AICA Documentos - Cardenal Jorge Mario Bergoglio
 

 mensaje a las comunidades educativas

 

Mensaje del cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, a las Comunidades Educativas
(23 de abril de 2008)

 

Queridos educadores:

Como todos los años, me dirijo a ustedes para alentarlos en esta tarea grande, a la que han sido llamados y convocados. Mis palabras de pastor intentan acompañarlos, animarlos en su quehacer cotidiano, y fortalecer todo brote de vida proyectado como crecimiento para este año 2008 que comienza.

Educar es una de las artes más apasionantes de la existencia, y requiere  permanentemente ampliar horizontes, recomenzar y ponerse en camino de modo renovado. Además nos cuestionan todos los días las necesidades de un mundo cambiante y acelerado. Hay que vencer el cansancio, superar malestares, medir las fuerzas ante el desgaste del trabajo. Necesitamos el bálsamo de la esperanza para continuar; y la unción de la sabiduría, para restaurarnos en una novedad que asuma lo mejor de nuestra tradición, y para saber reconocer aquello que hay que cambiar, que merece ser criticado o abandonado.

El tiempo nos hace humildes, pero también sabios, si nos abrimos al don de integrar pasado, presente y futuro en un servicio común a nuestros chicos.  Espero, yo también, que estas palabras cumplan con ese objetivo.

 

I. SE ASUME EL CAMINO AL ANDAR
Homo viator

 

La humanidad siempre concibió la vida como un camino; al hombre como un caminante que, cuando nace se pone en marcha y, a lo largo de su existencia, se encuentra con personas o situaciones que lo vuelven a poner en camino (a veces con una misión, otras con una crisis). En la Biblia esta realidad es constante: Abraham es llamado a permanecer en el camino “sin saber adonde iba”; el pueblo de Dios se pone en camino para liberarse de los egipcios. Así también en la historia o la mitología de otros pueblos: Eneas, ante la destrucción de Troya, supera la tentación de quedarse a reconstruir la ciudad y, tomando a su padre a babuchas, emprende la subida al monte cuyo fin será la fundación de Roma. Otros relatos mitológicos muestran el camino humano como el retorno al hogar, a la pertenencia primigenia. Así el caso de Ulises o lo expresado tan poéticamente por Hölderlin en su Oda sobre el retorno al hogar. Tolkien, en la literatura contemporánea, retoma en Bilbo y en Frodo la imagen del hombre que es llamado a caminar y sus héroes conocen y actúan, caminando, el drama que se libra entre el bien y el mal. El “hombre en camino” conlleva una dimensión de esperanza; “entrar” en esperanza.  En toda historia y mitología humana se subraya el hecho de que el hombre no es un ser quieto, estancado, sino “en camino”, llamado, “vocado” -de aquí el término vocación- y cuando no entra en esta dinámica entonces se anula como persona o se corrompe. Más aún, el ponerse en camino se enraiza en una inquietud interior que impulsa al hombre a “salir de sí”, a experimentar el “éxodo de sí mismo”. Hay algo fuera de y en nosotros que nos llama a realizar el camino. Salir, andar, llevar a cabo, aceptar la intemperie y renunciar al cobijo… éste es el camino.

Caminar es ya, de alguna manera, “entrar” en una esperanza viva. Así como la verdad, la esperanza es algo en lo que debemos aprender a hospedarnos, un don que nos mueve a caminar, y que más allá de todo desaliento ante tanto mal en el mundo, nos invita a creer que cada día traerá el pan necesario para la subsistencia.

Caminar en esperanza es tener certeza de que el Padre nos dará lo necesario. Es la confianza en el don, más allá de toda calamidad o desgracia. Jesús, en la oración del Padre Nuestro, expresa esta confianza primordial, que encuentra su representación en los lirios del campo y en los pájaros del cielo.  Caminar y esperar se convierten así, de algún modo, en sinónimos. Podemos caminar porque tenemos esperanza. El hacer camino se vuelve la imagen visible del hombre que ha aprendido a esperar en su corazón. Caminar, sin detenerse o extraviarse, es el fruto tangible de la esperanza. No por nada el Papa nos invita, en su última encíclica Spe Salvi, a colocarnos de nuevo ante la pregunta ¿Qué podemos esperar? y esto, según nos advierte Benedicto, “hace necesaria una autocrítica de la edad moderna en el diálogo con el cristianismo y con su concepción de la esperanza. En este diálogo, los cristianos, en el contexto de sus conocimientos y experiencias, tienen que aprender de nuevo en qué consiste realmente su esperanza, qué tienen que ofrecer al mundo y qué es, por el contrario, lo que no pueden ofrecer” (cf. 22).

La tentación es una invitación a detener la marcha, a des-esperar. ¿Cómo no caer, cuando ya han caído tantas y tantas utopías en este postmoderno comenzar de un siglo de más guerra y más desigualdad? La tentación es seria, y su posibilidad real la conoce todo aquel que valientemente ha volcado su corazón y  emprendido un actuar decidido en la búsqueda de una verdad o de una justicia. Sólo éste sabe lo arduo y profundamente problemático de su anhelo y conoce el tristemente dulce y persistente canto de las sirenas del desaliento, que invitan a la huída cobarde de nuestra responsabilidad histórica. Todo educador, muchas veces siente que debe enfrentar cada día una doble desautorización: la de una sociedad que no lo respalda ni lo jerarquiza socialmente –negándole, muchas veces por falta de insumos o por dilapidar lo con esfuerzo construye en el aula, la posibilidad real de educar-, y la de unos padres que no le otorgan el debido aval ni reconocimiento a su tarea primordial –llegando a desautorizarlo frente a los hijos-, todo educador, repito, está particularmente tentado a desesperar.

Por eso los invito nuevamente, queridos docentes, como ya lo hice en el año 2000, a permanecer firmes en la esperanza a la que han sido llamados en su tarea educativa fundamental y fundante. En aquel momento les recordaba la preeminencia y urgencia del tema. Los invitaba a reflexionar sobre la esperanza, “pero no sobre una esperanza “light” o desvitalizada, separada del drama de la existencia humana”. “Interroguemos a la esperanza” –les decía- “a partir de los problemas más hondos que nos aquejan y que constituyen nuestra lucha cotidiana, en nuestra tarea educativa, en nuestra convivencia y en nuestra misma interioridad”. Hoy, ocho años después, estoy todavía más convencido de que es ella, “la pequeña esperanza”, la que nos aportará “sentido y sustancia a nuestros compromisos y emprendimientos para afrontar la responsabilidad de educar a las jóvenes generaciones, y de asumir aun aquello que llevamos con dificultad, casi como una cruz”.

 

 

II. CON EL CORAZÓN INQUIETO

 

En la experiencia pedagógica cotidiana constatamos que los “chicos son inquietos”. Esta expresión entraña diversos significados. En un plano más superficial la asimilamos a lo disciplinar: los chicos hacen lío y entonces pensamos en medidas que encorseten la espontaneidad vital de los alumnos. Hay que poner límites, todos estamos de acuerdo, pero que no sean impedimento para el desarrollo de aquella otra inquietud que pone en camino, ahogando la esperanza.

Lo disciplinar es un medio, un re-medio necesario al servicio de la educación integral, pero no puede convertirse en una mutilación del deseo, así como lo entiende San Agustín, no como tendencia a la posesión, sino como el que “hace espacio”. El deseo se contrapone a la necesidad. Ésta cesa al ser colmada la carencia; el deseo –en cambio- es presencia de un bien positivo y siempre se acrecienta, se instrumenta, pone en movimiento a “más”. El deseo de la verdad procede “de encuentro en encuentro”, lo disciplinar no debe cortar las alas de la imaginación, de la sana fantasía o de la creatividad. Planteo el problema: ¿Cómo integrar disciplina con inquietud interior? ¿Cómo hacer para que la disciplina sea límite constructivo del camino que tiene que emprender un niño y no un muro que lo anule o una dimensión de la educación que lo castre? Queremos chicos “quietos” puede decir un educador behavorista… pero yo los quiero “inquietos” en su ansia, en sus planteos, responderá un humanista. Un chico “inquieto” en este último sentido es un chico sensible a los estímulos del mundo y de la sociedad, uno que se abre a las crisis a las que la vida lo va sometiendo, uno que se rebela contra los límites pero, por otro lado, los reclama y los acepta (no sin dolor) si son justos. Uno no conformista con los clichés culturales que le propone la sociedad mundana; un chico que quiere aprender a discutir… y así podríamos seguir.

Queridos educadores, para que la disciplina adquiera este sello de la libertad es necesario un docente que sepa leer la inquietud como lenguaje, desde la búsqueda que implica el movimiento físico, el no estarse nunca quieto, pasando por la del preguntar permanente, hasta la del adolescente que todo lo cuestiona y replica, inquieto por otra respuesta.

Este hecho pedagógico nos hace volver al planteo original: el hombre en camino, esperanzado y amasando su destino, y el drama del hombre quieto, el “instalado”. Es interesante pensar que esta palabra deriva del latín “stabulum”, establo, lugar donde están los animales. Los sistemas mundanos buscan “aquietar” al hombre, anestesiarle el ansia de ponerse en camino, con propuestas de posesión y consumo; un consumo abierto permanentemente a últimas novedades que parecen indispensables y, de esta manera, lo aliena de la posibilidad de reconocer y orientarse por el ansia más fontal del corazón. Llama la atención la gran cantidad de “alibis” que re-elaboran el ansia interior de ponerse en marcha y ofrecen una paz aparente. La tradición cristiana, desde los primeros siglos, describe estos “alibi” como estados del alma que privan de la libertad, que esclavizan, y los denomina “pecados capitales”: gula, lujuria, avaricia, ira, envidia, tristeza, acedia, vanagloria, soberbia. Se trata de cepos del alma que impiden caminar hacia horizontes de libertad, que someten al corazón y le ofrecen un cierto bienestar quietista, tranquilo o, a veces, de intranquilidad controlable. Cuando estos “alibi” se enraízan en el corazón le van quitando libertad, lo hacen conformista o lo enredan en problemáticas existenciales de superficie. Son trabas a la búsqueda interior. Tales “alibi” supletorios, que se repiten y multiplican de manera tan persistente, ciertamente son una coartada, un refugio que esconde otra cosa: el miedo a la libertad, el miedo a perseverar en el camino. En esta realidad de los “alibi” me llama la atención cómo, a lo largo de la historia y también actualmente, se multiplican los fundamentalismos. En el fondo se trata de sistemas de pensamiento y de conducta bien ensamblados, que sirven de refugio. El fundamentalismo se organiza por la rigidez de un pensamiento único, en el que la persona queda protegida de planteos desestabilizadores (y de crisis) a cambio de cierto quietismo existencial. El fundamentalismo no admite matices o replanteos simplemente porque tiene miedo, y –en concreto- tiene miedo a la verdad. Quien se refugia en el fundamentalismo es una persona que tiene miedo de ponerse en camino para buscar la verdad. Ya “tiene” la verdad, ya la adquirió y la instrumentaliza como defensa, pues llega a vivir cualquier cuestionamiento como agresión a su persona.

Nuestra relación con la verdad no es estática pues la Verdad Suma es infinita y siempre se la puede conocer más, siempre hemos de adentrarnos en ella. A los cristianos, el Apóstol Pedro nos pide que sepamos “dar razón” de nuestra esperanza; es que la verdad en la que andamos nuestra existencia debe abrirse al diálogo, a la recepción de las dificultades que, sobre ella, tengan los demás o nos planteen las circunstancias. La verdad siempre es “razonable” aunque yo no lo sea, y el desafío consiste en mantenerse abierto al punto de vista del otro, y a no hacer del nuestro afincada totalidad. Diálogo no significa relativismo sino que es un “logos” que se comparte, es razón que se sirve en el amor, para juntos construir una realidad cada vez más liberadora. En este círculo enriquecedor, el diálogo devela la verdad, y la verdad se nutre del diálogo. La escucha atenta, el silencio respetuoso, la empatía sincera, la auténtica puesta a disposición de lo extraño y ajeno, son virtudes esenciales a desarrollar y transmitir en el mundo de hoy. Dios mismo nos invita al diálogo, nos llama y convoca a través de su Palabra, ésa que abandonó todo nido y guarida, al hacerse hombre.

Aparecen aquí tres dimensiones que se interrelacionan, una dialogal entre la persona y Dios –ésa que los cristianos llamamos oración-, otra con las personas y las circunstancias y una tercera, dialogal con nosotros mismos. A través de estas tres dimensiones la verdad crece, se consolida y se dilata en el tiempo. Entrar en este proceso implica no tener miedo a buscar la verdad.

Frente a tantos cobertizos y refugios sociales y culturales que cobijan y paralizan en la búsqueda de la Verdad y camuflan el temor a buscar la verdad en un “modus vivendi”, uno pregunta: ¿Cómo enseñar a nuestros alumnos a no temer la búsqueda de la verdad? ¿cómo educarlos en la libertad, a veces dolorosa, del camino de la humanidad que busca la Verdad y, encomendarles, desde allí, seguir caminando para seguir buscándola? ¿Cómo formar hombres y mujeres libres en el camino de la existencia, que no terminen atrapados en las mil y una formas de conformismos paralizantes, o cautivados por predicadores de pensamientos cerrados, únicos, propios del fundamentalismo? ¿Cómo lograr que nuestros chicos “inquietos” en la indisciplina terminen siendo “inquietos” en la búsqueda? ¿Cómo ayudarlos a entrar en la esperanza y, sobre todo, a permanecer en ella?.

 

 

III LA VERDAD LOS HARÁ LIBRES

 

Y es aquí donde debemos preguntarnos: ¿Qué entendemos por verdad? Buscar la verdad difiere de encontrar formulaciones que pueda poseer y manejar a mi antojo. En este camino de búsqueda se empeña toda la personalidad, la existencia; es un camino que fundamentalmente entraña humildad. En el convencimiento de que uno no se basta a sí mismo y que resulta deshumanizante usar a los demás para bastarse, la búsqueda de la verdad emprende ese laborioso camino, tantas veces artesanal, del corazón humilde que no acepta saciar su sed con aguas estancadas. La “posesión” de la verdad de tipo fundamentalista carece de humildad: pretende imponerse a los demás en un gesto que, en sí mismo, es autodefensivo. La búsqueda de la verdad no aplaca la sed que despierta. La conciencia de la “sabia ignorancia” va recomenzando continuamente el camino. “Sabia ignorancia” que, con la experiencia de la vida, se volverá “docta”. Podemos afirmar a esta altura sin temor que a la verdad no se la tiene, no se la posee… se la encuentra. Para poder ser aquella que anhela, la deseada, debe dejar de ser aquella que se puede poseer. La verdad se abre, se devela a quien –a su vez- se abre a ella. Verdad, precisamente, en su acepción griega, -aletheia- tiene que ver con lo que se manifiesta, lo que se devela, lo que se hace patente por su aparición milagrosa y gratuita. La acepción hebrea, por el contrario, con su vocablo “emet”, une el sentido de lo verdadero con lo cierto, lo firme, lo que no engaña ni defrauda. La verdad, entonces,  tiene ese doble componente, es la manifestación de la esencia de las cosas y las personas, que al abrir su intimidad nos regalan la certeza de su verdad, la confiable evidencia que nos invita a creer en ellas. Esta certidumbre es humilde, porque simplemente “deja ser” al otro en su manifestación, y no lo somete a propias exigencias o imposiciones. Esta es la primera justicia que debemos a los demás y a nosotros mismos, aceptar la verdad de lo que somos, decir la verdad de lo que pensamos. Y, además, es un acto de amor. Nada se construye sobre el silenciamiento o la negación de la verdad.  Nuestra dolorosa historia política ha pretendido muchas veces este acallamiento. El uso de eufemismos verbales muchas veces nos ha anestesiado o adormecido frente a ella.  Pero ya es tiempo de volver a hermanar, de religar una verdad que debe ser proféticamente proclamada con una justicia auténticamente restablecida. La justicia sólo amanece cuando se ha puesto nombre, a aquellos hechos en los cuales nos hemos engañado y traicionado en nuestro destino histórico. Y al hacerlo legamos uno de los principales servicios de responsabilidad para con las próximas generaciones. 

Tengamos en cuenta que a la verdad no se la encuentra sola. Junto a ella están la bondad y la belleza. O mejor dicho, la Verdad es buena y bella. “Una verdad no del todo buena esconde siempre una bondad no verdadera” decía un pensador argentino. Insisto en que las tres van juntas y no es posible buscarlas ni encontrarlas a la una sin las otras. Realidad bien distinta de la suficiente “posesión de la verdad” pretendida por los fundamentalismos: allí valen las formulaciones por sí mismas, vacías de bondad y belleza, que incluso llegan a imponerse a los demás con agresividad y violencia, haciendo daño y conspirando contra la vida misma. ¿Cómo hacer que nuestros alumnos busquen y encuentren la Verdad en la Bondad y la Belleza? ¿Cómo fundar la esperanza en el bien que el conocimiento de la verdad nos acarrea, sabiendo que hay verdades que convocan al hombre entero, no sólo a su intelecto? ¿Cómo enseñar a percibir la belleza, a hacer experiencias auténticamente estéticas, ésas que marcan hitos revelando sentido en nuestra vida? ¿Cómo enseñar a recibir la bondad que el ser derrocha sin miedo y a descubrir el amor en su gratuidad?

La ilusión enciclopedista puede, todavía, jugarnos una mala pasada, cuando confundimos la búsqueda de la Verdad con el esfuerzo por “saber cosas”. La simple información roza apenas la superficie de las cosas y la del alma. Es parecida a ese “alibi” que los primeros cristianos describían como la parte activa de la pereza: mucho movimiento en la superficie pero no se mueve ni conmueve la profundidad del pensamiento. En esta ilusión enciclopedista radica la dimensión funcionalista de la acción que, en vez de transformar las estructuras, se conforma con ordenarlas. Es la fantasía de los solos organigramas. Recuerdo la repetida historia de nuestras reformas educativas que nunca se preguntan por lo esencial y en consecuencia, nada cambian. La realidad, desde esta perspectiva, a lo más, sufre ser ordenada. La bondad y la belleza entonces sólo se expresan en el diseño de la funcionalidad. El equilibrio gnóstico subyacente es fascinante, a veces sólo un equilibrio conceptual, otras, también formal. El enciclopedismo cree que basta con construir y explicar los contenidos, los conceptos y las disciplinas, es cultor de considerar a éstos como suficientes en su desenvolvimiento y en su autointerpretación, cae en la ingenuidad de soñar con una hermenéutica aséptica. Y ésta no existe. El “contenido” de un concepto está en íntima relación con la expresión que lo contiene, con el “continente”. Ya aquí hay hermenéutica.

Así como verdad, bondad y belleza van juntas y nuestro encuentro con ellas siempre será insuficiente e inaugural, lo mismo sucede en el proceso educativo: no bastan los contenidos solos sino que han de ser asimilados junto con valoraciones y hábitos, junto al deslumbramiento ante ciertas experiencias. En el diálogo con el educando el contenido resplandece y así provoca o transmite un valor y finalmente crea un hábito. Por ello, caminar en la búsqueda de la verdad supone una armonía relacional de contenidos, hábitos, valoraciones, percepciones, que van más allá del mero “acumular información” o, si desplazamos el eje central, más allá de la absolutización del solo valor o de la reducción al hábito (en estos últimos casos podría darse lugar a las diversas formas de esteticismos o conductismos).

La belleza –no como lo lindo o lo simplemente atractivo, sino como aquello que en su figura sensible nos entrega un fondo maravilloso en su misterio- presta aquí un servicio inigualable. Al resplandecer en la belleza, la verdad nos regala en esta luz su claridad lógica. El bien que aparece como bello trae aparejado consigo la evidencia de su deber ser realizado. ¡Cuántos racionalismos abstractos, y moralismos extrinsecistas verían aquí la posibilidad de su curación si se abrieran a pensar la realidad primero como bella, y sólo después como buena y verdadera! No me canso de advertir lo que ya les dije más arriba: las tres van juntas, y separarlas solo ha traído como consecuencia una falta de unidad entre los contenidos, actitudes y procedimientos en los cuales muchas veces nos perdemos.

 

 

IV. TESTIGOS DE LA VERDAD

 

Educar en la búsqueda de la verdad, entonces, exige un esfuerzo de armonización entre contenidos, hábitos, y valoraciones; un entramado que crece y se condiciona juntamente, dando forma a la propia vida. Para lograr tal armonía no basta la información o la explicación. Lo meramente descriptivo o explicativo aquí no lo dice todo, si está solo se esfuma. Es necesario ofrecer, mostrar, una síntesis vital de ellos… Y eso sólo lo hace el testimonio. Entramos así en una de las dimensiones más hondas y bellas del educador: la testimonial. El testimonio es lo que unge “maestro” al educador y lo hace compañero de camino en la búsqueda de la verdad. El testigo, que con su ejemplo nos desafía, anima, acompaña, deja caminar, equivocarse y aun repetir el error, para crecer.

Educar en la búsqueda de la verdad exigirá de ustedes, queridos docentes, aquella actitud a la que me referí más arriba: “saber dar razón”, pero no sólo con explicaciones conceptuales, con contenidos, sino conjuntamente con hábitos y valoraciones encarnadas. Será maestro quien pueda sostener con su propia vida las palabras dichas. Esta dimensión de alguna manera estética de la transmisión de la verdad, -estética y no superficialmente esteticista-, transforma al maestro en un ícono viviente de la verdad que enseña. Aquí belleza y verdad convergen. Todo se vuelve interesante, atractivo, y suenan por fin las campanas que despiertan  la sana “inquietud” en el corazón de los chicos.

El caso paradigmático del maestro-testigo lo constituye el mismo Jesús. Él es el “Testigo fiel” por excelencia (Ap 1,5; 3,14), aquél que vino al mundo para dar testimonio de la verdad (Jn 18,37). Da testimonio de lo que ha “visto y oído” al lado del Padre (Jn 3,11.32s). Y da testimonio de lo que Él mismo es (Jn 8,13). Su confesión delante de Pilato es un “testimonio supremo” (1 Tim 6,13) que pone de manifiesto el plan divino de salvación. Este testimonio de Jesús, que hay que aceptar para no transformar a Dios en mentiroso (1 Jn 5,9), lo convierte en el maestro autorizado para enseñarnos acerca de Dios (Mt 7,29). De aquí que Jesús se dé a sí mismo (Jn 13, 13-14), y le den reiteradamente, el título de “Rabbí”, maestro  (Jn 3, 2; Mt 8,19, etc.). Por eso, por ejemplo, puede decirnos con autoridad: “ustedes, pues, recen así…” (Mt 6,9), de esta manera y no de otra.

Es notable y maravilloso, descubrir cómo toda la enseñanza de Jesús nunca divide contenidos de percepciones, ni de valoraciones y hábitos. Como buen maestro, Jesús le habla al hombre entero y sus palabras nunca son meramente explicativas. No viene a traernos una nueva versión de la ley, o una explicación novedosa  -por genial que esta pueda ser- de la misma. No, lo absolutamente novedoso de la pretensión de Jesús es ser él mismo la Palabra, el Logos del Padre, así como lo testimonia Juan en su Prólogo. Jesucristo es el Camino, la Verdad y la Vida, y por eso sólo Él devuelve al hombre la unidad perdida por causa del pecado, y restaura su integridad. Veamos un ejemplo. Cuando Jesús nos quiere transmitir su actitud íntima ante la oración, la  actitud filial, la describe así: “Pidan y se les dará; busquen y hallarán; llamen y se les abrirá. Porque el que pide recibe; el que busca encuentra; y se abrirá la puerta al que llama” (Mt 7,7-8).

Para el mundo bíblico, lejos de las abstracciones de la antigua Grecia, el hombre estaba constituido por tres aspectos concretos y dinámicos: el corazón, principio de la vida psíquica profunda, que designa todo el ámbito del deseo humano, y la intimidad del hombre que es el lugar de sus decisiones libres –unido muchas veces en dupla con los ojos-; la lengua, que designa el órgano de la boca, pero también y sobre todo el lenguaje humano, todo el mundo del pensamiento, con sus posibilidades de verdad y mentira, muchas veces unida en la Escritura complementariamente a los oídos; y las manos, que sintetizan en su concreción todos los gestos de la acción humana, funcionales o simbólicos, muchas veces unidas a los pies, que representan la dirección de la acción humana. El hombre aparece expresado unitariamente, en tres aspectos que siempre mencionan al hombre entero, y que desde su concreción se implican y se referencian mutuamente. Podemos sintetizar la tríada así: Corazón-ojos (todo el mundo del desear humano); Lengua- oídos (todo el mundo de la “ortodoxia”, del habla y del logos humano); y Manos- pies (todo el universo de la “ortopraxis”, como actuar significativo por el cual el hombre busca transformar el mundo). Volvamos ahora al texto antes citado. Allí el hombre entero, es aludido por Jesús, e invitado a entrar como totalidad en el diálogo con Dios. “Pidan” hace referencia al reino del hablar, del decir, la ortodoxia; “Busquen” habla más bien acerca del corazón, que es el que se abre o no para realizar tal búsqueda; “llamen” dice de las manos que tocan a la puerta, del actuar humano que en su ortopraxis general siempre tiende hacia un sentido.  La invitación es a pedir al Padre con todo nuestro ser, la de rezar con toda nuestra persona, unificando todos nuestros deseos, pensamientos, acciones, en pos de la confianza básica del niño con su padre, de que le dará todo lo necesario. Sólo cuando alcanzamos esta integración, nuestra oración se hace auténtica, y cumple la voluntad del Maestro: que toda nuestra persona, sin reservas, se entregue en la oración. Que nada en el hombre quede fuera del encuentro con Dios, que se unan los más profundos deseos con el pedir de nuestros labios, y que todos nuestros actos apunten en la misma dirección. ¡Cuánta sabiduría la del Maestro, que con una sencilla frase es capaz de dar toda una imagen del hombre tal como lo pensó Dios, su Padre! Aquí no queda espacio para contenidos vacíos, para valoraciones distorsionadas o malos hábitos. Todo brilla en la simplicidad de su Persona, que es una con lo que dice, que lleva su testimonio hasta el extremo, amándonos hasta la muerte, y sella con esa entrega el signo de la autenticidad de toda su vida. Y el Padre refrendará esta palabra al resucitarlo al tercer día. De esto somos testigos, y allí radica nuestra esperanza, la que queremos anunciar al mundo para su salvación.

El educador, al acompañar en la búsqueda, ofrece un marco de contención que, sin quitar la libertad, despeja el miedo y alienta en el camino.  Él también, como Jesús, debe unir la verdad que enseña, cualquiera sea el ámbito en que se mueva, con el testimonio de su vida, en íntima relación al saber que enseña. Sólo así el discípulo puede aprender a escuchar, ponderar, valorar, responder… aprender la difícil ciencia y sabiduría del diálogo. Dialogar es cosa de los caminantes. El quieto no dialoga. Dialogar es cosa de valientes. Dialogar es cosa de magnánimos. En el diálogo se confronta pero no se agrede, se propone y no se impone. Dialogar es compartir el camino de búsqueda de la verdad. Supone entrar en el crisol del tiempo que purifica, ilumina, sapiencializa. ¡Cuántos fracasos y guerras por falta de diálogo, por no buscar juntos la verdad! El diálogo acerca. Una cosa es una simple entrevista y otra hacer camino juntos. Lo que se le pide a un educador es que haga camino con el educando, y en este largo hacer camino se fragua la cercanía, la proximidad. Ésta es otra dimensión fundamental en la búsqueda de la verdad: no temer la cercanía, tan distante de la distancia cortés y de la promiscuidad. La distancia deforma las pupilas porque nos vuelve miopes en la captación de la realidad. Sólo la cercanía es portadora de esa objetividad que se abre a una mayor y mejor comprensión. En el trato personal la cercanía es proximidad: la persona que está al lado es “prójimo” y pide que nos hagamos “prójimo”. El educador que “enseña” a no tener miedo en la búsqueda de la verdad es, en definitiva, un maestro, testigo de cómo se camina, compañero de ruta, cercano, alguien que se hace prójimo.

En este camino de búsqueda de la verdad hay que guardarse de creer que todo es un tiro al infinito, un incesante andar y que todo es camino. No es tal. Se trata de un camino que progresa en etapas, se consolida en encuentros que, de alguna manera, van pautando la ruta. La experiencia del encuentro con la verdad en el camino es total y parcial a la vez. Parcial porque aún tenemos que seguir caminando;  total, porque en las realidades auténticamente humanas y divinas, en cada parte está el todo. Por ello ese doble sentimiento de “plenitud inacabada” que conlleva todo encuentro. Hacer gustar el encuentro es una de las dimensiones de este camino de búsqueda de la verdad, que armoniza contenidos, hábitos, valoraciones, experiencias. Hacer aceptar lo incompleto del mismo nos hace maduros, y dilata la esperanza hacia el más allá de lo eterno. El resplandor del encuentro produce ese “estupor” metafísico propio de la revelación humana y divina. 

Varias veces me referí al temor de iniciar el camino de búsqueda de la verdad. Podemos preguntarnos ¿Por qué temor? Simplemente porque es uno de los sentimientos primarios que se dan en la experiencia del éxodo de sí mismo. Salir de sí, ponerse en camino, implica una dimensión de inseguridad, y eso da miedo. De ahí ese natural aferrarnos a los lugares existenciales de estancamiento, a los “alibi” confortantes y engañosos, para no seguir adelante. Algunos místicos hablan de afincarse en las posadas y no seguir el camino. Da cierto miedo seguir andando, y el miedo ensordece la inquietud, detiene la marcha de la esperanza.

Hace unos meses el Papa no pudo hablar en una Universidad porque un grupo ínfimo de profesores y alumnos así lo impusieron violentamente. Esto me hizo pensar en lo que un autor del siglo II le dice a Herodes acerca de su violencia: obras así “quia te necat timor in corde” (porque a ti te mata el temor en el corazón). Toda cerrazón, agresión, violencia constituye un andamiaje externo que soporta un temor del alma. Es una coartada. Nuestros chicos ¿son intolerantes? ¿Los educamos para que se abran a compartir el camino de la existencia desde una identidad cristiana que sepa descargar el peso de la intolerancia? Se nos plantea así un verdadero desafío: educar para que no teman, educar en la apertura del diálogo, buscar la verdad.

Pero este camino no será fácil de transitar ni estará libre de escollos; el miedo al otro, la xenofobia de lo diferente, es el principal enemigo del diálogo. Todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra, ya que se parte de la sospecha de sus intenciones, tornando las relaciones en algo inseguro, amenazante. ¿Cómo dialogar en un mundo donde nos tememos los unos a los otros? ¿Cómo exorcizar el miedo y permitir el paso a una confianza no ingenua pero sí lúcida y abierta?  ¿Cómo educar en el diálogo cuando simultáneamente tenemos un lenguaje cultural cargado de discriminaciones inconscientes y segregantes? Hay muchas maneras de ser fundamentalistas, aunque no nos inscribamos en sectas o ideologías de tipo clausurado.

Los invito a reflexionar juntos y hacernos uno en la idea de que sólo quien enseña con pasión puede esperar que sus alumnos aprendan con placer. Sólo quien se muestra deslumbrado ante la belleza puede iniciar a sus alumnos en el contemplar. Sólo quien cree en la verdad que enseña puede pedir interpretaciones veraces. Sólo quien vive en el bien –que es justicia, paciencia, respeto por la diferencia en el quehacer docente- puede aspirar a modelar el corazón de las personas que le han sido confiadas. El encuentro con la belleza, el bien, la verdad, plenifican y producen un cierto éxtasis en sí mismo. Lo que fascina nos expropia y arrebata. La verdad así encontrada, o que más bien nos sale al encuentro, nos hace libres.

 

 

V. CAMINAR EN ESPERANZA

 

Para no caer en abstracciones y poder asistir a esa verdad que nos encaminará inexorablemente a la libertad, debemos hallar la “dracma perdida”, el tesoro oculto que nos permita liberar el rayo de luz ante tanto dolor del mundo, ante tantas heridas abiertas, ante la torpe deformación del rostro de la verdad que nos llega de la mano de fundamentalismos, liberalismos individualistas o nihilismos muchas veces bestiales e indiferentes.

Por ello busco, y los invito a buscar conmigo, nuevamente, aquel bien ausente y necesario como el pan y el vino, aquel bien que nos hace recomenzar cada mañana con un aliento nuevo, y que nos permite entrever que la vida es bella, sí, bella a pesar de todo -de tanto horror y de tanto mal-, y que merece la pena ser vivida. Busco aquella esperanza que nos una nuevamente como pueblo, y que bajo la tutela de su estrella nos empuje de nuevo a caminar. 

Es a ustedes, queridos educadores, a quienes invito de modo apremiante y renovado a volver el rostro a la “niña esperanza”, a esa pequeña virtud que parece arrastrar hacia adelante, en su humilde persistencia y en su actuar casi como una “nada”, a sus hermanas mayores, la fe y la caridad. La pequeña esperanza avanza entre sus dos hermanas mayores y no se la toma en cuenta. Pero sólo ella es la que siempre comienza, porque es infatigable como los niños, esos alumnos que día a día nos encontramos, infatigables como la niña esperanza.

Educar es en sí mismo un acto de esperanza, no sólo porque se educa para construir un futuro, apostando a él, sino porque el hecho mismo de educar está atravesado por ella. Los maestros deberían tener siempre presente el enorme aporte que hacen a la sociedad en este sentido -al entregarnos todos los días en su quehacer con nuestros niños adolescentes y jóvenes argentinos- esta indicación fundamental, esta señal redentora y salvadora, la de la esperanza, con la que, todos los días, reparten el pan de la verdad, invitándonos a todos a seguir la marcha, a retomar el camino.

Precisamente esta imagen, la del camino, fue la contraseña que nos permitió adentrarnos en el terreno de la belleza perseguida desinteresadamente, de la gratuidad de la bondad, y del carácter sinfónico de una verdad que sólo florece en el diálogo. La humildad que nos da el sabernos caminantes, comprendernos como tales, nos libera de todo fundamentalismo y de todo intento de hacer de la verdad un arma para autoafirmarnos o para defendernos. Queridos educadores, en este tiempo pascual les deseo que la inquietud, imagen del deseo que mueve la existencia toda del hombre, se abra y se dilate en aquella esperanza que no defrauda. Y que, como educadores se transformen en testigos auténticos, cercanos en su projimidad a todos, en especial a los más postergados, a los que más sufren.  María, Madre y Educadora de Jesús, se digne ser para nosotros la Estrella de la Esperanza, para que podamos dejar atrás toda división y todo desaliento.

Quiera Dios que como maestros, podamos cumplir nuestra tarea en el espíritu de lo expresado por San Juan: Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y lo que hemos tocado con nuestras manos, acerca de la Palabra de Vida, es lo que les anunciamos. Porque la Vida se hizo visible, y nosotros la vimos y somos testigos, y les anunciamos la Vida eterna (1 de Jn 1, 1-2). Aquí vuelve a aparecer la tríada antes enunciada en el ver, oír, tocar. Es que la tarea docente nos reclama enteros, tan alta es su dignidad. Quizás así en la educación de nuestros chicos podamos lograr que ellos, ante la Verdad puedan exclamar como Job: “antes te conocía de oídas, pero ahora te han visto mis ojos”. Esa será la mejor satisfacción que tendremos como educadores.


En la Pascua del Señor de 2008
Card. Jorge Mario Bergoglio SJ,
arzobispo de Buenos Aires

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