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CORPUS CHRISTI  2005


Homilía de monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz,
en la Solemnidad del Corpus Christi (28 de mayo de 2005)



Queridos hermanos:

1. Hoy nos convoca nuestra fe y nuestra gratitud a Dios. Qué celebramos en este día? Celebramos el don de la presencia de Dios con nosotros, que ha querido quedarse como alimento en la Eucaristía. La Eucaristía no es un tema más de nuestra fe sino el corazón mismo de nuestra vida cristiana. Ella es "fuente y culmen" en nuestra relación con Dios. Sin la Eucaristía no podemos vivir decían los primeros cristianos, quienes vivían con un profundo sentido de fe su vida y pertenencia a la Iglesia. Cuánta necesidad tenemos hoy de recuperar esta conciencia eucarística, que es la única riqueza y garantía de una vida eclesial plena y fecunda. La fuerza del cristiano y de la Iglesia es Jesucristo, pero un Cristo vivo que se hace historia y camina junto a nosotros, es más, que camina en nosotros: "Cristo en ustedes", nos diría san Pablo, es la misma la Iglesia que se convierte en sacramento y esperanza del mundo. Cuánta urgencia tiene la Iglesia y cada uno de nosotros de contemplarnos desde la Eucaristía, y preguntarnos si nuestra vida es un testimonio de Dios y un signo de su presencia en el mundo. No hay vida de Iglesia sin vida eucarística.


2. Pero debemos comprender que la Eucaristía no es algo mágico, sino un encuentro vivo de fe con el Señor. El nos llama, nos invita y nos espera, pero necesita de la respuesta de nuestra fe, que compromete nuestra libertad, nuestra inteligencia y nuestro corazón. La Eucaristía es la plenitud del don que Dios ha hecho a un hombre libre, creado por El y que vive a la espera de este encuentro con el Señor. Si perdemos de vista esta relación personal de encuentro de fe con el Señor, nuestras eucaristías se reducen fácilmente a rutina o "ritualismos" que vuelven vana la gracia y el compromiso que brotan  de su celebración, y terminan por no decirnos nada. Qué bueno que al acercarnos hoy a la Eucaristía digamos: voy a encontrarme con alguien que me espera, que vino para mí, que es el Señor, que es mi alimento y es mi vida. En esta celebración del Corpus Christi queremos agradecerle a Dios su presencia tan cercana que nos llena de gozo y de alegría, pero también queremos pedirle que aumente nuestra fe para renovar el sentido de este encuentro eucarístico y fortalecer, desde cada celebración de la Eucaristía, nuestros lazos de pertenencia y de comunión eclesial, como el compromiso de hacer presente ante nuestros hermanos el mensaje y la vida del Señor. Queremos decirle como Iglesia santafesina en esta tarde, y con el asombro de aquellos primeros discípulos de Emaús: "Señor, quédate con nosotros" porque te necesitamos (cfr. Lc. 24,29).


3. Pero también tengamos oídos para saber escuchar y comprometernos con lo que él nos dice desde su Palabra en cada Eucaristía: "Yo he venido para que el mundo tenga vida, y la tenga en abundancia" (cfr. Jn. ). Por ello es que  la Eucaristía no alcanza en mí su plenitud de sentido, sino me introduce en esa misma dinámica misionera del Señor. Esto requiere de nosotros no una pertenencia pasiva y formal en la Iglesia, sino sentirme verdaderamente miembro responsable de la vida y el mensaje de Jesucristo, que busca el corazón de todos los hombres. Para esto he venido, me diría el Señor, y te necesito, para que tú seas mi presencia y testigo en este mundo.


4. La vitalidad apostólica de la Iglesia depende de esta conciencia y  vivencia eucarística en cada uno de nosotros. Hoy la Iglesia necesita recuperar la alegría de este entusiasmo misionero, que se manifiesta en la identidad de cada cristiano como miembro vivo del Cuerpo de Cristo. Esto no será posible sin un camino eucarístico que sea un encuentro renovado con el Señor. "Sin Mí nada pueden hacer", él nos diría. Qué bueno que esta tarde al contemplar su presencia en el Santísimo Sacramento, actualicemos nuestra vocación cristiana y nos comprometamos en nuestras comunidades para vivir y expresar lo que hemos recibido y celebramos: la presencia del mensaje de Jesucristo hecho gracia y mandamiento de amor en la Eucaristía.


5. La vida eucarística es también un progresivo adentrarnos e identificarnos con Cristo, que va perfeccionando nuestras vidas por obra de la gracia. Así vamos adquiriendo esa madurez cristiana que se expresa en alcanzar y participar de sus mismos sentimientos. Es por ello que una auténtica espiritualidad eucarística nos debe llevar a encarnarnos en lo concreto de nuestra vida. Se decía de Jesús que "pasó haciendo el bien", es decir, asumiendo, transformando e iluminando todo aquello que rodeaba su vida. Debemos pasar de la Eucaristía celebrada a la Eucaristía vivida. De modo especial este identificarnos con Cristo, para tener sus mismos sentimientos, se expresa y nos urge desde el ejercicio de la caridad.  En esto conocerán que son mis discípulos, cuando den testimonio del amor con el que yo los he amado. Aquí cobra toda su importancia para expresar nuestra identidad con Cristo, el amor preferencial que él tuvo con los más pobres y débiles. Lejos de toda ideología pero con un compromiso muy claro y muy firme, con aquellos hermanos nuestros con quienes el Señor se ha identificado. Como les dije en alguna oportunidad no se trata de un estrategia pastoral, sino de fidelidad al mensaje que predicamos. Que seamos, Señor, una Iglesia que de testimonio de este evangelio de la caridad.


6. Queridos hermanos, que la consagración de este Pan Eucaristico que luego llevaremos con gozo para testimoniar nuestra fe y compromiso cristiano por las calles de nuestra ciudad,  sea la expresión de una Iglesia que quiere ser para el hombre de hoy presencia viva de Jesucristo. El Señor nos necesita. Pienso en ustedes, queridos jóvenes, a quienes el Señor les ha dirigido una mirada de amor y los llama para comunicarles su mensaje de verdad, de vida y de solidaridad. Hay en la Iglesia un lugar que los espera, un espacio que les corresponde, para encontrarse con el Señor e iniciar juntos con El, el camino en la construcción de un mundo nuevo, que ya comienza en el corazón de cada uno ustedes. No tengan temor, y mucho menos vergüenza, de decirle que si al Señor. Vivan sus vidas con plenitud en este mundo que Dios ama, pero no acepten nada que no pueda sostenerse a la luz de la mirada del Señor. Sean generosos en la entrega, para vivir la alegría de haberlo encontrado. Que María Santísima, la Madre de Nuestro Señor Jesucristo nos ayude, en este Año Eucarístico, a que "la Iglesia reciba un nuevo impulso para su misión y reconozca cada vez más en la Eucaristía la fuente y la cumbre de toda su Vida" (M.N.D. 31). Amén.


 Solemnidad del Corpus Christi

Santa Fe de la Vera Cruz, 28 de mayo de 2005

Mons. José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz



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