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EL PODER SÓLO TIENE SENTIDO SI ESTÁ 
AL SERVICIO DEL BIEN COMÚN


Homilía del Arzobispo de Buenos Aires, cardenal Jorge Mario Bergoglio S.J., en el Tedéum celebrado en la catedral metropolitana el 25 de mayo de 2001, con la presencia del señor presidente de la Nación, Dr. Fernando de la Rúa y las más altas autoridades del país.


"Entonces la madre de los hijos de Zebedeo se acercó a Jesús, junto con sus hijos y se postró ante él para pedirle algo. "¿Qué quieres?, le preguntó Jesús. Ella le dijo: "Manda que mis dos hijos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda". "No saben lo que piden", respondió Jesús. "¿Pueden beber el cáliz que yo beberé? "Podemos", le respondieron. "Está bien, les dijo Jesús, ustedes beberán mi cáliz. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes se los ha destinado mi Padre.

Al oír esto, los otros diez se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús los llamó y les dijo: "Ustedes saben que los jefes de las naciones dominan sobre ellas y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga ser-vidor de ustedes; y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo: como el Hijo del Hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud" (Mt. 20: 20-28).


1.
Queda claro que no es cosa novedosa ni comienza en nuestra época ese primer impulso ante quien tiene poder: el de obtener algún favor. Acabamos de escuchar en el Evangelio cómo la madre de Juan y de Santiago le pidió a Jesús que tuviera en cuenta a sus hijos. Lo que sí resulta novedoso es la respuesta del Señor: "No saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que yo beberé?" ¿De qué cáliz se trata? El Señor habla del cáliz del servicio y de dar la vida hasta el punto de derramar la sangre por los que se ama. Y más novedoso aún resulta el cambio de actitud que logró el Señor en los apóstoles, pues verdaderamente cambiaron, no su ansia de grandeza sino el camino para encontrarla y pasaron de la veleidad de los pequeños acomodos al deseo grande del verdadero poder: el poder servir por amor. En este día de la Patria, quiero detenerme en la enseñanza del Señor: "el que quiera ser grande que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo: como el Hijo del Hombre, que no vino para ser servido sino para servir…"(Mt 20,26-28)

Servicio, palabra venerada y manipulada a la vez; palabra que expresa una de las riquezas más originales del camino andado por la humanidad en Jesucristo, que no vino a ser servido sino a servir, que se abajó para lavarnos los pies… El servicio es la inclinación ante la necesidad del otro, a quien -al inclinarme- descubro, en su necesidad, como mi hermano. Es el rechazo de la indiferencia y del egoísmo utilitario. Es hacer por los otros y para los otros. Servicio, palabra que suscita el anhelo de un nuevo vínculo social dejándonos servir por el Señor, para que luego, a través de nuestras manos, su amor divino descienda y construya una nueva humanidad, un nuevo modo de vida. Servicio, palabra grabada a fuego en lo hondo del corazón de nuestro pueblo. De esa reserva espiritual heredada de nuestros abuelos brotan nuestra dignidad, nuestra capacidad de trabajo duro y solidario, nuestra serenidad aguantadora y esperanzada. Del servicio como valor central, surgen, si uno sabe remover en el rescoldo de nuestro corazón común (porque los pueblos tienen un corazón común) aquellas grandes actitudes que mantienen integrada a nuestra sociedad. Me pregunto si comprendemos hoy, mejor que aquellos incipientes discípulos, que se nos ha dado una maravillosa oportunidad, un don que sólo Dios puede dar: el de darnos y darnos por entero.


2.
El servicio no es un mero compromiso ético, ni un voluntariado del ocio sobrante, ni un postulado utópico… Puesto que nuestra vida es un don, servir es ser fieles a lo que somos: se trata de esa íntima capacidad de dar lo que se es, de amar hasta el extremo de los propios límites… o, como nos enseñaba con su ejemplo la Madre Teresa, servir es "amar hasta que duela". Las palabras del Evangelio no van dirigidas sólo al creyente y al practicante. Alcanzan a toda autoridad tanto eclesial como política, ya que sacan a la luz el verdadero sentido del poder. Se trata de una revolución basada en el nuevo vínculo social del servicio. El poder es servicio. El poder sólo tiene sentido si está al servicio del bien común. Para el gozo egoísta de la vida no es necesario tener mucho poder. A esta luz comprendemos que una sociedad auténticamente humana, y por tanto también política, no lo será desde el minimalismo que afirma "convivir para sobrevivir" ni tampoco desde un mero "consenso de intereses diversos" con fines economicistas. Aunque todo esté contemplado y tenga su lugar en la siempre ambigua realidad de los hombres, la sociedad será auténtica sólo desde lo alto…, desde lo mejor de sí, desde la entrega desinteresada de los unos por los otros. Cuando emprendemos el camino del servicio renace en nosotros la confianza, se enciende el deseo de heroísmo, se descubre la propia grandeza.


3.
Teniendo en cuenta esta realidad resulta obvio que dormirse en los contubernios de poder, empeñarse en negar las necesidades, no enfrentar las contradicciones, acentuar los odios internos, no hace sino prolongar una agonía de mediocridades. Y aunque, admitiendo las dificultades que se nos imponen desde fuera más allá de nuestra voluntad, siempre seremos nosotros los últimos responsables de nuestro propio sometimiento y postergación. Mientras algunos pretenden sacar rédito acentuando las divisiones y desviando el foco de atención de los grandes desafíos, una vez más desde las reservas más profundas de nuestro pueblo surge la valoración intuitiva del llamado evangélico que hoy hemos escuchado: ¡beber el cáliz del servicio! Nuestro pueblo lo bebe diariamente en el servicio de millones de personas que silenciosamente ponen el cuerpo al trabajo o a la búsqueda de él y no a la especulación, en el servicio de los que sostienen la convivencia y solidaridad callada y no los absurdos fantasmas de xenofobia propios de minorías ideológicas agitadoras de conflictos, en el servicio de los que -sufriendo la globalización de la pobreza- no han dejado de igualarse en la solidaridad de organizaciones comunitarias y manifestaciones culturales, espontáneas y creativas. Todos estos, mujeres y hombres de nuestro pueblo, que rechazan la desesperanza y se rebelan contra aquellas mediocridades, quieren decirle no a la anomia, no al sinsentido y a la superficialidad fraudesca (cuando no farandulera) que alienta el consumismo. Y no, en fin, a quienes necesitan un pueblo pesimista y agobiado de malas noticias para obtener beneficios de su dolor.


4.
Desde la disposición al servicio, sacudidos por la miseria y desprotección, desgarrados por la violencia y las drogas, bombardeados por la presión del escapismo de todo tipo y forma, queremos renacer de nuestras propias contradicciones. Aceptamos el cáliz doloroso y sacamos nuestras mejores reservas como pueblo con poca prensa y menos propaganda. En cada esfuerzo solidario individual y comunitario de una extensa red de organizaciones sociales, en cada investigador y estudioso que apuesta a la búsqueda de la verdad (aunque otros relativicen o callen), en cada docente y maestro que sobrevive a la adversidad, en cada productor que sigue apostando al trabajo, en cada joven que estudia, trabaja y brinda su compromiso formando una familia nueva. En los más pobres y en todos los que trabajan o fatigosamente buscan trabajo, que no se dejan arrastrar por la marginación destructiva ni por la tentación de la violencia organizada sino que, silenciosamente y con la entrega que sólo concede la fe , siguen amando a su tierra. Ellos han probado un cáliz que, en la entrega y el servicio, se ha hecho bálsamo y esperanza. En ellos se manifiesta la gran reserva cultural y moral de nuestro pueblo. Ellos son los que escuchan la palabra, los que se ahorran los aplausos rituales, los que de verdad se hacen eco y comprenden que no se habla para otros.


5.
En este día patrio quisiera que nos planteáramos la pregunta: ¿estamos dispuestos a beber el "cáliz" de los "cristos silenciosos" de nuestro pueblo? ¿Beber de la copa de los sinsabores y dolores de nuestros límites y miserias como nación pero –a la vez– reconocer allí mismo el vino alegre del con-formarnos al modo de ser del pueblo al que pertenecemos? ¿Animarnos a servir sin simulaciones ni mediocridades para sentirnos dignos y satisfechos de ser lo que somos?

Se nos invita a beber del cáliz del trabajo duro y solidario que, desde el principio, conoció el hombre de nuestra tierra. Trabajo que mestizó, a pesar de muchos desencuentros, a aborígenes y españoles. Trabajo que costó sangre para la independencia, que forjó la admiración del mundo en la dedicación de educadores, investigadores y científicos. Trabajo que despertó la conciencia social de millones de postergados, como avanzada en el continente, y que también probaron y prueban nuestras artes y letras cuando cantan nuestra a veces tímida alegría de ser argentinos. El cáliz del trabajo solidario en el servicio es la respuesta más genuina a la incertidumbre de un país lleno de potencialidades que no se realizan o se postergan una y otra vez, indefinidamente, deteniendo su derrotero de grandeza. Es la respuesta a la incertidumbre de un país dañado por los privilegios, por los que utilizan el poder en su provecho a cuenta de la legitimidad representativa, por quienes exigen sacrificios incalculables, escondidos en sus burbujas de abundancia, mientras evaden su responsabilidad social y lavan las riquezas que el esfuerzo de todos producen; por los que dicen escuchar y no escuchan, por los que aplauden ritualmente sin hacerse eco, por los que creen que se habla para otros. Las reglas de juego de la realidad global de estos tiempos son un cáliz amargo, pero esto debe redoblar la entrega y el esfuerzo ético de una dirigencia que no tiene derecho a exigir más a los de abajo si el sacrificio no baja desde arriba: "…el que quiera ser grande , que se haga servidor de ustedes". "Servir a" imponiéndose al "Servirse de".


6.
No menos que el trabajo solidario como servicio hoy también es primordial sacar, del rescoldo de la amargura, la brasa cálida de la serenidad esperanzada. En efecto, desde lo profundo de nuestras reservas, en las vivencias de fe comunitaria de nuestra historia y sin dejar de verse afectada por nuestras miserias, deben volver a nuestra memoria tantas formas culturales de religiosidad y arte, de organizaciones comunitarias y de logros individuales o grupales. Porque en el rescate de nuestras reservas, de nuestro buen ser heredado, está la piedra de arranque del futuro.

Así como no podemos prometer amor hacia adelante sin haberlo recibido, no podemos tampoco sentirnos confiados en ser argentinos si no rescatamos los bienes del pasado. Y esto sin resentimientos estériles, sin revisionismos simplistas, sin escrutar pequeñeces perdiendo de vista las grandezas que ayudan a construir los valores referenciales que necesita toda sociedad. No olvidemos que cuando una sociedad se complace en burlarse de su intimidad y permite que se banalice su capacidad creativa, entonces se opaca y la posibilidad de ser libres se desgasta por una superficialidad que ahoga. Y cuando dichas actitudes son propuestas a una comunidad cuyas necesidades básicas están seriamente agredidas, surgen entonces las lógicas reacciones de violencia, adicciones y la marginalidad cultural y social.

Rescatar nuestra memoria significa, por el contrario, contemplar los brotes de un alma que se resiste a su opresión. En nuestro pueblo existen manifestaciones populares artísticas donde anida el sentimiento y la humanización; hay una vuelta a la fe y a la búsqueda espiritual ante el fracaso del materialismo, el cientificismo y las ideologías; las organizaciones espontáneas de la comunidad son formas vigentes de socialización y búsqueda del bien común. Estas propuestas populares, emergentes de nuestra reserva cultural, trascienden los sectarismos, los partidismos y los intereses mezquinos. Ahora también, como en la Argentina de ayer y de siempre, se vislumbran objetivos comunes que solidarizan a aborígenes y españoles, a criollos e inmigrantes, y a todos los credos, en pos del bien común.

A esto llamamos serenidad porque construye con el bien solidario y la alegría creativa, esperanzadora; porque apunta más allá de los intereses y los logros; es el despunte del amor como vínculo social privilegiado, que se gusta por sí mismo. Serenidad que nos aleja de la violencia institucionalizada y es el antídoto contra la violencia desorganizada o promovida. Y será esa misma serenidad la que nos animará a defender unánimes nuestros derechos, sobre todo los más urgentes: el derecho a la vida, el derecho a recibir educación y atención de salud (que ninguna política puede postergar) y la irrenunciable responsabilidad de fortalecer a los ancianos, ayudar a promover a la familia (sin la cual no hay humanización ni ley) y a los niños, hoy alevosamente postergados y despreciados.


7.
En este día de la patria, el Señor nos convoca a dejar todo servilismo para entrar en el territorio de la servicialidad, ese espacio que se extiende hasta donde llega nuestra preocupación por el bien común y que es la patria verdadera. Fuera del espacio de la servicialidad no hay patria sino una tierra devastada por luchas de intereses sin rostro.

En este día de la Patria, el Señor nos anima a no tener miedo de beber el cáliz del servicio. Si el servicio nos iguala, desalojando falsas superioridades, si el servicio achica distancias egoístas y nos aproxima –nos hace prójimos– no tengamos miedo: el servicio nos dignifica, devolviéndonos esa dignidad que clama por su lugar, por su estatura y sus necesidades.

En este día de la Patria nuestro pueblo nos reclama y nos pide que no nos cansemos de servir, que sólo así ese nuevo vínculo social que anhelamos, será una realidad. Ya hemos probado hasta el hartazgo cómo se desgasta nuestra convivencia por el abuso opresor de algún sector sobre otro, con los internismos que dan la espalda a los grandes problemas, con equívocas lealtades, con los enfrentamientos sectoriales o ideológicos más o menos violentos. Estas dialécticas del enfrentamiento llevan a la disolución nacional, anulan el encuentro y la projimidad. El servicio nos invita a converger, a madurar, a crear –en definitiva– una nueva dinámica social: la de la comunión en las diferencias cuyo fruto es la serenidad en la justicia y la paz. Plural comunión de todos los talentos y todos los esfuerzos sin importar su origen. Comunión de todos los que se animan a mirar a los demás en su dignidad más profunda.

Ésta es la propuesta evangélica que hoy planteamos en la conmemoración de la fecha que es memoria viva de nuestras más hondas reservas morales como pueblo; propuesta que será, si la asumimos, el mejor homenaje a nuestros próceres y a nosotros mismos.


25 de mayo de 2001.

Card. Jorge Mario Bergoglio s.j., arzobispo de Buenos Aires y primado de la Argentina


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2320 del 6 de junio de 2001


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