencia de su deber
ser realizado. ¡Cuántos racionalismos abstractos, y moralismos
extrinsecistas verían aquí la posibilidad de su curación si se
abrieran a pensar la realidad primero como bella, y sólo después
como buena y verdadera! No me canso de advertir lo que ya les dije
más arriba: las tres van juntas, y separarlas solo ha traído como
consecuencia una falta de unidad entre los contenidos, actitudes y
procedimientos en los cuales muchas veces nos perdemos.
IV. TESTIGOS
DE LA VERDAD
Educar en la
búsqueda de la verdad, entonces, exige un esfuerzo de armonización
entre contenidos, hábitos, y valoraciones; un entramado que crece y
se condiciona juntamente, dando forma a la propia vida. Para lograr
tal armonía no basta la información o la explicación. Lo meramente
descriptivo o explicativo aquí no lo dice todo, si está solo se
esfuma. Es necesario ofrecer, mostrar, una síntesis vital de ellos…
Y eso sólo lo hace el testimonio. Entramos así en una de las
dimensiones más hondas y bellas del educador: la testimonial. El
testimonio es lo que unge “maestro” al educador y lo hace compañero
de camino en la búsqueda de la verdad. El testigo, que con su
ejemplo nos desafía, anima, acompaña, deja caminar, equivocarse y
aun repetir el error, para crecer.
Educar en la
búsqueda de la verdad exigirá de ustedes, queridos docentes, aquella
actitud a la que me referí más arriba: “saber dar razón”, pero no
sólo con explicaciones conceptuales, con contenidos, sino
conjuntamente con hábitos y valoraciones encarnadas. Será maestro
quien pueda sostener con su propia vida las palabras dichas. Esta
dimensión de alguna manera estética de la transmisión de la verdad,
-estética y no superficialmente esteticista-, transforma al maestro
en un ícono viviente de la verdad que enseña. Aquí belleza y verdad
convergen. Todo se vuelve interesante, atractivo, y suenan por fin
las campanas que despiertan la sana “inquietud” en el corazón de
los chicos.
El caso
paradigmático del maestro-testigo lo constituye el mismo Jesús. Él
es el “Testigo fiel” por excelencia (Ap 1,5; 3,14), aquél que vino
al mundo para dar testimonio de la verdad (Jn 18,37). Da testimonio
de lo que ha “visto y oído” al lado del Padre (Jn 3,11.32s). Y da
testimonio de lo que Él mismo es (Jn 8,13). Su confesión delante de
Pilato es un “testimonio supremo” (1 Tim 6,13) que pone de
manifiesto el plan divino de salvación. Este testimonio de Jesús,
que hay que aceptar para no transformar a Dios en mentiroso (1 Jn
5,9), lo convierte en el maestro autorizado para enseñarnos acerca
de Dios (Mt 7,29). De aquí que Jesús se dé a sí mismo (Jn 13,
13-14), y le den reiteradamente, el título de “Rabbí”, maestro (Jn
3, 2; Mt 8,19, etc.). Por eso, por ejemplo, puede decirnos con
autoridad: “ustedes, pues, recen así…” (Mt 6,9), de esta manera y no
de otra.
Es notable y
maravilloso, descubrir cómo toda la enseñanza de Jesús nunca divide
contenidos de percepciones, ni de valoraciones y hábitos. Como buen
maestro, Jesús le habla al hombre entero y sus palabras nunca son
meramente explicativas. No viene a traernos una nueva versión de la
ley, o una explicación novedosa -por genial que esta pueda ser- de
la misma. No, lo absolutamente novedoso de la pretensión de Jesús es
ser él mismo la Palabra, el Logos del Padre, así como lo testimonia
Juan en su Prólogo. Jesucristo es el Camino, la Verdad y la Vida, y
por eso sólo Él devuelve al hombre la unidad perdida por causa del
pecado, y restaura su integridad. Veamos un ejemplo. Cuando Jesús
nos quiere transmitir su actitud íntima ante la oración, la actitud
filial, la describe así: “Pidan y se les dará; busquen y
hallarán; llamen y se les abrirá. Porque el que pide recibe; el que
busca encuentra; y se abrirá la puerta al que llama” (Mt 7,7-8).
Para el mundo bíblico, lejos de las abstracciones de la antigua
Grecia, el hombre estaba constituido por tres aspectos concretos y
dinámicos: el corazón, principio de la vida psíquica
profunda, que designa todo el ámbito del deseo humano, y la
intimidad del hombre que es el lugar de sus decisiones libres –unido
muchas veces en dupla con los ojos-; la lengua, que designa
el órgano de la boca, pero también y sobre todo el lenguaje humano,
todo el mundo del pensamiento, con sus posibilidades de verdad y
mentira, muchas veces unida en la Escritura complementariamente a
los oídos; y las manos, que sintetizan en su concreción todos
los gestos de la acción humana, funcionales o simbólicos, muchas
veces unidas a los pies, que representan la dirección de la acción
humana. El hombre aparece expresado unitariamente, en tres aspectos
que siempre mencionan al hombre entero, y que desde su concreción se
implican y se referencian mutuamente. Podemos sintetizar la tríada
así: Corazón-ojos (todo el mundo del desear humano); Lengua- oídos
(todo el mundo de la “ortodoxia”, del habla y del logos humano); y
Manos- pies (todo el universo de la “ortopraxis”, como actuar
significativo por el cual el hombre busca transformar el mundo).
Volvamos ahora al texto antes citado. Allí el hombre entero, es
aludido por Jesús, e invitado a entrar como totalidad en el diálogo
con Dios. “Pidan” hace referencia al reino del hablar, del decir, la
ortodoxia; “Busquen” habla más bien acerca del corazón, que es el
que se abre o no para realizar tal búsqueda; “llamen” dice de las
manos que tocan a la puerta, del actuar humano que en su ortopraxis
general siempre tiende hacia un sentido. La invitación es a pedir
al Padre con todo nuestro ser, la de rezar con toda nuestra persona,
unificando todos nuestros deseos, pensamientos, acciones, en pos de
la confianza básica del niño con su padre, de que le dará todo lo
necesario. Sólo cuando alcanzamos esta integración, nuestra oración
se hace auténtica, y cumple la voluntad del Maestro: que toda
nuestra persona, sin reservas, se entregue en la oración. Que nada
en el hombre quede fuera del encuentro con Dios, que se unan los más
profundos deseos con el pedir de nuestros labios, y que todos
nuestros actos apunten en la misma dirección. ¡Cuánta sabiduría la
del Maestro, que con una sencilla frase es capaz de dar toda una
imagen del hombre tal como lo pensó Dios, su Padre! Aquí no queda
espacio para contenidos vacíos, para valoraciones distorsionadas o
malos hábitos. Todo brilla en la simplicidad de su Persona, que es
una con lo que dice, que lleva su testimonio hasta el extremo,
amándonos hasta la muerte, y sella con esa entrega el signo de la
autenticidad de toda su vida. Y el Padre refrendará esta palabra al
resucitarlo al tercer día. De esto somos testigos, y allí radica
nuestra esperanza, la que queremos anunciar al mundo para su
salvación.
El educador, al
acompañar en la búsqueda, ofrece un marco de contención que, sin
quitar la libertad, despeja el miedo y alienta en el camino. Él
también, como Jesús, debe unir la verdad que enseña, cualquiera sea
el ámbito en que se mueva, con el testimonio de su vida, en íntima
relación al saber que enseña. Sólo así el discípulo puede aprender a
escuchar, ponderar, valorar, responder… aprender la difícil ciencia
y sabiduría del diálogo. Dialogar es cosa de los caminantes. El
quieto no dialoga. Dialogar es cosa de valientes. Dialogar es cosa
de magnánimos. En el diálogo se confronta pero no se agrede, se
propone y no se impone. Dialogar es compartir el camino de búsqueda
de la verdad. Supone entrar en el crisol del tiempo que purifica,
ilumina, sapiencializa. ¡Cuántos fracasos y guerras por falta de
diálogo, por no buscar juntos la verdad! El diálogo acerca. Una cosa
es una simple entrevista y otra hacer camino juntos. Lo que se le
pide a un educador es que haga camino con el educando, y en este
largo hacer camino se fragua la cercanía, la proximidad. Ésta es
otra dimensión fundamental en la búsqueda de la verdad: no temer la
cercanía, tan distante de la distancia cortés y de la promiscuidad.
La distancia deforma las pupilas porque nos vuelve miopes en la
captación de la realidad. Sólo la cercanía es portadora de esa
objetividad que se abre a una mayor y mejor comprensión. En el trato
personal la cercanía es proximidad: la persona que está al lado es
“prójimo” y pide que nos hagamos “prójimo”. El educador que “enseña”
a no tener miedo en la búsqueda de la verdad es, en definitiva, un
maestro, testigo de cómo se camina, compañero de ruta, cercano,
alguien que se hace prójimo.
En este camino
de búsqueda de la verdad hay que guardarse de creer que todo es un
tiro al infinito, un incesante andar y que todo es camino. No es
tal. Se trata de un camino que progresa en etapas, se consolida en
encuentros que, de alguna manera, van pautando la ruta. La
experiencia del encuentro con la verdad en el camino es total y
parcial a la vez. Parcial porque aún tenemos que seguir caminando;
total, porque en las realidades auténticamente humanas y divinas, en
cada parte está el todo. Por ello ese doble sentimiento de “plenitud
inacabada” que conlleva todo encuentro. Hacer gustar el encuentro es
una de las dimensiones de este camino de búsqueda de la verdad, que
armoniza contenidos, hábitos, valoraciones, experiencias. Hacer
aceptar lo incompleto del mismo nos hace maduros, y dilata la
esperanza hacia el más allá de lo eterno. El resplandor del
encuentro produce ese “estupor” metafísico propio de la revelación
humana y divina.
Varias veces me
referí al temor de iniciar el camino de búsqueda de la verdad.
Podemos preguntarnos ¿Por qué temor? Simplemente porque es uno de
los sentimientos primarios que se dan en la experiencia del éxodo de
sí mismo. Salir de sí, ponerse en camino, implica una dimensión de
inseguridad, y eso da miedo. De ahí ese natural aferrarnos a los
lugares existenciales de estancamiento, a los “alibi” confortantes y
engañosos, para no seguir adelante. Algunos místicos hablan de
afincarse en las posadas y no seguir el camino. Da cierto miedo
seguir andando, y el miedo ensordece la inquietud, detiene la marcha
de la esperanza.
Hace unos meses
el Papa no pudo hablar en una Universidad porque un grupo ínfimo de
profesores y alumnos así lo impusieron violentamente. Esto me hizo
pensar en lo que un autor del siglo II le dice a Herodes acerca de
su violencia: obras así “quia te necat timor in corde” (porque a ti
te mata el temor en el corazón). Toda cerrazón, agresión, violencia
constituye un andamiaje externo que soporta un temor del alma. Es
una coartada. Nuestros chicos ¿son intolerantes? ¿Los educamos para
que se abran a compartir el camino de la existencia desde una
identidad cristiana que sepa descargar el peso de la intolerancia?
Se nos plantea así un verdadero
desafío: educar para que no teman, educar
en la apertura del diálogo, buscar la verdad.
Pero este
camino no será fácil de transitar ni estará libre de escollos; el
miedo al otro, la xenofobia de lo diferente, es el principal enemigo
del diálogo. Todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra, ya
que se parte de la sospecha de sus intenciones, tornando las
relaciones en algo inseguro, amenazante. ¿Cómo dialogar en un mundo
donde nos tememos los unos a los otros? ¿Cómo exorcizar el miedo y
permitir el paso a una confianza no ingenua pero sí lúcida y
abierta? ¿Cómo educar en el diálogo cuando simultáneamente tenemos
un lenguaje cultural cargado de discriminaciones inconscientes y
segregantes? Hay muchas maneras de ser fundamentalistas, aunque no
nos inscribamos en sectas o ideologías de tipo clausurado.
Los invito a
reflexionar juntos y hacernos uno en la idea de que sólo quien
enseña con pasión puede esperar que sus alumnos aprendan con placer.
Sólo quien se muestra deslumbrado ante la belleza puede iniciar a
sus alumnos en el contemplar. Sólo quien cree en la verdad que
enseña puede pedir interpretaciones veraces. Sólo quien vive en el
bien –que es justicia, paciencia, respeto por la diferencia en el
quehacer docente- puede aspirar a modelar el corazón de las personas
que le han sido confiadas. El encuentro con la belleza, el bien, la
verdad, plenifican y producen un cierto éxtasis en sí mismo. Lo que
fascina nos expropia y arrebata. La verdad así encontrada, o que más
bien nos sale al encuentro, nos hace libres.
V. CAMINAR
EN ESPERANZA
Para no caer en
abstracciones y poder asistir a esa verdad que nos encaminará
inexorablemente a la libertad, debemos hallar la “dracma perdida”,
el tesoro oculto que nos permita liberar el rayo de luz ante tanto
dolor del mundo, ante tantas heridas abiertas, ante la torpe
deformación del rostro de la verdad que nos llega de la mano de
fundamentalismos, liberalismos individualistas o nihilismos muchas
veces bestiales e indiferentes.
Por ello busco,
y los invito a buscar conmigo, nuevamente, aquel bien ausente y
necesario como el pan y el vino, aquel bien que nos hace recomenzar
cada mañana con un aliento nuevo, y que nos permite entrever que la
vida es bella, sí, bella a pesar de todo -de tanto horror y de tanto
mal-, y que merece la pena ser vivida. Busco aquella esperanza que
nos una nuevamente como pueblo, y que bajo la tutela de su estrella
nos empuje de nuevo a caminar.
Es a ustedes,
queridos educadores, a quienes invito de modo apremiante y renovado
a volver el rostro a la “niña esperanza”, a esa pequeña virtud que
parece arrastrar hacia adelante, en su humilde persistencia y en su
actuar casi como una “nada”, a sus hermanas mayores, la fe y la
caridad. La pequeña esperanza avanza entre sus dos hermanas mayores
y no se la toma en cuenta. Pero sólo ella es la que siempre
comienza, porque es infatigable como los niños, esos alumnos que día
a día nos encontramos, infatigables como la niña esperanza.
Educar es en sí
mismo un acto de esperanza, no sólo porque se educa para construir
un futuro, apostando a él, sino porque el hecho mismo de educar está
atravesado por ella. Los maestros deberían tener siempre presente el
enorme aporte que hacen a la sociedad en este sentido -al
entregarnos todos los días en su quehacer con nuestros niños
adolescentes y jóvenes argentinos- esta indicación fundamental, esta
señal redentora y salvadora, la de la esperanza, con la que, todos
los días, reparten el pan de la verdad, invitándonos a todos a
seguir la marcha, a retomar el camino.
Precisamente
esta imagen, la del camino, fue la contraseña que nos permitió
adentrarnos en el terreno de la belleza perseguida
desinteresadamente, de la gratuidad de la bondad, y del carácter
sinfónico de una verdad que sólo florece en el diálogo. La humildad
que nos da el sabernos caminantes, comprendernos como tales, nos
libera de todo fundamentalismo y de todo intento de hacer de la
verdad un arma para autoafirmarnos o para defendernos. Queridos
educadores, en este tiempo pascual les deseo que la inquietud,
imagen del deseo que mueve la existencia toda del hombre, se abra y
se dilate en aquella esperanza que no defrauda. Y que, como
educadores se transformen en testigos auténticos, cercanos en su
projimidad a todos, en especial a los más postergados, a los que más
sufren. María, Madre y Educadora de Jesús, se digne ser para
nosotros la Estrella de la Esperanza, para que podamos dejar atrás
toda división y todo desaliento.
Quiera Dios que
como maestros, podamos cumplir nuestra tarea en el espíritu de lo
expresado por San Juan: “Lo que existía desde el principio, lo
que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos
contemplado y lo que hemos tocado con nuestras manos, acerca de la
Palabra de Vida, es lo que les anunciamos. Porque la Vida se hizo
visible, y nosotros la vimos y somos testigos, y les anunciamos la
Vida eterna” (1 de Jn 1, 1-2). Aquí vuelve a aparecer la
tríada antes enunciada en el ver, oír, tocar. Es que la tarea
docente nos reclama enteros, tan alta es su dignidad. Quizás así en
la educación de nuestros chicos podamos lograr que ellos, ante la
Verdad puedan exclamar como Job: “antes te conocía de oídas, pero
ahora te han visto mis ojos”. Esa será la mejor satisfacción que
tendremos como educadores.
En
la Pascua del Señor de 2008
Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires |