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CONSUDEC
Comentario editorial 55

Por el padre Hugo Salaberry SJ.



DIVINO MAESTRO


Hemos vivido otra ceremonia inolvidable en el Consudec y como no podía ser de otra manera ni otro el evento, se trata de la entrega de las distinciones Divino Maestro que año tras año desde 1977 se realiza.

Aprecio y estimo esta fiesta como una de las más significativas, sino la más grande, que tiene el Consejo y de lejos la más conmovedora y la más consoladora. Tiene un sentido profundo de gratitud a estos “nuestros padres”, por su constancia y coraje apostólicos. Su pasado es para nosotros presente esperanzador y futuro cierto.

Este año recibieron la distinción, 36 docentes de todo el país, desde Tierra del Fuego hasta Jujuy. Una de ellas, post-mortem, fue para el Prof. Pedro Arruvito y entregada a su hijo Pedro Adolfo.

Entre los innumerables comentarios que despierta este hecho de tanta densidad para la educación argentina, algunas personas me preguntaban por qué esta distinción se entrega a personas tan grandes. A mí, al rezar contemplándolos, me surgen algunas gracias que me edifican y quisiera compartir con ustedes.


Agradecimiento

En primer lugar, al distinguirlos,  se recupera la memoria completa de todo este ejército de docentes que están en nuestros cimientos y el traerlos al presente, de alguna manera, no deja de tener una connotación más que grande de valorar, imitar, agradecer, en fin, de aquello de: “... a mí me gustaría ser como él...”.


Identidad

También aprendemos de ellos su lección de identidad y pertenencia. Estos Divinos Maestros han dejado tras de sí una marca en sus alumnos, sus compañeros de comunidad, sus familias, en donde les tocó trabajar. Ese sello tan particular que pueden tener los nuestros, nuestros docentes argentinos todos, de una identidad muy definida.

Tal vez, su propia personalidad los ha destacado mucho. Pero es claro que si fuera sólo eso, no nos podrían ayudar mucho. Si la bondad y el buen ser dependiesen de los recursos humanos y naturales de cada persona, arreglados estaríamos nosotros!


Pertenencia

Me inclino a pensar que su indiscutible identidad, tiene más que ver con su pertenencia, su adhesión a un proyecto común de institución, que con sus aptitudes personales, por otra parte innegables.

Quizá es raro en estos tiempos, pero nos hace muy bien a todos, el darnos cuenta de que estos hombres y mujeres, lejos de diluir su entidad personal en las instituciones a las que han pertenecido, consiguieron una fortaleza interior que ahora nos guía, nos marca un rumbo, nos define, nos identifica. De allí el porqué de la pertenencia. Sin pertenencia no hay identidad. La identidad la da la pertenencia.

No sólo han amado lo que han hecho, sino que han amado el lugar en donde desempeñaron su tarea profesional. Han pertenecido con gozo no exento de luchas y tristezas a una determinada institución que los vio llegar, tal vez como invitados, tal vez como peregrinos y allí pusieron su tienda.

Quizá, ¿por qué no?, fueron recibidos con esa esperanza latente de una vida fecunda o de una vida institucional que debía florecer, tuvieron la puerta abierta de un seno que quería confiar en ellos y formarlos para una patria mejor y aceptando ese ofrecimiento generoso, entregaron generosamente su vida y lo mejor de sí para consagrar lo profano y redimir lo cautivo.

¡Qué alejados de ingratitud lo pudimos percibir todos! En esa misma plenitud de vida que transmitían nuestros “Divinos Maestros”, pudimos alcanzar a distinguir el sello inconfundible de los que son agradecidos.

A nadie se le dio por reafirmar compulsivamente sus convicciones ni arrebatar el micrófono para arengar con discursos cargados de efusividad, a una “multitud”, que debe hacer lo que ellos no hicieron...

En todo caso, manifestaron con una sencillez muy digna de ser tenida en cuenta, la “incomodidad” de recibir un premio que claramente no había sido ni el motivo ni el fin de su brillante tarea apostólica y docente.


Una más

Son personas que no se han ido de ningún lugar “dando un portazo”.

¿Habrán tenido motivos para hacerlo? Estimamos que su larga y fecunda vida les ha mostrado más de una vez, motivos suficientes para ello.

Sin embargo su presencia no es una presencia que se impone porque “se hace escuchar” o porque “se hace sentir”, sino más bien porque tal vez nunca se han hecho notar mucho. Al menos por interés personal.

Una presencia despojada de la necesidad del discurso aprobatorio constante, reemplazado en sus vidas por el hacer lo que hay que hacer, aunque nadie lo vea. De allí quizá, que su presencia haya sido tan elocuente y nos “dijeron” tantas cosas sin hablar.

No dudaría de la firmeza de carácter de ninguno de los que han recibido la distinción y  a pesar de ello, su carácter no les ha impedido trabajar en cuerpo.

No se permitieron ese vicio de ricos, de quedar enredados en la, por cierto, compleja trama cotidiana del tejido social y han preferido ser un punto más en las manos del Artesano que todo lo sabe, lo hace y lo puede, antes que ser un punto suelto.     

¿Ustedes se dan cuenta, mis estimados y queridos amigos, lo bien que nos vendrían estas actitudes que reconocimos en nuestros Divinos Maestros, para conformar la patria que queremos?

En nuestra tarea docente, con dejar de buscar la aprobación constante, hacer lo que tenemos que hacer aunque nadie lo note (esto es imposible), ponernos de acuerdo para trabajar y seguir trabajando con constancia en donde estamos, estaríamos en poco tiempo en otro país.

En fin. Sin que sea un criterio absoluto, en la entrega y elección de candidatos para la distinción, en la que no intervenimos pues se eligen los que son propuestos, se ha tratado, en definitiva, de besar heridas antes que lamentar accidentes.

Que el Señor, Divino Maestro, con la luz de estos discípulos suyos, nos ayude a conocerlo, amarlo, seguirlo y en el caminar podamos ser cada vez más, sin el  formalismo de: “...tratamos de impedírselo porque no era uno de los nuestros...”.


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