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LA REFORMA ECONÓMICA DE LA IGLESIA 
EN LA ARGENTINA 
Evaluación del Plan "COMPARTIR"


Por Mons. Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo de Resistencia y 
Presidente del Consejo Episcopal de Asuntos Económicos



I. Idea madre del Plan: 
formación de un capital humano


Primeros pasos

1. Hace cuatro años, el 16 de junio de 1997, me visitaron en Resistencia tres miembros de la Comisión formada para colaborar con el Consejo Episcopal de Asuntos Económicos e imaginar el Proyecto de Reforma Económica de la Iglesia encomendado por el Episcopado. Eran los señores Eduardo Casabal, José Luis Picone y el P. Rafael Braun. Invité a una reunión con ellos a los miembros de varios entes eclesiales: Consejo Presbiteral, Consejo Arquidiocesano de Pastoral, Consejo Arquidiocesano de Asuntos Económicos, Junta de Laicos, y a algunos otros laicos entendidos en materia económica, con la intención de someter a la discusión una idea que ellos traían de lo que podría ser el Proyecto de Reforma. "Pareciera -dijeron- que el Proyecto de Reforma Económica de la Iglesia habría de consistir sustancialmente en la formación de agentes pastorales con una nueva mentalidad en lo referente a la economía eclesiástica, que sea acorde con el espíritu del Evangelio, ajustada a las normas canónicas y a la ciencia y práctica de la administración propia de los hombres honestos. En la Argentina tenemos alrededor de 2.500 parroquias. Si formásemos en esa nueva mentalidad a 10 agentes por parroquia, tendríamos pronto 25.000 nuevos agentes, que hoy no contamos. Si formásemos a 20, tendríamos 50.000. Y así consecutivamente. Entonces el Proyecto tendría un sustento real. De lo contrario, aunque juntásemos una gran suma de dinero para solucionar los problemas económicos que hoy tiene la Iglesia argentina, pronto esa suma desaparecería como el agua en la arena. Y el problema persistiría. ¿Qué opinan ustedes?


2.
El planteo mereció amplio consenso, en especial por parte de los laicos. Apuntaba directamente a la formación de un capital humano, que no se devalúa, capaz de generar el capital dinerario con el que hoy nos manejamos los hombres y que también la Iglesia necesita para la obra evangelizadora. El enfoque coincidía con la intuición que yo había tenido en noviembre de 1996 cuando acepté el cargo de Presidente del Consejo. Entonces les había dicho a mis hermanos Obispos que aceptaba el cargo si el Proyecto de Reforma económica incluía instaurar en la Iglesia argentina la correspondiente catequesis sobre el uso del dinero. Y de hecho, así fue resuelto: «Se encomienda al Consejo de Asuntos Económicos que estudie el tema del sostenimiento de la Iglesia Argentina, incluyendo la preparación catequética correspondiente» (72a. Asamblea Plenaria, 4-9 noviembre 1996, Resolución 14).


3.
Poco después, en agosto de 1997, nos reunimos los Obispos miembros del Consejo y dimos el «okey» a esta idea, y nos avinimos a llevarlo a la práctica en nuestras diócesis, a manera de experiencia "piloto": Alto Valle, Resistencia y San Isidro. Y, a inicios de septiembre, presentamos el Proyecto a la Asamblea Plenaria del Episcopado. Éste lo aprobó en líneas generales, prácticamente por unanimidad, y quedó bautizado con el nombre de "Plan COMPARTIR". No faltó el comentario risueño de algún Obispo: "El Plan es estupendo en la presentación con transparentes a colores. Esperemos que no quede sólo en eso".


Otros elementos inspiradores

4. No me detengo a comentar otros elementos que intervinieron indirectamente en la gestación del Plan. Por ejemplo, la visita que Mons. José Pedro Pozzi y yo hicimos en enero de 1997 a las Iglesias de España, Francia, Alemania e Italia, para interiori-zarnos del modo cómo ellas abordan el sostenimiento de la obra evangelizadora. O la que hicimos a la Iglesia de Estados Unidos en diciembre de ese año. En todas, pero especialmente en la norteamericana, observamos la necesidad de fundar el sostenimiento de la Iglesia no sólo en cálculos económicos y técnicas administrativas, sino en una espiritualidad basada en el Evangelio. De allí, «Stewardship» y «Sacrificial Giving», dos movimientos que apuntan a fundamentar los aportes de los fieles y su administración en la espiritualidad cristiana.


Necesidad de evaluar

5. A casi cinco años de la decisión del Episcopado de emprender la Reforma económica, y a casi cuatro de la aprobación en general del Plan COMPARTIR:

a) ¿qué sentimos hoy los Obispos frente a dicha Reforma? ¿la seguimos sintiendo necesaria?

b) ¿cuál es el punto en que se encuentra?

c) ¿cómo asumen la Reforma Económica los sacerdotes?

d) ¿cómo la asumen los laicos?

e) ¿y frente al Plan COMPARTIR: nos parece un instrumento adecuado para lograr la Reforma? ¿los Obispos asumimos el liderazgo necesario? ¿los sacerdotes secundan? ¿los laicos acompañan?

f) ¿cuáles son los frutos del Plan? ¿cuáles las dificultades a superar?

Dejaré que la Comisión Nacional del Plan Compartir y que el Equipo Nacional de Trabajo hagan su propia evaluación. Yo procuraré hacerla desde mi propia perspectiva.



II. Un Plan fundado en el Evangelio


6.
Para hacer una buena evaluación, conviene tener presentes los propósitos y criterios aprobados por el Episcopado, tanto en el Planteo General de la Reforma económica (septiembre 1997), cuanto en la Carta pastoral colectiva "Compartir la multiforme gracia de Dios", sobre el sostenimiento de la Obra evangelizadora de la Iglesia" (octubre 1998). Acudiré, sobre todo, a esta última. En ella los Obispos nos propusimos tres objetivos. Uno de ellos es "explicitar el fundamento teológico-pastoral en el que se basa el Plan Compartir" para "llevar adelante el proceso de reforma económica" (n° 3c). Ateniéndonos al texto de la Carta, podemos decir que el Plan:


a) se funda en la Palabra de Dios

De las cuarenta y cuatro citas que trae, veinticinco son bíblicas. Si bien ello no basta para que un documento sea de inspiración bíblica, la misma salta a la vista. Lo bíblico no es en ella algo postizo, sino su alma, lo mismo que lo es del Plan, y de los numerosos talleres que se realizan en las diversas diócesis para asimilarlo;


b) expresa la fe en el misterio del nacimiento de Jesucristo

Este misterio es propuesto en la Carta como el fundamento inspirador del Plan. Comienza y concluye aludiendo explícitamente a él (cf. N°s 1 y 30). Y ello, no porque quedase bien referirse al nacimiento de Cristo en vísperas del Gran Jubileo, sino porque San Pablo, primero (cf. 2 Co. 8,9), y la liturgia navideña, después, unieron el admirable intercambio entre el cielo y la tierra realizado en el nacimiento de Jesús, gracias al cual Dios comparte con nosotros su naturaleza divina y nosotros con él nuestra naturaleza humana;


c) retoma la experiencia de comunión del primer Pentecostés

La comunión en la primitiva Iglesia no era sólo una noción teológica, sino ante todo una vivencia suscitada por la presencia del Espíritu de Jesucristo en la comunidad y en cada uno de los fieles, que lo abarcaba todo: el plano espiritual, mediante la comunión en los padecimientos de Jesucristo, y el material, mediante la comunión de los propios bienes con quien estaba falto de ellos. De allí, que la Carta subraye esta categoría bíblica (cf. N°s 4-6). De allí, también, que la Carta, si bien tuvo que poner énfasis en la comunión de los bienes materiales, porque este aspecto en la Iglesia argentina sufre especiales dificultades y necesita de una particular catequesis (cf. N°s 18-26), tiene siempre presente que la comunión ha de ser total. Por ello, cuando propone como su primer objetivo "acrecentar el espíritu de comunión de bienes", los entiende a éstos en forma completa: "personas, talentos, tiempos y dinero" (n° 3; cf. N°s 7-17);


d) apunta a la misión evangelizadora de la Iglesia

La misionalidad de la Iglesia está presente en la Carta desde el subtítulo. No se trata de emprender una reforma económica sólo por motivos humanos; por ejemplo para adecuar la Iglesia a la nueva situación económica del mundo, sino en orden a "el sostenimiento de la obra evangelizadora". El misterio del nacimiento de Jesucristo, de su muerte y resurrección, y en particular su mandato misionero de ir a anunciar el Evangelio a todo el mundo, "nos ha de llevar a considerar la obligación que nos cabe de poner todos los medios necesarios para su realización" (n° 1). De allí, que el segundo objetivo de la Carta sea: "facilitar un proceso de reforma económica en la Iglesia en la Argentina, cuyo fruto sea el sostenimiento integral de 1a obra evangelizadora» (n° 3b);


e) exige conversión a la persona y al Evangelio de Jesús

El llamado a la conversión, en el que los Evangelios sintetizan la predicación de Jesús (cf. Mc l,15; Mt 4,17; Lc 5, 32 ), está muy presente en la Carta. A este aspecto está dedicado el último capítulo: "Conversión y ordenamiento económico" (cf. N°s 27-29). Digno de recordar es lo que decimos en el n° 28: "La reforma económica de la Iglesia debe pasar necesariamente por la conversión a1 Evangelio de Jesús. Se trata de un verdadero proceso de conversión, en el sentido bíblico de cambio de mentalidad’, que debe comprender a todos los miembros de la Iglesia, comenzando por nosotros los pastores. Ésta exige, además, que se adopten los medios necesarios para hacerla efectiva»;


f) subraya el amor a la pobreza evangélica

Si bien no podemos reducir el Evangelio de Jesús a la pobreza inspirada en él, ésta es una de sus premisas necesarias. La pobreza evangélica es la respuesta del hombre creyente a la liberalidad con que Dios Creador y Padre de los hombres crea todas las cosas y nos las comunica para que disfrutemos de ellas y las compartamos como hermanos. Por ello la Carta insiste sobre ella (cf. N° 29,1). Es digna de ser atendida la referencia que hace al capítulo sobre "Pobreza en la Iglesia" del Documento de San Miguel, al cual es bueno volver a pesar de los treintidós años transcurridos;


g) intenta influir en la transformación de la sociedad

Aunque la Reforma económica es estrictamente eclesiástica, se prevé que el espíritu de la misma influirá en la concepción y conducta económica de la sociedad. Y ello porque los cristianos, además de ser miembros de la Iglesia, son también ciudadanos de este mundo. Por tanto, su conversión al Evangelio de Jesús en materia económica no sólo los hará más responsables de la economía de la Iglesia, sino mejores ciudadanos que sabrán cumplir sus obligaciones tributarias, y exigir el derecho a una inversión justa de sus impuestos y a una rendición transparente por parte de la autoridad. Por ello en la Carta decimos: "Esto no dejará de revertir en un mejor testimonio de los cristianos dentro de 1a sociedad civil en la promoción de1 bien común social. Y es tanto más importante cuanto que nos hallamos en medio de una cultura individualista, donde los que tienen más tienden a desentenderse de lo público y a replegarse a la esfera de la vida privada" (n° 29,2°). Ya al comienzo decimos: "Todo ello (las dificultades económicas que sufre el pueblo) en vez de retraernos, nos hace sentir la urgencia de 1a materia de esta Carta, para proponer a1 Pueblo de Dios, e incluso a 1a Nación entera, una doctrina y práctica del compartir los bienes que tenemos, según el designio de Dios creador del mundo" (n° 3).



III. Un Plan de Reforma económica con alma cristiana


Evitar confusiones

7. A lo largo de estos años, he advertido una dificultad recurrente cuando se presenta el Plan Compartir, que por momentos se vuelve un tanto filosa. Y esto tanto entre laicos, como entre clérigos. A saber: ¿el Plan trata sólo de promover una espiritualidad de comunión, cuyo fruto será un día la Reforma económica de la Iglesia? ¿O es, por el contrario, un Plan netamente económico, pero camuflado bajo apariencias espirituales porque el católico argentino no querría oír hablar de dinero? Ni lo uno, ni lo otro. El Plan COMPARTIR es un Plan de Reforma Económica profundamente imbuido de una espiritualidad de comunión que brota del Evangelio.


8.
Para que no quepa la menor duda de lo que se propone el Plan Compartir, recuerdo la resolución de la 74a. Asamblea Plenaria del Episcopado: "Se aprueba el planteo general propuesto por el Consejo de Asuntos Económicos a seguir para lograr una Reforma Económica de la Iglesia en la Argentina, en vista del sostenimiento de su obra evangelizadora. En cuanto al Proyecto Compartir, se aprueba genéricamente el Plan presentado, cuya aplicación deberá ser revisada periódicamente. Asimismo, se encomienda al Consejo de Asuntos Económicos elaborar un proyecto de Carta al Pueblo de Dios sobre e1 sostenimiento de la obra evangelizadora y la comunión de bienes en la Iglesia" ( 74a. Asamblea Plenaria, 1-3 septiembre 1997; Resolución 3 ). Por su parte, la Carta del Episcopado se propone como objetivos: "a) iluminar a los fieles en orden a acrecentar el espíritu de comunión de bienes (personas, talentos, tiempos y dinero); b) facilitar un proceso de Reforma económica en la Iglesia en la Argentina, cuyo fruto sea el sostenimiento integral y permanente de la obra evangelizadora; c) explicitar el fundamento teológico-pastoral en el que se basa el Plan Compartir" (n° 3). Es decir, el Episcopado pensó desde el principio en un Plan de Reforma Económica con alma cristiana.


9.
El Plan COMPARTIR pretende una Reforma económica, pero no cualquier reforma. Tiene un espíritu propio que fluye del Evangelio: la comunión de bienes. Por ello, en la Carta se propone la Reforma económica desde el primer objetivo (cf. N°3a). Y vuelve continuamente sobre ella. Así, después de tratar ampliamente sobre el dinero en la Iglesia (cf. N°s 13- 26), la Carta menciona expresamente la Reforma económica en los n°s 27 y 28, pero uniéndola profundamente a su espíritu, enunciándolo allí como "conversión al Evangelio de Jesús" (n° 28).


Necesidad de espiritualidad y de planificación pastoral

10. Me permito insistir en que el Plan COMPARTIR no pretende diluir el Proyecto de Reforma económica en la simple promoción de una espiritualidad de comunión. Tampoco se lo ha de confundir con un Plan general de pastoral. Sin embargo, el Plan COMPARTIR tiene en cuenta a ambos. No tendría ninguna chance una Reforma económica si no se inspirase en una profunda espiritualidad y si no se encuadrase permanentemente dentro del marco más amplio de una Pastoral orgánica renovada. Y ello, de acuerdo a las más recientes orientaciones de la Iglesia: Concilio Vaticano II, San Miguel, Líneas Pastorales para la Nueva Evangelización, Santo Domingo, Tertio Millenio Adveniente, Sínodo de América, Novo Millenio Ineunte, y los respectivos planes diocesanos de pastoral.



IV. Un Plan que asume los talentos y el tiempo


Una objeción

11. Otra dificultad a considerar es la extrañeza que a veces causa que, en la Carta del Episcopado y en el Plan COMPARTIR, se dé amplio espacio a los talentos y al tiempo como dones a poner al servicio de la obra evangelizadora.(cf. N°s 7-12). Si el propósito es lograr una Reforma económica de la Iglesia, ¿no sería mejor hablar sólo de los aportes en dinero?


Respuesta

12. En primer lugar, la Carta desde su título habla de "sostenimiento de la obra evangelizadora". Y ésta no se sostiene sólo ni primeramente con dinero. Si así fuese, los apóstoles de Jesús no habrían realizado ninguna de las misiones que narra el Nuevo Testamento. Y la inmensa mayoría de los actuales ministros del Evangelio de la Argentina hace mucho tiempo habríamos dejado de fatigarnos por él. Por gracia de Dios, grande es nuestra alegría en trabajar por el Evangelio, incluso renunciando parcial o totalmente al derecho que Jesús nos dio a vivir de él, como lo hizo y escribió el apóstol San Pablo: "El Señor ordenó a los que anuncian e1 Evangelio que vivan del Evangelio. A pesar de todo, no he usado de ninguno de estos derechos... Si anuncio el Evangelio, no lo hago para gloriarme: al contrario, es para mí una necesidad imperiosa. ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!" (1 Co 9,14-16)


13.
En segundo lugar, los talentos y el tiempo son hoy bienes mensurables económicamente. Si la Iglesia pidiese hoy a los fieles mayores aportes en dinero, pero no agradeciese los que éstos ya hacen en talentos y en tiempo, ello denotaría una visión un tanto miope sobre el sostenimiento de la obra evangelizadora. Si bien ésta tiene carencias en el orden financiero, tiene una gran riqueza en el orden del voluntariado. Y ello debe ser ponderado y agradecido.

Por fortuna, uno de los párrafos más bellos de la Carta del Episcopado está dedicado al agradecimiento: "Hemos de recordar con admiración y agradecimiento a tantos cristianos, varones y mujeres, que colaboran con desinterés en la Evangelización, poniendo al servicio de 1a misma sus capacidades y parte de su tiempo... Sin esta colaboración espontánea, multiforme, alegre y competente del Pueblo de Dios, seria imposible comprender la vitalidad de nuestras Parroquias" (n° 12). Y al Episcopado no le pareció un despropósito imaginar que todo lo que se hace voluntariamente en la Iglesia, podría ser mensurado económicamente: "Si midiésemos en términos económicos 1os tiempos y talentos que voluntariamente ponen en común tantos fieles, quedaríamos atónitos ante el aporte que el Pueblo de Dios ya hace en favor de la obra evangelizadora de la Iglesia" (n° 14).


14.
En tercer lugar, porque el talento y el tiempo son bienes superiores al dinero. Éste se hace con talento y con tiempo, y no viceversa. El aportar estos bienes a la obra evangelizadora indica una disposición profunda del alma creyente a ponerse toda entera a disposición de ella, según su propia vocación, e incluso a donar su dinero. Si el cristiano aporta al Evangelio lo más, que es su persona con su talento y su tiempo, más fácilmente aportará lo menos, que es el dinero. Si esto último no acontece en la Argentina en el grado deseable, habrá que estudiar sus causas, pero no por ello dejar de agradecer los aportes que el cristiano ya hace en talentos y en tiempo.


V. Un Plan eficaz


No basta el voluntarismo

15. La Reforma Económica no consiste sólo en un propósito interior de hacer mejor las cosas referidas a la economía eclesiástica. El voluntarismo ha sido un defecto muy propio del clero desde la formación recibida en el Seminario. Es decir, pensar que basta que algo sea claro a la inteligencia y querido por la voluntad para que acontezca en la realidad, sin pensar en los procesos y en los medios necesarios para alcanzarlo. Si bien hay esfuerzos renovadores en la formación pastoral del futuro clero, que incluye una preparación elemental en cuanto a la administración, no pareciera que esta falla haya sido superada del todo. Y aparece en toda su gravedad si se tiene en cuenta la cultura moderna, en cuyo medio hemos de actuar los pastores, la cual estudia la acción humana al detalle para que sea eficaz y provechosa.


Superar el maniqueísmo

16. Al voluntarismo, muchas veces se ha sumado un cierto maniqueísmo con respecto a los bienes de este mundo y a su administración. Y esto también desde el Seminario, incluso bajo el disfraz de pobreza evangélica o de espíritu pastoral. De allí, el desconocimiento y, a veces, el desprecio de las normas canónicas y civiles relativas a la administración de los bienes materiales de la Iglesia por parte de no pocos miembros del clero. Todo lo cual ya ha acarreado a no pocas parroquias y obispados cuantiosas deudas por juicios civiles inútilmente provocados y perdidos. Si se sumasen tales pérdidas y erogaciones, quedaríamos aterrados por el daño material y espiritual a la evangelización que tales actitudes han ocasionado. Y ello sin hablar del dolor y fatiga que le provoca a un párroco o a un obispo tener que pagar ese tipo de deudas con recursos inexistentes.


Conocer y aplicar las normas canónicas de la administración

17. La Carta se pregunta: "¿ponemos los medios necesarios para que el Evangelio llegue a todos los habitantes de nuestra Patria?" (n° 2). El capítulo VI, dedicado a la "Administración de los bienes en la Iglesia" (cf. N°s 25-26), muestra que en ella existe una legislación con sabiduría de siglos sobre los medios destinados a la evangelización. Sin embargo, como dije arriba, su conocimiento no siempre forma parte de la cultura del clero. Y muchos de nuestros colaboradores laicos con el pasar del tiempo van asumiendo nuestra misma mentalidad un tanto mágica, como si fuese suficiente la voluntad de hacer el bien para que todo ya esté bien hecho.

Uno de los propósitos de la Carta es hacer conocer al Pueblo de Dios la existencia de las normas canónicas sobre la administración de los bienes e impulsar su puesta en práctica: "Es nuestra voluntad -decimos- aplicarlas en nuestras Diócesis con 1a colaboración de todo el Pueblo de Dios, en particular de los pastores, y en cuanto sea necesario, dictando normas comunes para toda la República" (n° 25). De hecho, la Reforma económica tiene mucho que ver con el conocimiento y la aplicación de las normas canónicas sobre la administración. Y también de las normas civiles.


Poner los medios necesarios

18. Es digno de ser recordado cuanto la Carta dice sobre la conversión necesaria para realizar la Reforma económica. Para que ésta se dé no bastan los sentimientos interiores. La conversión se manifiesta también en signos exteriores y se alimenta de ellos. Por eso decimos que es "un verdadero proceso... de cambio de mentalidad", ... que "exige, además, que se adopten 1os medios para hacerla efectiva" (n° 28). Y entre los signos de una voluntad sincera de conversión enumeramos:

a) "primero, instaurar una Catequesis sobre esta materia, que cambie nuestra mentalidad y la configure al sentir de Jesús, junto con la voluntad de perseverar en ella durante largos años»;

b) "segundo, adoptar una nueva cultura de gestión en relación a los bienes materiales" (ib.). Y en cuanto a esto último, se subrayan también dos aspectos:

c) "poner en práctica las normas canónicas de 1a Iglesia sobre 1a administración de los bienes»

d) "entrenar al personal responsable de la administración, adoptar normas y prácticas claras de gestión, e idear medios realistas, eficaces y transparentes de recolección" (ib.).

Por todo ello, es preciso tener en claro que la Reforma económica camina como un tractor con dos ruedas delanteras sincro-nizadas, pero que actúan con relativa autonomía: a) la primera, la catequesis sobre los bienes materiales, que apunta a lo más interior de la conversión; b) la segunda, la ciencia y práctica de la administración para la mejor gestión de los mismos, que apunta a su concreción en el plano práctico.


Ser eficaces

19. En la Carta se destacan "algunos criterios a tener muy en cuenta para alcanzar y permanecer en el espíritu de conversión permanente en esta materia" económica. Y se citan seis: 1° pobreza evangélica; 2° corresponsabilidad; 3° ejemplaridad; 4° transparencia; 5° solidaridad; 6° eficacia.

Entre todos me parece útil subrayar el último, la eficacia, porque en nuestro mundo eclesiástico hasta puede sonar como una noción excesivamente mundana, o neoliberal como se dice hoy. En la Carta decimos: "La eficacia en los medios adecuados es otro de 1os criterios necesarios para juzgar que se ha abrazado de veras la conversión en e1 renglón de la economía eclesiástica". La Iglesia "no puede contentarse con predicar el espíritu evangélico de la comunión de bienes. Necesita implementar planes concretos, acordes con 1o que pretende. De allí ha surgido el Plan Compartir» (n° 29,6°).



VI. Un Plan con sus tensiones propias


Tensión entre alma y cuerpo

20. Un Plan de Reforma Económica concebido, como dijimos arriba, «con alma cristiana», sufre una necesaria tensión entre su alma y su carne. Es decir, entre el espíritu del Evangelio que lo ha de animar y que ha de ser asumido cada vez más por todos los miembros del Pueblo de Dios, y las iniciativas y disposiciones concretas (jurídicas, económicas, administrativas) que han de concretar la Reforma económica.

La tensión se da no porque ambos términos sean naturalmente opuestos e irreconciliables, sino porque son de naturaleza distinta, y por tanto marchan a ritmo diverso. Uno lo hace al ritmo de la conversión interior. Otro, al ritmo de los tiempos que corren y de los dineros que cuestan.

Por lo mismo, no sería de extrañar que hubiese tensiones entre los diversos actores de la Reforma. Una es la psicología y el ritmo de un empresario que aporta ideas y dinero al Plan; otra la psicología y el ritmo del obispo o del párroco que lo lleva adelante en su diócesis o parroquia. Incluso podría haber tensión entre los miembros de una misma comisión o equipo, nacional o diocesano, porque de ordinario se busca integrar esos entes con personalidades diferentes para que cada una haga un aporte original y complementario.


Una tensión saludable

21. ¿Cómo solucionar la tensión? No se trata de suprimirla, sino de que la tensión se mantenga en forma saludable. Para ello es necesario:

a) saber de antemano que la tensión existe y existirá entre los dos elementos del Plan, y por tanto, entre los diversos actores;

b) entender el papel que el otro cumple en el Plan y aproximarse espiritualmente a él;

c) aumentar el diálogo entre las partes involucradas, para acrecentar la sintonía y detectar eventuales problemas.

Por ejemplo, un empresario o un economista ha de entender que en los meses de enero y febrero en el Chaco y en casi toda la Argentina disminuye el trabajo pastoral. Y esto no porque se ame la siesta, como se podría pensar en Buenos Aires. En las parroquias del Chaco, después de un año pastoral intenso, todavía hay fuerzas para dedicar la primera quincena de enero a las misiones rurales. Y ello sin contar que el calor no afloja a voluntad. ¿Pero el Clero no ha de parar en algún momento para descansar de su fatiga? Desde el Miércoles de Cenizas que no lo hace. Y el Obispo debe cuidar que los sacerdotes tomen el debido descanso. Por tanto, es obvio que no se pueden programar actividades del Plan COMPARTIR para esos meses.

Por su parte, el cura párroco y el obispo han de se saber que el tiempo empleado en el Plan vale oro y cuesta dinero, en especial a nivel de Equipo nacional. Y, además, que tratándose de un Plan de Reforma económica, también es preciso medir los resultados económicos.


Un Plan integral, secuencial y a medida

22. Conviene advertir que ciertas características internas del Plan COMPARTIR lo exponen también a diversas tensiones. Éste ha sido definido como "integral, secuencial y a medida". Todo esto, fácil de decirlo, no se obtiene sin esfuerzos. Con estas tres características sucede lo que con toda cualidad humana: a la vez que es don de la naturaleza, ha de ser también objeto de cultivo cuidadoso.


Integral

23. El Plan es integral por múltiples capítulos:

a) porque "atiende a todos los fines para los cuales la Iglesia tiene derecho a poseer y administrar bienes materiales", (Planteo General, punto 1 ). Y, por ello, "no se circunscribe a buscar primero una solución financiera inmediata a cuestiones puntuales, aunque sean importantes" (Punto 6), por ejemplo, curias, seminarios, C.E.A., aunque tampoco los olvida (cf. Punto 11);

b) porque es realizado por todo el Pueblo de Dios, pastores y fieles, y no sólo por un sector del mismo;

c) porque es económico a la vez que catequético.

Un Plan tan abarcativo no puede excluir las tensiones.


Secuencial

24. El hecho de que se haya optado por centrar el Plan en la formación de agentes pastorales con una nueva mentalidad en cuanto al uso del dinero en la Iglesia, ha llevado a que el mismo tuviese que ser implementado a partir de las diócesis y de sus respectivas parroquias. Y ello a medida que las diócesis solicitasen el apoyo del Equipo Nacional Compartir, y éste combinase con ellas la fecha conveniente para visitarlas y prestarles el servicio que necesitasen.

Esta característica del Plan, a la vez que lo hace atractivo, actúa como de freno de sí mismo, como un ómnibus de larga distancia impedido técnicamente de pasar de cierta velocidad. Esto tiene como consecuencia que no se habla del Plan de Reforma económica al unísono en toda la Iglesia de la República. Lo cual priva al Plan de una fuerza que necesita. Tal vez con menos inversión de esfuerzo -que lo hubo mucho y bueno-, el Encuentro Eucarístico Nacional del año pasado impactó a la Iglesia argentina más que el Plan de Reforma económica, en el que quizá ya se invirtió más tiempo y dinero.


A medida

25. Si bien el Plan parte de elementos comunes, quiere adaptarse a la particular situación de cada diócesis. Esto tiene una ventaja clara: respeta la naturaleza propia de cada Iglesia diocesana. Pero también tiene sus límites: impone una diversidad enorme de esfuerzos al Equipo Nacional COMPARTIR.

De las tres características mencionadas, las dos últimas, -«secuencial» y «a medida»- merecerían ser analizadas a la luz de la experiencia. No para suprimirlas, sino para tomar conciencia de las dificultades que cada una de ellas debe enfrentar, y hacer entonces los ajustes necesarios en el modo de implementar el Plan.


Sufre los condicionamientos de la Argentina

26. Otras tensiones o dificultades del Plan provienen de la realidad argentina. Como toda Iglesia, la nuestra está condicionada por la situación socio-político-económico-cultural del país. Una dificultad, digna de ser atendida, es la peculiar estructura demográfica de la Argentina, con una gran cabeza y un cuerpo largo y flaco. El Gran Buenos Aires, y en especial la Capital Federal, tienen un peso determinante y hasta excesivo en casi todos los renglones de la vida de la República. Así, lo que no se dice en Buenos Aires, es como si no se hubiese dicho. Lo que no acontece allí, es como si no hubiese acontecido. Esto no es una ironía. Es la realidad de la Argentina. Y ello repercute en el campo pastoral. Y, por tanto, también en la Reforma económica.

Quizá ello esté indicando que, si bien el Equipo Nacional COMPARTIR haya de seguir atendiendo al resto de las diócesis del país, convendrá que en el próximo futuro privilegie a las del Gran Buenos Aires y, sobre todo, a la Arquidiócesis. Ojalá que todas ellas se comprometan en el Plan de una manera más formal y orgánica.

Algo similar pasa con la ciudad de Córdoba. La misma tiene un gran peso sobre muchas Provincias del interior. De allí, también, la relativa importancia de la realización del Plan en esa Arquidiócesis.

Y no creo con esto desmerecer a ninguna ciudad o diócesis.



VII. Un Plan a ser integrado en las 
Líneas Pastorales
II


Descubrir la lógica del Espíritu

27. Atendiendo a todo lo dicho, convendrá que el Plan COMPARTIR sea asumido explícitamente en las nuevas Líneas Pastorales que el Episcopado prepara para el primer decenio de este siglo. Y ello principalmente por dos motivos.

Primero, porque aunque haya una secreta lógica entre las diversas mociones con que el Espíritu Santo guía a la Iglesia, no siempre se la percibe, pues muchas veces no se tiene el tiempo suficiente para reflexionar sobre ello. Así, a muchos agentes pastorales, incluidos no pocos clérigos, les costó captar el hilo conductor que había entre las Líneas Pastorales para la Nueva Evangelización (1990), la apertura de las mismas a las orientaciones de Santo Domingo (1992), las propuestas pastorales de la carta apostólica Tertio Millenio Adveniente (1994), la preparación próxima del Gran Jubileo (1997-1999) y su celebración (2000). La cosa fue un poco más compleja cuando hubo que percibir también la lógica entre todo ello, y los pasos de la respectiva planificación diocesana y el Plan Compartir. De allí que, a veces, al Plan se lo sintiese como una cosa más, que no se sabía cómo enhebrar. De allí, también, ciertas interrupciones o postergaciones unilaterales por parte de algunas diócesis o parroquias, lo cual dificultó el trabajo en curso, de por sí complejo como es llevar adelante un Plan en diócesis muy distantes y distintas. La asunción de la Reforma económica dentro de las Líneas Pastorales II ayudará a percibir la profunda concatenación que hay entre ésta y los demás propósitos pastorales de la Iglesia argentina para el presente decenio, pues las Líneas servirán de marco referencial para todas las planificaciones diocesanas.

Este enfoque retoma el que propuso el Episcopado al concluir el Concilio, cuando planteó por vez primera la necesidad de una Reforma económica dentro de una Pastoral de conjunto: "Para llegar a establecer una verdadera pastoral de conjunto, será necesario:.c) confluir todo este trabajo en la constitución del Consejo pastoral en cada Diócesis.; d) encarar también la reforma y organización de1 sistema económico de nuestras comunidades" (Declaración del Episcopado sobre La Iglesia en el período posconciliar, 13 mayo 1966, III, 3, c y d).


Los pobres, débiles y sufrientes

28. Una segunda razón para asumir el Plan dentro de las Nuevas Líneas es el tema de los pobres, débiles y sufrientes. Éste, ya muy presente en las primeras Líneas Pastorales (cf. 32, 55-59), asumirá aún más importancia en las Nuevas Líneas Pastorales y en la acción pastoral de la Iglesia. Y ello por varias razones:

a) una mayor conciencia en cuanto al amor preferencial a los pobres, al cual la Iglesia no puede renunciar;

b) la situación social del país y del Tercer Mundo, que previsiblemente tenderá a empeorar;

c) el impulso de caridad al que llama la reciente carta apostólica Novo Millenio Ineunte (cf. Nºs 49-50).

Pero ¿cómo acrecentar la caridad de la comunidad cristiana hacia los más pobres si no se suscitase en ella un fuerte espíritu de comunión de bienes, facilitado por una Reforma económica seria?

El tiempo de la mera denuncia verbal de la Iglesia contra las injusticias sociales ya se agota. Cada vez más la gente va a esperar de la Iglesia un testimonio de caridad, que sea ardiente, inteligente y eficaz. Si bien la Iglesia no ha de suplantar al Estado en la misión social que le corresponde a éste, no podrá evitar embarcarse aún más en la obra de asistencia y de promoción humana. Pero para ello no le bastará ya contar con personas voluntarias, que en ratos libres junten ropa usada, la laven y la distribuyan a los pobres que acuden a Cáritas. Los voluntarios deberán ser formados. Y sin despreciar la obra que éstos hacen hoy, hará falta junto a ellos el asistente social full time y otro personal capacitado, incluso remunerado, que visite y acompañe a la familia asistida, o lleve adelante los planes de promoción.

En esta perspectiva de un ejercicio creciente y renovado de la caridad de la Iglesia, su Reforma económica es sinónimo de amor preferencial a los pobres. De lo contrario, al no contar ella con los medios necesarios, ese amor quedará en pura declamación retórica.



VIII. Responsabilidad eclesial frente 
a la Reforma económica


Compromiso conciliar

29. La Reforma económica de la Iglesia es una deuda pendiente que contrajimos los Obispos con el Concilio. Apenas éste concluyó, la prometimos al Pueblo de Dios en la Asamblea de mayo de 1966, en el documento "La Iglesia en el período posconciliar" : "Los Obispos argentinos, en el deseo de fomentar el espíritu de servicio evangélico, deseamos encarar también la reforma y organización de1 sistema económico de nuestras comunidades" (III,d).

Si bien el Episcopado, posteriormente en el documento de San Miguel (1969), dio orientaciones preciosas para concretar la Reforma del sistema económico (cf. III, Pobreza de la Iglesia), ésta nunca se llevó a cabo. Ello es explicable por dos motivos. Primero, porque, lamentablemente desde el año 1969, el país comenzó a verse envuelto en la vorágine de la violencia, cuya contención demandó esfuerzos enormes al Episcopado durante muchos años. Segundo, porque el Episcopado entonces no superó el voluntarismo al no adoptar un plan para concretar la Reforma prometida.

Restaurada la democracia, en 1983, los Obispos volvimos reiteradas veces sobre el tema de la Reforma económica, centrándola en algunos aspectos que sentíamos más urgentes: la financiación de los seminarios, de las curias y de la CEA. Y ello bajo la conducción de los Obispos Arnaldo Canale, Rubén Di Monte y Desiderio Collino. A fines de 1996, los Obispos retomamos el tema, y optamos por una Reforma económica integral. Y desde entonces en diversas asambleas plenarias dimos nuevos pasos para implementarla:

a) decisión de Reforma económica integral (noviembre 1996);

b) aprobación del Planteo General de Reforma económica (septiembre 1997);

c) Carta Pastoral "Compartir la Multiforme gracia de Dios, sobre el sostenimiento de la obra evangelizadora" (octubre 1998);

d) Jornada sobre "El Obispo y la administración de los bienes eclesiásticos» (abril 2000);

e) evaluación del Plan COMPARTIR (mayo 2001).

Nos corresponde ahora renovar el paso y continuar el camino.


Se hizo mucho, pero falta mucho por hacer

30. En cuanto al camino recorrido en estos últimos años: es enorme el esfuerzo hecho, en especial por los laicos de la Comisión y del Equipo Nacional, y también de los equipos diocesanos, para ayudar al Pueblo de Dios a comprender el significado de la Reforma económica y el valor del Plan COMPARTIR.

En una apreciación general de la marcha del Plan, podemos decir:

a) el Plan está afianzado, porque su teoría ha sido sometida a la experimentación;

b) no adquirió todavía la fuerza y velocidad que un Plan de Reforma económica supone;

c) conviene analizar las dificultades internas y externas que traban su fuerza y frenan su velocidad;

d) necesita un nuevo y decisivo envión por parte de cada uno de los obispos, y si fuere necesario del Episcopado en pleno, sin excluir una mayor dedicación del Consejo episcopal;

e) es preciso incentivar el apoyo del clero. Éste debe admitir con humildad que, en su seno como en toda profesión, existen defectos propios, y en este caso frenan o impiden la participación responsable y creativa de los laicos en el campo de la Reforma económica.


Perseverar durante largos años

31. En la Carta decimos que, para lograr la conversión que haga posible la Reforma económica de la Iglesia, será preciso "instaurar una catequesis que cambie nuestra mentalidad sobre esta materia y la configure al sentir de Jesús, junto con la voluntad de perseverar en ella durante largos años" (n° 28). En un mundo «light», y en una cultura gritona y llorona como la instaurada en la Argentina, que piensa obtener todo como por arte de magia, pastores y fieles debemos dar ejemplo de perseverancia y tenacidad. Sería una pena que dejásemos que el Plan de Reforma económica se diluyese ante las dificultades. Por no decir que sería una grave irresponsabilidad, con graves consecuencias para la Iglesia y para la misma Nación.



IX. La Reforma Económica, 
desafío pastoral del Posjubileo


32.
Durante la discusión sobre la Reforma Económica de la Iglesia, en noviembre de 1996, y luego en varias ocasiones, algunos hermanos Obispos, expresaron que ésta debía ser una de las señales más perceptibles de la conversión de la Iglesia argentina a raíz del Gran Jubileo.

Éste ya concluyó como hecho eclesiástico, y quedó registrado en la historia. Pero como hecho sacramental perdura, y perdurará por mucho tiempo. Por ello nos sigue urgiendo a los pastores para que nuestras Iglesias profundicen en él y se aprovechen de sus frutos.

Yo siento igual que lo que expresaron entonces algunos obispos. En un mundo donde el dinero es un dios absoluto, una especie de Moloc que se lo traga todo, la Reforma económica está llamada a ser un gesto profético contundente por parte de nuestra Iglesia: que Dios es uno solo, y que "no se puede servir a dos señores, ... a Dios y al dinero" (Lc 16, 13 ), y que éste debe estar subordinado a Él, como todas las demás cosas. Y, por tanto, debe mantenerse al servicio del hombre, y no viceversa, como está aconteciendo. ¿Qué mejor manera de expresar este convencimiento fundamental de la fe cristiana que con la Reforma económica tan largamente anunciada y esperada?

Para mayor información sobre el Plan Compartir comunicarse a:

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Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2330 del 15 de agosto de 2001


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