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A UN AÑO DE LA GRAN INUNDACIÓN DEL RÍO SALADO


Homilía de monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz
29 de abril de 2004



Queridos hermanos y amigos:

Santa Fe hoy no puede estar desunida en el dolor al celebrar el primer año de la gran inundación del río Salado. Recordar es parte de la verdad,  de la justicia  que hacen a la memoria histórica. Hace un año no podía creer lo que veía, les decía recién llegado en la fiesta de Guadalupe, el rostro de la desesperación en muchos hermanos nuestros, el desconcierto e impotencia de hombres y mujeres, que junto a sus hijos, veían y sentían que perdían todo, preguntas sin respuestas. Todo ello caló muy hondo en nuestro pueblo.

Hoy no puede haber unos y otros. Hoy tenemos que hablar en plural: de nosotros.  Estas palabras quieren ser un llamado a la unidad de todos los santafesinos sin rencores. Sólo desde la unidad es posible pensar un futuro para todos. Los he convocado en este día como Obispo para rezar, en primer lugar, por nuestros muertos, para acompañar el dolor de los que aún sufren las consecuencias materiales, morales y psicológicos de aquella tragedia y viven el justo reclamo de su situación.

Los he convocado, además, para despertar en la oración y mantener vivos los sentimientos de solidaridad y  de pertenencia a nuestra ciudad.

Como también, para agradecer desde la oración la ayuda recibida y la generosidad de un voluntariado anónimo que tuvo en los jóvenes y docentes testigos particulares. La gratitud impide que el dolor nos endurezca y nos encierre, ella nos abre al camino de la reconciliación, de la esperanza.

Por ello he definido a esta celebración como de dolor y de oración, de acompañamiento y de gratitud. Pido también a Dios que este encuentro nos permita mantener vivas las actitudes de solidaridad y de esperanza, para ser protagonistas de una nueva Santa Fe que se construya sobre la solidez de la verdad, el imperio de la justicia, la necesidad del diálogo y la fortaleza de una convivencia más fraterna y justa.

No puedo en esta celebración no tener presente y elevar mi voz pastoral por la imagen lacerante de los llamados chicos de la calle, hemos llorado no hace mucho la muerte de algunos de ellos, ellos crecen a nuestro lado.

Así también les hablaría que en Santa Fe me preocupa la violencia y las armas..., la feminización de la pobreza y el camino de la prostitución... Todo esto, no me quiero detener en esta celebración, es consecuencia de una sociedad que engendra marginalidad. Esta marginalidad es la que reclama la presencia de una justicia superior.

Cuando hablamos desde la Iglesia de la opción preferencial por los pobres no es un discurso político, es algo evangélico. La justicia es dar a cada uno lo que le corresponde. Al pobre, como persona, le corresponde su dignidad sagrada de hijo de Dios, que implica sus derechos al trabajo, a la salud, a la vivienda, a la escuela. Esto nos compromete a todos. Es una afrenta a la humanidad acostumbrarnos a vivir en un mundo con marginados

Hace falta erradicar la pobreza con políticas activas en la creación de trabajo que vaya recreando la cultura del trabajo, para dejar la cultura de la dádiva que empobrece al hombre y no promueve la dignidad.

Queridos hermanos que guardemos el recuerdo de este día como una jornada de fe, que sostiene nuestra esperanza y compromete nuestra vida en la reconstrucción de esta amada Santa Fe que está herida pero no vencida.

¡Qué bueno pensar hoy desde la fe y el amor, que el dolor y el recuerdo que estamos viviendo se conviertan en el mejor homenaje a nuestros muertos y en signo de esperanza para nuestro pueblo! Dentro de veinte años seremos juzgados como la generación de la reconstrucción o de la pasividad.

La lectura que todos los dirigentes y autoridades deben hacer de este día es la presencia de un pueblo que recuerda con dolor un trágico acontecimiento, pero que no se cierra en él sino que se abre en la esperanza a un mañana que debe ser el fruto de todos.

Que el señor que nos ha reunido los bendiga y que María de Guadalupe los acompañe. Amén.


Mons. José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz



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